DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE LA PROVIDENCIA DIVINA: LA INMENSIDAD DE DIOS: CAPÍTULO 3


DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE

LA PROVIDENCIA DIVINA

CAPÍTULO III

LA INMENSIDAD DE DIOS

Dios es infinito, lo hemos dicho, no cuantitativamente, como lo sería un cuerpo sin límites, sino con infinidad cualitativa o de perfección, que es la única que conviene al espíritu puro, al Ser por esencia que subsiste inmaterial en la cumbre de todas las cosas.

Esta infinidad es el modo de ser y existir de todos los atributos divinos; y así, hablamos de la Sabiduría infinita de Dios, de su infinita Bondad, de su Poder infinito.

Para formarnos idea exacta de la Providencia y de su extensión universal a todos los tiempos y lugares, es preciso ahora considerar la inmensidad y eternidad divinas en relación con el espacio y el tiempo, que son infinitamente inferiores.

***

Si consideramos el Ser infinitamente perfecto de Dios con relación al espacio, le hemos de atribuir dos cualidades: inmensidad y ubicuidad.

Decir que Dios es inmenso significa que carece de medida y puede estar en todas partes.

Decir que es ubicuo, significa que realmente está en todas partes.

Antes de la creación, Dios era inmenso; pero de hecho no estaba presente en todas partes, por cuanto las cosas no existían.

Grosero error sería imaginarse la inmensidad divina como un espacio ilimitado; como también sería disparatado, lo veremos más tarde, representarse la eternidad como el tiempo sin límites.

Dios es espíritu puro; en Él no puede haber partes distintas como en la extensión; no se pueden distinguir en Él las tres dimensiones del espacio: largo, ancho y alto.

Si alguna vez las aplicamos a la sabiduría divina, es sólo en sentido metafórico. Pero en realidad Dios es infinitamente superior al espacio, aun concebido sin límites; como la eternidad divina es infinitamente superior al tiempo, aun despojado de su carácter limitado.

Este fue el error de Espinoza: atribuir a Dios inmensidad espacial. No sería espíritu puro, tendría cuerpo, es decir, una parte de Él sería menos perfecta que la otra; no sería la perfección misma. No es, pues, corporal la inmensidad divina, sino espiritual, infinitamente superior a la del espacio.

Para rastrear algo de la grandeza de esta perfección divina, consideremos tres clases muy distintas de presencia divina.

1ª) La presencia general de inmensidad en todas las cosas.

2ª) La presencia especial de Dios en las almas justas.

3ª) La presencia especialísima del Verbo en la humanidad de Jesucristo y el reflejo de esta presencia en la Iglesia y en el Vicario de Jesucristo.

***

La Presencia general de inmensidad

¿Qué sentido atribuir a estas palabras que con frecuencia se leen en la Sagrada Escritura: Dios está en todas partes?

Dios está en todas partes por potencia, por su poder, al cual todas las cosas están sujetas, por el cual mueve todos los seres y los conduce a la acción.

Dios está asimismo en todas partes por presencia, por cuanto conoce todas las cosas y nada se oculta a su mirada, ni los pormenores ínfimos de las cosas, ni los secretas más recónditos de los corazones, ni los últimos repliegues de nuestra conciencia.

Dios está en todas partes por esencia, conservando todas las criaturas en la existencia por medio de su acción conservadora, que es su mismo ser.

Además, así como Dios crea inmediatamente las cosas y no por medio de otra criatura o de un instrumento, de la misma suerte ejerce su acción conservadora, continuación de la creadora, directamente sobre el ser mismo de cada criatura, sobre lo que hay de más íntima en cada una de ellas.

De esta manera está presente en las nebulosas más lejanas que con dificultad nos descubre el telescopio.

Y, realmente, sin ser corporal, por simple contacto virtual de su poder creador y conservador, Dios, espíritu puro, está en todas partes, allí donde haya cuerpos que conservar en la existencia.

Y todavía más; porque en una zona superior a la del espacio, en el mundo de los espíritus, está presente en todos ellos, conservándolos directamente en el ser, como a las demás criaturas.

Dios, pues, espíritu puro, está presente en todos los seres, en todas las almas, siendo el centro eminente de todo lo creado, como el vértice de la pirámide contiene por manera eminente las aristas de la misma.

Dios es la fuerza espiritual que mantiene todas las cosas en la existencia, como lo dice la liturgia: Rerum Deus tenax vigor, immmotus in te permanens.

***

Presencia especial de Dios en los justos

Pero hay una presencia especial de Dios en las almas en estado de gracia, ya se hallen en la tierra, ya en el Purgatorio, ya en el Cielo.

No sólo está con ellas como causa conservadora (que así lo está aún en los cuerpos inanimados); mas también habita allí como en un templo donde puede ser conocido y amado de una manera, por decirlo así,experimental.

Nuestro Señor ha dicho: Cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él (Juan, 14, 13).

¿Vendremos? Pero, ¿quién? ¿Solamente la gracia creada? No, sino las tres Personas divinas, el Padre, el Hijo y también el Espíritu Santo prometido por el Hijo, las tres Personas, digo, que vienen a morar en el alma del justo.

Así lo entiende el Apóstol San Juan, cuando dice (Iª Juan, 4, 16): Dios es caridad, y quien permanece en la caridad, en Dios permanece, y Dios en él.

Supongamos dos almas justas, separadas ambas por muchos kilómetros de distancia, la una en Roma, la otra en Japón; el mismo Dios habita en ellas, las ilumina, las fortalece y atrae hacia sí.

Lo mismo viene a decir San Pablo (Iª Corintios 3, 16): ¿Acaso no sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Y en Iª Corintios, 6, 19: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que ya no sois de vosotros, puesto que fuisteis comprados a gran precio? Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo llevando una conducta digna de Él.

Y todavía el mismo San Pablo, escribiendo a los Romanos (5, 5): La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado.

Tan hermosa doctrina se halla difundida en la Iglesia primitiva, y los mártires la proclaman en alta voz ante los jueces. Aquella Santa mártir, Lucía de Siracusa, responde al juez Pascasio: No pueden faltar palabras a aquellos que dentro de sí tienen al Espíritu Santo. ¿Acaso está en ti el Espíritu Santo?, le dice el juez pagano.Sí, todos los que llevan una vida casta y piadosa templo son del Espíritu Santo.

Los Símbolos de la Iglesia y los Concilios, como el Tridentino, afirman que la Santísima Trinidad mora en las, almas de los justos como en un templo, y que a veces se deja sentir su presencia por una inspiración más luminosa, por una paz más profunda, como la que experimentaron los discípulos de Emmaús cuando en el camino les hablaba Jesucristo resucitado, a quién no reconocían (Lucas, 24, 32): Nonne cor nostrum ardens erat in nobis? ¿No es verdad que sentíamos abrasarse nuestro corazón, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y finalmente, San Pablo en su Carta a los Romanos (8, 16): El Espíritu Santo está dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Dios nos hace experimentar su especial presencia por medio del amor filial que nos inspira, amor que no puede venir sino de Él, juntamente con la paz que de tal amor nace. (Santo Tomás, Comentario a la Carta a los Romanos, 8, 16).

***

Presencia especialísima de Dios en la humanidad de Jesús

Además de la presencia general de Dios en todas las cosas, además de la presencia especial en el alma del justo, existe otra presencia única, absolutamente excepcional: la del Verbo en la humanidad de Jesús.

El Verbo está presente en la humanidad santísima de Jesús no sólo por unión accidental de conocimiento y de amor, como acontece en las almas de los Santos, sino por una unión sustancial; por haber el Verbo asumido y tomado para siempre como suya la humanidad santísima de Jesús, es decir, su Santísima Alma y su Cuerpo virginalmente concebido.

En Jesucristo no hay, pues, sino una sola y única Persona, que posee a la vez la naturaleza divina y la humana, sin confusión de ambas, algo así como cada uno de nosotros tiene su alma y su cuerpo sin confusión de ambos.

Esta unión sustancial de la humanidad de Jesucristo con el Verbo de Dios excede sin medida, como se ve, tanto la presencia general de Dios en todas las cosas por su inmensidad, como también la presencia especial en el alma del justo.

Hay además en la santa humanidad del Salvador como una participación admirable de la inmensidad divina, por estar presente su Cuerpo, merced a la consagración eucarística, en todos los altares de la tierra donde haya hostias consagradas.

Y en ellas está, no como en un lugar, sino a manera de sustancia. La sustancia de suyo carece de extensión, es en cierto modo superior a la extensión y al espacio; lo cual nos permite entender cómo el Cuerpo de Cristo, presente en el Cielo, está a la vez, sin multiplicarse, realmente presente en todos los tabernáculos del mundo donde haya hostias consagradas, algo así como Dios mismo está realmente presente en todos los cuerpos que conserva en la existencia.

Es ello un reflejo de la inmensidad divina.

***

Otro reflejo de esta perfección divina hallamos en la influencia universal que la Iglesia ejerce simultáneamente en todas las partes del mundo.

En cierto sentido la Iglesia está en todas partes sobre la superficie de la tierra. El alma de la Iglesia comprende, en efecto, todas las almas que están en estado de gracia; y siendo una y católica, ejerce la misma influencia sobrenatural en todos los lugares donde se predica el Evangelio.

No obstante la diversidad de naciones, razas, usos y costumbres, la Iglesia lleva a todos los lugares donde ejerce su influencia la unidad de fe, de obediencia a la jerarquía y de culto (sobre todo por medio de la Santa Misa), la unidad de alimento por la Comunión, la unidad de vida, como sea Jesucristo alimento común y obligatorio, la unidad de sentimientos cristianos, de esperanza y de caridad.

Y habiendo todos de vivir de la gracia, y más tarde de la gloria, tenemos todos unidad de bienes, que son los méritos de Cristo, y unidad de herencia, que es la vida eterna.

Mas la Iglesia, presente en los diferentes pueblos de la tierra cerca de dos mil años, no podría, ejercer esta influencia sin el Pastor supremo, establecido por Jesucristo como vicario suyo en la tierra. El ejercicio de la jurisdicción papal y episcopal conserva en la Iglesia católica la doctrina evangélica por medio del magisterio infalible; la moral y perfección cristianas, por medio de la guarda de las leyes divinas y el establecimiento de leyes eclesiásticas; el culto, mediante las diversas formas de la liturgia.

Jesucristo prometió y confirió a Pedro y sus sucesores el primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal (Mateo, 16, 16; Juan, 21, 15), diciéndoles al mismo tiempo: Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos.

He aquí un nuevo reflejo admirable de la inmensidad y de la ubicuidad de Dios.

***

En suma: Dios, espíritu puro, es inmenso y está en todas partes, ya porque en virtud de su potencia creadora conserva las criaturas corporales y espirituales en la existencia y las mueve; ya también porque nada se oculta a su vista, ni los secretos más íntimos de los corazones, que los mismos ángeles no pueden ver naturalmente.

Dios así presente en toda criatura, lo está de manera especial en los justos o en las almas que están en gracia; allí mora como en un templo donde es conocido y amado; y a veces se advierte su divina presencia por medio del amor filial que Él solo sabe inspirar en las almas.

Todavía de manera mucho más especial está el Verbo de Dios presente en la Humanidad de Cristo, a la cual está unido, no sólo de una manera accidental por el conocimiento y el amor, sino sustancialmente, haciendo con ella una sola y única Persona, un solo y único ser, sin confusión de ambas naturalezas.

Por reflejo maravilloso de la inmensidad divina, la Santísima Humanidad del Salvador está real y sustancialmente presente en los tabernáculos del mundo donde hay hostias consagradas, y en todas ellas está realmente y sin multiplicarse el mismo Cuerpo del Salvador, a manera de sustancia, algo así como Dios, espíritu puro, está presente y sin multiplicarse en las criaturas que conserva en la existencia.

Otro reflejo de la inmensidad divina es el Vicario de Jesucristo, cabeza visible de la Iglesia; por su influencia doctrinal y por su jurisdicción está presente en toda la Iglesia, en contacto, por decirlo así, con todos los fieles de todas las regiones y de todos los pueblos, para guardarlos en la unidad de fe, obediencia, culto, esperanza y caridad, y para guiarlos como Pastor supremo a los pastos de la vida eterna.

Y así como en Dios la inmensidad, que domina el espacio, va unida a la eternidad, que domina el tiempo, así también en la Iglesia la autoridad del Pastor supremo, que alcanza a todos los fieles en el espacio, se extiende también a todos los fieles que se suceden en el tiempo desde la fundación de la Iglesia hasta la consumación de los siglos.

Aparece sobre todo la grandeza de la Iglesia cuando se la considera a la luz superior de las perfecciones divinas que en ella se reflejan: la inmensidad divina, en la catolicidad; la eternidad divina, en la indefectibilidad; la unidad divina, en la unidad de la Iglesia; la santidad divina, en la de la Iglesia.

Sobre las diversas diócesis y distintas Órdenes Religiosas, la grandeza de la Iglesia se manifiesta como una participación de la de Cristo y aun de la de Dios. No obstante las miserias humanas que se infiltran dondequiera haya hombres, la belleza sobrenatural de la Iglesia aparece como la del reino de Dios.

Es preciso acostumbrarse a ver así las cosas, no horizontal y superficialmente, como si todas tuvieran el mismo valor y la misma importancia: visión materialista, concepción niveladora, que suprime el relieve, las alturas y profundidades. Es preciso habituarse a ver las cosas verticalmente o en profundidad: en la cumbre, en lo más alto, Dios, espíritu puro, inmutable, eterno, inmenso, conservador y vivificador de todas las cosas; más abajo, la Humanidad de Cristo, que nos trasmite su gracia y está presente en todos los tabernáculos del mundo; todavía más abajo, la Virgen María, medianera y corredentora, los Santos, luego el Pastor supremo de la Iglesia, los Obispos, los fieles en estado de gracia, los cristianos que conservan la fe divina y católica sin estar en gracia, y finalmente las almas que buscan la verdad, y otras que aunque descarriadas, en ciertos momentos reciben de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo luz, y llamamiento.

Esta vista vertical, o si se prefiere alta y profunda, mas no superficial, es la contemplación que procede de la fe, esclarecida por el don de inteligencia y el de sabiduría.

Debe normalmente ir acompañada de la oración católica, es decir, universal: oración que se eleva hasta la eternidad e inmensidad de Dios, por medio del Corazón Sagrado del Salvador y por medio de María, a fin de hacer desbordar en cierto modo la Misericordia divina sobre el Pastor supremo de la Iglesia, sobre los Obispos, los Generales de las Órdenes Religiosas, los fíeles todos, para que todos correspondan a lo que el Señor exige de ellos y para que santamente se encaminen hacia El.

FUENTE: Radio Cristiandad

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Apologética, Ateos, Dogmas, Teología. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s