DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE LA PROVIDENCIA DIVINA: LA SIMPLICIDAD DIVINA


DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE

LA PROVIDENCIA DIVINA

CAPÍTULO I

LA SIMPLICIDAD DIVINA

Vimos en el capítulo anterior que, según nuestra manera imperfecta de entender, el Ser subsistente constituye formalmente la naturaleza de Dios, por ser dicha propiedad lo que le distingue de las criaturas y el principio de donde se pueden deducir todos los atributos divinos, como de la racionalidad se deducen las cualidades del hombre.

Siendo el fin de nuestro estudio adquirir idea exacta de la Providencia, bueno será ahora considerar las perfecciones que ella presupone. Porque la verdadera noción de Providencia es a manera de resultante de la contemplación prolongada de estas divinas perfecciones. Poco a poco irá nuestra inteligencia alcanzando la visión clara y distinta.

En Dios distinguimos dos clases de atributos: los que se refieren al ser mismo, como la simplicidad, la infinidad, la eternidad, la incomprensibilidad, y los que miran a las operaciones divinas, como la Sabiduría y la Providencia que dicen relación al entendimiento, y el Amor que toca a la voluntad, con sus dos grandes virtudes que son: la Misericordia y la Justicia; finalmente, la Omnipotencia.

Cada atributo es una perfección absoluta, que excluye toda imperfección y se deduce de aquello que concebimos como constitutivo de la naturaleza divina.

Observemos, no obstante, que como sea libre el acto creador, no se puede deducir de la naturaleza divina, ni tampoco el ejercicio de la Misericordia y de la Justicia con las criaturas.

Nuestro Señor nos dice: Sed perfectos, como lo es el Padre celestial; no como los Ángeles, sino como el Padre celestial es perfecto. Porque hemos recibido la gracia santificante, participación de la naturaleza divina, y no de la angélica, la cual debe ir creciendo más y más en nosotros.

En nuestros ratos de oración, cuando meditamos el Padre nuestro, es conveniente contemplar las perfecciones divinas, cuya participación debe informar cada día más nuestra vida.

Trataremos primero de la simplicidad divina, cuyas huellas están profundamente impresas en las vías de la Providencia.

***

La simplicidad divina y sus reflejos

¿Qué quiere decir simplicidad? Comúnmente hablando, es lo contrario de composición, complejidad y complicación, como unidad es lo contrario de división del ser.

Lo simple se opone a lo compuesto de partes distintas y, por consiguiente, a lo complicado, amanerado y afectado.

En el terreno moral, la simplicidad, sencillez o rectitud se opone a la duplicidad o doblez.

Decimos que la mirada del niño es simple o sencilla, porque el niño va derecho al fin, sin segunda intención, y no tiende hacia cosas diversas; cuando el niño dice una cosa, no piensa en otra; cuando afirma alguna cosa, no la niega en sus adentros. No tiene doblez o mala fe.

Nuestro Señor nos dice: Si tu ojo es simple, todo tu cuerpo estará iluminado; quiere decir: si nuestra intención es recta y sencilla, toda nuestra vida será una, verdadera y luminosa, y no dividida, como la de aquellos que quieren servir a dos señores: a Dios y al dinero.

Enredados en las complejidades, apariencias engañosas y complicaciones más o menos mentirosas del mundo, presentimos que la virtud moral de la sencillez o sinceridad y de la lealtad es un reflejo de una perfección divina.

Ya lo dijo Santo Tomás: Simplicitas facit intentionem rectam excludendo duplicitatem (IIa-IIæ, q. 109, a. 2, ad 4).

¿Pero qué es, a todo esto, la simplicidad divina? Es la ausencia de composición de elementos diversos, la ausencia de división.

1º) En Dios no puede darse, como en los cuerpos, distinción de partes cuantitativas.

En los cuerpos hay partes contiguas, ora sean de la misma naturaleza, como en el diamante, ora diferentes, como los órganos que componen el cuerpo viviente, ojos, oídos, etc.

Dios, por el contrario, posee la simplicidad del espíritu puro, la cual es comparablemente superior a la homogeneidad del diamante y a la unidad del organismo más acabado.

En Dios no cabe distinguir dos partes, como alma y cuerpo, la primera vivificadora de la segunda. Esta segunda parte sería menos perfecta; no sería la vida, sino participación de ella; no el principio del orden, sino algo a su vez ordenado.

En Dios no puede haber cosa imperfecta ni composición.

Todo compuesto requiere una causa que lo haya formado de elementos diversos, y Dios es la causa suprema no causada; de donde es absolutamente simple.

2º) La simplicidad de Dios es también superior a la de los Ángeles.

El Ángel es, ciertamente, espíritu puro; pero su esencia no existe por sí misma, es capaz de existir, mas no es la existencia misma. El Ángel es un compuesto de esencia finita, y de existencia limitada; mientras que Dios es el Ser mismo subsistente, puramente inmaterial.

El Ángel conoce mediante la facultad intelectiva, y quiere mediante otra facultad, la voluntad. Estas dos facultades y los actos sucesivos de pensar y de querer son accidentes, distintos de la sustancia del Ángel; la sustancia permanece invariable, mientras que los pensamientos se suceden.

En Dios, en cambio, no puede darse composición de sustancia y accidentes, por ser la sustancia divina la plenitud del ser, la plenitud de la verdad siempre conocida, la plenitud del bien siempre amado. No hay en Dios pensamientos sucesivos, antes bien un pensamiento único, siempre el mismo, que subsiste eternamente y abarca toda la verdad. No hay en Dios actos volitivos que se sucedan unos a otros, antes bien un querer único, siempre el mismo, el cual subsiste eternamente y se extiende a todo lo que Dios quiere.

De donde la simplicidad o unidad divina consiste en la carencia de composición y división del ser, del pensamiento y del querer.

3º) La simplicidad de la inteligencia divina es una simple mirada que, sin mezcla de error e ignorancia, abarca toda la verdad cognoscible, sin experimentar cambio alguno.

La simplicidad de la voluntad divina es una intención soberanamente pura que ordena admirablemente las cosas todas y no permite el mal sino para un bien mayor.

Pero lo más bello de la simplicidad divina está en la unión maravillosa de perfecciones al parecer opuestas: inmutabilidad absoluta y absoluta libertad; sabiduría infinita y libérrimo beneplácito, que a veces nos parece arbitrario; justicia infinita, inexorable con el impenitente y misericordia infinita. Todas estas perfecciones infinitas se confunden e identifican, sin destruirse, en la simplicidad de Dios.

Aquí está sobre todo la eminencia y esplendor del atributo divino que tratamos.

Un reflejo de tan sublime simplicidad divina encontramos en la mirada del niño, y mejor aun en la de los santos, muy distinta de las complejidades engañosas y de la doblez de los mundanos.

***

Pero volvamos a las criaturas. ¡Qué distinta la simplicidad divina, que tiene su reflejo en la santidad, de ese linaje de ingenuidad que consiste en decir cuanto a uno le viene a la mente o le pasa por el corazón, aun a riesgo de contradecirse a cada momento, ya por cambio de las impresiones recibidas, ya por cambio de simpatías!

Esta ingenuidad es la inestabilidad misma y una contradicción continua: complicación y mentira más o menos consciente; en tanto que la simplicidad de Dios es la unidad inmutable, la unidad de la sabiduría suprema invariable y del amor del bien purísimo y firmísimo, siempre el mismo, infinitamente superior a nuestra impresionabilidad y a nuestra constante mudanza de opiniones.

Vislumbramos la simplicidad de Dios en el alma simplificada, que juzga de todo con sabiduría y ama las cosas sólo por Dios.

Al contrario, el alma complicada juzga de todo según las impresiones variables de la sensibilidad y ama las cosas por egoísmo, sin otra norma que el capricho, en el cual se obstina a veces con terquedad, corriendo otras de uno en otro según el humor, el tiempo y las circunstancias.

Y en tanto que el alma complicada se altera por una pequeñez, el alma simplificada por la sabiduría y el amor desinteresado guarda la paz. El don de la sabiduría derrama en ella la paz, que es la tranquilidad del orden, la unidad, la armonía de la vida simplificada y unida a Dios.

El alma de un San José, de un San Juan Evangelista, de un San Francisco de Asís, de un Santo Domingo o de un Cura de Ars, nos dan cierta idea de la simplicidad divina; más aproximada nos la da el alma de la Bienaventurada Virgen María; pero la más adecuada de todas es la del alma santísima de Jesús, que decía: Si vuestro ojo es sencillo, todo vuestro cuerpo quedará esclarecido, es decir: si la mirada de vuestra alma es sencilla, también el alma misma será luminosa, verdadera, leal, sincera y sin doblez.

Sed prudentes como la serpiente (para no dejaros seducir por el mundo), pero sencillos como la paloma (para permanecer en la verdad de Dios).

Gracias te doy, Padre, porque has ocultado estas cosas a los prudentes y sabios y las has revelado a los pequeños.

Sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no.

Ya en el Antiguo Testamento leemos: Buscad al Señor en la sencillez de vuestro corazón (Sabiduría, 1, 1).

Más vale el pobre que camina en su sencillez que el rico que va por caminos tortuosos. (Proverbios, 19, 1).

Muramos en la sencillez de nuestro corazón, decían los Macabeos (I Mac. 2, 37), azotados por la injusticia.

Obedeced, decía San Pablo, en la sencillez de vuestro corazón (Colosenses, 3, 22).

No perdáis vuestra sencillez para con Cristo. (II Corintios, 2, 3).

La sencillez, dice Bossuet, permite a las almas puras entrar en las profundidades de Dios, en los caminos de la Providencia, en los misterios insondables, de los cuales se escandalizan las almas complicadas, en los misterios de la Justicia infinita, de la Misericordia infinita, de la libertad soberana del divino beneplácito. Todos estos elevados misterios, no obstante la oscuridad que los envuelve, son sencillos para los sencillos.

Y la razón es ésta: porque en las cosas divinas, las más sencillas, como el Padre Nuestro, son a la vez las más grandes y las más profundas.

Por lo contrario, las cosas del mundo, por llevar siempre íntimamente mezclado lo bueno con lo malo, son muy complejas, y quien pretendiere apreciarlas con sencillez, resultaría falto de penetración, ingenuo y superficial.

En las cosas divinas la sencillez es compañera inseparable de la profundidad y de la elevación, porque las cosas divinas más elevadas en Dios y las más profundas en nuestro corazón son la simplicidad misma.

***

La imagen perfecta de la simplicidad de Dios

La imagen más pura y elevada de la simplicidad divina es la santidad de Jesús, que encierra en uno las virtudes al parecer más opuestas.

Recordemos la sencillez de su proceder con los adversarios, con Dios y con las almas.

A los fariseos que tratan de darle muerte díceles, sin que nadie ose responderle: ¿Quién de vosotros se atreverá a acusarme de pecado? (Juan 8, 46).

E indignado de la doblez farisaica, exclama: ¡Ay de vosotros, hipócritas, que cerráis a los hombres las puertas del cielo; no entráis vosotros y no permitís que otros entren! ¡Ay de vosotros, guías ciegos!…, sois como los sepulcros blanqueados, que por de fuera parecen hermosos, estando dentro llenos de podredumbre.

Y refiriéndose al Padre dice: Mi alimento es hacer la voluntad de quien me envió… Yo hago siempre lo que le place… Honro a mi Padre y no busco mi gloria. (Juan 4, 34; 8, 50).

Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz; empero hágase tu voluntad, más que la mía. (Mateo, 26, 42).Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu… Todo está consumado. (Lucas 23, 46; Juan 19, 30).

Y para los fieles tiene palabras como éstas: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el descanso de vuestras almas. Tal sencillez resplandece en Él, que puede, y sólo Él, hablar de su propia humildad sin perderla.

Él es el buen pastor de las almas, que va con preferencia en busca de los pobres, de los enfermos y atribulados, de los niños, y también de los pecadores, para traerlos de nuevo al redil.

Y es el Buen Pastor que da la vida por las ovejas; ruega por sus verdugos y dice al buen ladrón: Hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Pero lo que más admira en la sencillez de Jesús es la fusión de las virtudes al parecer más opuestas, llevadas cada una al grado sumo.

En Él se concilian el santo rigor de la justicia con los fariseos hipócritas y la inmensa misericordia con las ovejas de su redil; mas el rigor queda siempre subordinado al amor del bien, de donde procede.

En Jesús se concilian también de manera simplicísima la humildad profunda y la suma dignidad, magnanimidad o grandeza de alma.

Vive treinta años la vida oculta de humilde artesano. Declara no haber venido a ser servido, sino a servir; cuando se intenta hacerle rey, huye a la montaña; el Jueves Santo lava los pies de sus discípulos y acepta por nosotros las humillaciones de la Pasión… Esto por lo que toca a la humildad.

Pero en la misma Pasión proclama ante Pilatos con dignidad soberana su reino universal.

Pilatos le dice: ¿Eres tú el rey de los judíos?... ¿Qué has hecho?

Y Jesús responde: Mi reino no es de este mundo

¿Eres, pues, rey?

Tú lo dices, soy rey. Yo para esto nací y vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; quien es de la verdad, escucha mi voz. (Juan 18, 33 ss.).

¡Con qué sencillez y grandeza responde a Caifás que le conjura a decir si es el hijo de Dios!: Tú lo has dicho; y aun os declaro que de hoy más veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra de la majestad de Dios y venir sobre las nubes del cielo. (Mateo 26, 64).

La sencillez de Jesús hermanaba la humildad profundísima con la magnanimidad más sublime; y Él, el más humilde de los hombres, fue condenado por un supuesto crimen, de blasfemia y de orgullo.

En Jesús se componen asimismo la perfecta dulzura que le hace rogar por los verdugos y la fortaleza heroica del martirio, cuando el pueblo y casi todos los discípulos le abandonan en los momentos más amargos de la Pasión y Crucifixión.

Hay en esta sencillez una grandeza tan elocuente, que el Centurión romano, viéndole morir, no pudo contener su admiración y exclamó glorificando a Dios: Verdaderamente este hombre era justo.

***

Cosa grande y prodigiosamente elevada es la simplicidad, cuando reúne en sí las virtudes en apariencia más opuestas. Es sin duda la expresión más perfecta de lo bello.

La belleza, en efecto, es la armonía, el brillo de la unidad en la variedad; y cuanto mayor sea la variedad y más intima la unidad, tanto más extraordinario es lo bello, mereciendo entonces el nombre de sublime.

Lo sublime, he ahí la verdadera imagen de la simplicidad divina, que une y compone la infinita sabiduría, con la voluntad ubérrima de Dios, la infinita Justicia, inexorable a veces, con la infinita Misericordia, todas las energías, con todas las ternuras del amor.

Sólo Dios puede producir en un alma tan altísima simplicidad, imagen de la suya propia.

Nuestro temperamento está orientado en determinado sentido, inclinándose ora a la indulgencia, ora al rigor, bien a la visión amplia de conjunto, bien a los pormenores de las cosas prácticas; mas nunca a la vez en dos direcciones.

Si, pues, un alma dotada de sencillez perfecta practica a la vez virtudes al parecer opuestas, es porque Dios está íntimamente unido con ella y le imprime su propia efigie.

Admirablemente lo expone Bossuet en el Discurso de la Historia Universal (2ª Parte., Cap. 19): ¿Quién no habrá de admirar la condescendencia con que Jesús atempera la altura de su doctrina? Leche es ella para los niños; y para los fuertes, pan. Le vemos lleno de los secretos de Dios; mas no por ello queda asombrado, como los mortales a quienes Dios se comunica; habla de los secretos divinos con la naturalidad de quien ha nacido en ellos y en la gloría que los circunda; lo que posee sin medida (Juan 3, 34), sabe distribuirlo con medida, para no agobiar nuestra flaqueza.

Asimismo Pascal en sus Pensamientos declara de esta suerte la simplicidad de Jesucristo, imagen de la de Dios: Jesucristo, sin bienes de fortuna ni producción de ciencia, está en el orden de la santidad. No ha dado invenciones, ni ha reinado. Pero fue humilde, paciente, santo, santo de Dios, sin ningún pecado. ¡Oh! ¡Y cómo ha venido con gran pompa y prodigiosa magnificencia a los ojos del corazón que ven la Sabiduría! Jamás hombre alguno tuvo tanto esplendor, jamás ninguno se vio con más ignominia… ¿Quién enseñó a los Evangelistas las cualidades de su alma heroica, para que ellos la pintasen tan perfecta en Jesucristo? ¿Por qué le hacen débil en la agonía? ¿No sabían pintar una muerte valerosa? Cierto que sí; San Lucas pinta la muerte de San Esteban más firme que la de Jesucristo. Le hacen, pues, capaz de temor, antes que la necesidad de morir haya llegado; y luego le hacen valeroso.

Pero le pintan turbado, cuando se turba a sí mismo (cuando para sufrir por nosotros quiere experimentar el anonadamiento y la angustia); y cuando los hombres le turban, entonces permanece fuerte, con fortaleza que los salva.

En la vida de Jesús resplandece la sencillez, imagen vivísima de la de Dios. Como observa el Padre Grou: Es imposible decir de manera más sencilla cosas tan elevadas y tan divinas. Los Profetas parecen asombrados y aturdidos de las grandes verdades que anuncian… Jesús no pierde el dominio de sí mismo cuando habla, porque va sacando de su propio caudal…; en Él mismo está el tesoro de los conocimientos, el cual, por más que se comunique, no se agota (L’intérieur de Jésus, ch. XXIX).

De aquí podemos vislumbrar algo de la simplicidad de Dios, de la simplicidad de su ser, de su pensamiento y de su amor; simplicidad que por modo eminente reúne en sí los atributos más opuestos al parecer, como son la Justicia y la Misericordia, y uniéndolos, no los destruye, antes al contrario los contiene en estado purísimo, sin imperfección ni atenuación alguna.

Contemplaremos esta simplicidad en la vida eterna, si cada día nos acercamos a ella un poco más por la sencillez de corazón, sin la cual no podría haber allí contemplación ni amor verdadero.

Fuente: Radio Cristiandad

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