DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE LA PROVIDENCIA DIVINA: LA INFINIDAD DE DIOS: CAPITULO 2


DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE

LA PROVIDENCIA DIVINA

CAPÍTULO II

LA INFINIDAD DE DIOS

Vimos en el capítulo anterior que la simplicidad divina, simplicidad propia del Espíritu puro y del Ser subsistente, reúne en sí perfecciones al parecer muy opuestas, como Justicia y Misericordia.

De la simplicidad divina hallamos un reflejo en la mirada del niño y de los Santos, y sobre todo en la sublime sencillez del Alma santísima de Jesucristo, donde se funden, como en la simplicidad divina, virtudes opuestas en apariencia, como son la humildad profunda y la magnanimidad sobrehumana, la dulzura compasiva y la fortaleza heroica, la firmeza de la justicia y la ternura de la misericordia.

Tócanos ahora considerar otro atributo del ser divino, que es la infinidad, sin el cual no es posible concebir ni la Sabiduría divina ni la Providencia.

Parece a primera vista como que este nuevo atributo se opone al primero; porque nuestra inteligencia, un tanto cautiva de la imaginación, nos representa la simplicidad divina a la manera de un punto geométrico: el vértice de una pirámide. Y siendo el punto indivisible e inextenso, no puede ser espacialmente infinito, ¿Cómo, pues, podrá ser Dios a la vez soberanamente simple e infinito?

La simplicidad de Dios no es la del punto en el espacio; es una simplicidad espiritual muy superior al espacio y al punto. De igual suerte, la infinidad de Dios es una infinidad de perfección, muy superior a la “infinidad corpórea” de un mundo que no tuviera limites.

Muchos de los errores acerca de la infinidad de Dios provienen de confundir la infinidad cuantitativa de un espacio que careciera de frontera, o del tiempo que no tuviera principio, con la infinidad cualitativa o de perfección, por ejemplo, la de una sabiduría infinita o de un amor infinito.

Es, sin embargo, muy grande la diferencia de estas dos clases de infinito; es sencillamente la diferencia que hay del cuerpo al Espíritu puro infinitamente perfecto.

Tampoco se ha de confundir la infinidad de perfección, tan soberanamente determinada, tan completa y acabada, que nada se le puede añadir, con la indeterminación de la materia capaz de recibir todas las formas. He aquí los dos extremos: de un lado, la indeterminación absolutamente imperfecta de la materia; del otro, la infinidad soberanamente perfecta del Espíritu puro que es el Ser mismo subsistente.

***

Prueba a priori de la infinidad divina

¿Cómo se probará la infinidad de Dios, concebida como infinidad de perfección?

Santo Tomás (en I, q. 7, a. 1) da una prueba muy hermosa, apropiada para los que viven en las regiones del arte. Observa el Doctor Angélico que el ideal del artista, la forma ideal por él concebida, por ejemplo, la forma del Moisés de Miguel Ángel, posee cierta infinidad antes de ser materializada por la limitación a determinada porción de materia en un lugar del espacio:

La forma ideal del Moisés en la mente de Miguel Ángel es realmente independiente de todo límite material, pudiendo el artista reproducirla indefinidamente en el mármol, en la arcilla o en el bronce.

Lo mismo cabe decir de cualquiera otra forma ideal, aun de la forma específica de los seres de la naturaleza: el lirio, la rosa, el león o el águila.

Antes de materializarse estas formas específicas mediante la limitación a determinada porción de materia en cierto lugar del espacio, gozan de cierta infinidad formal o de perfección, que es independiente de todo límite material; y así, la idea de lirio es superior a todos los lirios particulares, y la idea de águila, superior a todas las águilas, cuya esencia reproduce.

He aquí, pues, el principio: Toda forma no recibida aún en la materia posee cierta infinidad de perfección.

Fácil es aplicar este principio a Dios, observa Santo Tomás; porque de todas las perfecciones formales la más perfecta es, no la del lirio, no la del águila o del hombre ideal, sino la del ser o de la existencia, actualidad última de todas las cosas.

Todas las perfecciones de este mundo son algo capaz de existir, pero no son la existencia misma; pueden recibirla, como la materia recibe la forma del lirio o de la rosa.

Si, pues, Dios existe por sí mismo, si es el Ser subsistente, la existencia en sí misma, concluye Santo Tomás, es infinito, con una infinidad, no cuantitativa, sino cualitativa y de perfección.

Si el lirio ideal es independiente de toda limitación material individual, el Ser subsistente por sí mismo sobrepuja, no solamente los límites espaciales y materiales, mas también cualquiera limitación de esencia.

El Ángel, por perfecto que sea, posee existencia finita, según los límites de su esencia espiritual; la existencia divina, por el contrario, no es recibida en una esencia capaz de existir; antes bien, Dios es la existencia misma, no recibida, eternamente subsistente.

Dios es, por consiguiente, soberanamente determinado, perfecto, completo, de suerte que nada se le puede añadir; y es al mismo tiempo infinito, es decir, ilimitadamente perfecto, incomprensible, océano infinito del ser, dice San Juan Damasceno; pero un océano espiritual, sin riberas; deja atrás el punto y el espacio, y sobrepuja en su espiritualidad todo cuanto la imaginación puede forjarse de un mundo material cuantitativamente infinito o ilimitado.

La infinidad de Dios es al mismo tiempo la infinidad del Ser, y del espíritu puro, y de la sabiduría, y de la bondad, y del amor, y del poder; porque la infinidad es el modo de ser de todos los atributos divinos.

Tal es la prueba a priori de Santo Tomás, sacada del principio: Toda forma no recibida aún, en la materia posee cierta infinidad de perfección, como la forma del lirio.

Ahora bien, lo más formal de todas las cosas, la última actualidad, es la existencia. Por donde Dios, que es el Ser mismo, la existencia misma, es infinito, con infinidad de perfección que excede todo límite espacial y material, y aun todo límite de esencia.

Es, por consiguiente, infinitamente superior a todos los cuerpos y a todos los espíritus puros creados.

***

Prueba a posteriori de la infinidad divina

Hay otra prueba de la infinidad de Dios; es una prueba a posteriori, la cual demuestra que la producción de seres físicos ex nihilo o el crear de la nada supone un poder activo infinito, que sólo puede tener raíz en una causa infinitamente perfecta. (Santo Tomás, I, q. 45, a. 5).

Una causa finita no puede producir un efecto cualquiera sino por transformación de un objeto preexistente capaz de ser transformado.

El escultor necesita materia donde trabajar la estatua; el maestro forma poco a poco la inteligencia del niño, mas no es él quien le da la inteligencia.

Y cuanto más mezquino sea el objeto que se transforma, tanto más resalta la destreza y fecundidad del artífice.

Cuanto más pobre sea la tierra, tanto más necesitada está de buen cultivo, semilla escogida y abono fertilizante.

Pero si la tierra fuera tan pobre, tan pobre, que se redujese a cero, a nada, a la nada absoluta, para de esa nada producir alguna cosa, sería, menester una potencia activa, no sólo muy diestra y fecunda, mas tambiéninfinitamente perfecta, es decir, el poder creador.

Los agentes creados pueden transformar, mas no crear.

Para producir todo el ser de una cosa cualquiera, por insignificante que sea, para producir el ser de un grano de arena, para crearlo de la nada, se requiere un poder infinito, que sólo al Ser infinitamente perfecto corresponde; de ahí que la causa primera de todo lo que llega a existir haya de ser infinitamente perfecta.

Ni el más encumbrado de los Ángeles ha podido crear el universo físico, más aún, ni siquiera un granito de arena, ni lo podrá jamás; para crear de la nada (es decir, sin materia preexistente) una cosa cualquiera, se necesita potencia infinita.

***

A esta doctrina tradicional y revelada presenta el panteísmo una objeción pueril.

Nada puede añadirse a lo infinito, dice; si, pues, al ser de Dios se le suma el mundo como realidad nueva, el ser de Dios no es infinito.

Fácil es deshacer la objeción: nada se puede añadir a lo infinito en el mismo orden; es decir: nada puede añadirse a su ser, a su sabiduría, a su bondad, a su poder.

Pero en modo alguno repugna que en cierto orden inferior se añada algo al Ser infinito, como el efecto se añade a la causa eminente que lo produce.

Negarlo, equivaldría a despojar a Dios del poder de producir efectos distintos de sí mismo; no sería infinito.

El panteísmo insiste: después de creados los seres, hay más ser y más perfección que antes; lo cual equivale a afirmar que el más sale del menos.

A esto responde la teología tradicional: Después de la creación hay más seres, pero no más ser ni perfecciónque antes.

Como cuando un gran maestro, Santo Tomás por ejemplo, ha formado unos cuantos discípulos, hay más sabios, pero no más ciencia que antes, de no saber los discípulos más que el maestro.

Si esto es cierto, con más razón lo es que después de la creación hay más seres, pero no más ser; más seres vivientes, pero no más vida; más inteligencias, pero no más sabiduría.

Porque antes de la creación existía el Ser infinito, la Vida infinita, la Sabiduría infinita, donde estaban contenidas por manera eminente las perfecciones todas de los seres creados.

Tal es la infinidad de Dios: infinidad de perfección, que consiste en la plenitud, no de la cuantidad o de la extensión, sino del ser, de la vida, de la santidad y del amor.

***

Nosotros estamos hechos para lo Infinito

¿Qué lección práctica encierra el misterio de la infinidad divina?

Una muy bella y provechosa: que hemos sido creados para lo Infinito, para conocer la Verdad infinita y para amar el Bien infinito, que es Dios.

Prueba de ello es que nuestras dos facultades superiores, la inteligencia y la voluntad, tienen amplitud infinita.

Nuestros sentidos sólo perciben una modalidad sensible del ser o de lo real: los ojos, el color; los oídos, el sonido.

Pero la inteligencia aprehende el ser, la realidad de las cosas, su existencia, y echa de ver que el ser, más o menos limitado en la piedra, en la planta, en el animal y en el hombre, de suyo no tiene límites.

Nuestra inteligencia, muy superior a los sentidos y a la imaginación, aspira de esta suerte a conocer, no solamente los seres limitados y finitos, mas también el Ser infinito, en la medida por lo menos en que nos es cognoscible.

Nuestra inteligencia aspira a conocer, no solamente las verdades múltiples y restringidas de la física, de las matemáticas, de la psicología, mas también la Verdad suprema e infinita, principio eminente de las demás verdades.

Esta es la lección que enseñamos a los niños de catecismo: ¿Para qué fuisteis creados y vinisteis al mundo? Para conocer a Dios. Y todavía añade el niño: y para amarle y servirle, y después gozarle en la vida eterna.

Y así como la inteligencia tiene una amplitud ilimitada que la hace capaz de conocer el bien universal y, por consiguiente, el Bien supremo, también los senos de nuestra voluntad son ilimitados.

La voluntad, en efecto, está dirigida por la inteligencia, la cual, además del bien sensible deleitable y del bien sensible útil, concibe el bien como tal, el bien honesto: la virtud, la justicia, el valor, etc.

Y no se limita la inteligencia a determinado bien honesto, objeto particular de la justicia o de la templanza; mas entiende en el bien universal, en el bien, cualquiera que sea, en todo aquello que de alguna manera sea capaz de perfeccionarnos.

La inteligencia, en fin, muy superior a los sentidos, sube hasta el conocimiento del Bien supremo e infinito, principio de los demás bienes; y la voluntad, esclarecida e ilustrada por su guía, desea y apetece ese bien supremo e infinito.

La amplitud y profundidad de nuestra voluntad es ilimitada, y sólo Dios puede llenarla, como largamente lo hemos expuesto al hablar del Soberano Bien y del apetito natural de la felicidad.

Empero la inteligencia y la voluntad no están de suyo ordenadas a conocer y amar la vida íntima de Dios; no pueden por vía natural llegar hasta Dios, sino por medio de las perfecciones de las criaturas, donde como en un espejo se reflejan las del Creador.

Pero en el bautismo hemos recibido vida y tendencia sobrenaturales, muy superiores a las dos facultades nobles de nuestra alma. Hemos recibido la gracia santificante, participación de la naturaleza divina, de la vida íntima de Dios; y con la gracia, hemos recibido la fe, la esperanza y la caridad, las cuales elevando nuestras facultades naturales, aumentan todavía más su amplitud.

Ahora vamos comprendiendo cada vez mejor el sentido y el alcance de las primeras palabras del catecismo:¿Para qué fuiste creado y viniste al mundo? He sido creado para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y después gozarle en la eterna.

No se trata ya del conocimiento natural de Dios infinito, ni del amor natural de Dios, autor de la naturaleza; el catecismo se refiere al conocimiento y al amor sobrenaturales, que son como el preludio de la vida eterna, donde veremos cara a cara a Dios tal cual es, y le amaremos como Él se ama.

Entonces veremos inmediatamente a Dios, espíritu puro infinito: luz infinitamente fuerte y a la vez infinitamente suave, cuya lumbre esplendorosa soportará nuestra inteligencia, elevada y fortalecida por la lumbre de gloria. Veremos, amaremos directamente a Dios, Bondad infinita, que reúne en sí la fortaleza de la justicia y la suavidad de la misericordia.

Y así permaneceremos para siempre elevados al plano sobrenatural de la visión inmediata y del amor de la Verdad y Bondad infinitas, visión y amor continuos que ninguna cosa podrá interrumpir ni amenguar.

Pero siempre lo infinito nos excederá, porque nuestra visión de la esencia divina jamás será absolutamente comprensiva, como lo es la visión que Dios tiene de su propia naturaleza.

Los bienaventurados ven inmediatamente a Dios en la gloria, pero de una manera más o menos penetrante, cada uno según sus merecimientos o su grado de caridad.

Sucede acá en la tierra que todos contemplamos un mismo paisaje; pero uno lo ve claro, y el otro no tanto, según la agudeza y perspicacia de la vista.

Así en el Cielo, veremos directamente a Dios infinito, pero cada uno según el grado de caridad y lumbre de gloria. Los grandes santos, como los Apóstoles, le verán con más claridad que nosotros, de una manera más penetrante; con más claridad que ellos, San José; más perfectamente que San José, la bienaventurada Virgen María; e incomparablemente más que María, el Alma santísima de Jesucristo, unida personalmente al Verbo.

Es muy dulce pensar que María, cuya inteligencia natural es inferior a la de los Ángeles, ve sin embargo la esencia divina con claridad incomparablemente mayor que los espíritus más encumbrados; porque, teniendo caridad muy superior a ellos, ha recibido un grado también superior de lumbre de gloria, sólo inferior al de la inteligencia humana de Jesucristo.

Tal es la lección espiritual que encierra el misterio de la Infinidad divina. Estamos hechos para lo Infinito, para conocer a Dios en su vida íntima y para amarle sobre todas las cosas.

Por eso, acá en la tierra, nada puede satisfacernos, y por eso gozamos de libertad ante el atractivo de los bienes finitos.

Y cada vez que echamos de ver la ruindad y pequeñez de los bienes finitos, debemos dar gracias a Dios por la ocasión y aun necesidad apremiante que se nos ofrece de pensar en la riqueza infinita, en la plenitud insondable de verdad y bondad encerradas en El.

FUENTE: RADIO CRISTIANDAD

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