«FUERA DE LA IGLESIA NO HAY SALVACIÓN» II


La unicidad del Mediador es una verdad que no se puede conocer sino por la Revelación, pero que es fácil de entender.

La salvación es superior a las fuerzas de la naturaleza por dos razones: primero, porque el fin al cual llama Dios al hombre es de orden sobrenatural, la visión de Dios cara a cara, sin el medio de ideas humanas, y segundo, porque la naturaleza humana está herida por el pecado original y los personales, y desde luego no puede volver a darse a la vida que perdió. Un hombre herido durante la ascensión de un cerro, tendido sobre una roca inaccesible, no puede subir en el helicóptero de rescate por sus propias fuerzas, sino que ocupa que los rescatistas se lo lleven. De la misma manera, «nadie subió a los cielos sino el que bajó de los cielos, el Hijo del Hombre» (Jn. 3, 13). San Agustín explica ese pasaje diciendo que no podemos subir a los cielos a no estar en Jesucristo. El Mediador es único porque «no hay debajo del cielo otro nombre dado a los hombres por el cual tenemos que ser salvados» (Act. 4, 12). Dios ha querido «recapitular todo en Él» (Ef. 1, 10), y en ningún otro.

Pero la unidad interior del Mediador es todavía más admirable, es la unión hipostática: dos naturalezas unidas en una Persona, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Aquí también encontramos la caridad que da y une. Vemos bien la unión admirable, sustancial, en una sola Persona, con una armonía y conformidad perfecta del pensamiento humano de Cristo con la Voluntad Divina. Vemos el de lo divino a esa naturaleza humana concreta, irradiándola con la luz divina, colmándola de Vida divina, comunicándole poderes realmente divinos, no sólo de hacer milagros, sino de resucitar muertos y más, perdonar los pecados en su propio nombre. Más, ¿dónde está el don de esa naturaleza concreta a la Naturaleza Divina? Es el ofrecimiento que empieza en su primer instante (Heb. 10, 5) y que culmina en el sacrificio de la Cruz, en el cual Nuestro Señor Jesucristo se ofrece a sí mismo para reparar la gloria de su Padre ofendido por el pecado, sacrificio de adoración perfecto, don total de lo humano a lo Divino.

Se puede decir que la Santísima Trinidad no quiso más Encarnación redentora porque esa última manifiesta mejor la caridad divina y el don total, en el sacrificio redentor.

De la unicidad del mediador se deriva la unicidad de la Iglesia: no hay más que una sola religión, una sola Iglesia que venga desde arriba, la que ha sido fundada por Nuestro Señor Jesucristo. toda religión humana viene desde abajo, la Iglesia de Cristo sola «desciende de Dios, adornada como una esposa para su esposo» (Apoc. 21, 2), con las cuatro notas de Unidad, Santidad, Catolicidad y Apostolicidad, mediante las cuales puede y tiene que ser reconocida por cualquier hombre de buena voluntad. Desde el principio, el cristianismo se presenta como única verdadera religión, único y verdadero culto, tanto en frente de las filosofías paganas que pretendían tener la verdad pero sin tener culto, como en frente de las religiones paganas que tenían un culto sin verdad. Y no sólo se presentaba como tal, sino que lo comprobaba con milagros y el cumplimiento de las profecías (Jesucristo es el único fundador de religión cuya venida haya sido profetizada siglos antes de su venida). El verdadero cristianismo, o sea la Iglesia católica, probaba que era la única de Cristo en particular por el cumplimiento de las profecías relativas a su propia catolicidad. Por ser humanas, las demás religiones están mezcladas de errores y de vicios, son falsas religiones; por venir de lo alto, la Iglesia católica es la Esposa Inmaculada en su doctrina y en su moral. Ahora bien la mezcla del error y la verdad, de virtudes (naturales) y de vicios no puede agradar al Dios verdadero, y por lógica no puede salvar; sólo la verdad íntegra agrada al Dios que es Verdad; sola puede agradar al Dios tres veces Santo, y salvar almas, una religión que excluye el pecado mortal, no sólo predicando la moral verdadera, sino también proporcionando la gracia necesaria para ponerla en práctica.

Pero se entiende mejor la unicidad de la verdadera Iglesia, la Iglesia Católica, cuando se considera a su unidad interior, fruto de la caridad que da y une. A los Ángeles, Cristo se ha dado con liberalidad haciéndoles ver cara a cara su divinidad; a los hombres Cristo se ha dado con misericordia.

TOMADO DE: EcceChristianus

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