María, la Perfecta Discipula


 ¿Qué persona humana podemos tener como modelo perfecto de discípulo de Jesús? ¿Qué persona humana es ejemplar en el peregrinaje de la fe en Jesús? ¿Qué persona humana puede ayudarme y colaborar para acompañarme desde el inicio a la plenitud de la vida de santidad?

Jesús no nos dejó solos ante su proyecto de santidad. María, madre del Amor es una persona de nuestra raza que amó desde el inicio de la vida de Dios en ella, pasando por el conocimiento de esta vida por “incomprensible” que pudiera parecer, desarrolló esta vida haciéndola madurar en ella, y la llevó hasta la plenitud: pues ya está asunta al cielo, en la gloria de Dios. Ella nos puede enseñar, acompañar y colaborar con todos como madre nuestra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo…Ahí tienes a tu madre“. María obtuvo la gracia de engendrar en ella al Hijo de Dios, y ahora obtiene la gracia de engendrarnos a nosotros como sus hijos.

María es signo, tipo, modelo de nuestra fe, es la cristiana perfecta, la discípula perfecta de Jesús. Como le agradaba decir a Juan Pablo II: hija de su Hijo. Ella tuvo que recorrer el camino de la fe, de discipulado, como peregrina. Entre los discípulos de Jesús, ella fue quien se mantuvo fiel a la comunión con su hijo, también en el momento en que estuvo firme, de pie, ante la cruz, sufriendo con él y asociándose a su sacrificio.

María es modelo perfecto de fe y discipulado porque supo profundizar y madurar su fe entre oscuridades, inquietudes y dudas (nunca pecaminosas). Comprendió que debía romper los límites de la razón abriéndose a la luz de la fe, supo renovar su entendimiento y discernir la voluntad de Dios para cumplirla. No le fue nada fácil comprender las palabras y comportamiento de Jesús, pero supo guardarlos y meditarlos cuidadosamente en su corazón, en constante y radical confianza en Dios. Supo negar la forma propia de valorar las cosas y circunstancias, abandonándose en lo imprevisible y siempre nuevo de Dios. Supo poner a prueba su fe constantemente, y por eso se dejó traspasar el alma por la espada profetizada por Simeón, supo ser esclava del Señor escuchando su palabra y obedeciéndola al detalle, aun sin entender, renunciando a sus ideas “humanas”, pasando de la maternidad de la carne a la del corazón (Mc 3, 35), pasando de ser madre de su hijo a ser hija de su hijo. María aceptó a su hijo, no sin sufrimiento de “otro” dolor de parto, como el mesías siervo sufriente tal como Dios lo quería, viviendo ejemplarmente el drama de Cristo crucificado.

María se convirtió en nuestra hermana en el camino de la fe y en nuestra Madre en el orden de la gracia.

 

FUENTE: http://discipulado.catolico.ws/virgen_maria.php

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