SERMÓN DE LA FIESTA DEL BAUTISMO DE JESÚS (Día Octava de la Epifanía)


FIESTA DEL BAUTISMO DE JESÚS

(Día Octava de la Epifanía)

R. P. Juan Carlos Ceriani

En aquel tiempo, vio Juan a Jesús venir hacia él y dijo: He ahí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: en pos de mí viene un hombre que ha pasado delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.

Y Juan dio testimonio diciendo: He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece en él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo.” Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Hacia septiembre del año 778 de Roma, en el principio del año sabático, había aparecido San Juan el Bautista en la región del Jordán, predicando el bautismo de penitencia.

Y aconteció que unos meses más tarde, a principios del año siguiente, como recibiese el bautismo todo el pueblo, entonces vino Jesús de Galilea, de Nazaret, al Jordán hacia Juan para ser bautizado por él.

Dice Santo Tomás que convenía que Cristo fuera bautizado.

Primero, porque, como dice San Ambrosio, el Señor fue bautizado, no porque quisiera ser purificado, sino para purificar las aguas, a fin de que, purificadas ellas por la carne de Cristo, que no conoció el pecado, tuvieran la virtud del Bautismo; y, como escribe San Juan Crisóstomo, para dejarlas santificadas para los que después habían de ser bautizados.

Segundo, porque, como dice el mismo Crisóstomo, aunque Cristo no fuese pecador, recibió, sin embargo, una naturaleza pecadora y una semejanza de carne de pecado. Por esto, aunque no necesitaba del bautismo en favor de sí mismo, lo necesitaba, no obstante, la naturaleza carnal en los demás. Y, como escribe San Gregorio Nacianceno, Cristo fue bautizado para sumergir en el agua a todo el viejo Adán.

En cuanto al río Jordán como lugar del bautismo, enseña Santo Tomás que mediante la travesía del río Jordán entraron los hijos de Israel en la tierra prometida. Ahora bien, el bautismo de Cristo tiene de especial, sobre todos los bautismos, el que introduce en el reino de Dios, significado por la tierra de promisión. Por lo que dice San Juan: Si uno no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios.

Lo mismo acontece con la división de las aguas del Jordán por Elías, que iba a ser arrebatado al cielo en un carro de fuego; porque a los que pasan por las aguas del bautismo se les abre la entrada en el cielo mediante el fuego del Espíritu Santo. Y por este motivo fue conveniente que Cristo fuese bautizado en el Jordán.

Respecto del paso del mar Rojo, este prefiguró el bautismo en cuanto que éste borra los pecados; en cambio, el paso del Jordán lo prefiguró en cuanto a la apertura del reino de los cielos, que es el efecto principal del bautismo, y que sólo es realizado por Cristo. Y por esta causa convino más que Cristo fuera bautizado en el Jordán que en el mar.

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¿Por qué mezclarse con los pecadores? Porque ha cargado sobre Él todos los pecados del mundo, y quiere mostrarlo sensiblemente.

Debemos fijar fuertemente nuestra atención en Jesús: verle en medio de los hombres pecadores cargado con pecados viles, vergonzosos, degradantes, y no distinguiéndose de ellos de ningún modo, antes al contrario, tomando su actitud.

Avanza pausadamente, con la frente baja. Espera su turno. Va a entrar en el agua que purifica…

Ciertamente este espectáculo es extraño, desatina, pero la palabra de Juan lo esclarece con viva luz: He ahí al que lleva los pecados del mundo. En este momento es eso, no otra cosa.

San Mateo, el más completo de los Evangelistas en este punto, nos presenta a Jesús y Juan sosteniendo rápido y ceñido diálogo. Jesús, confundido entre las gentes, quiere ser bautizado como uno más del pueblo. Mas Juan se lo impedía, diciendo: Yo debo ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?

La oposición de Juan es grave, insistente. Para bautizar se necesita misión divina; su bautismo es de penitencia para la remisión de los pecados; y tiene ante sí al Verbo humanado, al que no tiene pecado, al que viene para bautizar en el Espíritu Santo, de cuyo bautismo no es el suyo más que sombra y preparación.

Y respondiendo Jesús, no rectificando, sino más bien ratificando el concepto de Juan, le dijo: Deja ahora; es cierto cuanto dices; consiente en que sea por ti bautizado; pues en este momento es voluntad de Dios, que para mí y para ti debe ser regla del justo obrar, que sea bautizado por ti: Porque así conviene que cumplamos toda justicia.

Intentemos ahondar el sentido de estas palabras… A primera vista parecen obscuras; pero luego resultan luminosas. ¿Dónde está aquí la justicia de parte de Jesús? En la obligación de reparar la gloria de Dios; pero tal gloria no la podía reparar sino sólo Aquel que puede humillarse como Dios hecho hombre y que debe hacerlo en calidad de Redentor.

Si es un deber de justicia para Él llevar la humillación de nuestros pecados, ¿qué decir de nosotros, autores de esos pecados? Deber de justicia, ¡cuán poco comprendido eres!

Entonces lo dejó, consintió en bautizarle, aquietado por las razones del Señor.

San Juan reconoció a Jesús por una moción sobrenatural, o bien por una clara revelación divina, la que le manifestó la persona divina del Mesías que tenía en su presencia.

Fue por esta razón que la humildad del Bautista le hizo negarse a bautizar al Redentor: era el humildísimo Jesús, que se presentaba como pecador, al humildísimo Juan, que se consideraba indigno de desatarle la correa de las sandalias, ¡cuánto más de bautizarle!

Sin embargo, era preciso que se cumpliera toda justicia, presentándose como pecador, ya porque había sido fiador de pecadores, ya porque lo quiere así Dios, a cuya justísima voluntad se somete Jesús.

Se sumergió el cuerpo santísimo de Jesús en el Jordán para que, purificada el agua con el contacto de la purísima carne del Señor, lograse eficacia para obrar la regeneración espiritual.

Bautizado, pues, Jesús, al punto se alzó del agua, y oró en seguida con fervor, encomendando al Padre lo que su bautismo significaba, su carácter de substituto universal de todos los pecadores, su misión de mediador, la regeneración del mundo por su obra.

Mientras oraba, repentinamente, se rasgaron los cielos, como para dar lugar a una comunicación entre el cielo y la tierra; era la señal de que el cielo se asociaba a la gran escena de la tierra.

Seguía orando Jesús, y vio al Espíritu de Dios, al Espíritu Santo que descendía en figura corporal como paloma que venía sobre sí, y que se posaba sobre Él.

La paloma es el signo de la paz, de la sencillez, de la caridad, de la fecundidad; aptísimo símbolo externo para significar todas estas condiciones en Jesús.

Así lo explica Santo Tomás. El Espíritu Santo se dejó ver en forma de paloma sobre Cristo bautizado, por cuatro razones:

Primero, por causa de la disposición requerida en el bautizo, es a saber: para que no se acerque con fingimiento, puesto que, como se dice en el Libro de la Sabiduría, el Espíritu Santo de la instrucción huye del engaño. Y la paloma es un animal sencillo, que carece de astucia y de dolo: Sed sencillos como palomas.

Segundo, para designar los siete dones del Espíritu Santo, que simboliza la paloma con sus propiedades. Efectivamente, la paloma mora junto a las corrientes de agua para que, visto el milano, se sumerja y escape. Esto pertenece al don de sabiduría, por la cual los santos viven junto a las corrientes de la Escritura divina para librarse de los asaltos del diablo. La paloma asimismo escoge los mejores granos. Esto es propio del don de ciencia, mediante la cual eligen los santos las doctrinas sanas de que se alimentan. La paloma alimenta también los pichones ajenos. Esto corresponde al don de consejo, con el que los hombres santos alimentan con la doctrina y el ejemplo. La paloma no hiere con el pico. Esto atañe al don de entendimiento, con el que los santos no pervierten las buenas doctrinas, destrozándolas, como hacen los herejes. La paloma carece de hiel. Esto concierne al don de piedad, por medio de la cual los santos carecen de la ira irracional. La paloma hace su nido en las hendiduras de la roca. Esto corresponde al don de fortaleza, por la que los santos ponen su nido, es decir, su refugio y su esperanza, en las llagas de la muerte de Cristo, que es la roca firme. Finalmente, la paloma tiene por canto el arrullo. Esto es propio del don de temor, mediante el que los santos gozan gimiendo por los pecados.

Tercero, el Espíritu Santo apareció en forma de paloma a causa del efecto propio del bautismo, que es el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, porque la paloma es un animal manso. Y por eso, como dice San Juan Crisóstomo, en el diluvio apareció este animal llevando una rama de olivo y anunciando una paz general a todo el orbe; y ahora también la paloma se deja ver en el bautismo para demostrar nuestra liberación.

Cuarto, aparece el Espíritu Santo en forma de paloma sobre el Señor bautizado para señalar el efecto ordinario del bautismo, que es la construcción de la unidad en la Iglesia. Por esto se dice en Efesios que Cristo se entregó a sí mismo para presentarse una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga o cosa semejante, purificándola con el baño del agua por la palabra de la vida. Y, por este motivo, el Espíritu Santo se manifestó oportunamente en forma de paloma en el bautismo, pues la paloma es un animal amigable y comunitario.

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Al prodigio de los cielos abiertos y de la paloma que de ellos viene, se añade la pública proclamación, en forma sensible de voz humana, de la filiación divina de Jesús: Y al punto sonó una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo el amado, en quien tengo mis complacencias.

Es el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, Hijo esencial y substancial de Dios, segunda Persona de la Trinidad Beatísima. Ella se manifiesta aquí por la voz del Padre, la presencia corporal del Hijo y la paloma del divino Espíritu.

Hijo natural de Dios, en quien Dios Padre se complace desde toda la eternidad; Hijo también como hombre —porque por obra del Espíritu Santo fue concebido—, a quien ve ahora el Padre con complacencia porque es Santísimo, porque es el representante de la humanidad restaurada por Él, porque es el pacificador de cielos y tierra.

Un día dijo Dios que se arrepentía de haber creado al hombre: hoy tiene todas sus complacencias en este Hombre, en quien van a ser restauradas todas las cosas.

Todo este glorioso esplendor y fausto del Bautismo de Jesús es como una segunda Epifanía del Señor, porque es su proclamación oficial como Hijo de Dios ante los hombres y la inauguración de su ministerio público.

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La divinidad de Cristo no debió manifestarse a todos en su nacimiento, antes bien debió ocultarse en las limitaciones de la edad infantil. Pero cuando llegó a la edad perfecta, en la que debía enseñar, hacer milagros y atraer a los hombres hacia sí, entonces debió ser dada a conocer su divinidad por el testimonio del Padre, a fin de que su doctrina se hiciese más creíble.

Por lo que él mismo dice: El Padre que me envió, Él mismo da testimonio de mí. Y esto aconteció, sobre todo, en el bautismo, por el que los hombres renacen convertidos en hijos adoptivos de Dios; y los hijos adoptivos de Dios son formados a imagen y semejanza del Hijo natural.

Es admirable la providencia de Dios en la revelación de su Mesías. Procede con suavidad y sin estrépito; pero le caracteriza en forma tal que, a pesar de su sencillez y obscuridad, todo el mundo puede conocerle.

Fundador de un reino espiritual, todos son factores espirituales los que le denuncian a los hombres: un profeta de vida austerísima, el Espíritu de Dios en la forma suavísima de paloma, la claridad de los cielos, la voz, llena y dulce a la vez, del Padre; todo en medio de una ceremonia de carácter religioso y de purificación espiritual. ¡Qué contraste con la concepción y con las esperanzas mesiánicas del pueblo pérfido!

Por esto se conmemora este hecho junto con la primera Epifanía, la manifestación a los gentiles.

Al mismo tiempo, el Bautismo de Jesús representa los misterios que en nuestro bautismo se obran: porque se nos borran los pecados y somos reconciliados con Dios; se nos abren los cielos, de los que estábamos excluidos por el pecado original; viene la gracia del Espíritu Santo sobre nosotros, y somos declarados hijos de Dios y herederos del Cielo. Aptísimamente se coloca la reproducción de la escena de este Evangelio en nuestros baptisterios.

Termina San Lucas esta narración indicando de una manera aproximada la edad de Jesús al inaugurar sus públicas funciones de Mesías, como había indicado el advenimiento del Bautista al Jordán dando el cuadro de las autoridades de su tiempo: Y el mismo Jesús comenzaba a ser como de treinta años.

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Después de cumplir su ayuno, bajaba el Señor del monte de la Cuarentena, dirigiéndose otra vez a orillas del Jordán, donde seguía San Juan bautizando. Estaba éste con sus discípulos cuando vio llegar a Jesús, que venía hacia él, para darle este gozo y ofrecerle ocasión de que reiterase su testimonio.

Es lo que nos relata el Evangelio de la Fiesta de hoy.

Sentiría el precursor estremecerse su alma de israelita y de profeta a la presencia del Salvador de Israel; él, que había saltado de gozo ya en el seno de su madre…; él, que lo había bautizado…; y, señalándole con el dedo a los concurrentes, dijo con énfasis: He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.

El Mesías, en las antiguas profecías, venía representado por el cordero, y en este símbolo se significaba la función sacrificial del Redentor, porque Jesús es el Sacerdote que se sacrifica a sí mismo, dando voluntariamente su vida, y la Víctima que deja sacrificarse para la remisión de los pecados que voluntariamente tomó sobre sí.

Cordero de Dios, porque Dios le envía para que se sacrificara por los hombres, y porque era Hombre-Dios.

La eficacia de su sacrificio será tal, que borrará el pecado del mundo, todo lo que viene comprendido bajo la denominación singular y genérica de pecado.

Llevar los pecados del mundo, ¡qué carga tan horrible! Todos los pecados son una fealdad; algunos presentan un aspecto odioso. ¡Y son innumerables!

Para cada hombre, los suyos propios son tan pesados, que lo aplastan. Sólo Jesús lleva los de todos…

Llevar mis pecados, ¿qué significa?

¿Es la acción generosa de un hombre que sale fiador de las deudas de otro? Esto, lejos de ser una deshonra, es una gloria…

Pero es muy de otro modo en Jesús. Substituto nuestro, puesto realmente en nuestro lugar…, le hizo pecado, según la frase enérgica de los Libros Sagrados.

Tal es la situación de Jesús, y siente todo su horror. ¡Qué repugnancia! ¡Qué amargura! ¡Y Jesús la acepta!

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Ya aparece aquí el porqué del bautismo en el Espíritu Santo: es la infusión de la gracia de Dios, logrado por el Sacrificio del Cordero, que realizará la completa purificación espiritual significada por el bautismo de agua del Bautista.

Este Cordero es aquel hombre del que había ya testificado Juan, antes de bautizarle, que existía antes que él, y por lo mismo, puesto que Juan era de más edad que él en cuanto hombre, aquella preexistencia demuestra que Jesús era Dios.

El sacrificio de este Cordero será, por consiguiente, de valor infinito, porque será sacrificio de Dios mismo, antitipo de los sacrificios de los corderos que se ofrecían en el templo.

Y yo no le conocía: mas para que sea manifestado en Israel, por eso vine yo a bautizar en agua. Realizóse el milagro que se le había anunciado, y por él reconoció al Mesías; y, con la certeza de que lo era, anunció al pueblo que Él era el Hijo de Dios.

Es decir que San Juan, por señales extraordinarias que viera en Jesús, o por instinto del Espíritu Santo, barrunta, en el momento de bautizarle, que Jesús es el Mesías; de aquí el vivo diálogo que se trabó entre ambos.

Bautizado ya Jesús, y al salir del agua, vino sobre Él el Espíritu en forma de paloma, tal como el mismo Espíritu se lo había indicado; y entonces adquiere la absoluta certeza de la Persona del Mesías.

Termina Juan este episodio con estas palabras solemnes en que se trasluce el íntimo gozo de haber visto al Mesías y de haberle podido anunciar al mundo: Y yo he visto; no sólo he recibido revelación interna de que Jesús es el Mesías, sino que mis propios ojos han podido ver el testimonio externo que se me había anunciado y que dio Dios de Él. Y tengo dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Ha anunciado con ello el Bautista tres verdades fundamentales de nuestra fe:

* Jesús es el Cordero de Dios, que puede borrar los pecados del mundo;

* Jesús bautiza en el Espíritu Santo, y por lo mismo puede darnos la gracia y los Dones del Divino Espíritu;

* Jesús es Hijo de Dios, no adoptivo, sino natural, que como tal puede lograrnos la filiación de hijos adoptivos de Dios y la herencia del Reino de los Cielos.

Son los tres conceptos que distinguimos en la justificación: remisión del pecado, colación de la gracia, adopción de hijos de Dios.

La Iglesia nos hace pedir: Dios, cuyo Unigénito apareció en la sustancia de nuestra carne, haz, te rogamos, que por el que conocimos ser por defuera semejante a nosotros, merezcamos ser renovados por dentro.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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