«DESOBEDECER A LOS HOMBRES PARA OBEDECER A DIOS»


POR: MONS. MARCEL LEFEBVRE

Me ha parecido que en las circunstancias actuales no era inútil el volver a poner ante vuestros ojos lo que escribía el 20 de enero de 1978 en cuanto a algunas objeciones que se nos hacían respecto a nuestra actitud ente los problemas que presenta la situación actual de la Iglesia. Una de estas preguntas era: ¿Cómo concibe usted la obediencia al Papa? He aquí la respuesta dada en ese entonces:

«Los principios que determinan la obediencia son conocidos y tan conformes a la sana razón y al sentido común que uno se pregunta «¿cómo personas inteligentes pueden afirmar que ellas“prefieren equivocarse con el Papa antes que estar en la verdad contra el Papa”

No es eso lo que nos enseña la ley natural ni el Magisterio de la Iglesia. La obediencia supone una autoridad que da una orden o produce una ley. Las autoridades humanas, aún las instituidas por Dios, no tienen autoridad más que para alcanzar el objetivo asignado por Dios y no para alejarse de él. Cuando una autoridad usa su poder contra la ley para la cual ese poder le ha sido dado, ella no tiene derecho a ser obedecida y es preciso desobedecerle. Se acepta en esta necesidad de la desobediencia respecto al padre de familia que induce a su hija a corromperse, respecto a la autoridad civil que obliga a los médicos a hacer abortos y a matar a los inocentes, pero la autoridad del Papa sería infalible absolutamente en su gobierno y en todas sus palabras. Eso es desconocer la historia es ignorar lo que es en realidad la infalibilidad.

Ya san Pablo dijo a san Pedro que él “no actuaba según la verdad del Evangelio” (Gal. II,14). San Pablo manda a los fieles que no le obedezcan si él les predicare un Evangelio diferente al que les enseñó anteriormente (Gal. I, 8).

Santo Tomás cunado habla de la corrección fraterna, hace alusión a la resistencia de san Pablo respecto a san Pedro y comenta así: ” Resistir de frente y en público supera la medida de la corrección fraterna. San Pablo no lo habría hecho con san Pedro si no hubiera sido su igual en cierta manera… es preciso sin embargo saber que si se tratara un peligro para la Fe, los superiores deberían ser reprendidos por sus inferiores aún públicamente. Esto se ve en la manera y en la razón de obrar de san Pablo respecto a san Pedro, de quien era súbdito, de tal suerte que, dice la glosa de san Agustín “el mismo jefe de la Iglesia mostró a los Superiores que si por azar llegaban a abandonar el recto camino, que aceptasen ser corregidos por sus inferiores” (S. T. II-II q. 33, a. 4 ad 2).

El caso que evoca santo Tomás de Aquino no es quimérico ya que sucedió con Juan XXII en vida de santo Tomás. Aquel creyó poder afirmar como una opinión personal que las almas de los elegidos no gozarían de la visión beatífica sino después del Juicio Final. Escribió esta opinión en 1331 y en 1332 predicó algo semejante respecto a las penas de los condenados. pensaba proponer esta opinión por un decreto solemne. Sin embargo las reacciones ardientes de parte de los Dominicos, sobre todo los de París, y de los Franciscanos, le hicieron renunciar a esta opinión en favor de la opinión tradicional definida por su sucesor Benedicto XII en 1336.

He aquí lo que dice el papa León XIII en su Encíclica Libertas Præstantissimum del 20 de junio de 1888: “Supongamos pues una prescripción de algún poder que estaría en desacuerdo con los principios de la recta razón y con los intereses del bien público (con mayor razón con los principios de la Fe), ella no tendría ninguna fuerza de ley…” y un poco más lejos: “Cuando el derecho de mandar falta o lo mandado es contrario a la razón, a la ley eterna, a la autoridad de Dios, entonces es legítimo desobedecer, queremos decir, a los hombres, a fin de obedecer a Dios”.

Ahora bien, nuestra desobediencia está motivada por la necesidad de guardar la Fe Católica. Las órdenes que nos son dadas expresan claramente que lo son para obligarnos a someternos sin reserva al Concilio Vaticano II, a las reformas post-conciliares y a las prescripciones de la santa sede, es decir a las orientaciones y a los actos que minan nuestra Fe y destruyen la Iglesia; decidirnos a esto es imposible. Colaborar en la destrucción de la Iglesia es traicionar a la Iglesia y a Nuestro Señor Jesucristo…

Monseñor Lefebvre

23 de abril de 1988

FUENTE: EcceChristianus

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