LOS SANTOS INOCENTES


Colecta del día

  Deus, cujus Hodierna die Praeconium Innocéntes martyres no Loquendo, sed moriéndo conféssi sunt: ​​Omnia nobis en vitiórum mala mortificación; ut fidem tuam, quam lingua nostra loquitur, etiam moribus vita fateátur. Per Dominum ..

‘Haremos referencia a aquel extraño, despótico, ingobernable e indescriptiblemente cruel personaje, a quien los Evangelistas designan enfáticamente como ‘EL REY HERODES’- aquel hombre peculiar que usurpó el Trono de David cuando nacía Cristo, el verdadero Rey. La prueba que nos permite identificar al ‘rey’ de Daniel, 11.36-39 con Herodes el Grande y su dinastía, es tan convincente, que nos sentimos seguros al decir que la profecía no puede referirse a ningún otro. ‘Sería realmente extraño si […] no se hiciese mención en la Escritura de aquel singular personaje, que ejerció sobre los asuntos de la Judea y sus destinos, una influencia tan grande que supera a la de todos los demás gobernantes, y que estaba sentado sobre el trono de lo que ya eran las ruinas del Antiguo Israel cuando la Encarnación del Señor.  Las palabras, ‘el rey,’ debieran bastar, bajo la luz del contexto, sin mayor descripción, para que aquellos que escudriñan el Santo Escrito identificaran a Herodes; pues solamente Herodes es llamado por tal título en los Evangelios: y sólo él tuvo el rango y la autoridad de ‘rey’ en Israel, en los días post-exílicos, ‘los últimos días’ de la profecía de las Setenta Semanas. El texto no habla de un rey sino del rey, empleándose el artículo enfático en la lengua Hebrea…’ El ‘hombre de pecado’ descripto en 2 Tes, 2.3-10, entienden algunos, sería el ‘rey’ de Daniel, 11.36.  Ahora, éste no es llamado ‘un’ rey, ni descripto como dueño de un rango sacerdotal, sino como uno que reclama culto divino en el Templo de Dios, respaldando sus pretensiones con milagros y prodigios mentirosos. El ‘rey’ de Daniel 11.36 es un personaje muy distinto, y alcanza sus objetivos de una manera diferente, como lo comprenderá todo aquel que compare, con diligencia, ambos pasajes…’  Aún más (y a esto queremos llamar específicamente la atención,) se dice de este rey que ‘prosperará hasta que se verifique la desolación,’ – o hasta que la Ira se consume – en cumplimento de lo cual la dinastía Herodiana mantuvo, (navegando los conflictos de los tiempos,) su favor con Roma, y floreció en autoridad en Palestina, hasta la destrucción de Jerusalén, lo que constituye ‘la ira,’ o ‘indignación,’ o ‘tribulación’ a la cual estas profecías de Daniel [en su sentido inmediato] se vinculan, señalando ‘el fin’ de la nación del viejo Israel. Pues fue ‘Herodes el Rey’ quien buscó dar muerte a Cristo muy pronto, luego de su nacimiento, y fueron sus herederos, de la misma familia, quienes dieron muerte a Juan el Bautista (hecho consumado por Herodes Antipas) y a Santiago, hermano de Juan (a manos de Herodes Agripa I, quien además llevó a la cárcel a San Pedro, con el propósito de entregarlo a los Judeanos,) y, finalmente envió a San Pablo en cadenas a Roma (lo cual dictaminó Herodes Agripa II, el último de la dinastía,

2. ‘Cuando el rey Herodes escuchó estas cosas, se perturbó, y toda Jerusalén con él.’ Herodes se consternó, pues temía perder el reino de los Judeanos, ahora que Cristo, su verdadero y legítimo Príncipe, había nacido. ‘Qué maravilloso’ dice San Agustín, ‘que la impiedad se turbe cuando nace la piedad.’ (Serm. 2, de Innocent.) Jerusalén se desquició, pues; tanto porque había muchos que seguían a Herodes, cuanto como por el susurro de los Escribas y los Jefes de los Sacerdotes, que medraban en la molicie y buscaban su propio beneficio, transidos por un sueño cobarde de letargo moral e intelectual: tal como sucede ahora con las espurias ‘jerarquías’ de las Iglesias Apóstatas y de la misma Roma, sede del Sanhedrín contemporáneo. Los Talmudistas no increpaban a Juan el Bautista o a Jesús por los bautismos y los milagros; ellos aducían que Juan y Jesús no tenían lascredenciales del Sanhedrín, de aquellos Setenta que, desde la Epifanía de la Ley dada a Moisés, detentaban la autoridad en Israel. Ellos cuestionaban la ‘sucesión apostólica’ del Amigo del Esposo, como la del Divino Maestro. Pero lascredenciales de ambos tenían origen celeste; les fueron dadas por el Padre Eterno,  en el Poder del Verbo y del Paráclito. Así se levantan Elías y Enoch, en el tiempo del fin, dos jefes espirituales que vienen en defensa del Verbo desde el ex Protestantismo y la Ortodoxia oriental, como profetizaba el padre Leonardo Castellani. – Los Fariseos no sabían qué pensar en cuanto la Venida de Cristo, como hoy el -papa y demás apóstatas de las Iglesias caídas no saben qué pensar de la Segunda Venida de Cristo.  Ahora que ‘el Cetro se había apartado de Judá’ según Jacob lo había previsto, ahora sucedía que el Cristo, el Rey de Reyes, iría a nacer. Así lo observa sabiamente S. Gregorio, (Hom. 10. in Evangel.) ‘Cuando el Rey de los Cielos nació, el rey terrenal se ofuscó, pues, por cierto, la exaltación mundanal es confundida cuando se revela la grandeza celeste.’ – Fue entonces que Herodes, percibiendo que los Sabios reyes magos lo habían eludido, montó en una violenta y amarga cólera contra los niños. Como lo dice  S. Juan Crisóstomo, ‘Inextinguible es la ira que el celo enciende contra un rival por el poder de una corona. Como una bestia salvaje, herida, todo lo desgarra allí donde sus ojos miran, como si ello fuera la causa de sus llagas.’ – La desordenada ambición de Herodes en retener y acrecentar el reino de la Judea, le condujo a este horrendo infanticidio. Sabía por los Escribas que el tiempo de la Venida del Cristo estaba próximo, pues el Cetro de Judá había pasado a sus manos; él, un extranjero, desde que, como la mayoría de los ‘Judíos’ -Judeanos- de aquellos tiempos, Herodes era descendiente de Esaú.  Él ambicionaba para sí el título de Mesías; y así dijo al pueblo que él era el Cristo esperado. Para ello reconstruyó el Templo de modo magnífico, rivalizando con el de Salomón; templo del cual dirán los Fariseos a Cristo, ‘Sesenta y cuatro años duró la construcción del Templo, ¿y tú lo volverás a levantar en tres días?’ Pero fue en vano que Herodes codiciara la honra del Mesías. Pues el Mesías, Nuestro Señor Jesucristo, se levantaría de la raíz de Judá,y fue el heredero y el hijo prometido a David. Herodes era del linaje de los Edomitas, o Idumeos.  Así, al percibir que el legítimo Mesías había nacido, habiendo sido anunciado a los Magos por una Estrella, decidió Su muerte. Y cuando supo por los Escribas de que el Hijo de Dios había nacido en Belén, sin que se conociera, por otra parte, en cuál familia, en qué hogar; ordenó la muerte de todos los Infantes de Belén. Y aquí se advierte el justo Juicio de Dios; pues por ese mismo acto Herodes confirmó el reino para Cristo, quitándolo de las manos del Idumeo. Como castigo en su impiedad, Herodes asesinó a sus propios hijos, quienes le habrían sucedido en el trono; y ese mismo año, poco después de la masacre de los niños y de Antípater, su otro hijo, él mismo fue devorado por los gusanos, muriendo poco antes de la Pascua, atacado de una enfermedad espantosa. Cristo había huido de la matanza en la hégira a Egipto; y, desde entonces, gradualmente, Su nombre, y Su reino y Su gloria se incrementaron. Sí; los Infantes asesinados por Herodes por su odio contra Cristo, testificaron en su misma muerte que Cristo, el Dios sobre todo dios, el Señor de señores, había nacido. – Herodes es un tipo del Diablo y de los seguidores de éste, los visibles incluidos, que intentan por todos los medios cortar a los niños de la vida-a todos aquellos que son débiles en la fe y la virtud-antes de que hayan tenido la ocasión de adquirir fortaleza y conocimientos. En tanto, si asesina a los pequeños, él supone que entre ellos está matando al mismo Cristo, a quien busca trastornar de modo incesante; a la vez que desea ávidamente remover a los que han nacido de nuevo del agua y la Palabra en el Santo Bautismo; y eliminar, por decirlo así, la infancia en su tierna fe. Conducta similar se encuentra hoy día entre los activistas que promueven el aborto, como en los falsos profetas que se han adueñado de los templos, las parroquias, y las sedes episcopales.

¡Alabado sea el Señor, hijos, alabad el nombre del Señor.

FUENTE: ESPOLON

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