Catecismo Romano: Sexto Articulo del Credo – Concilio de Trento


Sexto artículo del Credo

SUBIÓ A LOS CIELOS; ESTÁ SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Deben los párrocos explicar a los fieles este artículo con diligencia, y los fieles, no sólo creerlo por la fe, sino traducirlo en las acciones de la vida. Es el sentido de su primera parte: que una vez realizado el misterio de nuestra Redención, subió Cristo al Cielo en cuerpo y alma, en cuanto hombre; porque, en cuanto Dios, nunca se separó de él, ya que por su divinidad está en todas partes.

«Subió a los cielos»

[2] Dos cosas conviene enseñar sobre la ascensión de Cristo: • que Cristo subió a los cielos por su propia virtud, y no por poder ajeno, como Elías; • que esta virtud procede de El no sólo como Dios, sino también como Hombre: pues su cuerpo, dotado ya de las cualidades gloriosas, obedecía fácilmente a las órdenes de su alma, que lo movía.

«Está sentado a la diestra del Padre»

[3] Esta expresión, que es metafórica, se explica de la siguiente manera: • «estar a la diestra» significa que, así como en las cosas humanas atribuimos mayor honra al que está colocado a la derecha, así también Cristo ha obtenido del Padre en cuanto hombre una gloria y poder muy superior al de los demás (Ef. 1 20-22.); se designa así una gloria tan propia y singular de Cristo, que no puede convenir a ninguna otra naturaleza creada (Sal. 109 1; Heb. 1 13.); • «estar sentado» expresa, no la postura del cuerpo, sino la posesión firme y estable de la regia y suprema potestad que recibió del Padre.

Consideraciones sobre este misterio útiles a los fieles

[4] 1º Importancia de la Ascensión de Cristo al Cielo. — Debe el párroco exponer este artículo, haciendo notar ante todo: • que todos los demás misterios se refieren a la Ascensión como a su fin; pues así como los misterios de nuestra Religión tienen su origen en la Encarnación, así también encuentran su perfección y cumplimiento en la Ascensión; • que en la Ascensión, como también en la Resurrección, se manifiesta la gloria infinita y divina majestad de Cristo, a diferencia de los demás artículos del Credo sobre nuestro Señor, que manifiestan su naturaleza humana, y su suma humildad y abatimiento. [5] 2º Por qué Cristo quiso subir al Cielo. — Las principales razones son: • porque a su cuerpo, ya glorioso, no le correspondía ya la morada de esta vida terrena y mortal; • para tomar posesión del trono de su Gloria y de su Reino, que había merecido por su sangre; • para cuidar de todo cuanto es conveniente a nuestra salud espiritual; • para demostrar que su Reino no trae origen de este mundo; y así no es perecedero, ni inconstante, ni se apoya en las fuerzas materiales y en el poderío de la carne; en suma, no es terreno, como lo esperaban los judíos, sino espiritual y eterno; por eso, para mostrar que espirituales son su poder y sus riquezas, y que los más ricos en el reino de los cielos son los que más riquezas espirituales tienen, fijó su residencia en el Cielo; • para que nosotros le acompañemos en su Ascensión con el espíritu y el corazón, enseñándonos a trasladarnos al Cielo con el pensamiento y el afecto, a confesar que somos peregrinos y huéspedes sobre la tierra (Heb. 11 13.), y a buscar nuestra verdadera patria, el Cielo, esforzándonos por ser conciudadanos de los santos y familiares de Dios (Ef. 2 19.). [6] 3º Bienes que nos ha obtenido la Ascensión de Cristo. — Muchos son los beneficios y ventajas que nos provienen de la Ascensión de Cristo.
a) Bienes generales: • «Al subir Cristo a lo alto, llevó cautiva a la cautividad» (Sal. 67 19; Ef. 4 8.): Cristo, como Cabeza nuestra, tomo posesión del Cielo en nuestro nombre, preparándonos allí una morada, abriéndonos de nuevo las puertas del cielo, cerradas por el pecado, y allanándonos el camino para llegar a la celeste felicidad; y para mostrarlo, llevó consigo, a la mansión de la eterna bienaventuranza, a las almas de los justos, que había libertado del Infierno; • «Dio dones a los hombres» (Sal. 67 19; Ef. 4 8.): Cristo, a los diez días, envió a los apóstoles el Espíritu Santo, y con El toda clase de bienes y dones celestiales, cumpliendo así la promesa que les había hecho (Jn. 16 7.); • El mismo se presenta ahora ante el acatamiento de Dios, para desempeñar ante el Padre el oficio de Abogado, y a fin de ser el Defensor de nuestra causa y el Mediador de nuestra salvación (I Jn. 2 1-2.). [7] b) Bienes de virtudes: la Ascensión de Cristo: • aumenta el mérito de nuestra fe, por ser ésta una virtud que tiene por objeto lo que no se ve, y por haber declarado el mismo Señor bienaventurados a los que creyeron sin haber visto (Jn. 20 29.); • arraiga la esperanza en nuestros corazones, pues, siendo nosotros los miembros de Cristo, nos hace esperar estar un día allí donde ahora está nuestra Cabeza (Jn. 17 24.); • perfecciona nuestra caridad, al arrebatar nuestro amor hacia el Cielo e inflamarlo con su divino Espíritu (Mt. 6 21.); [8] razón por la cual convenía que Cristo se fuera (Jn. 16 7.), pues si hubiese permanecido en la tierra, nuestro amor se fijaría en su figura y proceder humano, y le estimaría con amor humano; mas la Ascensión hizo más espiritual nuestro amor, y que amemos como Dios a quien ahora consideramos ausente; lo cual se ve patentemente en los Apóstoles; • finalmente, es para nosotros no sólo el ejemplar en que aprendemos a dirigir la vista a lo alto y a subir al Cielo con el espíritu, sino que, además, nos concede la gracia para llevarlo a la práctica. [9] c) Bienes a la Iglesia: la misma Iglesia quedó sumamente enriquecida después de la Ascensión de Cristo, ya que: • será gobernada, a partir de entonces, por la virtud y dirección del Espíritu Santo; • Cristo instituirá a Pedro como Pastor y Sumo Pontífice de Ella entre los hombres (Jn. 21 15.); • le dejará a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, a otros por pastores y doctores (I Cor. 12 28.), por los que Cristo sigue distribuyendo sus dones.

CAPÍTULO VII

DEL 6° ARTÍCULO

Subió a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso.

I. Excelencia de este artículo y sentido de su primera parte.

107. al contemplar el profeta David lleno del espíritu de Dios la bienaventurada y gloriosa Ascensión del Señor, convida a todos a celebrar con suma alegría y gozo este triunfo, diciendo: “Naciones todas, dad palmadas de aplauso; gritad alegres a Dios con voces de júbilo; porque sube Dios entre regocijos”267. De aquí entenderá el Párroco el grandísimo cuidado con que ha de explicar este misterio, y el desvelo con que ha de procurar que los fieles no solamente le entiendan y crean, sino también de que se esfuercen, en cuanto sea posible, para mostrar con el favor de Dios esta fe en su vida y costumbres. Por tanto, en orden a la explicación del sexto artículo, en que principalmente se trata de este divino misterio, conviene empezar por su primera parte y declarar su espíritu y sentido. Deben, pues, los fieles creer sin duda alguna que Cristo Jesús después de acabar y perfeccionar el misterio de nuestra redención, subió en cuánto hombre al cielo en cuerpo y alma, porque en cuánto Dios nunca se ausentó de allí, como quien con su divinidad ocupa todo lugar.

II. Cristo subió al cielo no sólo por virtud de la divinidad, sino también de la humanidad.

108. Mas enseñe que Cristo subió por su propia virtud, no levantado por otro como Elías268 que fue arrebatado a lo alto por una carroza de fuego, o como el Profeta Abacuch269, o como Felipe diácono270, que elevados por los aires por virtud divina, volaron largos espacios de tierra. Ni solamente subió a los cielos por el infinito poder de su divinidad sino también por el que tenía en cuánto hombre. Porque si bien no pudo hacer esto por las fuerzas naturales, pero aquella virtud de que su bienaventurada alma estaba dotada, pudo mover el cuerpo a su arbitrio, y asimismo el cuerpo que había ya conseguido la gloria, fácilmente obedecía al impulso del alma que le movía. Por esto creemos que Cristo subió a los cielos por su propia virtud, no sólo en cuánto Dios sino también en cuánto hombre.

III. De lo que significa estar Cristo a la diestra de Dios Padre, que es la segunda parte de este artículo.

109. La segunda parte de este artículo dice así: “Está sentado a la diestra de Dios Padre‖. En este lugar conviene advertir que hay tropo o mudanza de palabra del sentido propio al impropio, modo de hablar muy usado en las divinas Escrituras, cuándo acomodando a Dios a nuestro modo de entender, le atribuimos afectos y miembros humanos, pues no se puede pensar que realmente haya en él cosa corporal, por ser espíritu. Más por cuánto en el trato humano juzgamos que se hace el mayor honor al que se coloca a la derecha, aplicando esto mismo al tratamiento del cielo, para explicar que Cristo en cuánto hombre goza de mayor gloria que todos los demás hombres, confesamos que está sentado a la diestra del Padre.
Estar sentado no significa en este lugar la posición o figura del cuerpo, sino declara aquella posesión real y suma potestad y gloria que Cristo recibió del Padre, de la cual habla el Apóstol cuándo dice que el Padre “le resucitó de los muertos y le colocó a su diestra en los cielos sobre todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación, y toda criatura que se puede nombrar, no solamente en el siglo presente sino también en él venidero, y que todas las cosas sujetó a sus pies”271. De las cuales palabras se deja entender que esta gloria es tan propia y particular del Señor que no puede convenir a otra naturaleza criada. Por lo cual, en otro lugar el mismo Apóstol dice así: “¿A cuál de los ángeles dijo alguna vez: Siéntate a mi diestra?”272.

IV. Por qué se ha de recordar con frecuencia al pueblo cristiano la historia de la Ascensión de Cristo.

110. Pero el Párroco explicará con más extensión el sentido del artículo, siguiendo la historia de la Ascensión que con orden maravilloso escribió San Lucas Evangelista en los Hechos de los Apóstoles273. Y lo primero que conviene observar en su explicación, es que todos los demás misterios se ordenan a la Ascensión como a fin, y que en ésta se contiene la perfección y cumplimiento de todos ellos; porque así como todos los misterios de nuestra religión comienzan en la Encarnación del Señor, así todos ellos terminan con su Ascensión. Además, los otros artículos del Símbolo que pertenecen a Cristo Señor declaran su grande humildad y abatimiento, pues no se puede imaginar cosa más abatida y humilde que haber querido el Hijo de Dios tomar por nosotros nuestra débil naturaleza padecer y morir. Mas la confesión que en el artículo anterior hacemos de haber resucitado de entre los muertos, y en éste de haber subido a los cielos y. estar sentado a la diestra de Dios Padre, es lo más magnífico y maravilloso que se puede decir para declarar su gloria suma y divina majestad.

V. Motivos por los cuales Cristo subió a los cielos.

111. Explicado esto, se ha de enseñar con cuidado por qué subió Cristo Señor a los cielos. Primeramente subió por cuánto a su cuerpo que había sido ya dotado de la gloria de la inmortalidad en su resurrección, no era proporcionado ni conveniente esta terrena y oscura habitación, sino el altísimo y brillantísimo cielo. Porque no solamente subió a gozar el solio de aquella gloria y reino que con su sangre había merecido, sino también a disponer y cuidar de lo perteneciente a nuestra salvación. Además, para confirmar con este hecho que su reino no era de este mundo; pues los reinos del mundo son terrenos y perecederos, fundándose sobre grandes riquezas y poderío de la carne, mas el reino de Cristo no es terreno como esperaban los judíos, sino espiritual y eterno. Y en este reino aquellos son más ricos y dotados de mayor abundancia de bienes, que con más solicitud buscan las cosas de Dios. Porque el apóstol Santiago afirma: “Que Dios escogió a los pobres en este mundo, ricos en la fe, y herederos del reino que prometió a los que le aman”. Y también quiso el Señor subiendo a los cielos, que le siguiéramos nosotros con el entendimiento y voluntad. Porque así como con su muerte y resurrección nos había dado ejemplo de morir y de resucitar en espíritu, así con su Ascensión nos enseña e instruye de que suerte estando en la tierra podemos subir con el alma a los cielos, confesando que somos peregrinos y huéspedes en el mundo, y que buscando la patria, somos ciudadanos de los santos y domésticos de Dios. Pues, como dice el Apóstol “nuestro trato y conversación es en los cielos”.

VI. Qué beneficios reportamos de la Ascensión de Cristo.

112. Cuán grande sea la abundancia de inexplicables bienes que derramó sobre nosotros la benignidad de Dios, mucho antes lo había cantado el divino David, según lo interpreta el Apóstol por aquellas palabras: ―Ascendiste, Señor, a lo alto; llevaste contigo a los cautivos; recibiste dones para los hombres‖. Porque de allí a diez días les envió su divino Espíritu, de cuya virtud y abundancia llenó aquella muchedumbre de fieles que se hallaban presentes y cumplió cabalmente aquellas ten magnificas promesas: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me fuere, no vendrá sobre vosotros el Espíritu Santo, mas si me fuere, os le enviaré”. Sube también a los cielos, según dice el Apóstol, para presentarse ahora por nosotros en el acatamiento de Dios, y hace delante de su Eterno Padre el oficio de Abogado nuestro: “Hijitos míos, dice San Juan, estas cosas os escribo a fin de que no pequéis. Pero aun cuando alguno pecare, no desespere, pues tenemos por abogado para con el Padre a Jesucristo justo. Y él mismo es la victima de propiciación por nuestros pecados”. Y a la verdad con nada pueden los fieles recibir mayor consuelo y suavidad en sus almas que de contemplar a Jesucristo, cuya gracia y autoridad es suma para con el Padre, constituido por Patrono de nuestra causa y medianero de nuestra salud. Finalmente subiendo al cielo nos preparó allí lugar, como también lo había prometido hacernos, y como cabeza nuestra tomó posesión de la gloria en nombre de todos nosotros, porque al subir al cielo, abrió sus puertas las cuales habían estado cerradas por el pecado de Adán, y nos facilitó el camino para llegar a la celestial bienaventuranza, como él lo había predicho a los discípulos en la cena. Y para confirmar esto con su obra, introdujo consigo en la mansión de la felicidad eterna las almas de los justos que había libertado del infierno.

VII. Ventajas que conseguimos con la Ascensión de Cristo.

113. A esta maravillosa riqueza de celestiales dones se siguió otra saludable serie de ventajas y utilidades. Porque primeramente se añadió gran realce al merecimiento de nuestra fe, pues esta virtud es de aquellas cosas que no se ven y están muy lejos de la razón e inteligencia de los hombres. Y por esto si no se hubiera ausentado el Señor de nosotros, fuera menor el mérito de nuestra fe, pues el mismo Señor llama bienaventurados a los que no vieron y creyeron. A más de esto, la Ascensión del Señor al cielo es muy importante para confirmar la esperanza en nuestros corazones. Porque creyendo que Cristo hombre subió al cielo, y que colocó nuestra naturaleza a la diestra de Dios Padre concebimos grande esperanza de que también nosotros subiremos al cielo y nos juntaremos con nuestra cabeza, lo cual aseguró el mismo Señor con estas palabras: ―Padre, quiero que los que me diste, estén conmigo donde yo estoy‖274. Asimismo con su Ascensión nos hizo el grandísimo beneficio de haber arrebatado nuestro amor al cielo y haberlo inflamado con el divino espíritu, porque muy verdaderamente se dijo que donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón.

VIII. No era conveniente a nosotros que Cristo quedase en la tierra.

114. Y a la verdad, si Cristo Señor habitase en la tierra, todas nuestras atenciones versarían sobre la presencia y trato de su humanidad, y mirándole solamente como a un hombre que nos colmaba de inmensos beneficios, le amáramos con cierto afecto terreno. Mas subiendo al cielo, espiritualizó nuestro amor, e hizo que contemplándole ahora ausente, le veneremos y amemos como a Dios. Esto se comprende en parte por la experiencia de los Apóstoles los cuales mientras tuvieron al Señor presente parecía que sentían de él como de solo hombre, y en parte se confirmó por testimonio del mismo Señor cuándo dijo: ―Os conviene que yo me vaya‖275. Porque aquel amor imperfecto con que amaban a Jesucristo presente, se había de perfeccionar por el amor divino, y esto con la venida del Espíritu Santo. Y por lo mismo añadió inmediatamente: ―Porque si no me fuere, no vendrá a, vosotros el Espíritu Santo‖276.

IX. Después de la Ascensión de Cristo la Iglesia se propagó en gran manera.

Juntase también que amplificó en la tierra su casa que es la Iglesia, y dispuso que fuese gobernada por la virtud y dirección del Espíritu Santo, y dejó entre los hombres por Pastor y sumo Pontífice de toda ella al Príncipe de los Apóstoles San Pedro. A más de esto a unos hizo Apóstoles, a otros Profetas, a otros Evangelistas, a otros Pastores y Doctores. Y de este modo sentado a la diestra del Padre está continuamente distribuyendo varios dones ya a unos ya a otros. Pues afirma el Apóstol que a cada uno de nosotros se da la gracia según la medida de la donación de Cristo. Últimamente es menester que entiendan los fieles que nos hemos de ocupar acerca de la Ascensión del mismo modo que enseñamos debía meditarse el misterio de la muerte y resurrección. Porque aunque debamos nuestra salud y redención a la muerte de Cristo, quien por sus méritos abrió para los justos la puerta del cielo, con todo eso se nos propone su Ascensión no solamente como ejemplar por el cual aprendamos a mirar a lo alto y a subir al cielo con el espíritu, sino que nos dio fuerzas divinas con las cuales esto lo podamos practicar.

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267 “Omnes gentes plaudite manibus, iubilate Deo in voce exultationis: ascendit Deus in iubilo.” Psalm., XLVI, 2, 6.
268 “Cumque pergerent, et incedentes sermocinarentur, ecce currus igneus, et equi ignei diviserunt utrumque: et ascendit Ellias per turbinem in coelum.” IV, reg., II, 11.
269 “Et apprehendit eum Angelus Domini in vertice eius, et portavit eum capillo eapitis sui, posuitque eum in Babylone supra lacum in impetu spiritus sui.” Dan., XIV, 35.
270 ―Cum autem ascendissent de aqua, Spiritus Domini rapuit Philippum, et amplius non vidit eum Eunuchus.‖ Actum., VIII, 39.
271 “Suscitans illum a mortuis, et constituens ad dexteram suam in coelestibus, supra omnem principatum et potestatem, virtutem et dominationem, et omne nomen, quod nominatur non solum in hoc saeculo, sed etiam in futuro. Et omnia subjecit sub pedibus ejus.” Eph., I, 20, 21, 22.
272 “Ad quem autem Angelorum dixit aliquando: Sede a dextris meis?” Hebr., I, 13.
273 ―He hablado en mi primer Libro, !oh Teófilo!, de todo lo más notable que hizo y enseñó Jesús, desde su principio, hasta el día en que fué recibido en el cielo, después de haber instruido por el Espíritu Santo a los Apóstoles, que él había escogido: A los cuales se había manifestado también después de su pasión, dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles en el espacio de cuarenta días, y hablándoles de las cosas tocantes al reino de Dios. Y por último, comiendo con ellos, les mandó que no partiesen de Jerusalén, sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre, la cual—dijo—oisteis de mi boca. Y es que Juan bautizó con el agua, mas vosotros habéis de ser bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días. Entonces los que se hallaban presentes le hicieron esta pregunta: Señor, ¿si será éste el tiempo en que has de restituir el reino de Israel? A lo cual respondió Jesús: No os corresponde a vosotros el saber los tiempos y momentos que tiene el Padre reservados a su poder soberano: Recibiréis, sí, la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y me serviréis de testigos en Jerusalén, y en toda la Judea, y en Samaría, y hasta el cabo del mundo. Dicho esto, se fué elevando a vista de ellos por los aires, hasta que una nube le encubrió a sus ojos. Y estando atentos a mirar como iba subiéndose al cielo, he aquí que aparecieron cerca de ellos dos personajes con vestiduras blancas, los cuales les dijeron: Varones de Galilea, ¿por qué estáis ahí parados mirando al cielo? Este Jesús, que separándose de vostros se ha subido al cielo, vendrá de la misma suerte que le acabáis de ver subir allá.” Act. Apost., I, 111.
274 “Pater, quos dedisti mihi, volo, ut ubi ego sum et illi sint mecum.” II. Joan., XVII, 24.
275 “Expedit vobis ut ego vadam.” Joan, XVI, 7. 276 “Si enim non abiero, Paraclitus non veniet ad vos.” idem.
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Una respuesta a Catecismo Romano: Sexto Articulo del Credo – Concilio de Trento

  1. Gracias por tan buena catequesis sobre el ¿exto articulo del credo me ha sido de gran utilidad,Dios les bendiga

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