Catecismo Romano: Segundo Articulo del Credo – Concilio de Trento


Segundo artículo del Credo

Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO,
NUESTRO SEÑOR

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] La confesión de este segundo artículo del Credo, esto es, de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, es el fundamento de nuestra redención y salvación (Cf. I Jn. 4 15; Mt. 16 17.). [2] Ello se verá mejor si se considera la pérdida del estado felicísimo en que Dios creó al hombre. Adán, al violar el mandamiento de Dios (Gen. 2 16-17.), perdió el estado de justicia original no sólo para sí, sino también para toda su descendencia. [3] Y el género humano no podía levantarse de esa caída y salir de ese estado ni por obra humana ni por obra angélica: el único remedio era que el Hijo de Dios, revistiendo nuestra naturaleza humana, expiase la ofensa infinita del pecado y nos reconciliase con Dios por su muerte sangrienta. [4] Por este motivo la fe en la Redención fue siempre necesaria, y sin ella no pudo salvarse hombre alguno. Y por eso también Jesucristo, el Redentor, fue anunciado muchas veces por Dios desde el principio del mundo. Al mismo Adán que acababa de pecar, Dios le promete la redención y el Redentor (Gen. 3 15.); más tarde declara a Abraham (Gen. 22 16-18.), a Isaac y a Jacob (Gen. 28 12-14.), que saldrá de su descendencia. Con este fin escoge al pueblo hebreo y le da un gobierno y una religión, a fin de conservar por él la verdadera fe y la esperanza del Redentor; y hace que el Redentor sea figurado en el Antiguo Testamento por personajes e incluso cosas inanimadas. Finalmente, anuncia por los profetas todo lo que se refiere al nacimiento, doctrina, vida, costumbres, pasión, muerte y resurrección del Redentor, de modo que no existe diferencia entre los vaticinios de los profetas y la predicación de los apóstoles, ni entre la fe de los antiguos patriarcas y la nuestra.

«Y en Jesucristo»

[5] 1º Jesús es nombre exclusivo del que es Dios y Hombre, impuesto por Dios a Cristo (Lc. 1 31.), y significa «Salvador», porque vino para salvar a su pueblo de sus pecados (Mt. 1 20-21.). Además, es un nombre que encierra el significado de los demás nombres que los profetas dieron al Redentor para expresar los diferentes aspectos de esta salvación. [6] Y aunque algunos llevaron antes este nombre de «Jesús», no les convenía como conviene a Cristo, por varias razones: • no dieron la salvación eterna, liberando de las cadenas del error, del pecado y del demonio, reconciliando con Dios y adquiriendo un reino eterno, sino una salvación temporal, liberando del hambre, o de la opresión de los egipcios o babilonios; • ni la trajeron a todos los hombres, sino sólo a un pueblo determinado; • ni a todos los tiempos. [7] 2º Cristo significa «Ungido». En el Antiguo Testamento eran ungidos y llamados tales tres clases de hombres, por representar por sus cargos la majestad de Dios: • los sacerdotes, encargados de ofrecer sacrificios y oraciones a Dios por el pueblo; • los reyes, encargados de gobernar a los pueblos y defender la autoridad de las leyes; • los profetas, que como intérpretes de Dios revelaban los misterios del cielo e instruían con preceptos saludables. El Redentor, al venir al mundo, recibió en grado sumo y excelente el estado y las obligaciones de las tres personas: de profeta, de sacerdote y de rey, y por eso fue llamado Ungido (Sal. 44 8; Is. 61 1; Lc. 4 18.). En efecto, El es: • sumo Profeta y Maestro, que nos enseñó la voluntad de Dios y nos comunicó el conocimiento del Padre celestial; • sumo Sacerdote, de un nuevo sacerdocio que remplaza al de Leví (Sal. 109 4; Heb. 5 6.); • sumo Rey, no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre, porque Dios atesoró en El todo el poder, grandeza y dignidad de que era capaz la naturaleza humana, y le dio el reino sobre todo lo creado, reino que ya empieza a ejercer en su Iglesia, rigiéndola con admirable providencia, defendiéndola contra sus enemigos, imponiéndole leyes, dándole santidad y justicia, y facilitándole los medios y fuerza para que se mantenga firme.

«Su único Hijo»

[8] Por estas palabras confesamos: • que Jesucristo es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, igual en todo a las otras dos (Jn. 1 1.); • y que Jesucristo es Hijo de Dios y Dios verdadero, como lo es el Padre que lo engendra desde la eternidad. Este nacimiento divino del Hijo de Dios no es como el nacimiento terreno y mortal, y por eso, no pudiéndolo percibir ni entender perfectamente por la razón, debemos creerlo y adorarlo admirados por la grandeza del misterio. [9] La comparación que más ayuda a nuestra razón a explicarse dicho misterio, es la siguiente: así como el entendimiento, al conocerse a sí mismo, se forma una idea de sí mismo, llamada «verbo»; así también Dios Padre, entendiéndose a Sí mismo, engendra al Verbo eterno. Engendrado por el Padre en cuanto Dios antes de todos los siglos, Jesucristo es engendrado como hombre en el tiempo por la Santísima Virgen María. Por lo tanto, debemos reconocer en Jesucristo dos nacimientos, pero una sola filiación, la divina, porque una sola es la persona. [10] Por lo que se refiere a la generación divina, Jesucristo no tiene hermanos, por ser el Hijo unigénito del Padre; pero en lo que se refiere a su generación humana, es primogénito de muchos hermanos, que son aquellos que, habiendo recibido la fe, la profesan de palabra y la confirman con obras de caridad.

«Nuestro Señor»

[11] Algunas cosas se dicen de Jesucristo en cuanto Dios, como ser omnipotente, eterno e inmenso, y otras en cuanto hombre, como padecer, morir y resucitar. Pero hay otras cosas que convienen a Cristo según sus dos naturalezas, como ser Señor de todas las cosas. En efecto: 1º Le conviene en cuanto Dios, porque, siendo un solo y mismo Dios con el Padre, es también con El un solo y mismo Señor. 2º Le conviene en cuanto hombre, por dos razones: • la primera, en virtud de la unión hipostática, o unión de las naturalezas divina e humana en una sola persona; por esta maravillosa unión mereció ser constituido Señor de todas las cosas; • la segunda, por derecho de conquista, esto es, por haber sido nuestro redentor y habernos librado de la esclavitud de los pecados (Fil. 2 8-11.). [12] Justo es, pues, que llevando nosotros el nombre de cristianos, nos entreguemos y consagremos como esclavos a nuestro Redentor y Señor. Eso mismo prometimos al recibir el bautismo, declarando renunciar a Satanás y al mundo, y entregarnos del todo a Jesucristo; por lo que muy culpables seríamos si ahora viviéramos según las máximas y leyes del mundo, como si nos hubiéramos consagrado al mundo y al diablo, y no a Cristo.

CAPÍTULO III

DEL 2° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO

Y en Jesucristo, su único Hijo, Señor nuestro.

I. Del segundo artículo, y utilidad de su confesión.

53. Cuán admirable y copioso sea el provecho que reportó el género humano por la fe y confesión de este artículo, lo declaran así aquel testimonio de San Juan: ―Cualquiera que confesare que Jesús es Hijo de Dios, Dios está en él, y él en Dios‖165; como también aquel otro con que Cristo Nuestro Señor publicó bienaventurado al Príncipe de los Apóstoles, diciendo: ―Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te reveló esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos‖166. Porque éste es el fundamento firmísimo de nuestra salud y redención.

II. Por donde se conocerá mejor la grandeza de este beneficio.

54. Mas porque de ningún modo se entiende mejor este maravilloso fruto y provecho como considerando la caída de los primeros hombres desde aquel felicísimo estado en que Dios los había colocado, procure con diligencia el Párroco que los fieles conozcan la causa de todas las miserias y trabajos que experimentamos. Porque habiendo faltado Adán a la obediencia de Dios y quebrantado aquel entredicho: ―Puedes comer de todos los árboles del paraíso, mas no comas del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque en cualquier día que comieres de él, morirás‖167; incurrió en aquella suma calamidad de perder la santidad y justicia en que había sido creado, y en el sufrimiento de otros males que copiosamente explicó el santo Concilio Tridentino168. Además, advertirá que el pecado y su pena no se limitaron a solo Adán, sino que de él, como de principio y causa, se propagaron en justo castigo a toda la posteridad.

III. Ninguno pudo reparar el género humano, sino Cristo.

55. Habiendo, pues, caído nuestra naturaleza del altísimo grado de dignidad en que estaba, de ningún modo bastaban todas las fuerzas de hombres ni ángeles para levantarla y restituirla a su antiguo estado. Por lo cual no quedaba otro remedio a aquella caída y a sus consecuencias, sino que el infinito poder del Hijo de Dios, lomando la flaqueza de nuestra carne, borrase la malicia infinita del pecado, y nos reconciliase con Dios por medio de su sangre.

IV. Sin la fe en la redención, ninguno pudo salvarse; por eso Cristo fue profetizado muchas veces desde el principio del mundo.

56. La fe y confesión de la redención es y fue siempre necesaria a los hombres para salvarse, y por lo mismo Dios la manifestó desde el principio del mundo. Porque en aquella sentencia de condenación que dio al género humano luego después del pecado, significó también la esperanza de la redención en las mismas palabras con que intimó al demonio el daño que le había de hacer redimiendo a los hombres: “Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu rasa y la descendencia suya; ella quebrantará tu cabeza, y tú andarás acechando a su calcañar”169. Después confirmó también muchas veces esta misma promesa, y manifestó más claramente su determinación, especialmente a algunos hombres a quienes quiso favorecer con muestras de singular benevolencia.
Y entre otros, después de haber declarado muchas veces este misterio al Patriarca Abraham, se lo manifestó más claramente al tiempo que obedeciendo al mandamiento de Dios, quiso sacrificar a su único hijo Isaac, pues le dijo: “En vista de la acción que acabas de hacer, no perdonando a tu hijo único por amor de mí, yo te llenaré de bendiciones, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que está, en la orilla del mar; tu posteridad poseerá las ciudades de sus enemigos, y en un descendiente tuyo serán benditas todas las naciones de la tierra, porque has obedecido a mi voz”170. De estas palabras fácilmente se deduce que de la generación de Abraham habla de salir quien, librando a todos de la cruelísima tiranía de Satanás, había de traer la salud, y era necesario que aquel fuese el hijo de Dios, nacido del linaje de Abraham según la carne. Poco después, para que conservase la memoria de esta promesa, volvió a establecer el mismo pacto con Jacob, nieto de Abraham. Porque viendo Jacob aquella escala que puesta sobre la tierra, llegaba hasta los cielos, y a los ángeles de Dios que subían y bajaban por ella, como asegura la Escritura, oyó también al Señor que junto a la escala le decía: “Yo soy el Señor Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac. La tierra, en que duermes, te la daré a ti y a tu descendencia. Y será tu posteridad tan numerosa como los granitos del polvo de la tierra; extenderte hacia Occidente y al Oriente, y al Septentrión, y al Mediodía; y serán benditas en ti y en el que saldrá o descenderá de ti todas las tribus o familias de la tierra”171. Después de esto, para renovar la misma memoria de su promesa, continuó manteniendo la esperanza del Salvador así entre los descendiente es de Abraham como entre otros muchos hombres: ya que establecida la república y religión de los judíos, empezó a declararse más a su pueblo. Pues aun las cosas mudas significaron, y los hombres predijeron, cuáles y cuántos habían de ser los bienes que aquel Salvador, y nuestro Redentor Jesucristo había de traer. Y ciertamente los Profetas172, cuyos entendimientos fueron ilustrados con luz del cielo, profetizaron el nacimiento del Hijo de Dios, las maravillas que El obró después de nacido hombre, su doctrina, costumbres, método de vida, muerte, resurrección, y todos los demás misterios suyos, enseñándolos tan claramente como si hubiesen sido cosas presentes, en tanto grado, que no vemos que exista otra diferencia entre las predicciones de los Profetas y la predicación de los Apóstoles, y entre la fe de los antiguos Patriarcas y la nuestra, sino la distinción sola del tiempo venidero y pasado. Pero, veamos ya cada una de las partes del Artículo.

V. Del nombre de Jesús que propiamente conviene a Cristo.

57. Jesús es nombre propio de aquel que es Dios y hombre, el cual significa Salvador. Ni le fue puesto casualmente, o por dictamen y voluntad de los hombres, sino por disposición y mandamiento de Dios. Porque el ángel anunció a María su Madre de este modo: “Sabe que has de concebir en tu seno, y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús”173. Y después no solamente mandó a José, esposo de la Virgen, que pusiese al niño este nombre, sino también le declaró el motivo porque se había de llamar así, pues le dijo: ―José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María tu esposa, porque lo que ha engendrado en su seno, es obra del Espíritu Santo. Así que dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús; pues es el que ha de salvar a su pueblo de sus pecados‖174.

VI. Aunque muchos se han llamado con este nombre, a ninguno conviene como a Cristo.

58. Es cierto que otros muchos se llamaron con este nombre, según las divinas Escrituras. Pues el misino nombre tuvo el hijo de Nave, que sucedió a Moisés, quien, lo que a Moisés no fue concedido, Introdujo en la tierra de promisión al pueblo que Moisés había libertado de Egipto. Con el mismo nombre se llamó también el hijo de Josedech, sacerdote. Pero ¿con cuánta más razón se ha de llamar con este nombre a nuestro Salvador? El dio la luz, la libertad y la salud, no a un pueblo sólo, sino a todos los hombres de todas edades, y no oprimidos al hambre o esclavitud de Egipto o Babilonia, sino a los que vivían en tinieblas y sombras de muerte, y esclavizados bajo las durísimas cadenas del pecado y del diablo.
El los reconcilió con Dios Padre, adquiriéndoles el derecho y la herencia del reino celestial. Por último, vemos que aquellos fueron representación y figura de Cristo Señor, el cual coligó al linaje humano de los beneficios que hemos dicho. Además de esto, todos los otros nombres con le decían las profecías que se había de llamar el Hijo de Dios175, se reducen a sólo este nombre de Jesús. Porque significando cada uno de ellos una sola parte de la salud que nos había de dar, sólo éste reunió en sí la suma y compendio de toda la salud de los hombres.

VII. De lo que significa el nombre Cristo, y por cuántos títulos convenga a nuestro Jesús.

59. Al nombre de Jesús se añadió además el de Cristo que significa Ungido, y es nombre de honor y oficio, no propio de solo uno, sino común a muchos: ya que nuestros padres antiguos llamaban cristos176 a los sacerdotes y reyes que Dios había mandado ungir por la dignidad de su oficio. Porque el ministerio de los sacerdotes consiste en rogar a Dios por el pueblo con oraciones continuas, ofrecer sacrificios al Señor, y suplicarle por la prosperidad de los que les están encomendados. Mas a los reyes se encomendó el gobierno de los pueblos; y así su principal cargo está en defender y proteger la autoridad de las leyes, amparando a los inocentes y reprimiendo la osadía de los malos. Y porque ambos oficios representan en la tierra la majestad de Dios por eso se ungían los que eran escogidos para ejercer el cargo real o sacerdotal. También hubo costumbre de ungir a los profetas, los cuales como Intérpretes y medianeros de Dios inmortal, nos manifestaron los secretos celestiales, y nos exhortaron a la enmienda de las costumbres con saludables preceptos y profecías. Mas cuándo nuestro Salvador Jesucristo vino al mundo, se encargó de los oficios y empleos de las tres clases de personas que hemos indicado, es a saber, de Profeta, Sacerdote y Rey; y por estas causas fue llamado Cristo, y fue ungido para ejercer estos cargos, no por mano de algún hombre sino por virtud del Padre celestial, ni con ungüento de la tierra, sino con óleo espiritual; porque se derramó sobre su santísima alma la plenitud del Espíritu Santo, su gracia, y todos los dones, en tanta abundancia que nunca hubo otra naturaleza criada capaz de ella, y esto declaró muy bien el Profeta cuándo al hablar del mismo Redentor decía: ―Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió, oh Dios, el Dios tuyo con óleo de gracia, con preferencia a tus compañeros‖. Lo mismo manifestó mucho más claramente Isaías por estas palabras: “El Espíritu del Señor ha reposado sobre mí; porque el Señor me ha ungido, y me ha enviado para evangelizar a los mansos y humildes”. Y así, Jesucristo fue sumo Profeta y Maestro que nos enseñó la voluntad de Dios, y por cuya doctrina recibió el mundo el conocimiento del Padre celestial. Y tanto más propia y debidamente le conviene este nombre, cuánto todos los demás que fueron honrados con el mismo nombre, habían sido sus discípulos, y enviados principalmente a anunciar este Profeta que había de venir para salvar a todos. También Cristo fue sacerdote, no de aquel orden de que fueron los sacerdotes de la tribu de Leví en la ley antigua, sino de aquel de que David Profeta cantó: “Tú eres Sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec”. Cuyo argumento desarrolló diligentemente el Apóstol, escribiendo a los hebreos. Asimismo, reconocemos también por Rey a Jesucristo, no sólo en cuánto Dios, mas también en cuánto hombre, y según que es participante de nuestra naturaleza, lo cual atestiguó el Ángel diciendo: “Reinará en la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. El cual reino de Cristo es espiritual y eterno que empieza en la tierra y se perfecciona en el cielo. Y en verdad hace los oficios de Rey para con su Iglesia con maravillosa providencia. Pues Él la gobierna, Él la defiende del furor y asechanzas de sus enemigos, Él ordena sus leyes, y Él comunica con abundancia no solamente santidad y justicia, sino también virtud y fuerza para perseverar en ella. Y aunque este reino comprende en su seno así buenos como malos, y por lo mismo todos los hombres pertenecen a él con derecho, con todos los que participan de la suma rondad y largueza de nuestro Rey, más que todos los demás, son aquellos que hacen una vida inocente y perfecta con arreglo a sus preceptos. Cristo no poseyó este reino por derecho de herencia o por derecho humano, aunque descendía de reyes muy esclarecidos, sino fue Rey porque Dios le dio, en cuánto hombre, toda aquella potestad, grandeza y dignidad de que es capaz la naturaleza humana. Y así le entregó el reino de todo el mundo, y efectivamente en el día del juicio se le rendirán todas las cosas entera y perfectamente, lo cual ha empezado ya a realizarse.

VIII. De qué modo hemos de creer y confesar que Jesucristo es Hijo único de Dios.

60. Su único Hijo. Altos son los misterios que en estas palabras se proponen a los fieles para creerlos y contemplarlos; a saber, que el Hijo de Dios es también Dios verdadero, así como lo es el Padre que lo engendró desde la eternidad. Además de esto, confesamos que El es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, igual en todo a las otras dos Personas; porque ninguna cosa desigual y desemejante hay, ni aun fingir debemos en las tres divinas Personas. En todas tres reconocemos una misma esencia, voluntad y potestad; lo cual además de otros muchos testimonios de las santas Escrituras, se declara de un modo muy excelente en aquel del apóstol San Juan, que dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”177. Mas cuándo decimos que Jesús es Hijo de Dios, no hemos de pensar que intervino en este nacimiento alguna cosa terrena o mortal, sino debemos creer constantemente y venerar con suma piedad de ánimo aquella generación con que el Padre engendró desde la eternidad al Hijo, la cual de modo alguno se puede declarar ni entender perfectamente, y así sobrecogidos de admiración por tan gran misterio, hemos de exclamar con el Profeta: “¿Quién será poderoso para referir su generación?”178. Por tanto, se debe creer que el Hijo tiene la misma naturaleza, la misma potestad y la misma sabiduría que el Padre, como más claramente confesamos en el Símbolo Niceno por estas palabras: “Y en Jesucristo, único Hijo de Dios, y nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios nacido de Dios, luz nacida de luz, Dios verdadero, nacido de Dios verdadero, engendrado, no hecho, de una misma sustancia con el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas”179.

IX. Explicase la generación eterna de Cristo con una semejanza; y de sus dos nacimientos y filiación.

61. Entre todas las semejanzas que se suelen aducir para dar a entender el modo de esta generación eterna, parece que el más propio es el que se toma del modo de pensar de nuestro entendimiento ; por lo cual llamó San Juan al Hijo de Dios, Verbo, o concepto del entendimiento, porque así como éste al entenderse de algún modo a sí mismo, forma su misma imagen y semejanza, la cual los teólogos llaman verbo o concepto; así también, Dios, según es posible de algún modo comparar lo divino con lo humano, entendiéndose a sí mismo, engendra al Verbo o concepto eterno. Aunque es mejor contemplar lo que propone la fe, y creer y confesar sencillamente que Jesucristo es verdadero Dios, engendrado por el Padre antes de todos los siglos; mas, en cuánto hombre, nacido en tiempo de María Virgen su Madre. Y aunque reconocemos estos dos nacimientos, creemos que él es un solo Hijo; porque es una sola Persona, en la cual se unen la divina y humana naturaleza.

X. De qué modo tiene, y no tiene hermanos Jesucristo.

62. Por lo que toca a la generación divina, Jesucristo no tiene hermanos o coheredero alguno, porque él es único Hijo del Padre, y nosotros hechura y obra de sus manos. Pero si le consideramos por lo que se refiere al nacimiento humano, no solamente El llama a muchos con el nombre de hermanos180, sino que en verdad los tiene en su lugar, para que juntamente con él alcancen la gloria de la herencia del Padre; estos son los que después de recibir a Cristo por la fe, demuestran con las obras y oficios de caridad la fe que profesan en el nombre. Por esto le llama el Apóstol181 primogénito entre muchos hermanos.

XI. Jesucristo se llama y es nuestro Señor, en cuánto Dios y en cuánto hombre.

63. Señor nuestro. Muchos son los títulos con que en las santas Escrituras es llamado nuestro Salvador. De éstos, es manifestó, que unos le convienen en cuánto Dios, y otros en cuánto hombre, porque de diversas naturalezas tomó diversas propiedades. T así decimos con verdad, que Jesucristo es Omnipotente, eterno e inmenso; todo lo cual le es propio por razón de la naturaleza divina. También decimos de El que padeció, murió y resucitó; las cuales cosas ya nadie duda ser propias de la naturaleza humana. Pero además de estas cosas, hay otras que le convienen según las dos naturalezas, como el ser Nuestro Señor, según confesamos en este lugar. Y así, con muy justa razón le debemos llamar Nuestro Señor según ambas naturalezas. Porque al modo que El es Dios eterno como el Padre, es también Señor de todas las cosas igualmente que él Padre; y a la manera que El y el Padre no son distintos dioses, sino un solo Dios, así tampoco son distintos Señores, sino un solo Señor. También en cuánto hombre se llama rectamente Nuestro Señor por muchas razones. Y en primer lugar le pertenece legítimamente esta potestad de llamarse y ser verdaderamente Nuestro Señor, porque El es nuestro Redentor que nos libró del pecado, como lo enseña el Apóstol por estas palabras: “Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual también Dios le ensalzó sobre todas las cosas, y le dio Nombre superior a todo nombre: a fin de que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno; y toda lengua confiese, que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre”. Y El mismo dijo de sí después de la resurrección: “Se me ha dado toda potestad en los cielos y en la tierra”. También se llama Señor, porque en una sola persona juntó las dos naturalezas divina y humana. Por esta maravillosa unión, aunque no hubiese muerto por nosotros, mereció ser constituido Señor de un modo general de todas las criaturas, y en particular de los fieles que le obedecen y sirven con sumo afecto de su alma.

XII. Los cristianos nos hemos de entregar totalmente a Jesucristo despreciando al mundo y al demonio.

64. Por tanto, lo que ahora resta es, que el Párroco avise y exhorte al pueblo fiel a que conozca cuán justo es, que nosotros que tomando nuestro nombre de Cristo, nos llamamos cristianos, y no podemos ignorar cuántos beneficios nos ha hecho, pues los conocemos por el don de la fe con que nos ha favorecido, cuán debido es, digo, que nosotros nos entreguemos por siervos, y nos consagremos para siempre a nuestro Redentor y Señor. V. a la verdad esto profesamos ante las puertas de la Iglesia cuándo fuimos bautizados; porque entonces declaramos que renunciábamos a Satanás y al mundo, y que nos entregábamos enteramente a Jesucristo. Pues si para ser alistados en la milicia cristiana nos ofrecimos a nuestro Señor con tan santa y solemne profesión, ¿de qué castigo seremos dignos, si después de haber entrado en la Iglesia, conocido la voluntad y leyes de Dios, y haber recibido la gracia de los Sacramentos, viviéremos según las leyes y máximas del mundo y demonio, como si al ser bautizados nos hubiéramos dedicado al demonio y mundo, y no a Jesucristo Señor y Redentor nuestro? Pero ¿qué alma habrá que no arda en llamas de amor al contemplar aquella tan gran benignidad y caridad del Señor para con nosotros, que teniéndonos bajo su potestad y señorío como siervos que rescató con su sangre, con todo nos abraza tan amorosamente llamándonos no siervos, sino amigos y hermanos? Esta es verdaderamente una justísima causa, y dudo exista otra mayor, por la cual le debemos reconocer, venerar y reverenciar perpetuamente por nuestro Señor.

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165 “Quisquis confessus fuerit, quoniarn Jesús est filius Dei, Deus in eo manet, et ipse in Deo.” I. Joan, IV, 15.
166 “Beatus es, Simón Jona: quia caro et sanguis non revelavit tibi, sed Pater meus, qui in coelis est.” Matth., XVI, 17.
167 “De omin ligno paradisi comede: de ligno aetem scientise boni et mali ne comedas. In quocumque enini die comederis ex eo, morte morieris.” Gen., II, 16.
168 ―Las consecuencias y efectos del pecado original, antes del Concilio Tridentino, fueron ya definidas por el Concilio Arausicano II en el año 529 contra los Semipelagianos. Dice así en el Canon I: ―Sí alguno dice que por la ofensa de la prevaricación de Adán, no fué conmutado todo el hombre según el cuerpo y el alma, sino que permaneciendo ilesa la libertad del alma, cree que tan sólo el cuerpo está sujeto a la corrupción, engañado por el error de Pelagio, contradice a la Escritura que afirma: el alma que pecare, la misma muera. Y: ―¿No sabéis que si os ofrecéis por esclavos de alguno para obedecer a su imperio, quedáis esclavos de aquel a quien obedecéis?‖ Y: ―quien de otro es vencido, por lo mismo queda esclavo del que le venció.‖ Can. II. ―Si alguno asegura que la prevaricación de Adán solamente dañó a él y no a su descendencia, o dice que tan sólo pasó a todo el género humano la muerte del cuerpo, la cual es pena del pecado, y no también el pecado que es muerte del alma por causa de un hombre; acusa de injusticia a Dios, contradiciendo a las palabras del Apóstol : “Por un solo hombre entró el pecado en este mundo, y por el pecado la muerte; así también, la muerte se fué propagando en todos los hombres, por aquel en quien todos pecaron.” Del Concilio Arausicano, II, 529. ―Si alguno no confiesa que Adán, el primer hombre, cuando quebrantó el precepto de Dios en el paraíso, perdió inmediatamente la santidad y justicia en que fué constituido, e incurrió por la culpa de su prevaricación en la ira e indignación de Dios, y consiguientemente en la muerte con que el Señor le había antes amenazado, y con la muerte en el cautiverio bajo el poder mismo que tuvo el imperio de la muerte, es, a saber, del demonio; y no confiesa que todo Adán pasó por el pecado de su prevaricación, a peor estado en el cuerpo y en el alma; sea excomulgado.‖ Canon I de la sesión V del Conc, Trident, 17 de junio de 1546. Can. III ―Si alguno afirma que el pecado de Adán le dañó a él solo, y no a su descendencia; y que perdió para sí, y no también para nosotros, la santidad y justicia que de Dios había recibido; o que manchado él mismo con la culpa de su inobediencia, sólo transmitió la muerte y penas corporales a todo el género humano, pero no el pecado, que es la muerte del alma; sea excomulgado, pues contradice al Apóstol que afirma: ―Por eso el hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la¡ muerte; y de este modo pasó la muerte a todos los hombres por aquel en quien todos pecaron.‖ Canon II del Conc. Trident., en la sesión V, 17 de junio de 1546.
169 “Inimicitias ponarn inter te et mulierem, et semen tuum et semen illius: ipsa conteret caput tuum, et tu insidiaberis calcaneo eius.” Gen., III, 15.
170 “Quia fecisti hanc rem, et non pepercisti filio tuo unigenito propter me: benedicam tibi, et multiplicabo semen tuum, sicut stellas coeli, et velut arenam quoe est in littore maris: possidebit semen tuum portas ini-micorum suorum, et Benedicentur in semine tuo omnes gentes terree, quia obedisti voci meae.” Gen., XXII, 16, 17, 18.
171 “Ego sum Dominus Deus Abraham patris tui, et Deus Isaac: Terram, in qua dormis, tibidabo et semini tuo. Britque semen tuum quasi pulbis terrae: dilataberis ad occidentem, et orientem, et septentrionem, et meridiem : et Benedicentur in Te et in semine tuo cunctae tribus terrae.” Gen., XXVIII, 13, 14.
172 Acerca de la venida del Mesías anunciaron los profetas: 1.° Que nacería en Belén. Así dice Micheas: ―Tú, Belén, Efratea, pequeña entre los millares de Judá, de ti saldrá el que sea Dominador en Israel, y su salida (o nacimiento) desde el principio, desde los días de la eternidad.‖ Mich., V, 2. 2.° El Mesías debía venir luego que faltara el reino de Judá. Así lo vaticinó Jacob al bendecir a sus hijos, diciendo a Judá: ―No faltará de Judá el cetro (el reino) hasta que venga el que ha de ser enviado, y él es expectación de las gentes.‖ El reino de Judá desapareció en tiempo de Heredes, o por lo menos cuando fué destruida Jerusalén por los romanos, y los judíos diseminados por toda la tierra. 3.° El Mesías había de nacer de una Virgen de la familia de David Dice Dios a Achaz, por el profeta Isaías, que pida una señal de su omnipotencia, y rehusándolo el rey, dice el Profeta: ―Por esto el mismo Dios os dará una señal. He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y su nombre será Emmanuel (Dios con nosotros). Isaías, VII, 15. Por Jeremías anunció el Señor: “Yo suscitaré a David un retoño justo, y reinará como rey y será sabio, y su nombre sería: El Señor nuestro justo.” Acerca de la persona del Mesías, he aquí lo que habían predicho los profetas: 1.° Que sería Hijo de Dios. Prometiendo Dios a David el Salvador, por medio del profeta Nathán, dice: “Yo seré su Padre y El Será Hijo mío.” II, Reg. VII, 10. Y en un salmo, dice Dios al Mesías: “Hijo mío eres tú; hoy te he engendrado.” Psal., II, 7. 2.° Sería a un mismo tiempo Dios y Hombre. Isaías dice: “Un niño nos ha nacido y un hijo se nos ha dado, y su nombre será: Admirable, consejero, Dios.” IX, 6. “El mismo Dios vendrá y nos salvará.” Is., XXXV, 4. 3.° Sería un gran Taumaturgo. ―Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos estarán expeditos; entonces saltará como ciervo el que había sido cojo, y quedará libre la lengua de los mudos.‖ Isaías, XXXV, 6. 4.° Sería Sacerdote como Melquisedec. David pone en boca de Dios Padre estas palabras, dirigidas al Mesías: ―Tú eres Sacerdote eternamente, según el orden de Melquisedec‖. Psalm., CIX, 4. Cristo, como Melquisedec, ofreció pan y vino en la última Cena, y lo ofrece todos los días por sus ministros los sacerdotes. 5.° Sería un gran Profeta o Maestro. Ya a Moisés había dicho Dios: “Yo suscitaré un profeta, de en medio de vuestros hermanos, que será semejante a ti.” Deut., XVIII, 18. Por eso los judíos designaban al Mesías como el Profeta que había de venir al mundo. S. Juan, VI, 14. Como Profeta, debía también el Mesías enseñar y hacer vaticinios. Asimismo había de ser el Maestro de los gentiles. Isaías, XLIX, 1-6. Acerca de la Pasión del Mesías, he aquí lo que estaba profetizado: 1.° Que entraría en Jerusalén sentado en una asna. Zach., IX, 9. 2.° Que sería vendido por treinta monedas de plata. Zacarías tenía predicho: “Estimaron mi precio en treinta monedas de plata. Y me dijo el Señor: Échalo delante del alfarero, ese hermoso precio en que soy por ellos apreciado. Y tomé los treinta dineros y los eché en la casa del Señor, al alfarero.” Zach., XI, 12, 13. Así sucedió, en efecto, porque Judas arrojó el dinero en el templo, y con él se compró el campo de un alfarero, para sepultura de los peregrinos. Mat., XXVII, 5-7. 3.° Sería vendido por uno de sus comensales. “Lo que más es un hombre con quien vivía yo en dulce paz, de quien yo me fiaba, y que comía de mi pan, ha urdido una grande traición contra mí.” Psalm., XL, 10. Judas se levantó de la mesa, para ir a vender a su maestro. “Judas, luego que tomó el bocado, salió.” S. Juan, XIII, 13. 4.° Sus discípulos le abandonarían en su Pasión. “Hiere al Pastor, y sean dispersadas las ovejas.” Zac, XIII, 7. Así aconteció en el prendimiento de Jesús. “Entonces sus discípulos, abandonándole, huyeron todos.” Marc, XIV, 50. Sólo Pedro y Juan le siguieron de lejos hasta el vestíbulo del sumo sacerdote. San Juan, XVIII, 15. 5.° El Mesías sería burlado. “El oprobio de los hombres, y el desecho de la plebe.” Psalm., XXI, 7. Abofeteado, escupido: “Entregué mis mejillas a los que mesaban mi barba, no retiré mi rostro de los que me escarnecían y escupían.” Isai., L, 6. Azotado: “Soy azotado todo el día, y comienza ya mi castigo desde el amanecer.” Psal., LXXII, 14. Coronado de espinas: “Salid afuera, oh hijas de Sion, y veréis al rey Salomón con la diadema con que le coronó su madre en el día de sus desposorios, día en que quedó colmado de júbilo su corazón.” Cant., III, 11. Y daríanle a beber hiel y vinagre: “me Prestaron hiel para alimento mío, y en medio de mi sed me dieron a beber vinagre.” Psalm., LXVIII, 22. 6.° Sobre su vestidura se echarían suertes: “Repartieron entre si mis vestidos, y sortearon mi túnica.” Psalm., XXI, 19. Los soldados hicieron cuatro porciones de los vestidos de Cristo, y cada uno tomó su parte; pero no quisieron rasgar la túnica, porque no era cosida, sino tejida de una pieza. S. Juan, XIX, 23. Por eso echaron suertes sobre ella. 7.° Sus manos y pies serían taladrados: “Han taladrado mis manos y mis pies.” Salmo, XXI, 17. Cristo fué clavado con clavos en la cruz; y por esto pudo mostrar a Tomás las heridas de sus manos y decirle: ―”Mete aquí tu dedo.” San Juan, XX, 27. 8.° Él Mesías había de morir entre los malhechores. Isaías dice: “Se le dará la sepultura entre los impíos, mas con los ricos estará después de su muerte.” Isai., LIII, 9. Jesús murió entre dos salteadores de caminos, que con El fueron crucificados. Luc, XXIII, 33. 9.° En su Pasión seria manso como un cordero: “Conducido será a la muerte como va la oveja al matadero, y guardará silencio sin abrir siquiera su boca, como el corderito que está mudo delante del que le esquila.” Isai., LIII, 7. Y rogaría por sus enemigos: ―Ha rogado por los transgresores.‖ Isaías, LIII, 12. 10.° Moriría por su voluntad en satisfacción de nuestros pecados: “Fué ofrecido en sacrificio porque él mismo quiso. Es verdad que él mismo tomó sobre sí nuestras dolencias, y cargó con nuestras penalidades.” Isaías, LIII, 4-7.
173 ―Ecce concipies in utero ,et paries filium, et vocabis nomen ejus Jesum.‖ Luc, I, 31. 174 ―Joseph, fili David, noli timere accipere Mariam conjugem tuam: quodenim in ea natum est, de Spiritu sancto est. Parlet autem filium: et vocabis nomen ejus Jesum: ipse enim salvum faciet populum sieum a pec catis eorum.‖ Matth., I, 20, 21.
175 ―Su nombre será Emmanuel, o Dios con nosotros. Isaías, VII, 14. “He aquí el varón cuyo nombre es Oriente.‖ Zacarias, VII, 12.
176 ―Loquimini de me coram Domino, et coram Christo ejus.” I. Reg., XII. “Cunque ingressi essent, vidit Eliab, et ait: Num corana Domino est Christus ejus.” I, Reg. XVI, 6. “Pro-pitius sit mihi Dominus, nec faciam hanc rem domino meo, Christo Domini.‖ I, Reg. XXIV, 7.
177 “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum.” Joan.; I, 1.
178 “Generationem eius quis enarrabit.” Isai., LIII, 8.
179 “Et in unum Dominum Jesum Christum, Filium Dei unigenitum; et ex Patre natum ante omnia saecula: Deum de Deo, lumen de lumine, Deum verum de Deo vero, genitum, non factum, consubstantialem Patri, per quem omnia facta sunt.” Ex Symb. Nic.
180 ―Anunciaré tu nombre a mis hermanos.‖ Hebr. II, 12.
181 ―Por manera que sea el mismo Hijo el primogénito entre muchos hermanos.‖ Rom., VIII, 20.
 
 
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