ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA SANTA MISA


 

Autores consultados: Gregorio Alastruey y Benedictus Henricus Merkelbach.

ÍNDICE ESQUEMÁTICO

ARTÍCULO I: DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA RELATIVAMENTE CONSIDERADO

Cuestión 1. Si el Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz.

TESIS. El Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz.

Cuestión 2. Si el Sacrificio de la Misa es uno y el mismo con el Sacrificio de la Cruz.

TESIS. El Sacrificio de la Misa es uno y el mismo con el Sacrificio de la Cruz; sin embargo, se diferencia de él según la diversa manera de ofrecerle.

Cuestión 3. Si el Sacrificio de la Misa por la diversa manera de ofrecerle difiere del Sacrificio de la Cruz no solamente en número, sino también en especie.

Cuestión 4. Si además de la diferencia cuasi específica que hay entre el Sacrificio de la Misa y el Sacrificio de la Cruz existen otras diferencias accidentales.

TESIS. El Sacrificio de la Misa se distingue accidentalmente del Sacrificio de la Cruz.

Cuestión 5. Si el Sacrificio de la Misa es uno y mismo con el Sacrificio de la Última Cena.

TESIS. El Sacrificio de la Misa es específicamente el mismo con el Sacrificio de la Cena, del cual, sin embargo, se diferencia numéricamente.

Cuestión- 6. ¿Cuáles son las diferencias accidentales entre el Sacrificio de la Misa y el Sacrificio de la Última Cena?

ARTICULO II: DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA ABSOLUTAMENTE CONSIDERADO

§ I. DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA POR PARTE DE LA COSA QUE SE OFRECE

Cuestión 1. Si la substancia del pan y del vino pertenece al Sacrificio de la Misa como cosa ofrecida.

TESIS. La substancia del pan y del vino no pertenece, a la cosa ofrecida en el Sacrificio, de la Misa.

Cuestión 2. Si el Cuerpo y la Sangre de Cristo es la cosa o víctima que se ofrece en el Sacrificio de la Misa.

TESIS. La víctima que se ofrece en el Sacrificio de la Misa es el Cuerpo y la Sangre de Cristo en cuanto derramada en la Pasión o el mismo Cristo paciente.

Cuestión 3. Si para que Cristo sea la cosa ofrecida o la víctima en el Sacrificio de la Misa, es necesaria nueva inmolación.

Cuestión 4. Si las especies sacramentales son cosas que se ofrecen en el sacramento.

TESIS. Las especies eucarísticas no son cosa que se ofrece en el Sacrificio.

§ II. DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA POR PARTE DE LA ACCIÓN SACRIFICIAL

Cuestión 1. Si la esencia del Sacrificio de la Misa consiste en sola la consagración de ambas especies con orden, sin embargo, a la comunión como parte integrante.

TESIS 1. La esencia del Sacrificio de la Misa no consiste en la oblación que sigue a la Consagración.

TESIS 2. La esencia del Sacrificio de la Misa no consiste en la fracción de la Hostia y conmixtión de las especies.

TESIS 3. La comunión del sacerdote no pertenece a la esencia del Sacrificio de la Misa.

TESIS 4. La esencia del Sacrificio de la Misa consiste solamente en la Consagración de las dos especies, en orden, sin embargo, a la Comunión como a parte integrante.

Cuestión 2. ¿Cómo la consagración verifica en la Misa la esencia del Sacrificio?

TESIS. La Consagración Eucarística es Sacrificio, en cuanto que Cristo, por la separación sacramental de su Cuerpo y de su Sangre bajo las distintas especies que representan su inmolación cruenta en la Cruz, es incruenta, mística o sacramentalmente inmolado y sacerdotalmente ofrecido.

DESARROLLO

La esencia del Sacrificio de la Misa se puede considerar relativa y absolutamente.

ARTÍCULO I:
DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA RELATIVAMENTE CONSIDERADO

La esencia del Sacrificio de la Misa, relativamente considerado, puede estudiarse ya en cuanto dice relación al Sacrificio de la Cruz, ya en cuanto se compara con el Sacrificio de la Última Cena.

Cuestión 1. Si el Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz.

 1) Representar suena lo mismo que repetir o renovar la presencia de una cosa.

 Pero una cosa se puede hacer presente de dos maneras:

* o en cuanto se presenta bajo alguna figura, signo, símbolo o imagen,

* o en cuanto la misma cosa en sí se hace presente de nuevo.

En el primer sentido, una cosa, es representación de otra en cuanto es su símbolo, signo o figura, como los Sacrificios de la Ley antigua eran representativos del Sacrificio de la Cruz.

En el segundo, la representación es más estricta y completa, puesto que bajo el signo o símbolo que representa la cosa se contiene la cosa misma.

2) Del ser representativo difiere el ser memorial.

Memorial, de suyo, es aquello que reaviva o renueva la memoria de una cosa, y, por tanto, se refiere a algo ya pasado o realizado, mientras que la representación hace referencia lo mismo a lo pretérito que a lo futuro.

3) El sentido de la cuestión propuesta es que el Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz, no en cuanto nos dé una representación vacua e inane del Sacrificio de la Cruz o excite un recuerdo meramente subjetivo, sino en cuanto es conmemoración objetiva y representación viva y llena, conteniendo a Cristo Hostia de la Pasión y representando a manera de imagen la Pasión misma, esto es, la separación del Cuerpo y de la Sangre bajo las distintas especies del pan y del vino.

TESIS.
El Sacrificio de la Misa es representativo y conmemorativo del Sacrificio de la Cruz.

El Concilio de Trento (ses XXII, c. I) habla así:

«Nuestro Señor Jesucristo, aunque una sola vez se había de ofrecer a sí mismo en el ara de la Cruz, mediante su muerte, a Dios Padre, para que se obrase allí la redención eterna; sin embargo, porque por la muerte no se había de extinguir su sacerdocio, en la última Cena, en la noche en que era traicionado., para dejar a la Iglesia, su Esposa amada, un Sacrificio visible como lo exige la naturaleza de los hombres, que representase el Sacrificio cruento que había de llevarse a efecto en la Cruz, y para que su recuerdo permaneciese hasta el fin de los siglos y fuese aplicada su virtud salvadora a la remisión de nuestros pecados cotidianos que cometemos, declarándose constituido sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los dio a los apóstoles, a quienes entonces constituyó en sacerdotes del Nuevo Testamento, a fin de que bajo estas mismas especies lo recibiesen, y les mandó a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio que perpetuamente lo ofrecieren por aquellas palabras: Haced esto en memoria mía».

Y el canon 3:

«Si alguien dijere que el Sacrificio de la Misa es solamente de alabanza y de acción de gracias o mera conmemoración del Sacrificio hecho en la Cruz: Anathema sit»

 Su Santidad el Papa León Xlll dice:

«El Sacrificio de Misa es no una vana y vacía conmemoración de la muerte del mismo Cristo, sino una verdadera y admirable, aunque mística e incruenta, renovación de ella» (Enc. Miræ caritatis, 28 mayo 1902).

 Y Su Santidad Pío XI:

«Conviene que recordemos siempre que toda la virtud de la expiación depende del único Sacrificio cruento de Cristo, que de manera incruenta se renueva cada día en nuestros altares» (Enc. Miserentissimus Redemptor, 8 mayo 1928).

 San Cipriano dice:

«El Sacrificio del Señor no se celebra con santificación legítima si la oblación y sacrificio nuestro no respondiere a la Pasión. Pues lo que ofrecemos es la Pasión del Señor»

 San Juan Crisóstomo:

«¿Pues qué? ¿No ofrecemos todos los días? Ciertamente ofrecemos, pero representando el memorial de su muerte»

 San Ambrosio:

«El mundo ha sido redimido con la muerte de uno… Y así su muerte es la vida de todos. Somos señalados con su muerte; orando anunciamos su muerte; ofreciendo, predicamos su muerte»

 San Agustín:

«Los cristianos celebran la memoria de este Sacrificio con la oblación y participación del Cuerpo y Sangre de Cristo»

 San Gregorio Magno:

«Pensemos qué sea este Sacrificio en nuestro favor, con el cual imitamos siempre la Pasión del Unigénito Hijo para nuestra absolución»

 Santo Tomás:

«La celebración de este sacramento es cierta imagen representativa de la Pasión de Cristo, que es su verdadera inmolación» (3 q. 83, a. 1)

«En cuanto en este sacramento se representa la Pasión de Cristo, en la que se ofreció como hostia a Dios, según se dice en Ef, 5, 2, tiene razón de Sacrificio» (3 q. 79, a. 7)

 San Pedro Canisio:

«¿Qué es, en fin, lo que hay que creer acerca del Sacrificio del Altar…? Si bien lo consideramos, el Sacrificio de la Misa es en verdad una representación santa y viva, y a la vez una oblación incruenta y eficaz de la Pasión del Señor y de su Sacrificio cruento, que fue ofrecido en la Cruz por nosotros»

Razón teológica

a) La Eucaristía fue de tal manera instituida, que en virtud de las palabras de la Consagración se pone directamente el Cuerpo bajo la especie de pan y la Sangre bajo la especie de vino.

Ahora bien, esta distinta consagración no es sino una separación simbólica del Cuerpo y de la Sangre de Cristo; por lo que se la considera como su Muerte o inmolación mística, que como por imagen real representa objetivamente la Muerte de Cristo en la Cruz o el Sacrificio del Gólgota.

b) Esta objetiva representación del cruento Sacrificio de la Cruz es esencial al Sacrificio de la Misa; porque la razón del Sacrificio depende de la institución positiva de Cristo; y Cristo quiso esta representación de la inmolación del Calvario, y de tal manera instituyó el Sacrificio eucarístico, que por su misma naturaleza y modo de ofrecerse diga relación al Sacrificio de la Cruz.

c) Así el Sacrificio de la Cruz es sencillamente absoluto, puesto que no se refiere a ningún otro Sacrificio como a su signo y representación; mientras que el Sacrificio Eucarístico es esencialmente relativo al Sacrificio de la Cruz y su representación viva y expresa.

d) Sin embargo, a la Misa, con ser objetiva representación del Sacrificio de la Cruz, no se le puede negar ni regatear su cualidad de verdadero y propio Sacrificio; porque, como dice el Papa Pío XII: «El augustísimo Sacrificio del Altar no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es Sacrificio propio y verdadero, en el cual el Sumo Sacerdote, por incruenta inmolación, hace lo que hizo una vez en la Cruz ofreciéndose a sí mismo al Eterno Padre como hostia gratísima» (Enc. Mediator Dei, 20 nov. 1947)

La Misa, pues, aunque sea un Sacrificio esencialmente relativo al Sacrificio de la Cruz, sin embargo, no está constituido solamente por esta relación, sino que esta relación le es de tal manera esencial, que sin ella no existiría verdadera y propiamente aquel Sacrificio que Cristo instituyó «en memoria de su tránsito de este mundo al Padre, cuando nos redimió por la efusión de su sangre» (Trento.)

Cuestión 2.
Si el Sacrificio de la Misa es uno y el mismo con el Sacrificio de la Cruz.

El Sacrificio resulta principalmente de tres cosas: del sacerdote oferente, de la víctima ofrecida y de la misma oblación inmolaticia.

TESIS.
El Sacrificio de la Misa es uno y el mismo con el Sacrificio de la Cruz; sin embargo, se diferencia de él según la diversa manera de ofrecerle.

El Concilio de Trento (ses. XXII, c. 2) dice:

«Una y la misma es la víctima, uno mismo el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes y se ofreció entonces en la Cruz; sólo es distinto el modo de ofrecer»

Esto mismo repite y explica Su Santidad Pío XII:

«Idéntico, pues, es el sacerdote, Jesucristo, cuya sagrada persona está representada por su ministro. Igualmente idéntica es la víctima; es decir, el mismo divino Redentor, según su humana naturaleza y en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre. Es diferente, sin embargo, el modo como Cristo es ofrecido. Pues en la Cruz se ofreció a sí mismo y sus dolores a Dios; y la inmolación de la víctima fue llevada a cabo por medio de su Muerte cruenta sufrida voluntariamente. Sobre el Altar, en cambio, a causa del estado glorioso de su humana naturaleza, la muerte no tiene ya dominio sobre Él (Rom. 6, 9) y, por tanto, no es posible la efusión de la sangre. Mas la divina Sabiduría ha encontrado un medio admirable de hacer patente con signos exteriores, que son símbolos de muerte, el Sacrificio de Nuestro Redentor»

San Cirilo de Jerusalén:

«Ofrecemos a Cristo inmolado por nuestros pecados»

San Juan Crisóstomo:

«Qué, pues; ¿acaso no ofrecemos todos los días?… Ofrecemos siempre el mismo; no ahora una oveja y mañana otra, sino siempre la misma. Por esta razón es uno el Sacrificio; ¿acaso por el hecho de ofrecerse en muchos lugares son muchos Cristos? De ninguna manera, sino un solo Cristo en todas partes: aquí íntegro y allí también, un solo cuerpo. Luego así como ofrecido en muchos lugares es un solo cuerpo y no muchos cuerpos, así también es un solo Sacrificio»

San Agustín:

«¿No es verdad que una sola vez fue inmolado Cristo en sí mismo? Y, sin embargo, en este sacramento es inmolado no sólo durante todas las solemnidades de la Pascua, sino todos los días en todos los pueblos, ni miente el que preguntado respondiere que Él es inmolado»

San Gregorio Magno:

«Salva singularmente al alma de la eterna perdición esta víctima, la cual por el misterio nos renueva la Muerte del Unigénito, porque aunque resucitado de entre los muertos ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él (Rom. 6, 9). Sin embargo, viviendo en sí mismo inmortal e incorruptible, de nuevo se inmola por nosotros en este misterio de la sagrada oblación»

Santo Tomás:

«No ofrecemos otra oblación que la que Cristo ofreció por nosotros; esto es, su sangre. No es otra oblación, sino la conmemoración de aquella hostia que Cristo ofreció» (in Epist: ad Heb., 10, 1)

Razón teológica

a) La hostia o víctima ofrecida en el Sacrificio de la Cruz es Cristo Señor según la naturaleza humana, que derrama su propia sangre y sacrifica su vida para honrar y aplacar a Dios y procurar la salvación de los hombres. Pues bien, la víctima en el Sacrificio de la Misa es el mismo cuerpo y sangre de Cristo, y, por tanto, el mismo Cristo, en cuanto se hace presente bajo las especies de pan y vino, como dice Su Santidad Pío XII: «El divino Redentor, según la naturaleza humana en la verdad de su cuerpo y de su sangre».

b) Cristo hombre es el sacerdote principal en la Misa, y, por tanto, el mismo sacerdote que también en la Cruz se ofreció a Dios Padre como hostia aceptísima.

c) Es diverso el modo con que Cristo ofreció entonces el Sacrificio de la Cruz y ofrece ahora el Sacrificio eucarístico; porque aunque sea una y la misma en la Cruz y en la Misa la acción sacrífica, interna de Cristo, esto es, su oblación inflamada de amor a Dios y a los hombres; sin embargo, hay diversidad en la acción sacrífica externa, porque en la Misa, según enseña el Concilio de Trento: «Se inmola de modo incruento el que en el ara de la Cruz se ofreció una sola vez cruentamente»

Cuestión 3.
Si el Sacrificio de la Misa por la diversa manera de ofrecerle difiere del Sacrificio de la Cruz no solamente en número, sino también en especie.

1) Es cierto que el Sacrificio de la Misa difiere en número del Sacrificio de la Cruz, puesto que la distinción numérica de los Sacrificios resulta más bien de la acción sacrífica que de la distinción de la víctima y del sacerdote.

Ahora bien, en la Misa y en la Cruz, aunque sean numéricamente idénticos la víctima y el oferente principal, hay, sin embargo, diversidad numérica de acción sacrificativa.

2) Los teólogos están de acuerdo en que la manera de ofrecer o el acto sacrificador en la Misa y en la Cruz se diferencian numérica y específicamente.

3) La cuestión, pues, está en si por esa diferencia en el modo de ofrecer se distinguen específicamente el Sacrificio de la Misa y el Sacrificio de la Cruz.

El Sacrificio de la Misa y el Sacrificio de la Cruz, más bien que uno y el mismo, son sacrificios diversos.

No obstante, la Misa y la Cruz deben decirse uno y el mismo Sacrificio secundum quid; ya porque en ambos Sacrificios es el mismo el sacerdote principal y una misma numéricamente la víctima que se ofrece; ya porque la Misa es la imagen y representación del Sacrificio de la Cruz; y la imagen y lo representado por ella son una misma cosa en el ser representativo; ya porque el Sacrificio de la Misa es esencialmente relativo al Sacrificio de la Cruz; y, por tanto se deben decir una misma cosa, según aquello de Santo Tomás: «Donde uno existe por otro, allí parece no haber sino uno solo» (3 q. 18, a. 2 ad 3)

Cuestión 4.
Si además de la diferencia cuasi específica que hay entre el Sacrificio de la Misa y el Sacrificio de la Cruz existen otras diferencias accidentales.

TESIS. El Sacrificio de la Misa se distingue accidentalmente del Sacrificio de la Cruz.

La diversidad accidental entre el Sacrificio de la Misa y el de la Cruz surge:

a) De parte de la víctima, la cual, aunque sea numéricamente la misma en uno y otro Sacrificio, sin embargo, en la Cruz la víctima era Cristo pasible y mortal, mientras que en la Eucaristía Cristo se ofrece impasible e inmortal.

b) De parte del oferente. En la Cruz, Cristo se ofreció por sí mismo al Padre de modo visible, mientras en la Misa se ofrece de modo invisible por ministerio de los sacerdotes.

c) Por parte del efecto, que en el Sacrificio de la Cruz es la satisfacción y el mérito para completar la obra de la Redención; mientras que en la Misa es la aplicación del mérito y satisfacción consumada en la Cruz, toda vez que Cristo nada ya de nuevo merece después de su Muerte.

Cuestión 5.
Si el Sacrificio de la Misa es uno y mismo con el Sacrificio de la Última Cena.

TESIS.
El Sacrificio de la Misa es específicamente el mismo con el Sacrificio de la Cena, del cual, sin embargo, se diferencia numéricamente.

Dice el Concilio de Trento (ses. XXII) Cristo en la última Cena, «declarándose sacerdote constituido para siempre según el orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies del pan y del vino… y mandó a los apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento…, y a sus sucesores en el sacerdocio, que bajo los mismos símbolos lo ofrecieran por aquellas palabras: Haced esto en memoria mía»

De aquí que el Sacrificio de la Misa es el mismísimo Sacrificio de la Cena, que Cristo instituyó para que perdurase hasta el fin de los siglos y que El mismo de hecho le ofreció el primero en aquella noche memorable.

En uno y otro es la misma la víctima que se ofrece, el mismo el oferente principal y la misma bajo las distintas especies de pan y vino la inmolación incruenta y la manera de ofrecer.

Aunque en la Misa y en la Cena haya identidad numérica de víctima y de oferente principal, es, sin embargo, manifiesta la diversidad numérica de acción sacrificativa, y, por tanto, ambos Sacrificios difieren numéricamente entre sí como sacrificios numéricamente distintos son nuestras cotidianas oblaciones.

Cuestión 6.
¿Cuáles son las diferencias accidentales entre el Sacrificio de la Misa y el Sacrificio de la Última Cena?

El Sacrificio de la Misa se diferencia accidentalmente del Sacrificio de la Última Cena:

a) Por parte de la víctima, porque en la Última Cena se ofreció Cristo Víctima pasible y mortal, puesto que estaba próxima a la muerte; pero en la Misa se ofrece Víctima impasible e inmortal.

b) Por parte del oferente, porque en la última Cena Cristo fue sacerdote visible, que se ofreció por sí mismo en Sacrificio; pero ahora el sacerdote visible es el hombre, mediante el cual lo ofrece Cristo, sacerdote invisible.

c) Por parte de la representación. El Sacrificio de la Última Cena representaba la Muerte futura de Cristo, mientras que el Sacrificio Eucarístico en la Iglesia representa continuamente la Muerte pretérita de Cristo.

d) Por parte del mérito en Cristo, porque el Sacrificio de la Última Cena, como obra opus operantisde Cristo, era meritorio, como todas las demás acciones realizadas por Cristo cuando vivía en esta vida mortal.

Ahora, sin embargo, el Sacrificio de la Misa por parte de Cristo oferente no es meritorio, puesto que Cristo glorioso e inmortal ya no está en estado de merecer, sino sólo aplicativo de sus satisfacciones y méritos acumulados y consumados en la Cruz.

ARTICULO II: DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA ABSOLUTAMENTE CONSIDERADO

Al tratar de determinar la esencia del Sacrificio de la Misa absolutamente, puede considerarse, el Sacrificio:

1.- por parte de la cosa que se ofrece,

2.- o por parte de la acción sacrificativa.

§ I. DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA POR PARTE DE LA COSA QUE SE OFRECE

Ver Santo Tomás, Suma Teológica: III, q. 83, a. 1; q. 82, a. 4; q. 79, a. 7

Por parte de la cosa que se ofrece en el Sacrificio de la Misa se pueden considerar:

a) la substancia del pan y del vino,

b) las especies sacramentales,

c) y el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Cuestión 1.
Si la substancia del pan y del vino pertenece al Sacrificio de la Misa como cosa ofrecida.

TESIS.
La substancia del pan y del vino no pertenece a la cosa ofrecida en el Sacrificio de la Misa.

El Concilio de Trento (ses. XXII, c. 1) dice:

«Una y la misma es la víctima, uno mismo el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes y se ofreció entonces en la Cruz. Sólo es diverso el modo de ofrecer».

Ahora bien, esto no se verificaría plenamente si en un Sacrificio sólo Cristo fuese hostia y en el otro también lo fuera juntamente con el pan y el vino.

Por eso, cuando los Santos Padres dicen que Cristo ofreció el pan y el vino según el orden de Melquisedec, suelen también declarar el sentido de esta expresión, con la adición de las palabras su Cuerpo y su Sangre, dando a entender que la cosa ofrecida en el Sacrificio eucarístico no es el Cuerpo y la Sangre de Cristo en su forma connatural, sino en el estado sacramental; esto es, el Cuerpo y Sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino.

Cuestión 2.
Si el Cuerpo y la Sangre de Cristo es la cosa o víctima que se ofrece en el Sacrificio de la Misa.

TESIS.

La víctima que se ofrece en el Sacrificio de la Misa es el Cuerpo y la Sangre de Cristo en cuanto derramada en la Pasión o el mismo Cristo paciente.

El Concilio de Trento (ses. XXII, c, 2) dice:

«En este divino Sacrificio que se ofrece en la Misa, se contiene y se inmola incruentamente el mismo Cristo que de modo cruento se ofreció una vez a sí mismo en el ara de la Cruz».

San Cirilo de Jerusalén:

«Ofrecemos a Cristo inmolado por nuestros pecados».

San Juan Crisóstomo:

«Reverenciad, pues, reverenciad en esta mesa de la cual todos somos partícipes, a Cristo inmolado por nosotros, al Sacrificio puesto sobre esta mesa».

San Agustín:

«¿No es verdad que Cristo se inmoló una sola vez en sí mismo, y, sin embargo, en el sacramento es inmolado no sólo en todas las solemnidades de la Pascua, sino que se inmola todos los días en provecho de los pueblos?; y no miente el que preguntado respondiere que Él es inmolado».

San Gregorio Magno:

«Libra al alma de la eterna perdición esta víctima singular, la cual por el misterio nos renueva la Muerte del Unigénito, porque, aunque resucitado de entre los muertos, ya no muere, ni la muerte tiene ya dominio sobre Él (Rom. 6, 9); sin embargo, viviendo en sí mismo inmortal e incorruptible, de nuevo se inmola por nosotros en este misterio».

Santo Tomás:

«No ofrecemos otra oblación que la que Cristo ofreció por nosotros; esto es, su sangre».

«No es otra oblación, sino la conmemoración de aquella hostia que Cristo ofreció».

San Pedro Canisio:

«El Sacrificio de la Misa es, en verdad, representación santa y viva, y a la vez oblación incruenta y eficaz de la Pasión del Señor y de su Sacrificio cruento, ofrecido en la Cruz por nosotros».

Cuestión 3.
Si para que Cristo sea la cosa ofrecida o la víctima en el Sacrificio de la Misa, es necesaria nueva inmolación.

Es cierto que en la Cruz y en la Misa es una misma la víctima, como lo enseña el Concilio de Trento (ses. XXII. c. 2): Una y la misma es la víctima, uno mismo el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes y se ofreció entonces en la Cruz. Sólo es diverso el modo de ofrecer.

Pero discuten los teólogos sobre cómo se haya de entender la identidad de la víctima.

Quienes consideran necesaria en el Sacrificio de la Misa una nueva inmolación, que constituya a Cristo en hostia del Sacrificio, ponen una identidad meramente material, la sola identidad de sujeto victimal, como si en la Antigua Ley un cordero ofrecido en sacrificio fuese, de ser posible, resucitado y sacrificado de nuevo, en cuyo caso la víctima sería la misma no formal, sino sólo materialmente, porque habría identidad de sujeto victimal, pero no de acción o inmolación.

Mas acertadamente otros teólogos, excluyendo del Sacrificio de la Misa toda mutación o inmolación real de Cristo que le convierta en hostia, puesto que ya lo es y lo será siempre por el Sacrificio del Calvario, propugnan la identidad formal de la víctima en la Cruz y en la Misa.

Al mismo tiempo afirma esta sentencia que en la Misa hay inmolación mística, que representa la inmolación hecha en la Cruz, pero de tal manera que la Misa no sea un mero símbolo o figura del Sacrificio del Calvario, sino verdadero sacrificio.

De ahí que diga Santo Tomás:

«Aquella hostia es perpetua, y de tal manera fue ofrecida una sola vez por Cristo, que pueda ser ofrecida también a diario por sus miembros» (In 4 Sent, dist. 12, expos. textus).

San Buenaventura:

«Por lo mismo que Cristo no debió morir muchas veces, ya que su única Muerte satisfizo por los pecados cometidos y por los que en adelante se cometieren; basta, por eso, que muriendo nos dejase la víctima de su cuerpo inmolada una sola vez por nosotros, para que a diario la ofreciésemos místicamente a Dios Padre por los residuos de nuestros delitos en conmutación de la muerte, a la que a diario estamos sujetos por el pecado».

Melchor Cano:

«Aunque el cuerpo de Cristo en la Eucaristía esté vivo y la sangre circule por él, sin embargo, no es ofrecido por nosotros en cuanto que está vivo y la sangre corre por sus venas, sino que es ofrecido su cuerpo en cuanto inmolado, y su sangre en cuanto derramada en la Cruz. Y aunque haya pasado aquella oblación e inmolación externa, sin embargo, de tal manera continúa acepta a Dios y es tan perdurable su virtud, que no es menos eficaz hoy delante del Padre que en el día en que la sangre brotó de su corazón desgarrado. Por eso ahora ofrecemos verdaderamente con Cristo la misma hostia de la Cruz. Esta imagen y ejemplar en nada impide que ofrezcamos ahora la misma sangre que Cristo derramó en la Cruz, como si ahora se derramase ante nosotros».

En efecto, en la Eucaristía está presente sacramentalmente bajo las especies distintas de pan y vino, que representan la Pasión del Señor, el mismo Cristo, que resucitó ya de entre los muertos para no morir más y reina en el Cielo impasible y glorioso.

Ahora bien, Cristo en el Cielo es formaliter, la misma hostia del Calvario con todos los méritos y todas las satisfacciones de la Cruz y por la Cruz, no en cuanto que ahora se sacrifique de hecho en el Cielo, sino en cuanto que, sacrificado cruentamente en la Cruz, se sacrifica ahora incruenta y sacramentalmente en nuestros Altares para aplicarnos la satisfacción y los méritos de su Muerte.

En efecto, Cristo ofreció una vez el Sacrificio cruento de su Cuerpo y Sangre como precio de redención por los pecados de todos (Hebr. 9, 28), y de tal manera completó la Redención en sí y objetivamente, que después de ella no quedase más que hacer sino su aplicación a cada uno.

Pero, como la Redención considerada en su aplicación es de todos los días y corre perennemente para la salvación de los hombres, puesto que éstos redimidos una vez con redención objetiva son redimidos sin cesar subjetivamente; esto es, con la aplicación de la redención objetiva; por eso Cristo quiso que fuese perpetua también la oblación de la redención por medio del Sacrificio Eucarístico, que nos aplica la redención objetiva.

Así dice San Cesáreo de Arles:

«Éranos necesario que consagrase en este día el sacramento del cuerpo y de la sangre, para que continuamente se rememorase por el misterio lo que se ofreciera una vez en precio; que por correr la redención diaria e incesantemente para salud de los hombres fuese también perpetua la oblación de la redención y la víctima viviese perenne en la memoria».

Cuestión 4.
Si las especies sacramentales son cosas que se ofrecen en el sacramento.

TESIS.
Las especies eucarísticas no son cosa que se ofrece en el Sacrificio.

El Concilio de Trento (ses,. XXII, c. 1) dice que Cristo en la Última Cena ofreció su Cuerpo y su Sangre

«bajo las especies de pan y vino…, bajo signos sensibles».

No dice, empero, que Cristo ofreciera su Cuerpo y su Sangre juntamente con dichos signos sensibles.

Siendo el Sacrificio Eucarístico un Sacrificio visible, sin duda alguna su hostia debe ser visible de alguna manera.

Para esto no se requiere que la hostia sea visible per se por razón de parte alguna suya, sino que es suficiente que sea visible per aliud, esto es, por medio de otra cosa a la cual diga relación.

Pues bien; la hostia es suficientemente visible por la relación que dice a las especies sacramentales.

Debe, pues, concluirse que las especies eucarísticas no son la cosa que se ofrece, sino aquello sub quo et per quod, bajo lo cual y por lo cual se hacen víctima visible el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

§ II. DE LA ESENCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA POR PARTE DE LA ACCIÓN SACRIFICIAL

Cuestión 1.
Si la esencia del Sacrificio de la Misa consiste en sola la consagración de ambas especies con orden, sin embargo, a la comunión como parte integrante.

Ver Santo Tomás, Suma Teológica, III, q. 77, a. 7; q. 79, a. 5 y 7; q. 80, a. 12, ad 1 et 3; q. 82, a. 4, a. 10 y ad 1; q. 83, a. 1 y 4;

1º) En el Sacrificio de la Misa se distinguen principalmente seis acciones:

a) La oblación del pan y del vino en el Ofertorio de la Misa.

b) La Consagración del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

c) La oblación del Cuerpo y de la Sangre del Señor inmediatamente después de la Consagración por estas palabras:

Por tanto, Señor, nosotros tus siervos y tu pueblo santo, en memoria de la sagrada Pasión del mismo Cristo, tu Hijo, Señor nuestro, como de su resurrección de entre los muertos y también de su gloriosa ascensión a los cielos, ofrecemos a tu excelsa Majestad de tus propios dones y dádivas la hostia pura, la hostia santa, la hostia inmaculada, el pan santo de vida eterna y el cáliz de perpetua salud.

Unde et memores, Domine, nos servi tui, sed et plebs tua sancta, ejusdem Christi Fílii tui, Domini nostri, tam beatæ passionis, nec non et ab inferis resurrectionis, sed et in cælos gloriosæ ascensionis: offerimus præclaræ majestati tuæ de tuis donis ac datishostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immaculatam, Panem sanctum vitæ æternæ, et Calicem salutis perpetuæ.

 d) La fracción de la Hostia y conmixtión de las especies.

e) La Comunión por el sacerdote de una y otra especie consagradas por él.

f) La distribución de la Sagrada Comunión.

2º) Es cierto para todos que la oblación del pan y del vino, que se hace en el Ofertorio, no constituye la esencia del Sacrificio de la Misa.

Esa oblación es mera preparación para el Sacrificio. La víctima del Sacrificio de la Misa es Cristo Señor Nuestro, el cual en este momento todavía no está presente en el Altar.

En la Santa Misa, después de la oblación del pan y del vino se recita esta oración:

«Ven, Dios santificador, omnipotente y eterno, y bendice este Sacrificio preparado a tu santo nombre».

Veni, sanctificator omnipotens æterne Deus: et benedic hoc sacrificium, tuo sancto nomini præparatum.

Palabras que indican que esa oblación es una preparación del Sacrificio, no el Sacrificio mismo.

3º) También es indudable que la distribución de la Comunión a los fieles no entra en la esencia de la Misa.

La distribución de la Comunión no es Sacrificio, sino participación del Sacrificio. Por lo que el Concilio de Trento (ses. XXII, c. 6) aprueba y recomienda también aquellas Misas en las cuales sólo él sacerdote comulga sacramentalmente.

4º) La cuestión, pues, queda limitada a las otras cuatro acciones, esto es, si la esencia del Sacrificio de la Misa consiste en sola la Consagración de ambas especies o en alguna otra acción total o parcialmente.

Es hoy sentencia común la que afirma que la esencia del Sacrificio consiste en sola la Consagración de las dos especies, con orden, sin embargo, a la Comunión del sacerdote como parte integrante.

TESIS 1.
La esencia del Sacrificio de la Misa no consiste en la oblación que sigue a la Consagración.

No se hace mención de ella en el Evangelio, y no es creíble que los Evangelistas guardaran silencio sobre un rito esencial del Sacrificio Eucarístico, cuya institución dependía sólo de la voluntad de Cristo.

Además, la acción que no se ejecuta en la Persona de Cristo no constituye esencialmente el Sacrificio de la Misa. Ahora bien, esta oblación no se hace en la Persona de Cristo, sino en la persona del ministro y de la grey cristiana, como aparece en las palabras en ella empleadas:

“Por tanto, Señor, nosotros tus siervos y tu pueblo santo (…) ofrecemos a tu excelsa Majestad de tus propios dones y dádivas la hostia pura, la hostia santa, la hostia inmaculada, el pan santo de vida eterna y el cáliz de perpetua salud”.

Finalmente, esta oblación no ha estado siempre en uso en la Iglesia.

TESIS 2.
La esencia del Sacrificio de la Misa no consiste en la fracción de la Hostia y conmixtión de las especies.

La fracción de la Hostia no afecta a la especie de vino, y la acción sacrificativa debe alcanzar a una y otra especie.

La fracción propiamente no recae en la Hostia del Sacrificio, que es Cristo, sino solamente sobre los accidentes:

“La fracción se hace por la división de lo cuanto. Pero lo cuanto que aquí se divide es las especies sacramentales, ya que no se divide el cuerpo de Cristo, que es incorruptible, ni la sustancia del pan, que no permanece. Luego son las especies sacramentales las que se fraccionan” (3. q. 77, a. 7 sed contra). “No se puede decir que el verdadero cuerpo de Cristo se fraccione. Primero, porque es incorruptible e impasible. Segundo, porque está todo entero en cada una de las partes, como se ha dicho ya. Todo lo cual es incompatible con que sea fraccionado” (3. q. 77, a. 7).

Y no puede objetarse que también Cristo partió el pan, porque esta acción de Cristo fue una fracción usual encaminada a la distribución, mientras que en la Misa es una fracción mística instituida por la Iglesia para significar el misterio.

Y así dice Santo Tomás:

“La fracción, como los otros accidentes, tiene como sujeto la cantidad dimensiva del pan. Y, como las especies sacramentales son el verdadero cuerpo de Cristo, así la fracción de estas especies es el sacramento de la Pasión del Señor, Pasión que tuvo lugar en el verdadero cuerpo de Cristo” (3. q. 77, a. 7).

Sin embargo, sólo la doble Consagración es perfecta representación del Sacrificio de la Cruz, como Cristo quiso que fuese representado.

Además, esta fracción debe omitirse si casualmente cae la Hostia en el Cáliz y se empapa toda ella (Misal Romano, De defectibus Missæ, tit. 10, 10.)

Finalmente, no se lee que Cristo mezclase la Hostia con la Sangre, sino que las distribuyó en seguida.

TESIS 3.
La comunión del sacerdote no pertenece a la esencia del Sacrificio de la Misa.

El Sacrificio de la Misa se ofrece en Persona de Cristo, que es el Sacerdote principal; en cambio, la comunión del sacerdote no se hace en Persona de Cristo, sino en persona del mismo comulgante y para su propia utilidad.

La comunión no es acción sacrificial, sino participación del Sacrificio en provecho del que comulga, y, por tanto, supone ya completo el Sacrificio.

La esencia del Sacrificio de la Misa consiste en aquella de sus acciones que es apta para representar el Sacrificio de la Cruz, del cual la Misa es conmemoración objetiva. Ahora bien, la comunión no sirve para representar el Sacrificio de la Cruz, puesto que no es ella la oblación e inmolación características del Sacrificio, sino solamente la comunicación de los bienes divinos por la participación de la víctima.

La principal razón que movió a algunos teólogos a incluir la comunión del sacerdote entre los elementos esenciales del Sacrificio de la Misa fue su propia opinión de que la destrucción real de la víctima es esencialmente necesaria para el Sacrificio, y esa destrucción se obtiene, según ellos, en la comunión del sacerdote, en la cual Cristo, al corromperse las especies, es destruido de alguna manera, según su ser sacramental.

Pero aunque se admita la necesidad de la destrucción real de la víctima en los Sacrificios del Antiguo Testamento y en el Sacrificio de la Cruz, no por esto se sigue que haya que aceptar igual destrucción en el Sacrificio de la Misa, el cual es un Sacrificio completamente singular y sui generis, que sólo analógicamente conviene con los otros Sacrificios.

Por lo demás, aun concediendo que sea necesaria la destrucción de la Víctima en el Sacrificio de la Misa, no se ve la necesidad de vincularla a la comunión del sacerdote. En efecto, si la destrucción es meramente simbólica o representativa, ya se halla suficientemente salvada en la Consagración, sin que haya que recurrir a la comunión. Pero si se afirma que la destrucción debe ser real, téngase en cuenta que ella en nada puede afectar a la Víctima de este Sacrificio que es, Cristo, glorioso, íntegro e inmortal, bajo las especies sacramentales.

Tampoco cabe afirmar que Cristo sea destruido en la Comunión, al perder por la corrupción de las especies su ser sacramental; porque de ello se seguiría que el Sacrificio Eucarístico no se consuma en el Altar, sino en el estómago, al alterarse en él las especies; ni sea efecto de un acto libre y moral del Sacerdote oferente, sino de la acción espontánea y natural de su vida vegetativa.

Además, aunque con la corrupción de las especies se destruya la relación de continencia que poseían las especies y cese por lo tanto bajo ellas la presencia sacramental de Cristo, sin embargo, esa destrucción no alcanza a Cristo Hostia del Sacrificio ni puede considerarse como inmolación real y física, sino solamente como mística, representativa o simbólica. Pues bien, la inmolación mística o simbólica ya se verificó precedentemente en la Consagración de ambas especies.

TESIS 4.
La esencia del Sacrificio de la Misa consiste solamente en la Consagración de las dos especies, en orden, sin embargo, a la Comunión como a parte integrante.

En San Mateo 26, 26-29; San Marcos 14, 22-24; San Lucas 22, 19-20; I Corintios 11, 23-26, se narra la Institución de la Santísima Eucaristía hecha por Jesucristo en la Última Cena.

Pues bien, las palabras y acciones de Nuestro Señor que en dichos pasajes se refieren y que forman el argumento para demostrar que la Eucaristía es verdadero Sacrificio pertenecen precisamente a la Consagración.

San Ireneo dice:

«Cristo tomó el pan y dio gracias diciendo: Esto es mi cuerpo; e igualmente tomó el cáliz y manifestó ser su sangre, y mostró la oblación nueva del Nuevo Testamento, que, recibida de los apóstoles ofrece a Dios la Iglesia en todo el mundo»

San Juan Crisóstomo:

«La expresión Esto es mi cuerpo dicha en las iglesias en cada uno de los Altares desde entonces hasta hoy y hasta su venida realiza el Sacrificio»

Santo Tomás:

Este sacramento, en efecto, en cuanto representa la Pasión de Cristo, en la que Cristo se ofreció a sí mismo como víctima a Dios, como se dice en (Ep 5,2), tiene razón de sacrificio. (q. 79, a. 7).

Ahora bien, la representación de la Pasión del Señor se realiza en la misma consagración de este sacramento, en la que no se puede consagrar el cuerpo sin la sangre. (q. 80, a. 12 ad 3).

Luego, este sacramento se realiza con la consagración de la eucaristía, en la que se ofrece a Dios el sacrificio (q. 82, a. 10 ad 1)

«La consagración del crisma o de cualquier otra materia no es Sacrificio, como lo es la consagración de la Eucaristía» (3, q. 82, a. 4 ad 1)

Razón teológica:

El Sacrificio de la Misa es esencialmente representativo del Sacrificio de la Cruz.

Pues bien, en sola la Consagración separada de las especies del pan y del vino se halla la verdadera representación del Sacrificio del Calvario.

Porque la separación de las especies (bajo las que se halla presente el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en virtud de las palabras de la Consagración), aunque no sea una inmolación física y real, es, sin embargo, una inmolación mística o sacramental, maravillosamente apta para representar a Cristo inmolado, es decir, separados su Cuerpo y su Sangre, como lo estuvieron en la Cruz.

Jesucristo consagró bajo una y otra especie; y mandó a los Apóstoles y a sus sucesores en el sacerdocio que reiterasen el mismo acto en memoria suya.

Sin la Consagración de ambas especies no hay representación perfecta del Sacrificio de la Cruz.

Porque la sola Consagración del pan con las palabras de la forma, no representa la Muerte del Señor; puesto que sólo en oposición a la otra especie y a la otra forma muestra su Cuerpo muerto y exangüe.

Asimismo, la Consagración sola del vino por las palabras de la forma representa la Sangre del Señor como derramada, pero no ofrece a nuestros sentidos a Cristo íntegro y total inmolado por nosotros por la efusión de su sangre.

Por eso dice Santo Tomás:

«Por tres razones también se reparte en doble especie: (…) b) por su significación, por ser el memorial de la Pasión del Señor, por la cual se separo del Cuerpo la Sangre de Cristo; por cuya razón, en el Santo Sacrificio, se ofrece por si la Sangre, aparte del Cuerpo.» (In Ep. ad Cor. I Cor 11, 23-24, lect. 5).

«… porque la Sangre, consagrada por su lado, representa de modo especial la Pasión de Cristo, por la cual su Sangre quedo separada del Cuerpo y, por consiguiente, en la consagración de la Sangre era conveniente se expresase la virtud de la Pasión de Cristo» (In Ep. ad Cor. I Cor 11, 25-26, lect. 6).

«… La Sangre consagrada separadamente del Cuerpo es representación viva y expresa de la Pasión de Cristo. Por eso se hace mención de su efecto en la Consagración de la Sangre más bien que en la Consagración del Cuerpo, que es el sujeto de la Pasión—passionis subiectum—, como lo indican las palabras del Señor: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros, como si dijera: que se somete a la Pasión por vosotros» (3, q. 78, a. 3, ad 2)

Donde se ve que Santo Tomás atribuye a la Consagración de la Sangre la parte principal en la representación del Sacrificio de la Cruz que se verifica en la Misa, toda vez que enseña que en la Consagración del Cuerpo se representa el sujeto de la Pasión, pero en la Consagración de la Sangré el misterio mismo de la Pasión de Cristo, operada por la efusión de su Sangre.

Es, pues, necesaria la Consagración previa del Cuerpo, porque es menester, para que la representación de la Pasión pueda obtenerse, que haya sujeto, y en la Cruz lo fue el Cuerpo de Cristo lacerado y separado de su Sangre en el momento de su Muerte.

Finalmente, Cristo, ofreciendo el Sacrificio Eucarístico en la Última Cena y a diario en nuestros Altares, es Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Hebr. 7, 1 7). Ahora bien, Melquisedec sacerdote del Dios altísimo ofreció Sacrificio de pan y vino (Gen. 14, 18). Luego para que al tipo responda el anti-tipo y a la figura lo figurado, es necesario que se haga también en las dos especies de pan y vino la Consagración del Sacrificio Eucarístico.

El Concilio de Toledo dice:

«Hay que sostener firmemente, que cuantas veces inmola el sacerdote en el Altar el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, otras tantas se hace partícipe de su cuerpo y de su sangre»

Santo Tomás:

«Todo el que ofrece el Sacrificio debe hacerse partícipe de él, porque el Sacrificio que exteriormente se ofrece es símbolo y señal del Sacrificio interior con que cada uno se ofrece a sí mismo a Dios (…) Y por eso es necesario que el sacerdote, siempre que consagre, reciba íntegramente este sacramento» (3, q. 82, a. 4)

El Sacrificio Eucarístico es conmemoración y representación viva y esencial del Sacrificio de la Cruz, en que se nos ofrece la Víctima divina en forma de comida y de bebida para alimento espiritual de nuestras almas. Ahora bien, la comida y la bebida se ordenan a la sunción y, por tanto, aunque la sunción o comunión no sea esencial al sacrificio, sin embargo, lo integra y lo completa.

Al llegar a este punto, fuerza es acentuar la distinción, que hay entre el orden o relación a la sunción o Comunión y la Comunión misma.

El orden o relación a la comunión pertenece a la razón interna del Sacrificio Eucarístico, porque instituida la Eucaristía a modo de comida y bebida, es un Sacrificio destinado y ordenado de suyo a que de él se participe y se reciba; pero no así la sunción o Comunión, que sólo afecta a su integridad y sólo extrínsecamente lo completa y perfecciona.

Supuesto ese orden o relación del Sacrificio Eucarístico a la sunción o comunión, no puede ésta omitirse sin que aquél quede de alguna manera imperfecto y privado de su fin.

La Comunión del sacerdote es necesaria para la integridad y complemento del Sacrificio. Por esta razón se la debe considerar de derecho divino, como impuesta por Cristo, que instituyó el Sacrificio.

Así, el sacerdote oferente debe en la Misa comulgar siempre; y debe comulgar con las mismas especies en que hizo la Consagración, para así conservar la unidad del Sacrificio entre la esencia y la parte integrante. Por lo que, si el sacerdote se accidentara después de la Consagración y se viere impedido de comulgar, le debe substituir otro sacerdote que consume el Sacrificio (De defectibus in celebralione Missæ occurrentibus, X, 3)

Cuestión 2.
¿Cómo verifica la consagración en la Misa la esencia del Sacrificio?

Sería harto prolijo referir con minuciosidad las opiniones de todos los teólogos acerca de la esencia del Sacrificio de la Misa.

Comúnmente, los antiguos teólogos admiten la inmolación mística como constitutiva del Sacrificio de la Misa, aunque la expliquen de diversas maneras.

Tal es el sentir de:

Santo Tomás: 3, q. 73, a. 4 ad 3; q. 74, a. 1, a. 7 ad 2; q. 76, a. 2 ad 1; q. 78, a. 3 ad 1, ad 2, ad 7; q. 79, a. 7; q. 80, a. 12 ad 3; q. 83, a. 1;

Cayetano De Missae sacrificio et ritu adversus Lutheranos, c. 6.

Cano De locis theol, 1. XII.

Juan de Santo Tomás: De sacr. Euchar. 752.

Salmerón: Comm. in Evang. Hist., tr. 29.

Billot: De Eccl. Sacram. De sacrificio Missæ, 3

Van Noort: De Sacram., sect. 4, q. 3, a. 3.

Grimal: Le Sacerdote et le sacrifice de N. S. J. C., p. IV, c. 1

Heris : Le mystére du Christ, c. 4

Michel: La Messe chez les Theólogiens posterieurs au Concile de Trente

Hervé: De Ss. Euchar., p. II, c. 2, a. 2.

Diekamp: De Euchar., c. 2, 35.

Filograssi: De ss, Euchar., p. II, q. 3, a. 1.

Garrigou Lagrange: O. c., p. II, c. 2, a. 2.

Vonier: Doctrina y clave de la Eucaristía, c. 12

Daffara: De Euchar., th. 92.

Según esta sentencia, la consagración verifica la razón de Sacrificio, porque es inmolación mística o sacramental de Cristo bajo las especies separadas de pan y vino, que representan y renuevan incruentamente la inmolación cruenta de la Cruz; y es al mismo tiempo oblación ritual hecha por Cristo Sacerdote principal por ministerio de los sacerdotes, visibles, en honor y reconocimiento de la suprema majestad de Dios.

TESIS.
La Consagración Eucarística es Sacrificio, en cuanto que Cristo, por la separación sacramental de su Cuerpo y de su Sangre bajo las distintas especies que representan su inmolación cruenta en la Cruz, es incruenta, mística o sacramentalmente inmolado y sacerdotalmente ofrecido.

En efecto, dos cosas son necesarias en el Sacrificio, a saber: la inmolación de la víctima y su oblación; y ambas concurren en la Consagración Eucarística.

La inmolación de Cristo en la Misa bajo las especies separadas del pan y del vino no es física y cruenta, sino mística, sacramental e incruenta; por lo tanto, no conviene unívocamente, sino sólo analógicamente con la inmolación de la Cruz.

Basta, sin embargo, esa inmolación para la razón de Sacrificio, porque la destrucción o muerte de la víctima en el Sacrificio no se requiere por sí, sino por su significación simbólica.

Ahora bien, esa inmolación mística o sacramental de Cristo, sacerdotalmente ofrecida, tiene verdadera razón de signo sacrificial, puesto que significa y representa el Sacrificio de la Cruz, de tal manera que este mismo Sacrificio de la Cruz esté contenido realmente bajo las especies, aunque en el orden sacramental.

Las especies de pan y vino, en cuanto que por virtud de las palabras de la Consagración ponen separadamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, representan y contienen a Cristo paciente formalmente como víctima de la Cruz, que en calidad de tal padeció y derramó su sangre para honrar y aplacar a Dios y redimir al género humano.

Aunque la Sangre del Señor no se derrama (está presente bajo una y otra especie), sin embargo, por la Consagración se encuentra separada del Cuerpo.

La oblación sacrificial es un acto de la voluntad que presenta y dedica a Dios la víctima del Sacrificio. Cristo, que es el sacerdote principal del Sacrificio Eucarístico, se presenta a sí mismo a Dios en la Consagración y se ofrece místicamente inmolado por la separación sacramental del Cuerpo y de la Sangre bajo las distintas especies de pan y vino: inmolación mística que, a la vez que le pone presente en el Altar, muestra externa y sensiblemente la víctima misma de la Cruz y el mismo Sacrificio del Calvario.

El Sacrificio del Altar no es sacrificio por una razón, y representación por otra. En cuanto es sacrificio, es representativo; y en cuanto representa la Pasión, es sacrificio.

El Sacrificio de la Misa, por su misma esencia o su propia inmolación, es formalmente representativo del Sacrificio de la Cruz.

La inmolación de Cristo en la Misa es la representación del Sacrificio cruento de la Cruz. La inmolación incruenta de Cristo es la representación de la inmolación cruenta.

El Sacrificio Eucarístico consiste esencialmente en la inmolación simbólica o mística, es decir, en la representación de la misma Pasión del Señor por la doble Consagración.

En virtud de las palabras, solamente está presente el Cuerpo bajo la especie de pan, y solamente está presente la Sangre bajo la especie de vino.

De donde, la especie consagrada de pan representa solamente el Cuerpo; y la especie consagrada de vino representa solamente la Sangre.

El Cuerpo y la Sangre están separados, no realmente, sino sacramentalmente.

Por lo tanto, bajo las especies, Cristo está en estado externo de separación del Cuerpo de la Sangre, pero no como si la Sangre estuviese realmente separada del Cuerpo.

Además, las especies de pan y de vino son especies de cosa inanimada; por lo cual representan el Cuerpo y la Sangre inanimados: un Cuerpo exangüe y muerto, y una Sangre derramada.

De donde se sigue que, aunque Cristo no esté realmente muerto, se encuentra, sin embargo, en estado externo de destrucción y muerto, como si fuese cruentamente occiso.

La representación de la Sangre derramada, en orden a la significación sacrificial, equivale a la inmolación real.

La esencia de una cosa es aquello que es concebido primero en ella, y de lo cual todo deriva.

Ahora bien, en la muerte cruenta lo primero que es concebido es la efusión de sangre, de la cual se sigue la ausencia de movimiento y de vida, así como el estado de muerte.

En la muerte simbólica, lo primero que es concebido es la separación sacramental de la Sangre del Cuerpo, cuyo estado externo de muerte es una consecuencia concomitante.

Por lo tanto, la separación sacramental de la Sangre del Cuerpo es lo esencial del Sacrificio Eucarístico, mientras que el estado externo de muerte es una consecuencia concomitante del mismo.

Si bien el Sacrificio Eucarístico consiste formalmente en la oblación, sin embargo, no exige una oblación distinta de la inmolación, sino que es ofrecido en la misma inmolación incruenta o simbólica.

Así como la Muerte voluntaria de Jesucristo constituye formalmente el Sacrifico de la Cruz; del mismo modo, la misma representación del Sacrifico de la Cruz en el Sacramento constituye formalmente el sacrificio incruento.

El Sacrificio de la Misa no es una nueva inmolación en sentido propio o muerte cruenta. Por eso, Santo Tomás enseña (q. 83, a. 1) que la celebración de este Sacramento es considerada como inmolación de Cristo porque es una imagen representativa de la Pasión de Cristo, que es verdadera inmolación; y porque por este sacramento nos hacemos partícipes de los frutos de la Pasión del Señor.

Sin embargo, sobre el Altar se lleva a cabo una nueva inmolación simbólica, o verdadera inmolación incruenta, como enseñan los Santos Padres y el Concilio de Trento.

Pero en el Altar no hay una nueva Víctima u Hostia. Por la Resurrección y Ascensión Jesucristo adquirió un estado definitivo de Hostia inmolada, aceptada y glorificada.

Sobre el Altar no es consagrado de un nuevo modo en Hostia, sino que la Víctima perpetua es constituida sacramentalmente presente, para ser nuevamente ofrecida.

Uno y eterno es el Sacrificio del Nuevo Testamento, de modo que no puede haber nueva víctima ni nueva real inmolación, puesto que con su única inmolación sobre la Cruz Jesucristo adquirió un mérito infinito y satisfizo abundantemente por los pecados.

Por lo tanto no habrá un nuevo sacrificio de por sí propiciatorio. Pero nada impide que la inmolación de la misma Hostia sea renovada simbólicamente como signo, para que se apliquen los méritos y satisfacciones de la Cruz.

No hay que confundir verdadera inmolación incruenta con inmolación figurativa o metafórica.

La Santa Misa es, en sí misma, un sacrificio absoluto, no meramente representativo. Por ello, exige una real inmolación o inmutación.

Pero, para ello basta la doble Consagración.

Aunque no ejerza ninguna acción respecto de las cosas circunstantes, Jesucristo está en el Santísimo Sacramento con todas las acciones vitales que ejerce en el Cielo y con todas las dotes gloriosas que tiene, aunque esté allí inmutable (immutatus).

De donde se sigue que no sufre ninguna mutación, sino que es puesto externamente en estado de humillación de cosa inanimada, como casi no viviente.

Padre Juan Carlos Ceriani

Tomado de: Los Especiales de Radio Cristiandad

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