Catecismo Romano: Quinto Articulo del Credo – Concilio de Trento


Quinto artículo del Credo

DESCENDIO A LOS INFIERNOS; AL TERCER DÍA RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] En este artículo, según la autoridad de los Santos Padres, se tratan dos grandes triunfos de nuestro Señor después de su Pasión: el primero, la victoria sobre el diablo y el infierno; el segundo, su propia resurrección.

«Descendió a los infiernos»

En esta primera parte del artículo se nos propone creer dos cosas: • que en muriendo Cristo, su alma descendió a los infiernos y permaneció allí todo el tiempo que su cuerpo estuvo en el sepulcro; • que en ese mismo tiempo la persona de Cristo estuvo a la vez en los infiernos (por la unión de su alma y su divinidad) y en el sepulcro (por la unión de su cuerpo y su divinidad).

[2] 1º Por «infiernos» entendemos, no el sepulcro, sino aquellas moradas ocultas en donde están detenidas las almas que no han conseguido la felicidad celestial. En este sentido la han usado muchas veces las sagradas Escrituras.

[3] Sin embargo, estas moradas no son todas de la misma clase; sino que hay tres de ellas: • el infierno de los condenados (Lc. 16 22.), o gehena (Mt. 5 22.), o abismo (Apoc. 9 11.), que es aquella cárcel horrible donde son atormentadas las almas de los que murieron en pecado mortal, juntamente con los espíritus infernales; • el purgatorio, donde se purifican por tiempo limitado las almas de los justos todavía manchadas antes de entrar en el cielo; • el seno de Abraham, donde residían, sin sentir dolor alguno y sostenidas por la esperanza de la redención, las almas de los santos antes de la venida de nuestro Señor.

[4] A este último lugar descendió Cristo realmente, esto es, su alma (Sal. 15 10.) y su divinidad, y no sólo su poder y virtud.

[5] 2º Este descenso a los Infiernos no disminuyó absolutamente nada del poder y majestad infinita de Cristo, antes al contrario, manifestó claramente que El era el Hijo de Dios, por varias razones: • no bajó cautivo, como los demás hombres, sino libre entre los muertos, victorioso sobre el diablo, y libertador de las almas justas; • no bajó para padecer cosa alguna, como padecían las almas allí encerradas (al menos la privación de la visión de Dios), sino para liberar las almas santas y justas, y comunicarles el fruto de su pasión.

[6] 3º Por lo tanto, dos son las causas por las que Jesucristo bajó a los infiernos: • para liberar las almas de los santos Padres y demás almas piadosas que allí estaban esperando la Redención, y comunicarles la visión beatífica; pues la Pasión fue causa de la salvación no sólo de los justos que existieron después de la venida de Cristo, sino también de los que le habían precedido desde Adán; y, por consiguiente, antes de que el Señor muriese y resucitase, para nadie estuvieron abiertas las puertas del cielo, sino que las almas de los justos, cuando éstos morían, eran llevadas al seno de Abraham; • para manifestar también allí su poder y majestad, como lo había manifestado en el cielo y en la tierra, a fin de que a su nombre se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los infiernos (Fil. 2 10.).

«Resucitó»

[7] Después de morir en la cruz, nuestro Señor fue descendido de ella por sus discípulos y sepultado en un sepulcro nuevo de un huerto próximo; allí, al tercer día de su muerte, que era domingo, su alma se unió de nuevo a su cuerpo, volviendo así a la vida y resucitando el que por tres días había estado muerto.

[8] 1º La resurrección de Cristo tiene esto de exclusivo y de singular, que resucitó por su propio poder, a diferencia de los demás resucitados. En efecto, eso es propio del poder divino; ahora bien, como la divinidad no se separó nunca ni del cuerpo de Cristo en el sepulcro, ni de su alma cuando bajó a los infiernos, había virtud divina así en el cuerpo para poder unirse de nuevo al alma, como en el alma para poder unirse de nuevo al cuerpo; y con esta virtud pudo Cristo volver por Sí mismo a la vida y resucitar de entre los muertos. Así lo había predicho ya David (Sal. 15 8-10.) y nuestro Señor mismo (Jn. 10 17-18; Jn. 2 19-21.). Y si alguna vez leemos en las Escrituras que Cristo nuestro Señor fue resucitado por el Padre (Act. 2 24; Rom. 8 11.), esto se le ha de aplicar en cuanto hombre.

[9] 2º También fue singular en Cristo ser el primero en gozar del beneficio divino de la resurrección perfecta, esto es, la resurrección por la cual, quitada ya toda necesidad de morir, somos elevados a la vida inmortal, de manera que Cristo no muere ya otra vez, y la muerte no tiene ya dominio sobre El (Rom. 6 6.). Pues todos los que resucitaron antes que Cristo, revivieron con la condición de morir otra vez. Por esta razón, Cristo es llamado el Primogénito de entre los muertos (Col. 1 18; Apoc. 1 5.) y Primicias de los que se durmieron (I Cor. 15 20-23.).

«Al tercer día»

[10] Cristo permaneció en el sepulcro, no tres días enteros, sino un día natural entero, parte del anterior y parte del siguiente. Y quiso hacerlo así, por una parte no resucitando enseguida que murió, para que creyésemos que era verdadero hombre y que había muerto realmente; y, por otra parte, tampoco al final de los tiempos, con los demás hombres, para manifestar su divinidad.

«Según las Escrituras»

[11] Los Padres del concilio de Constantinopla añadieron estas palabras para manifestar cuán importante es el misterio de la resurrección para nuestra fe. En efecto, San Pablo declara que sin este misterio, nuestra fe sería vana (I Cor. 15 14 y 17.); igualmente, San Agustín afirma que todos, paganos y judíos, creen que Cristo murió, pero sólo los cristianos creen que resucitó; finalmente, por ese mismo motivo, nuestro Señor la predijo a sus apóstoles, no hablando casi nunca de su pasión sin hablar de su resurrección (Lc. 18 32-33.) y dando a los judíos como única prueba de su divinidad la señal del profeta Jonás, esto es, su futura resurrección (Mt. 12 39-40.).

Otras consideraciones sobre la Resurrección útiles a los fieles

[12] 1º Causas por que fue necesario que Cristo resucitase. — Era conveniente que Cristo resucitase: • para que se manifestase la justicia de Dios, ensalzando a Aquel que se había humillado hasta la muerte para obedecerle (Fil. 2 8-9.); • para que se confirmase nuestra fe, pues el haber resucitado Cristo de entre los muertos es la mejor prueba de que es Dios; • para que se alentase y sostuviese nuestra esperanza, porque si resucitó Cristo, que es nuestra Cabeza, también resucitaremos nosotros, que somos sus miembros (I Cor. 15 12; I Tes. 4 13; I Ped. 1 3-4.); • para que del todo se terminase el misterio de nuestra redención y salvación; pues Cristo con su muerte nos libró de los pecados, pero con su resurrección nos devolvió los bienes principales que perdimos por el pecado (Rom. 4 25.).

[13] 2º Qué bienes resultan a la humanidad de la resurrección de Cristo. — Son los siguientes: • por la resurrección reconocemos que Cristo es Dios inmortal, lleno de gloria y vencedor de la muerte y del demonio; • la resurrección de Cristo es la causa eficiente y ejemplar de la resurrección de nuestros cuerpos: causa eficiente, porque en todos los misterios de nuestra redención Dios se valió de la humanidad de Cristo como de instrumento eficiente; y así, su resurrección fue instrumento para conseguir la nuestra (I Cor. 15 21.); causa ejemplar, porque la resurrección de Cristo es modelo de la nuestra: resucitaremos como Cristo, dotados de gloria e inmortalidad (Fil. 3 21.); • finalmente, la resurrección de Cristo es también el modelo de la resurrección de nuestras almas, estimulándonos a morir definitivamente al pecado y a vivir para Dios (Rom. 6 3-13.).

[14] 3º Qué ejemplos debemos sacar de la resurrección de Cristo. — Dos ejemplos debemos sacar de ella: • que después de haber lavado las manchas de los pecados, emprendamos un nuevo género de vida, en el cual brillen la pureza de costumbres, la inocencia, la santidad, la modestia, la justicia, la caridad, la humildad y todas las virtudes; • que de tal modo perseveremos en este modo de vida, que con la gracia de Dios nunca más nos separemos del camino de la justicia; pues las palabras de San Pablo (Rom. 6 3-13.) no demuestran únicamente que la resurrección de Cristo se nos propone como modelo de nuestra resurrección, sino también declaran que nos concede virtud para resucitar y que nos da fuerzas para permanecer en santidad y justicia, y para observar los preceptos divinos.

[15] 4º Por qué señales reconocemos haber resucitado espiritualmente con Cristo. — Son dos principalmente: • el deseo del cielo y de los bienes celestiales (Col. 3 1.); • y el gusto, agrado y gozo interior de los mismos bienes (Col. 3 2.).

CAPÍTULO VI

DEL 5° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO

Bajó a los infiernos, y resucitó al tercer día de entre los muertos

I. Cómo hemos de entender la primera parte de este artículo.

91. Es cierto que importa muchísimo conocer la gloria de la sepultura de nuestro Señor Jesucristo, de que se acaba de tratar, pero aun conviene más al pueblo cristiano saber los ilustres triunfos que él sacó de haber vencido al diablo, y de haber despojado las sillas del infierno, de los cuales hemos de hablar ahora juntamente con lo que se refiere a la resurrección. Y aunque de ésta se pudiera muy bien tratar por separado, con todo, siguiendo la autoridad de los santos Padres, hemos creído conveniente juntarla con el descenso de Cristo a los infiernos. En la primera parte, pues, de este artículo se nos propone para creer, que muerto Cristo, su alma bajó a los infiernos, y que permaneció allí mientras su cuerpo estuvo en el sepulcro. Con estas palabras confesamos también que la misma persona de Cristo estuvo en este tiempo en los infiernos y juntamente que estuvo en el sepulcro. Y nadie se ha de maravillar que digamos esto, porque, como hemos indicado muchas veces, aunque el alma se apartó del cuerpo, nunca la divinidad se separó ni del alma ni del cuerpo.

II. Qué lugar es el infierno de que aquí se habla.

92. Mas por cuánto se puede dar mucha luz a la explicación de este articulo, si el Párroco enseña primero qué es lo que se entiende en este lugar por el nombre de infierno; conviene advertir que no se entiende aquí por infierno lo mismo que el sepulcro, como pensaron algunos no menos impía que ignorantemente236.
93. Porque habiéndonos enseñado el artículo anterior que Cristo Señor fue sepultado, no había causa alguna para que los santos Apóstoles al enseñar la fe repitiesen una misma cosa de un modo distinto y más oscuro; sino que el nombre de infiernos significa aquellos senos secretos en que están detenidas las almas que no consiguieron la bienaventuranza del cielo. Y en este sentido usan de esta voz las santas Escrituras en muchos lugares. Porque leemos en el Apóstol: “Al Nombre de Jesús se doble toda rodilla, en el cielo, en la, tierra y en el infierno”237. Y en los Hechos de los Apóstoles afirma San Pedro: “Que Cristo resucitó desatados los dolores del infierno”. Act. II, 24.

III. Cuántos son los lugares en que están las almas no bienaventuradas.

94. Más no todos estos cielos son de una misma calidad. Pues hay una crudelísima y oscurísima cárcel, donde las almas de los condenados son atormentadas juntamente con los espíritus inmundos en un perpetuo e inextinguible fuego238, la cual se llama también valle de tristeza, abismo, y con propiedad Infierno.239 Además de esto hay también un fuego que purifica, el cual atormentando las almas por determinado tiempo, las limpia para que puedan entrar en la patria celestial, en la cual no se admite nada que esté manchado240. Y tanto más cuidadosamente y con frecuencia habrá de tratar el Párroco de la verdad de esta doctrina, la cual los santos Concilios declaran estar confirmada con testimonios así de las Escrituras como de la tradición Apostólica, cuánto estamos en unos tiempos en que los hombres no admiten la sana doctrina. Finalmente la tercera clase de infierno, es aquel en que eran recibidas las almas de los Santos antes de la venida de Cristo Señor, y en donde permaneciendo con la esperanza de su dichosa redención sin dolor alguno, gozaban de aquella morada pacífica. A estas almas, pues, que en el seno de Abraham estaban esperando al Señor, las libró Cristo cuándo bajó a los infiernos.

IV. El alma de Cristo bajó a los infiernos no sólo por su virtud, sino también con su presencia real.

95. Ni se ha de pensar que Cristo bajó a los infiernos de modo que solamente llegase a los mismos su virtud y poder, mas no su alma, sino que se ha de creer constantemente que la misma alma con real y verdadera presencia bajó a los infiernos, sobre lo cual está aquel firmísimo testimonio de David: “No consentirás que mi alma quede en el infierno”.

V. No perdió nada de su dignidad por haber bajado Cristo a los infiernos.

96. Aunque Cristo bajó a los infiernos, nada se disminuyó su poder supremo, ni el resplandor de su santidad contrajo la más mínima mancha, antes este hecho probó clarísimamente que era muy verdadero todo lo que había sido anunciado acerca de su santidad, y que era el Hijo de Dios, como ya antes lo había declarado con tantos prodigios. Y esto lo entenderemos fácilmente comparando entre sí las causas porque Cristo y los demás hombres vinieron a estos lugares.
Los demás hombres habían bajado cautivos, mas él libre y vencedor241 entre los muertos, bajó a destruir a los demonios que tenían encerrados y constreñidos a los hombres por la culpa. Además de esto, los otros que bajaron, unos eran atormentados con cruelísimas penas, y otros, aunque carecían de pena de sentido, pero como estaban privados de la vista de Dios y con la esperanza de la bienaventuranza, padecían también su tormento. Pero Cristo Señor bajó no a padecer sino a librar a aquellos santos y justos hombres de la miserable molestia de aquella cárcel, y a comunicarles el fruto de su pasión. Por lo mismo bajando a los infiernos, nada se disminuyó su dignidad y supremo poder.

VI. Causas por qué Cristo bajó a los infiernos.

97. Después de explicar estas cosas, se ha de enseñar que Cristo bajó a los infiernos para que quitando a los demonios sus despojos, y librando a aquellos santos Padres y demás justos de la cárcel, los llevase consigo al cielo, lo cual hizo maravillosamente con suma gloria: porque al instante su vista dio una clarísima luz a los cautivos, llenó sus almas de inmenso gozo y alegría, y les concedió también aquella tan deseada bienaventuranza que consiste en ver a Dios. Con esto se cumplió lo que el mismo Señor había prometido al ladrón, diciendo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”242. Mucho antes había profetizado Oseas esta libertad de los justos, diciendo: “¡Oh muerte! ¡yo he de ser la muerte tuya; seré tu destrucción, oh infierno!”243.
Esto declaró también el Profeta cuándo dijo: “Tú libraste también por la sangre de tu testamento a tus presos del lago, en que no hay agua”244. Y finalmente esto mismo expresó el Apóstol con aquellas palabras: “Despojando a los principados y potestades infernales, sacó de allí poderosamente a los justos, triunfando gloriosamente por sí mismo”245. Mas para entender mejor la virtud de este misterio, debemos recordar muchas veces que por el beneficio de la pasión consiguieron la salud eterna no solamente los justos que nacieron después de la venida del Señor, sino también todos los que le antecedieron desde Adán, y cuántos hubiere hasta el fin del mundo. Y así, antes que El muriese y resucitase, a nadie se abrieron jamás las puertas del cielo, sino que las almas de los justos cuándo salían de este mundo iban o al seno de Abraham, o como ahora sucede también con los que tienen que purgar o satisfacer alguna cosa, se purificaban en el fuego del purgatorio.
Además, por otra causa bajó Cristo a los infiernos, y fue para manifestar igualmente allí su virtud y poder así como lo había hecho en el cielo y en la tierra, y para que a su nombre se doblase toda rodilla así de ángeles, como de hombres y demonios. En lo cual, alguien dejará de admirar y de maravillarse de la suma benignidad de Dios para con el linaje humano, al ver que no se contentó con padecer por nosotros la más dolorosa muerte, sino que quiso asimismo bajar hasta los ínfimos senos de la tierra para sacar de allí sus muy amadas almas y llevarlas consigo a la gloria.

VII. Qué significa la segunda parte de este artículo.

98. Sigue ahora la segunda parte de este artículo, en cuya explicación cuánto deba trabajar el Párroco, lo declaran aquellas palabras del Apóstol: “Acuérdate que Nuestro Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos”246. Porque sin duda lo mismo que encargó a Timoteo, mandó también a todos los demás que tenían cuidado de las almas. El sentido, pues, del artículo es este: después que Cristo Señor expiró en la noche del viernes a las tres de la tarde, y luego que al anochecer del mismo día fue sepultado por sus discípulos, quienes habiendo bajado de la cruz el cuerpo del Señor con licencia del Presidente Pilatos lo sepultaron en un sepulcro nuevo del próximo huerto; al tercer día de su muerte que fue domingo, muy de mañana volvió a juntarse su alma con el cuerpo; y así el que había estado muerto aquéllos tres días, volvió y resucitó a la vida, de la cual muriendo había salido.

VIII. Cristo resucitó por su propia virtud.

99. Por esta palabra ―resurrección‖ no se ha de entender solamente que Cristo resucitó de entre los muertos, pues esto fue común a otros muchos, sino que resucitó también por su propia virtud y poder, lo cual fue singular y propio de Él. Porque ni en el orden natural es posible, ni se concede a hombre alguno el poder resucitar por su propia virtud a sí mismo, sino que esto únicamente está reservado al sumo poder de Dios, como sabemos por aquellas palabras del Apóstol: “Aunque fue crucificado por lo que tenía de nuestra flaqueza, pero resucitó por el poder que tenía en cuánto Dios”. Y como este supremo poder nunca se apartó ni del cuerpo de Cristo en el sepulcro, ni de su alma cuándo bajó a los infiernos, siempre estaba la virtud de Dios así en el cuerpo para poder reunirse con el alma, como en ésta para poder volver de nuevo al cuerpo, por lo cual pudo revivir y resucitar de entre los muertos por su propia virtud. Esto es lo que David lleno del espíritu de Dios predijo en estas palabras: “Su diestra misma y su santo brazo han obrado su salvación”247. Y lo mismo confirmó el Señor con el testimonio de su divina boca: “Yo dejo mi vida para volverla a tomar, y tengo potestad para dejarla y para volverla a tomar”248. También dijo a los judíos en confirmación de la verdad de su doctrina: ―Destruid este templo, y yo lo reedificaré dentro de tres días‖249. Lo cual aunque ellos entendían de aquel templo magníficamente fabricado de piedras, mas él lo entendía del templo de su cuerpo, como lo declaran las palabras de la Escritura en el mismo lugar. Y aunque algunas veces leemos en las escrituras que Cristo Señor fue resucitado por el Padre, esto se ha de entender de él en cuánto hombre, así como corresponden a él en cuánto a Dios aquellos testimonios que declaran haber resucitado por su propia virtud.

IX. Cómo Cristo es el primogénito entre los muertos.

100. También fue característico de Cristo haber sido el primero de cuántos fueron favorecidos con este divino beneficio de la resurrección. Porque en las escrituras se llama ya el primogénito de los muertos250, ya el primogénito entre los muertos251. Y como dice San Pablo: “Cristo resucitó de entre los muertos el primero de ellos; porque así como por un hombre vino la muerte, así por otro ha de ser la resurrección de los muertos, porque así como en Adán todos murieron, así todos resucitarán por Cristo. Más cada uno en su orden: el primero Cristo, y después aquellos que son de Cristo”252. Las cuales palabras ciertamente se deben entender de la perfecta resurrección, con la cual desterrada ya toda necesidad de volver a morir resucitamos a la vida inmortal. Y en este género de resurrección es en la que Cristo tiene el primer lugar; porque si hablamos de aquella resurrección que consiste en volver a la vida, pero con necesidad de morir de nuevo, otros muchos resucitaron antes que Cristo, pero todos con la condición de volver a morir, mas Cristo resucitó venciendo y sujetando a la muerte de tal modo que ya no podía morir otra vez, lo cual se confirma con aquel clarísimo testimonio que dice: “Cristo resucitado de entre los muertos, no muera ya otra vez, la muerte no tendrá ya dominio sobre él”.

X. Por qué causa Cristo resucitó al tercer día.

101. En cuanto a lo que se añade al tercer día ha de enseñar el Párroco, no piensen los fieles que el Señor estuvo en el sepulcro todos aquellos tres días enteros. Porque como estuvo en el sepulcro un día natural entero, y parte del antecedente y parte del siguiente, por esto se dice con mucha verdad que estuvo sepultado tres días, y que resucitó el tercer día de entre los muertos. A fin de manifestar su divinidad no quiso diferir la resurrección hasta el fin. del mundo, pero tampoco quiso resucitar luego después de la muerte, sino el tercer día, para que creyésemos que era verdadero hombre y que murió verdaderamente, pues este espacio de tiempo parecía bastante para demostrar una verdadera muerte.

XI. Por qué el Concilio de Constantinopla añadió en el Credo según las Escrituras.

102. Los padres del primer Concilio de Constantinopla añadieron a este artículo estas palabras: según las Escrituras; las cuales tomándolas del Apóstol las pasaron al Símbolo, por cuánto el mismo Apóstol ensenó ser sumamente necesaria la fe del misterio de la resurrección, hablando de este modo: “Si Cristo no resucitó, luego vana es nuestra predicación, y vana es también vuestra fe. Y si Cristo no resucitó, falsa es vuestra fe, porque de ese modo aun estáis en vuestros pecados”253. Por lo cual admirado San Agustín de la fe de este artículo, escribió así: “No es cosa grande creer que murió Cristo; los paganos, los judíos y todos los malvados creen esto, todos creen que murió. Mas la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por cosa grande, creer que él resucitó”254. Este fue también el motivo porque el Señor habló tan frecuentemente de su resurrección, y de no haber tratado casi vez alguna con sus discípulos de la pasión, sin que hablase asimismo de la resurrección, y así habiendo dicho: “El Hijo del Hombre será entregado a los Gentiles, y será escarnecido, azotado y escupido, y después que le hubieren azotado, le duran la muerte; al fin añadió: Y resucitará al tercer día”.255
Y habiéndole pedido los judíos que confirmase su doctrina con alguna señal o milagro, respondió que no les daría otra señal que la de Jonás Profeta256; porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez; así afirmó que el hijo del hombre estaría tres días y tres noches en el seno de la tierra. Mas para entender mejor el alcance y sentido de este artículo, hemos de averiguar y saber tres cosas: la primera, por qué fue necesario que Cristo resucitase; la segunda, cuál fue el fin de la resurrección, y la última, cuáles sean las utilidades y provechos que de la misma nos han provenido.

XII. Por qué fue necesario que Cristo resucitase.

103. En cuánto a lo primero, fue necesario que Cristo resucitase para manifestación de la rectitud y justicia de Dios, puesto que convenía muchísimo fuera ensalzado el que por obedecerle había sido abatido y ultrajado coa todo género de ignominias. Y ésta es la causa alegada por el Apóstol cuándo dijo a los Filipenses: “Se humilló a si mismo, haciéndose obediente hasta padecer la muerte, y no cualquiera muerte, sino muerte de cruz; por lo cual Dios le ensalzó” 257. También fue necesaria la resurrección de Cristo para que se confirmase nuestra fe sin la cual no puede existir la santidad del hombre, porque debe sernos eficacísima prueba de haber sido Cristo Hijo de Dios, el haber resucitado por su propia virtud. Y asimismo, para que nuestra esperanza se conservase y mantuviese.
Porque después que Cristo resucitó, tenemos ya esperanza cierta de que también resucitaremos nosotros, pues es necesario que los miembros sigan la condición de la cabeza. Y de este modo parece que demuestra su razonamiento el Apóstol cuándo escribe a los de Corinto258 y a los de Tesalónica259; y esto mismo dijo también el Príncipe de los Apóstoles San Pedro: “Bendito sea Dios, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha reengendrado por la resurrección de Jesucristo a una viva esperanza de conseguir la herencia incorruptible”260. Finalmente, se ha de enseñar que la resurrección del Señor fue necesaria para que el misterio de nuestra salud y redención se perfeccionase enteramente. Porque Cristo con su muerte nos libró de los pecados, mas con su resurrección nos restableció en la posesión de los principales bienes, que habíamos perdido por el pecado, por lo cual dijo el Apóstol: “Cristo fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación”261. Y así para que nada faltase a la salud del linaje humano, convino no solamente que muriese, sino también que resucitase.

XIII. Utilidades que reportamos de la resurrección de Cristo.

104. De lo dicho hasta aquí podemos entender bien cuán grandes utilidades han conseguido los fieles con la resurrección dé Cristo Señor nuestro. Porque por la resurrección de Cristo conocemos que Dios es inmortal, lleno de gloria y vencedor de la muerte y del diablo, lo cual se ha de creer y confesar sin duda alguna de Cristo Jesús. Además de esto, la resurrección de Cristo es causa de la resurrección de nuestros cuerpos, tanto porque fue razón eficiente de este misterio, cuánto porque todos debemos resucitar a su ejemplo. X así hablando de la resurrección de los cuerpos, dice el Apóstol de este modo: “Por un hombre vino la muerte, y por otro la resurrección de los muertos”262; porque para todo cuánto Dios obró en el misterio de nuestra redención se sirvió de la humanidad de Cristo como de instrumento eficiente. Por lo cual su resurrección fue como un instrumento para realizar la nuestra. También se puede llamar ejemplar o modelo la resurrección de Cristo, ya por ser la más perfecta de todas, como porque a la manera que el cuerpo de Cristo resucitando se transformó en glorioso e inmortal, así también nuestros cuerpos que antes habían sido flacos y mortales, resucitarán adornados de gloria e inmortalidad. Pues como enseña el Apóstol: “Esperamos por Salvador a nuestro Señor Jesucristo, quien reformará la vileza de nuestros cuerpos, haciéndolos semejantes al suyo glorioso”263. Esto mismo se puede igualmente aplicar al alma muerta por el pecado: a la cual de qué modo se propone por modelo la resurrección de Cristo, declara el Apóstol por estas palabras: “A la manera que Cristo resucitó de entre los muertos por el poder glorioso del Padre, así también nosotros debemos andar en nueva vida, porque si hemos sido plantados en Cristo por la semejanza de su muerte, que representamos en el Bautismo, asimismo hemos de ser semejantes a su resurrección”.
Y poco después dice: “Sabiendo que Cristo resucitado de entre los muertos no muere ya otra ves, y que la muerte no tendrá ya dominio sobre él. Porque en cuánto al haber muerto, como fue por destruir el pecado, murió una sola vez; mas en cuánto al vivir, vive para Dios. Así vosotros considerad también que realmente estáis muertos al pecado, y que vivís ya para Dios en Jesucristo Señor nuestro”264.

XIV. Qué ejemplos debemos sacar de la resurrección de Cristo.

105. Por lo tanto de la resurrección de Cristo debemos sacar dos ejemplos. El uno consiste en que después de haber lavado las manchas del pecado, comencemos un nuevo modo de vida en el cual resplandezcan la integridad de costumbres, la inocencia, la santidad, la modestia, la justicia, beneficencia y humildad. Y el otro, que perseveremos en este género de vida tan constantes que con la ayuda de Dios jamás nos apartemos del camino de la virtud una vez comenzado. No solamente significan las palabras del Apóstol que la resurrección de Cristo se nos propone por ejemplar de la nuestra, sino también declaran que ella nos da, así virtud para resucitar, como fuerzas y espíritu para perseverar en la santidad y justicia, guardando los mandamientos de Dios. Porque a la manera que de su muerte no solamente tomamos ejemplo para morir a los pecados sino también virtud con la cual salimos de ellos, así su resurrección no solamente nos da fuerza para conseguir la santidad, sino que nos esfuerza para perseverar en esta nueva vida, sirviendo piadosa y santamente a Dios. Porque esto principalmente hizo el Señor por su resurrección, que cuántos antes estábamos junto con él muertos a los pecados y a este mundo, resucitásemos juntamente con él a nuevo método y conducta de vida.

XV. Señales para conocer si hemos resucitado con Cristo.

106. En cuánto a las señales que principalmente se han de observar para conocer, si uno ha resucitado con Cristo a nueva vida, nos. las recuerda el Apóstol cuándo dice: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios”265, con esto declara abiertamente que cuántos desean gozar dé vida, honra, descanso y riquezas donde Cristo está, estos verdaderamente han resucitado con Cristo. Y cuándo añade: “Gozaos en las cosas del cielo, no en las de la tierra”266, nos da además otra nota por donde podamos conocer bien si hemos resucitado verdaderamente con Cristo. Porque así como el gusto suele indicar la disposición y estado del cuerpo, así también si uno experimenta gusto y sabor en todo lo que es verdad, pureza, virtud y santidad, y experimenta en su alma la suavidad y dulzura de las cosas celestiales, esto puede servir de grandísima conjetura para juzgar que quien se halla en este estado, he resucitado ya con Cristo Jesús a una nueva y espiritual vida.

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236 Calvino y Beza afirmaron que por el nombre de infierno se había de entender el sepulcro. Durando dijo que Cristo bajó a los infiernos tan sólo en sentido metafórico, es decir, (con sólo su virtud y eficacia, y no su alma verdadera y realmente. Este modo de entender esta verdad es calificado de erróneo y herético por Suárez. Expresamente confiesan que Cristo bajó a los infiernos las formas a profesiones de fe de las iglesias de Aquileya, de España y de la Galia. En el cap. I Firmiter del Concilio de Letrán se lee: “Descendit ad inferos, resurrexit a mortus et ascendit in coelum. Sed descendit in anima.” Y en el Símbolo Atanasiano: “Qui passus est pro salute nostra, descendu ad infernos.” Además, Inocencio II en el Concilio de Soisons en el año 1140 condenó a Abelardo: “Quod anima Christi per se non descendit ad infernos, sed per potentiam suam”.
237 ―In nomine Jesu omne genufectatur coelestium, terrestrium, et infernorum.” Philip., II, 10.
238 “Timete eum qui potest et animam et corpus perdere in gehennam.” Matth., X, 28. 239 “Mortuus est autem et dives, et sepultos est in inferno”. Luc, XVI, 22,
240 Para probar la existencia del purgatorio, nos conformaremos con aducir los Siguientes testimonios: En la profesión de fe propuesta por Clemente IV a Miguel Paleólogo en el año 1627, se lee: ―Si vere poenitentes in caritate decesserint, antequam dignis poenitientiae fructibus de commissis satisfecerint et omissis; eorum aminas poenis purgatoriis, seu catharteriis, sicut nobis frater Joannes explanavit, post mortem purgari, Esto mismo y con las mismas palabras lo hallamos en el Decreto para la unión de los Griegos del Concilio Flotentino. Uno de los errores condenados por León X en la Bula ―Exsurge Dominea‖ del 16 de mayo de 1520, leemos: ―Purgatorium non potest probari ex Sacra Scriptura quae sit in canone.‖ En el ―Decretum de Purgatorio‖ de la sesión XXV del Concilio Tridentino, se dice: ―Cum catholica Ecclesia, Spiritu Sancto edocta, ex sacris litteris et antiqua Patrum traditione, in sacris Conciliis, et novissima in hac oecumenica Synodo decuerit, Purgatorium esse, animasque ibi detentas‖, ete. En la profesión de fe prescrita por Pió IV el día 18 de noviembre de 1564, Se lee: ―Constanter teneo, purgatorium esse, animas que ibi detentas fidelium sufragiis juvari.‖
241 “Aestimatus sum cum desdendentibus in lacum: factus sum sicut homo sine adiutorio inter mortuos liber.” Psalm, LXXXVII, 6.
242 “Hodie mecum eris in Paradiso.” Luc, XXIII, 43.
243 “Ero mors tua os mors, morsus tuus ero, inferne.” Osee. XIII, 14.
244 “Tu quoque in sanguine testamenti tui emisisti vinctos tuos de lacu, in quo non est aqua.” Zac, IX, 11.
245 “Expoliara principatus, et potestates traduxit confidenter, palam triumphans illos in semetipso. ” Colos, II, 15.
246 “Memor est Dominiun Jesum Christum resurrexisse a mortuis.” II, Tim., II, 8.
247 “Salvavit slbi destera eius, et brachium sanctum eius.” Psalm., XCV1I, 2.
248 ―Ego pono animain meam, ut iterum sumani eam; et potestatem habeo ponendi eam, et potestatem habeo iterum sumendi eam” Joan., XVII, 18.
249 ―Solvite templum hoc et in tribus diebus excitabo illud.” Joan., II, 19.
250 “Primogenitus ex mortuis.” Hols., I, 18.
251 “Primogenitus mortuorum,” Apac., I, 5.
252 “Christus resurrexit a mortuis primitive dormientium: quoniam quidem per hominem mors, et per hominem resurrectio mortuorum. Et sicut in Adam omnes moriuntur, ita et in Christo omnes vivificabuntur. Ununsquisque autem in suo ordine, primitiae Christus: deinde ii qui sunt Christi.” I, Corint., XV, 20.
253 “Si Christus non resurrexit, inanis est ergo praedicatio nostra, inanis est et fides vestra; et si Christus non resurrexit, vana est fides vestra: adhuc enim estis in peccatis vestris.” I, Corint., XV, 14, 17.
254 D. Agust. exposit. in Psalm. C.X.X.
255 “Filius hominis tradetur gentibus, et iludetur, et fagellabitur, et conspuetur, et posteaquam flagellaverint, occident eum… Et tertia die resurget.” Luc, XVIII, 31.
256 ―Nullum aliud signum eis datum iri, quam Jonas Prophetae signum; sicut enim fuit Jonas in ventre ceti tribus diebus et tribus noctibus; sic futurum affirmavit filium hominis in corde terrae tribus diebus et tribus noctibus.‖Matt, XII, 29.
257 “Humiliabit semetipsum factus obediens usque ad mortem, mortem auteni crucis: propter quod et Deus exaltabit illum.” Philip., II, 8, 9.
258 “Si autem Christus praedicatur quod resurrexit a mortuis, quomodo quidam dicunt in vobis, quoniam resurrectio mortuorum non est?” I, Corint, XV, 12.
259 ―Sienim credimus quod Jesus mortuus est, et resurrexit: ita et Deus eos, qui dormierunt per Jesum, adducet cum eo.‖ Thess., IV, 13.
260 “Benedictus Deus, et Pater Domini nostri Jesucristi, qui secundum misericordiam suam magnam regeneravit nos in spem vivam per resurrectionem Jesucristi ex mortuis in haereditatem incorruptibilem”. Petr., I, 3, 4.
261 “Christus traditus est propter delicta nostra, et resurrexit propter iustificationem nostram.” Rom., IV, 25.
262 “Per hominem mors, et per hominem resurretio mortuorum.” I, Corint, XV, 21.
263 “Salvatorem expectamus Dominum nostrum Jesum Christum, qui reformavit corpus humilitatis nostrae configuratum corpori claritatis suae.” Philip, III, 20, 21,
264 “Quomodo Christus resurrexit a mortuis per glo riam Patris, ita et nos in novitate vitae ambulemus. Si enim complantati facti sumus similitudini mortis eius, simul et resurrecionis erimus. Scientes quod Cristus resurgens ex mortuis, iam non moritur: mors illi ultra non dominabitur. Quodenim mortuus est peccato, mortuus est semel: quod autem vivit, vivit Deo. Ita es vos existimate, vos mortuos quidem esse peccato, viventes autem Deo in Christo Jesu Domino nostro.” Rom., VI, 4, 5, 9, 10, 11.
265 “Si consurrexistis cum Christo, que sursum sunt quaerite, ubi Christus est in dextera Dei sedens.” Colos., III, 1.
266 “Quae sursum sunt sapite, non quae super terram.” Colos., III, 2.
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