Catecismo Romano: Cuarto Articulo del Credo – Concilio de Trento


Cuarto artículo del Credo

PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] El conocimiento de este artículo es necesario (I Cor. 2 2.) para que los fieles, movidos por el recuerdo de tan gran beneficio, se entreguen a la contemplación del amor y bondad de Dios para con nosotros. Su significado es el siguiente: que Cristo nuestro Señor fue crucificado cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, después de haber sido apresado, escarnecido y objeto de varias clases de infamias y tormentos; y que después de crucificado, realmente murió y fue sepultado.

«Padeció»

[2] Cada una de las dos naturalezas de Cristo conservó sus propiedades; por eso, aunque su naturaleza divina permaneció impasible e inmortal, su naturaleza humana fue pasible y mortal, y así pudo padecer los tormentos mencionados, no sólo en su cuerpo, sino también en su alma (Mt. 26 38.).

«Debajo del poder de Poncio Pilato»

[3] Se señala esta circunstancia por dos motivos: • el primero, porque el conocimiento de un hecho tan importante y necesario puede adquirirse más fácilmente, si se determina el tiempo en que sucedió; • el segundo, para mostrar cumplida la profecía del Salvador, de que iba a ser entregado a los gentiles para ser escarnecido, azotado y crucificado (Mt. 20 19.).

«Fue crucificado»

[4] El Salvador eligió sin duda el género de muerte que más convenía para la redención del linaje humano, aunque fuese también el más afrentoso e indigno, tanto entre los gentiles, pues estaba reservado a los esclavos, como entre los judíos, pues la ley de Moisés declaraba maldito al que era colgado de un madero (Deut. 21 23; Gal. 3 13.). Entre las muchas razones con que los Santos Padres explicaron la conveniencia de la muerte de Cruz, tenemos dos: • Cristo quiso ser «maldito» por nosotros, para que nosotros alcancemos la bendición de Dios; • Dios decretó que «de donde había salido la muerte, de allí mismo renaciese la vida, y que el que en un árbol había vencido [a nuestros primeros padres], en un árbol fuese vencido por Jesucristo nuestro Señor» (Prefacio de la Santa Cruz.). [5] Los fieles deben saber bien los puntos principales de este misterio de la Cruz, que se juzgan más necesarios para confirmar la verdad de nuestra fe, pues la religión y la fe cristiana se apoyan en este artículo como en seguro fundamento, y fijo éste, fácilmente se establecen los demás. En efecto: • el misterio de la Cruz es el más difícil de creer; • pero es también el que mejor manifiesta la sabiduría de Dios: no habiendo los hombres conocido a Dios por la sabiduría humana, quiso Dios salvarlos por la locura de la Cruz (I Cor. 1 21.); • por eso, Dios lo anunció en el Antiguo Testamento por medio de figuras (Abel, el sacrificio de Isaac, el cordero pascual, la serpiente de bronce) y por medio de profecías (entre las que sobresalen el Salmo 21 y el capítulo 53 de Isaías); • y por eso también los Apóstoles dedicaron todos sus esfuerzos y sus afanes en someter a los hombres a la potestad y obediencia del Crucificado.

«Muerto»

[6] Es una verdad de fe que Jesucristo murió verdaderamente en la Cruz, ya que todos los Evangelistas convienen en que expiró, y porque siendo verdadero y perfecto Hombre, podía morir. Además, era conveniente que Cristo muriera, para destruir por su muerte al que tenía el imperio de la muerte, el diablo, y para librar de la muerte a los que el diablo mantenía en servidumbre (Heb. 2 10, 14-15.). Así, cuando decimos que Jesucristo murió, queremos decir que su alma se separó de su cuerpo (pues en eso consiste la muerte), pero permaneciendo unidos ambos (cuerpo y alma) a la divinidad. [7] Cristo murió voluntariamente, porque quiso (Is. 53 7; Jn. 10 17-18.), y en el tiempo y lugar en que quiso (Lc. 13 32-33.); por donde conocemos la infinita y sublime caridad de Jesucristo, que se sometió gustoso por nuestro amor a una muerte de la que fácilmente podía librarse. Por eso, la consideración de las penas y tormentos de nuestro Señor debe excitar los sentimientos de nuestro corazón al agradecimiento por tan gran caridad, y al amor de quien tanto nos amó.

«Fue sepultado»

[8] No sólo creemos que fue sepultado el cuerpo de Cristo, sino Dios mismo, ya que la divinidad permaneció unida al cuerpo, el cual estuvo encerrado en el sepulcro. Esta palabra se ha añadido por dos motivos: • para que sea menos posible dudar de la muerte de Cristo, ya que la sepultura de alguien es la mejor prueba de que realmente ha muerto; • para que se manifieste y brille más el milagro de su Resurrección. [9] Sobre esta sepultura, conviene notar dos cosas: • que el cuerpo de Cristo no sufrió corrupción alguna, conforme estaba profetizado (Sal. 15 10.); • que la sepultura, y asimismo la pasión y la muerte, aunque se atribuyen a Dios (por decirse de alguien que fue al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre), convienen a Jesucristo sólo en cuanto hombre, pero no en cuanto Dios, porque el padecer y morir sólo caben en la naturaleza humana.

Consideraciones sobre la Pasión útiles a los fieles

[10] 1º Quién es el que padece todo esto. — Es el Verbo de Dios (Jn 1 1.), el resplandor de la gloria del Padre y la imagen perfecta de su sustancia (Heb. 1 2-3.), Jesucristo, Dios y Hombre; padece el Creador por sus criaturas, el Señor por sus siervos, Aquél por quien fueron creadas todas las cosas. Por eso, si hasta las criaturas que carecen de sentido lloraron la muerte de su Creador (Mt. 27 51; Lc. 23 44-45.), han de considerar los fieles cuánto se han de doler ellos también.

[11] 2º Por qué quiso Cristo padecer. — Dos son las principales causas de la Pasión de Cristo, una respecto de nosotros, otra respecto de su Padre. a) Respecto de nosotros, la causa es el pecado original de nuestros primeros padres, y los vicios y pecados actuales de los hombres, cometidos desde el inicio del mundo hasta el fin de los siglos. Cristo quiso, pues, redimir y borrar los pecados de todos los siglos, y satisfacer por ellos a su Padre abundante y plenamente. Y así, el amor de Cristo engloba, no sólo a todos los pecadores, sino también a sus mismos verdugos y a los que caen con frecuencia en pecados, los cuales crucifican de nuevo, en cuanto está de su parte, a Cristo, y actúan peor que los judíos, pues éstos lo crucificaron sin conocerle, mientras que aquellos afirman conocerle, y sin embargo vuelven a crucificarle con sus obras.

[12] b) Respecto de su Padre, la causa fue la voluntad del Padre de entregar a su propio Hijo por nosotros (Rom. 8 32.) y de cargar sobre sus espaldas la iniquidad de todos nosotros (Is. 53 6-8.); voluntad a la que el Hijo se sometió, ofreciendo su vida por nosotros (Is. 53 10.).

[13] 3º Cuán grande fue la amargura de la Pasión. — Cristo nuestro Señor sufrió los mayores dolores, así en el alma como en el cuerpo, como lo muestra ya el sudor de sangre que tuvo en la agonía al simple pensamiento de males tan próximos. a) Cristo padeció en su cuerpo: • en todos sus miembros: cabeza, manos y pies, rostro, cuerpo entero; • por parte de todo tipo de personas: amigas (uno de sus apóstoles lo traiciona, otro lo niega, los demás lo abandonan) y enemigas, judíos y gentiles, autoridades y plebe; • el suplicio más ignominioso y atroz de cuantos existían: lo primero, por ser propio de hombres criminales y de perversas costumbres, y lo segundo, por la lentitud en el morir, que alargaba el dolor; • y todos estos dolores los sufrió más intensamente que todos los demás hombres, por la perfección de su naturaleza humana y la viveza de su potencia sensitiva. b) Cristo padeció en su alma: sin querer aceptar en su dolor la mitigación y consuelo interior con que Dios recrea a todos los santos en sus tribulaciones (Col. 1 24; II Cor. 7 4.), sino dejando padecer a su naturaleza humana toda la fuerza de los tormentos, como si sólo fuese hombre y no también Dios.

[14] 4º Bienes y ventajas que Jesucristo nos adquirió por su Pasión. — Cristo nos adquirió por su Pasión: • la remisión de los pecados (Apoc. 1 5; Col. 2 13-14.); • la liberación de la tiranía del demonio (Jn. 12 31-32.); • la remisión de la pena debida por nuestros pecados; • la reconciliación con el Padre, que nos devolvió aplacado y propicio; • la entrada en el cielo, cerrado por el pecado común del linaje humano (Heb. 10 19.), y figurada en la remisión que se concedía en el Antiguo Testamento a quienes se encontraban en las ciudades de refugio, y que sólo podían volver a sus patrias al morir el sumo sacerdote.

[15] Y todos estos bienes nos vinieron de la Pasión del Señor: • primero, porque ésta fue una satisfacción completa y perfecta que Jesucristo ofreció al Padre por nuestros pecados, pagando un precio no sólo igual a nuestras deudas, sino que las supera con exceso (I Ped. 1 18-19.); • segundo, porque fue un sacrificio muy del agrado de Dios (Ef. 5 2.), el cual, al ofrecérsele su propio Hijo en el ara de la cruz, aplacó la ira e indignación del Padre (Gal. 3 13.).

[16] 5º Virtudes de que Jesús nos dio ejemplo en su Pasión. — El ultimo beneficio que sacamos de la Pasión del Señor es tener en ella ejemplos brillantísimos de todas las virtudes: paciencia, humildad, caridad, mansedumbre, obediencia, fortaleza en sufrir dolores y muerte por la justicia, y otras; de modo que en un solo día de pasión el Salvador practicó en sí mismo, para ser nuestro ejemplo, todas las virtudes que nos había enseñado de palabra en el tiempo de su predicación.

CAPÍTULO V

DEL 4° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO

Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado

I. De la necesidad del conocimiento de este artículo, y sentido de su primera parte.

76. Cuán necesario sea el conocimiento de este artículo, y con cuánta solicitud debe cuidar el Párroco que los fíeles renueven con la mayor frecuencia la memoria de la Pasión del Señor, nos lo demuestra el Apóstol al afirmar que no sabe otra cosa sino a Jesucristo, y a éste crucificado203. Por lo cual no se ha de omitir cuidado ni diligencia alguna a fin de declarar cuánto fuere posible esta verdad, para que los fieles movidos con la memoria de tan gran beneficio, se dediquen totalmente a venerar el amor y bondad de Dios para con nosotros. Lo que la fe nos propone para creer en la primera parte de este artículo (pues de la segunda se hablará después) es que Cristo Señor fue clavado en la cruz cuando Poncio Pilatos gobernaba la provincia de Judea por mandato de Tiberio César. Ya que después de haber sido preso, escarnecido, injuriado y atormentado de varios modos, finalmente fue levantado en la cruz.

II. El alma de Cristo según la parte inferior sintió los tormentos como si no hubiera estado unido con la Divinidad.

77. Nadie debe dudar que el alma de Cristo, por lo que se refiere a la parte inferior, sintiese estos tormentos; porque como El tomó verdaderamente la naturaleza humana, es necesario confesar que padeció en su alma gravísimo dolor, por lo cual dijo: “Triste está mi alma hasta la muerte”. Pues si bien la naturaleza humana se juntó a la persona divina, con todo sintió tanto lo acerbo de su pasión como si nunca se hubiese hecho tal unión; porque en la única persona de Jesucristo se conservaron las propiedades de ambas naturalezas, divina y humana, y por eso lo que era pasible y mortal, quedó mortal y pasible, y lo que era inmortal e impasible, como sabemos que era la naturaleza divina, quedó también inmortal e impasible.

III. Por qué se expresa en el Símbolo el Presidente de Judea bajo cuyo poder padeció Jesús.

78. Mas por lo que se refiere a haberse observado en este lugar tanto cuidado como vemos, que Jesucristo padeció en el tiempo que Poncio Pilatos gobernaba la provincia de Judea, enseñará el Párroco que esto se hizo, porque el conocimiento de una cosa tan grande y tan necesaria como ésta podía ser más cierto y obvio a todos, notándose determinadamente el tiempo en que esto sucedió, lo cual leemos haber hecho también el Apóstol San Pablo204. Además por estas palabras se declara el cumplimiento de aquella profecía del Salvador: ―Será entregado a los Gentiles, para ser escarnecido, azotado y crucificado‖205.

IV. No fue casualidad que Cristo muriese en la Cruz, sino disposición de Dios.

79. Asimismo el haber muerto Cristo en el madero de la Cruz, y no de otro modo, se ha de atribuir al consejo y ordenación de Dios, para que de donde había nacido la muerte, de allí mismo brotase la vida206. Y a fin de que la serpiente que había vencido en un árbol a los primeros padres, fuera vencida por Cristo en el árbol de la Cruz. Muchas razones que los santos Padres explicaron difusamente, pudiéramos alegar aquí para declarar que fue conveniente padeciese nuestro Redentor muerte de cruz, mejor que otra alguna. Pero advierta el Párroco que basta crean los fieles que el Salvador escogió aquella manera de muerte, porque parecía la más propia y acomodada para la redención del linaje humano, así como en efecto era la más vergonzosa e indigna de cuántas había. Porque el suplicio de la cruz no solamente entre los gentiles fue aborrecible y lleno de grandísima ignominia y afrenta, sino que en la ley de Moisés se llama maldito el hombre que está pendiente en el madero.

V. Ha de explicarse con frecuencia al pueblo cristiano la, historia: de la pasión de Cristo.

80. Tampoco dejará el Párroco de explicar la historia de este artículo que con tanto cuidado refirieron los santos Evangelistas, para que los fieles sepan a lo menos los principales puntos de este misterio que parecen más necesarios para confirmar la verdad de nuestra fe. Porque este artículo es como fundamento en que descansa la fe y religión cristiana: de suerte que asentado éste, todos los demás quedan bien fundados y firmes. Porque a la verdad el misterio de la Cruz es lo más difícil que hay entre las cosas que hacen dificultad al entendimiento humano, en tanto grado que apenas podemos acabar de entender como dependa nuestra salvación de una cruz, y de uno que fue clavado en ella por nosotros. Pero en esto mismo, como advierte el Apóstol, hemos de admirar la suma providencia de Dios. “Porque ya que el mundo a vista de las obras de la sabiduría de Dios no le conoció por medio de la ciencia humana, plugo a Dios salvar a los que creyesen en él por medio de la locura o simplicidad de la predicación de un Dios crucificado”207.
Por lo cual no es de maravillar que los Profetas antes de la venida de Cristo, y los Apóstoles después de su muerte y resurrección, hubiesen trabajado tanto en persuadir a los hombres que él era el Redentor del mundo, y en sujetarlos a la potestad y obediencia del Crucificado, Por esto también viendo el Señor que el misterio de la Cruz era la cosa más extraña, según el modo de entender humano, luego después del pecado nunca cesó de manifestar la muerte de su Hijo, así por figuras como por oráculos de los Profetas. Y tocando algo de las figuras, primeramente Abel208 que fue muerto por la envidia de su hermano, después el sacrificio de Isaac209, asimismo el cordero210 que los judíos sacrificaron al salir de la tierra de Egipto, como también la serpiente de metal211 que Moisés levantó en el desierto, eran figuras de la pasión y muerte de Cristo. Y por lo que toca a los Profetas, es mucho más notoria la muchedumbre de los que la anunciaron, que no necesita ser recordados en este lugar. Mas sobre todo ellos, omitiendo a David que declaró en los Salmos todos los principales misterios de nuestra redención, los oráculos de Isaías son tan claros y patentes, que bien se puede decir que este Profeta no tanto profetizó cosas venideras, cuánto refirió las ya pasadas.

VI. Qué se propone a nuestra fe con las palabras muerto y sepultado.

81. Muerto y sepultado. Explicará el Párroco que por estas palabras se debe creer que Jesucristo, después de ser crucificado, murió verdaderamente, y fue sepultado. Y no sin causa se propone esto distintamente a los fieles para que lo crean, pues no faltaron quienes negasen que Cristo muriera en la cruz212. Y así con razón los santos Apóstoles juzgaron conveniente oponer a aquel error esta doctrina de la fe, de cuya verdad no podemos dudar en manera alguna, pues todos los Evangelistas213 afirman que Jesús expiró. Además de esto, como Cristo fue verdadero y perfecto hombre, pudo también morir verdaderamente; y porque el hombre muere cuándo el alma se separa del cuerpo, por lo mismo cuando decimos que Jesús murió, significamos que su alma se separó del cuerpo, mas no por eso concedemos que la divinidad se apartase del cuerpo, antes creemos y confesamos constantemente que separándose su alma del cuerpo, siempre la divinidad estuvo unida así al cuerpo en el sepulcro como al alma en los infiernos. Además, era conveniente que el Hijo de Dios muriese, para que por medio de su muerte destruyese al que tenía el imperio de la muerte, esto es al diablo y para poner en libertad a los que el temor de la muerte traía toda su vida en continua servidumbre.

VII. Cristo murió porque quiso morir por nuestro amor.

82. Pero lo singular fue en Cristo Señor que murió en aquel mismo tiempo que él dispuso morir, y haber recibido la muerte no tanto por fuerza ajena, cuánto por su misma voluntad. De suerte que no solamente dispuso El su muerte, sino también el lugar y tiempo en que había de morir. Isaías escribió así: “Se ofreció porque él quiso”214. Y el mismo Señor antes de su pasión, dijo también: “Doy mi vida para tomarla otra, vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y soy dueño de darla, y dueño de recobrarla”. Mas en orden al tiempo y lugar, cuándo Herodes perseguía su vida, dijo: “Decid de mi parte a ese raposo: Sabes que aun he de lanzar demonios y sanar enfermos el día de hoy y el de mañana, pero al tercer día habré terminado. No obstante así hoy como mañana y pasado mañana, conviene que yo siga, mi camino, porque no cabe que un Profeta pierda la vida fuera de Jerusalén”215. Y así nada hizo él contra su voluntad o forzado, sino él mismo se ofreció voluntariamente, y saliendo al encuentro a sus enemigos, dijo: Yo soy; y padeció voluntariamente todas aquellas penas con que tan injusta y cruelmente le atormentaron; lo cual verdaderamente es la cosa más eficaz que hay para mover los afectos de nuestra alma al contemplar todas sus penas y tormentos. Porque cuándo uno padece por nosotros todo género de dolores, si no los padece por su voluntad sino porque no los puede evitar, no estimamos esto por grande beneficio, mas sí por solo nuestro bien recibe gustosamente la muerte, pudiéndola evitar, esto es un linaje de beneficio tan grande que imposibilita aun al más agradecido, no solamente a corresponderlo, más también a su debido amor y aprecio. En esto, pues, se deja bien entender la suma y excesiva caridad de Jesucristo, y su divino e inmenso mérito para con nosotros.

VIII. Por qué se dice que Cristo fue sepultado.

83. Mas la palabra en que confesamos que Cristo fue sepultado, no se colocó como parte de este artículo por alguna nueva dificultad que añada a las cosas que se han dicho relativas a su muerte, porque después de creer que Cristo murió, fácilmente nos podemos persuadir que fue sepultado; sino se añadió, primeramente para que estemos más ciertos de su muerte, por ser grandísimo testimonio de haber uno muerto el haber sido sepultado su cuerpo, y además para que el milagro de la resurrección sea más patente y manifiesto. Ni solamente creemos aquí que el cuerpo de Cristo fue sepultado, sino lo que principalmente se nos propone en esta palabra para creer, es que Dios fue sepultado, así como según regla de fe católica, decimos también con muchísima verdad, que Dios murió y que nació de la Virgen, porque como la divinidad nunca se apartó del cuerpo que fue sepultado, en verdad confesamos, que Dios fue sepultado.

IX. Dos cosas que principalmente se han de observar acerca, de la pasión y sepultura de Cristo.

84. En orden a la naturaleza y lugar de la sepultura, bastará al Párroco lo que escribieron los santos evangelistas. Mas hay dos cosas que principalmente se han de observar: la una es, que el cuerpo de Cristo no padeció la más mínima corrupción en el sepulcro, lo cual ya el Profeta había predicho: “No permitirás que tu Santo experimente corrupción”216. La otra, que pertenece a todas las partes de este artículo, es que así la sepultura como también la pasión y muerte, convienen a Cristo Jesús, no en cuánto Dios, sino en cuánto hombre, porque sola la humana naturaleza es capaz de padecer y morir; aunque también se atribuyen a Dios estas cosas, pues es claro que se dicen bien de aquella persona que juntamente fue perfecto Dios y perfecto hombre217.

X. Modo de contemplar la pasión y muerte de Cristo.

85. Declaradas estas verdades, pasará el Párroco a explicar acerca de la Pasión y muerte de Cristo aquello mediante lo cual puedan los fieles, ya que no comprender, a lo menos contemplar la profundidad de este misterio. Y primeramente se ha de considerar quién es aquel que padece todas estas cosas. Verdaderamente con ninguna palabra podemos explicar, ni de modo alguno entender su dignidad y excelencia. San Juan dice que es Verbo o concepto que estaba en Dios. El Apóstol le describe con magníficas palabras, diciendo de este modo: “Que es a quien Dios constituyó heredero universal de todas las cosas, por quien creó también los siglos. El cual siendo como es el resplandor de su gloria y vivo retrato de su substancia después de habernos purificado de nuestros pecados, está sentado a la diestra de la majestad en lo más alto de los cielos”218.
Y por decirlo en pocas palabras, padece Jesucristo, Dios y hombre; padece el Criador por las criaturas; padece el Señor por los siervos; padece aquel por quien fueron creados los ángeles, los hombres, los cielos, y los elementos; y padece aquel en quien, por quien, y de quien todas las cosas tienen ser219. Por lo cual no es de maravillar, que combatido él con tantos dolores y tormentos, se conmoviese también y trastornase todo el edificio del mundo, pues como dice la Escritura: “La tierra se movió, las piedras se quebraron, toda la tierra se cubrió de tinieblas y el sol se obscureció”220. Pues si aun las cosas mudas y que carecen de sentido lloraron la pasión de su Creador, piensen los fieles con qué lágrimas deben ellos, como piedras vivas de este edificio221, mostrar su dolor.

XI. 1.° Cristo padeció por el pecado original y por los actuales; 2.° Los que le ofenden le crucifican de nuevo.

86. También se han de explicar las causas de la pasión, para que así se manifieste más la grandeza y virtud de la divina caridad para con nosotros. Si alguno, pues, desea conocer por qué causa el Hijo de Dios quiso padecer aquella acerbísima pasión, hallará que, además del pecado original, principalmente fueron los vicios y pecados que los hombres han cometido desde el principio del mundo hasta hoy, y los que cometerán hasta el fin del mundo. Porque el fin a que el Hijo de Dios atendió en su pasión y muerte, fue redimir y borrar los pecados de todas edades y satisfacer por ellos al Padre abundante y copiosamente. Otra cosa hay también que realza el mérito de su pasión, y es que no solamente padeció Cristo por los pecadores, sino por aquellos mismos que fueron los autores y ministros de todo cuánto sufrió, lo cual nos enseña el Apóstol escribiendo a los Hebreos con estas palabras: “Acordaos de aquel que sufrió tantas contradicciones de los pecadores, para que no desmayéis en las adversidades”222. Y de esta culpa son ciertamente reos aquellos que caen muchas veces en pecado. Porque así como nuestros pecados fueron los que movieron a Cristo Señor a padecer el tormento de la Cruz, del mismo modo los que de nuevo pecan y le ofenden, crucifican otra vez en si mismos, cuánto es de su parte, al Hijo de Dios y le escarnecen. Y esta maldad mucho más grave puede parecer en nosotros que en los judíos, porque éstos, como afirma el Apóstol: “Si le hubieran conocido, nunca crucificaron al Señor de la gloria”223. Mas nosotros profesamos haberle conocido, y con todo negándole con las obras, parece que en alguna manera ponemos manos violentas en él.

XII. Cristo fue entregado a la pasión por el Padre, y por sí mismo.

87. Aseguran también las santas Escrituras que Cristo Señor fue entregado a la pasión por el Padre y por sí mismo, pues dice Dios por Isaías: ―Por los pecados de mi pueblo lo herí‖224. Poco antes el mismo Profeta, lleno del espíritu de Dios, contemplando al Señor llagado y herido, dijo: “Como ovejas descarriadas hemos sido todos nosotros; cada cual se desvió de la senda del Señor para seguir su propio camino, y a él solo le ha cargado el Señor sobre las espaldas la iniquidad de todos nosotros”225. X del Hijo está escrito: “Porque dio su vida por el pecado, verá una dilatada posteridad”226. Esto mismo declaró el Apóstol con palabras aún más graves, mostrando por otra parte lo mucho que podemos esperar en la inmensa bondad y misericordia de Dios, pues dijo así: “El que aun a su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó a la, muerte por todos nosotros, ¿cómo nos negará ya cosa alguna?”227.

XIII. Cuán acerba fue la pasión de Cristo así en el cuerpo como en el alma.

88. Ahora se sigue que el Párroco enseñe cuán grande fue la amargura de la pasión, aunque si tenemos presente aquel sudor en que el Señor derramó gotas de sangre hasta la tierra al considerar los dolores y tormentos que poco después había de padecer, fácilmente conocerá con esto cada uno, que aquel dolor llegó a lo sumo de todo dolor. Porque si sólo el pensamiento de los tormentos inminentes, fue tan amargo, como lo dio a conocer el sudor de sangre, ¿cuál no sería el sufrimiento de los mismos? Más de todos modos es cierto que fueron muy grandes los dolores que Cristo Señor padeció tanto en el alma como en el cuerpo. Porque primeramente no hubo parte alguna de su cuerpo que no sintiese gravísimas penas: porque así las manos como los pies fueron clavados en la Cruz, la cabeza fue atravesada con espinas y herida con la caña, el rostro afeado con salivas y atormentado con bofetadas, y finalmente todo el cuerpo fue azotado. Además de esto, hombres de todos órdenes y condiciones conspiraron unánimes contra el Señor y su Cristo. Porque los gentiles y los judíos fueron consejeros, autores y ministros de la pasión; Judas le entregó; Pedro le negó, y todos los demás le desampararon. Y en la misma cruz, ¿de qué nos lamentaremos más? ¿O de la grandeza del tormento, o de la afrenta que recibió, o de ambas juntas? Verdaderamente no se podía excogitar género de muerte ni más afrentosa ni más cruel que aquella, porque si miramos a la afrenta, solamente se castigaban con aquel género de muerte los hombres más perniciosos y malvados, y si a la pena, la lentitud de la muerte hacía más sensible el sumo dolor y tormento. Acrecentaba también todas estas penas, la complexión del cuerpo de Jesucristo; porque como fue formado por obra del Espíritu Santo, fue mucho más perfecto y sensible que lo pueden ser los cuerpos de los demás hombres, y por eso tuvo más vivo el sentido, y le causaron mucho mayor dolor todos aquellos tormentos.
Asimismo, por lo que toca al dolor interno del alma, nadie puede dudar que fuera sumo en Cristo. Porque todos los Santos que padecieron dolores y tormentos, recibían de Dios en su alma consuelo y alegría con que recreados pudiesen sufrir con igualdad de ánimo la fuerza de los tormentos; y lo que es más la mayor parte de ellos estaban llenos de una interior alegría, como dice el Apóstol: “Estoy gozoso en los trabajos que padezco por vosotros con los cuales cumplo lo que de nuestra parte faltaba a la pasión de Cristo, padeciendo en mi carne, por su cuerpo que es la Iglesia”. Y en otra parte: “Estoy inundado de consuelo, reboso de gozo en medio de todas mis tribulaciones”228. Mas Cristo Señor con ninguna suavidad ni consuelo templó el amarguísimo cáliz de su pasión; pues permitió a la naturaleza humana que había tomado, que sintiese todos los tormentos, como si solamente fuera hombre, y no Dios.

XIV. Bienes y provechos que nos vinieron por la pasión de Cristo.

Ahora resta que el Párroco explique con cuidado los bienes y provechos que nos vinieron por la pasión de Cristo. Primeramente la pasión de Cristo nos libró del pecado, porque según dice San Juan: “Nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”229. Y el Apóstol enseña: “Os resucitó juntamente con él, perdonándoos todos vuestros pecados, y borrando la escritura que estaba contra vosotros, por contener decreto contrario a vosotros, la deshizo, clavándola en la cruz”230. También nos sacó de la tiranía del demonio; pues el mismo señor dice: ―Ahora ha de ser juzgado el mundo: ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, y yo cuándo fuere levantado en la cruz atraeré a Mí todas las gentes”231. Asimismo pagó la pena que debían nuestros pecados. Además de esto, por cuánto no pudo ofrecerse a Dios sacrificio más agradable y acepto que éste, por él nos reconcilió con el Padre, y nos le volvió aplacado y propicio. Y finalmente habiendo borrado los pecados, nos abrió también la puerta del cielo que estaba cerrada por el pecado original del género humano. Esto es lo que significó el Apóstol con aquellas palabras: “Tenemos ya la confianza de entrar en el cielo por virtud de la sangre de Cristo”232. Y aun en la ley antigua no faltó cierta figura e imagen de este misterio: porque aquellos a quienes estaba prohibido volver a la patria antes de la muerte del sumo sacerdote, significaban que a ningún justo, por santo que hubiese sido, se abría la puerta de la patria celestial, antes que muriese aquel sumo y eterno sacerdote Cristo Jesús, el cual muerto, al punto se abrieron las puertas del cielo, para los que lavados con los sacramentos, y adornados de fe, esperanza y caridad se hacen participantes de su pasión.

XV. Por qué la pasión de Cristo nos alcanzó todos estos bienes.

89. Enseñará el Párroco que todos estos grandísimos y divinos bienes nos vinieron por la pasión de Cristo, en primer lugar porque ella es una entera y perfectísima satisfacción, que de un modo maravilloso dió Jesucristo por nuestros pecados a Dios Padre. Pues el precio que en ella pagó por nosotros, no solamente fue igual y proporcionado a nuestras deudas, sino muy superior a todas ellas. Además de esto, ella fue un sacrificio muy agradable a Dios, el cual ofrecido por su Hijo en el ara de la cruz, aplacó totalmente la ira e indignación del Padre. De este nombre de sacrificio A usó el Apóstol cuándo dijo: “Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a Dios en oblación y hostia de olor suavísimo”233. Y finalmente ella fue redención, de la cual el Príncipe de los Apóstoles dice así: “No habéis sido redimidos de la vana conducta de vuestras antiguas tradiciones con oro, ni plata corruptibles, sino con la preciosa sangre de Cristo, que es como cordero inocente y sin mancha”234. Y el Apóstol enseña: “Cristo nos libró de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldito”235.

XVI. En la pasión de Cristo tenemos admirables ejemplos de todas las virtudes.

90. Pero además de estos inmensos beneficios, otro nos vino también muy grande por la pasión de Cristo, y es que en sola ella tenemos excelentísimos ejemplos de todas las virtudes. Porque de tal modo se muestran: aquí la paciencia, la humildad, la excesiva caridad, mansedumbre, obediencia, y una suma constancia de ánimo no solamente en sufrir dolores por la santidad y justicia, sino aun en padecer la muerte, que con toda verdad podemos decir que nuestro Salvador cumplió y mostró por obra en sí mismo en solo el día de su pasión, cuántos mandamientos de bien vivir nos enseñó de palabra en toda su vida. Esto es lo que ha parecido decir brevemente sobre la pasión y muerte de Cristo Señor.‖ Ojalá, tengamos estos misterios continuamente en nuestros corazones, y aprendamos a padecer, morir y ser sepultados con el Señor, para que así arrojando de nosotros toda inmundicia del pecado y resucitando a nueva vida con él, finalmente seamos dignos alguna vez, por su gracia y misericordia, de gozar el reino y gloria del cielo.

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203 “Non enim iudicavi me scire aliquid inter vos, nisi Jesum Christum, et hunc crucifixum.” I, Corin., II, 2.
204 ―Yo te ordeno en presencia de Dios que vivifica todas las cosas, y de Jesucristo que ante Poncio Pilato dió testimonio.‖ I, Tim., 6, 13.
205 “Tradent eum gentibus ad illudendum, et flagellandum, et crucifigendum.” Matth., 20, 19.
206 “Et unde mors oriebatur, inde vita resurgeret.” Ex Praefatio de Santa Cruce.
207 “Nam, guia in Dei saptentia non cognovit per sapientiam Deum placuit Deo per stultitiam praedicationis salvos facere credentes.” I Cor., I, 21.
208 “Dixitque Cain ad Abel fratrem suum Egredianur foras. Cumque essent in agro, consurrexit Cain adversus fratrem suum Abel, et interfecit eum.” Gen IV, 8.
209 “Tulit, Abraham, quoque ligna holocausti, et imposuit super Isaac filium suum: ipse vero portabat manibus ignem et gladium. Cumque duo pergerent simul, dixit Isaac patri suo: Pater mi. At illle respondit : Quid vis fili? Ecce, inquit, ignis et ligna: ubi est victima holocausti ?… Et venerunt ad locum quem ostenderat ei Deus, in quo aedificavit altare, et desuper ligna composüiut: cumque alligasset Isaac filium suum, posuit eum in altare super struem lignorum. Extenditque num, et arripuit gladium, ut imolaret filium suum” Gen., ir, 6, 7, d, 10.
210 “Erit agnus absque macula, masculus, anniculus, iusta quem litum tolletis et oedum, Et servabitis e usque ad quartam decimam diem mensis huius: immolabitque eum universa multitudo filorum Israel ad vesperam. Et sument de sanguine eius, ac ponent super utrumque postem, et in superliminaribus domorum, in quibus comedent illum.” Exod., XII, 6, 7, 8.
211 “Fecit ergo Moyses Serpentem aeneum, et posuit eum pro signo: quem cum percussi aspicerent, sanabantur.” Num., XXI, 9. “Et sicut Moyses exaltavit serpertem iu deserto; ita exaltari oportet Filium hominis.” Joan, III, 14.
212 Los gnósticos negaron que Cristo muriese en la cruz.
213 ―Entonces Jesús, clamando de nuevo con una voz grande, entregó su espíritu.‖ San Mateo, XXVII, 50. ―Mas Jesús dando un gran grito expiró.‖ Marcos, XV, 37. ―Jesús, luego que chupó el vinagre, dijo: Todo está cumplido. E inclinando su cabeza, entregó su espíritu.‖ S. Juan, XIX, 30.
214 “Ego pono animam meam, ut iterum sumam eam; nemo tollit eam a me, sed ego pono eam a me ipso: potestatem habeo ponendi eam, et potestatem habeo iterum sumendi eam.” Joan, X, 17, 18.
215 “Dicite vulpi illi, ecce eiicio Daemonia, et sanitates perficio hodie, et cras, et tertia die consummor; veruntamen oportet me hodie, et cras, et sequenti die ambulare; quia non capit Prophetam perire extra Hierusalem” Luc, XIII, 32, 33.
216 “Non dabis sanctum iuum videre corruptionem.” Psalm., XV, 10.
217 “Perfectus Deus, perfectus homo.” Athan. in Symb.
218 “Quem Des constituit haeredem universorum, per quem fecit et saecula, qui est splendor gloriae, et figura substantiae eius, portansque omnia verbo virtutis suae purgationem peccatorum faciens, sedet ad dexteram malestatis in excelsis.” Hebr., I, 3. 219 “Quoaiam ex ipso, et per iusum, et in ipso suut omnia.” Rom., XI, 36.
220 ―Terra mota est, et petrae scissae sunt, tenebrae factae sunt per universam terram, et Sol obscuratus est”. Matth., XXXVII, 51. Luc, XXII, 44, 45.
221 “Et ipisi tamquam lapides vivi.” I. Petr., II, 5.
222 “Recogitate enim eum, qui talem sustinuit a peccatoribus adversum semetipsum contradictionem; ut ne fatigemini, animis vestris deficientes”. Hebr, XIII 3.
223 “Si cognovissent, nunquam Dominum Gloriae crucifixissent.” I. Corint., II, 8.
224 “Propter scelus populi mei percussi eum.” Isai., LIII, 6.
225 “Omnes nos quasi oves erravimus, unusquisque in viam suain declinavit, et posuit Dominus in es iniquitatem omnium nostrum.” Isai, LIII, 6.
226 ―Si posuerit pro peccato animam suam, videbit semen longaevum.‖ Isai. LIII, 10. 227 “Qui etiam proprio Filio suo non pepercit, sed pro nobis omnibus tradidit illum, quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit.” Rom., VIII, 82, 33.
228 “Gaudeo in passionibus pro vobis: et adimpleo ea, quae desunt passionum Christi in carne mea, pro corpore eius, quod est Ecclesia Repletus sum consolatione, superabundo gaudio in omni tribulatione nostra.” Colos., I, 24. II, Corint., VII, 4.
229 “Dilexit nos, et lavit nos a peccatis nostris in sanguine suo”. Apoc, I, 5.
230 “Conviviticavit cum illo, donans vobis omnia delicta, delens quod adversum nos erat, chriographum decreta, quod erat contrarium nobis, et ipsum tulit de medio, affigens illud cruci.” Colos , II, 13, 14.
231 “Nunc iudicium est mundi nunc princeps huius mundi eficietur foras: et ego si exaltatus fuero a terra omnia traham ad meipsum.”
232 “Habemus fiduciam in introitu sanctorum in sanguine Christi.” Heb., X, 11.
233 “Christus dilexit nos, et tradidit semetipsum pro nobis oblatlotiem, et hostiam Deo in odorem suavitatis.” Ephe., V, 2.
234 “Non corruptibilibus auro vel argento redempti estis de vana vestra conversatione paternse traditionis, sed precioso sanguine quasi agni immaeulati Christi et incontaminati”. I, Petr., I, 18.
235 ―Christus nos redemit de maledicto legis, factus pro nobis maledicturn”. Galat., III, 13.

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