SERMÓN PARA LA DOMÍNICA SEGUNDA DE PASCUA 2013


SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

R. P. Juan Carlos Ceriani

Continuamos con nuestro comentario del Libro del Apocalipsis durante el Ciclo Litúrgico de Pascua.

Antes o después de las pruebas y las sanciones, casi siempre tiene lugar una visión para reconfortar.

Esta visión nos hace ver el Lugar de las decisiones divinas, el trono de la majestad divina. Consideremos algunos pasajes que nos hacen contemplar este magnífico esplendor.

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Vi un trono erigido en el cielo, y Uno sentado en el trono. El que estaba sentado era de aspecto semejante al jaspe y al sardónico; y un arco iris alrededor del trono, de aspecto semejante a la esmeralda. Vi veinticuatro tronos alrededor del trono, y sentados en los tronos, a veinticuatro Ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro sobre sus cabezas. Del trono salían relámpagos, voces y truenos; delante del trono había siete lámparas de fuego encendidas, que son los siete Espíritus de Dios. Delante del trono como un mar de vidrio, semejante al cristal. En medio del trono, y en torno al trono, cuatro Vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. El primer Viviente era semejante a un león; el segundo Viviente, semejante a un becerro; el tercer Viviente con rostro como de hombre; el cuarto viviente semejante a un águila que vuela. Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro, y repiten sin descanso día y noche: Santo, Santo, Santo, el Señor Dios, el Todopoderoso, Aquel que era, que es y que va a venir. Y cada vez que los Vivientes dan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro Ancianos se postran ante el que está sentado en el trono y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y deponen sus coronas delante del trono diciendo: Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado todas las cosas; por tu voluntad tuvieron ser y fueron creadas
(IV, 2-11).

La segunda visión que tuvo San Juan se abre con lo que llamaban los judíos “la gloria de Dios”, o sea el Trono de la Deidad rodeado de símbolos mayestáticos.

El escenario terrenal ahora cambia a un escenario celestial.

Esta visión permanece como trasfondo durante todo el curso de la profecía, marcando su carácter: son los sucesos del mundo a la luz del gobierno divino. Para poder entender la profecía, uno necesita la perspectiva celestial.

Constituye como un prólogo o introducción para el resto del libro. Era necesario que San Juan vislumbrara el trono de Dios en el Cielo, antes de presenciar en las visiones los terribles juicios venideros que acontecerían en la tierra. Él necesitaba una perspectiva celestial para poder soportar las escenas devastadoras que había de sucederse.

Este es el objeto central de todo el libro, es el fondo de toda la acción que toma lugar en la tierra y en el Cielo. El propósito de mostrar un trono es declarar que habrá un juicio. El libro empieza y termina con un trono. Pronto, este trono celestial va a sacudir los inestables poderes terrenales; como dice el Profeta Daniel, desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre.

El trono de Dios es el punto central alrededor del cual giran todos los pormenores de las visiones. Es el origen de toda autoridad y poder.

Uno sentado, es Dios Padre. El apóstol es arrebatado al cielo, donde contempla a Dios, sobre un trono de gobierno, rodeado del arco iris.

San Juan trata de explicar la belleza de aquel Ser. Lo que el Apóstol describe no es a Dios mismo, sino su fulgor, su esplendor, porque a Él no se le puede describir. En la visión se le representa como rodeado de lustre resplandeciente, simbolizando la santidad de Dios.

Le rodea un arco iris, como una aureola luminosa, indicando que Él es misericordioso aun en medio del juicio. Aunque Él va a purificar al mundo por medio de los terribles azotes de la tribulación, no lo va a destruir, sino que va a prepararlo para la venida de Su Hijo. En el Génesis, el arco iris aparece después del diluvio universal; pero en el Apocalipsis aparece antes de una tempestad, para asegurar a todos que el juicio está bajo el absoluto control de Aquel que se ha dispuesto a juzgar al mundo rebelde.

En los Ancianos han visto los Santos Padres a los Doce Patriarcas y los Doce Apóstoles, los representantes y Reyes de la historia religiosa del mundo.

El mar de vidrio produce un fuerte reflejo de la gloria de Dios. Este mar celestial no está agitado, ni turbio, todo lo contario, indica solidez, transparencia, estabilidad, tanto de la santidad de Dios, que nunca cambia, como la de sus juicios.

Los Animales o Vivientes aparecen como seres celestiales, semejantes a aquellos que vieron los Profetas como Serafines y Querubines. Los innumerables ojos significan su sabiduría; las alas la prontitud con que cumplen la voluntad de Dios. Más tarde se comenzó a tomarlos como símbolos de los cuatro Evangelistas; sus rostros se acomodan al inicio de sus respectivos Evangelios.

Repiten sin descanso día y noche: Santo, Santo, Santo… Aquí se encuentra la primera de veinte alabanzas proclamadas por distintos grupos angélicos durante el desarrollo de la profecía.

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Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero como degollado; tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios, enviados en misión por toda la tierra. Y se acercó y tomó el libro de la mano derecha del que está sentado en el trono.

Cuando tomó el libro, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y cantaban un cántico nuevo diciendo: Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste inmolado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, y reinarán sobre la tierra. Y en la visión oí la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miríadas de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Y los cuatro Vivientes decían: Amén; y los Ancianos se postraron para adorar (V, 6-14).

En la visión anterior fue presentado el trono y su ocupante; en la presente, la atención recae sobre un libro y su receptor. La visión anterior termina con el culto de latría al Creador, la actual con la adoración del Redentor.

El Cordero abre los Sellos, y revela el futuro. Con esta ceremonia latréutica inaugura San Juan la lectura del Libro, la Revelación.

Este Cordero es digno de abrir los sellos que desatan los juicios divinos; y el mundo incrédulo, trastornado por tales azotes, no podrá producir una bella canción de alabanza, sino una estridente disonancia de blasfemias y dolor.

Mientras tanto, los Santos entonan su cántico nuevo, que se resume en estos rasgos: el precio de la Redención, la Sangre divina; el gran poder del Sacrificio; la muchedumbre de redimidos que van a reinar sobre la tierra, irrefutable promesa milenaria que no se puede alegorizar.

Las visiones de San Juan tienen un prólogo en el Cielo, el más solemne y repicado que se pueda imaginar; su procedencia es directa de Dios; su alcance es universal.

Desde el comienzo de la apertura de los Sellos hasta la nueva Jerusalén, se van a desenvolver símbolos de sucesos trascendentes, que realmente comprometen al Cielo con la Tierra.

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Después de esto mire, y había una gran muchedumbre que nadie podía contar, de entre todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, que estaban de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos de túnicas blancas, con palmas en sus manos; y clamaban a gran voz diciendo: La salud es de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero. Y todos los Ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron sobre sus rostros ante el trono y adoraron a Dios, diciendo: Amen, la alabanza, la gloria, la sabiduría, la gratitud, el honor, el poder y la fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amen
(VII, 9-12).

Los Elegidos de todas las Tribus de Israel son los perseverantes de los últimos días. Cristo dice en su Sermón Escatológico que la Gran Apostasía haría caer, si fuera posible, incluso a los Elegidos. Dulcísima palabra, pues implica que eso no será.

La visión preliminar de los Sellos, ceremoniosa y adoratoria, se cierra con la Visión del Cielo y la añadidura de todas las almas salvadas y revestidas de la gracia divina. La promesa final se repite como ya cumplida al terminar el Apocalipsis.

La gloria del Cielo, último destino del hombre, abre y cierra el Libro. Los júbilos son religiosos y santos; las amenazas no son sino predicciones de hechos que han de suceder, traídos por la malicia de los hombres, y no por la voluntad directa de Dios, sino por la permisiva.

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Tocó la trompeta el séptimo Ángel. Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: El imperio del mundo ha pasado a nuestro Señor y a su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos. Y los veinticuatro Ancianos que estaban sentados en sus tronos delante de Dios, se postraron rostro en tierra y adoraron a Dios diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, Aquel que es y que era porque has asumido tu inmenso poder y has empezado a reinar. Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu cólera y el tiempo de que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu Nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyeron la tierra. Y se abrió el Templo de Dios en el cielo, y apareció el Arca de su Alianza en el Templo, y se produjeron relámpagos, y voces, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada (IX, 15-19).

Suena la Séptima Trompeta y sigue la descripción de la Parusía vista desde el Cielo, como triunfo de Dios sobre el mal, más que como catástrofe de la tierra.

Resonancia de victoria en el Cielo: Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: El imperio del mundo ha pasado a nuestro Señor y a su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos.

Cristo, por primera vez en el libro, se usa el título del Mesías, anticipando su glorioso reinado. Después que se cumpla el preámbulo histórico del reinado del Mesías, su reino se unirá al dominio eterno de Dios y continuará por los siglos de los siglos.

Respuesta de la Iglesia: Y los veinticuatro Ancianos que estaban sentados en sus tronos delante de Dios, se postraron rostro en tierra y adoraron a Dios diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, Aquel que es y que era porque has asumido tu inmenso poder y has empezado a reinar. Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu cólera y el tiempo de que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu Nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyeron la tierra.

El Profeta llama aquí a Cristo “Aquel que es y que era” y no ya “El que viene”, puesto que aquí ya es venido. El Pantocrátor o Todopoderoso es Jesucristo, cuya divinidad San Juan no se cansa de enunciar.

El aviso celestial es reconocido por la adoración celestial, pero es rechazado por la antipatía mundial y respaldado por el Arca actual.

Los ancianos dan un resumen gráfico de los eventos prontos a acontecer. Abarca el resto de la tribulación hasta el final del milenio.

En el Arca del Testamento ven algunos intérpretes a María Santísima (Fœderis Arca) visible en la tierra en los últimos tiempos por sus apariciones, su devoción recrecida, la definición dogmática de sus glorias y privilegios. Esta imagen ciertamente significa que se ve algo de Dios que antes no se veía.

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Vi en el cielo otra señal grande y sorprendente: siete Ángeles con siete plagas, las postreras, porque en ellas el furor de Dios queda consumado. Y vi como un mar de cristal mezclado con fuego, y a los triunfadores que escaparon de la bestia y de su estatua y del número de su nombre, en pie sobre el mar de cristal, llevando cítaras de Dios. Y cantaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y sorprendentes son tus obras, oh Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, oh Rey de las naciones. ¿Quién no te temerá, Señor, y no glorificará tu Nombre?, pues solo Tú eres santo; y todas las naciones vendrán, y se postrarán delante de Ti, porque los actos de tu justicia se han hecho manifiestos (XV, 1-4).

San Juan tiene otra visión con un tema nuevo: los últimos juicios pronto serán desatados.

Pero en los primeros cuatro versículos hay un intermedio de bendición y alabanza. Dios, una vez más, asegura y tranquiliza a su pueblo fiel.

Estos versículos son un breve paréntesis que presenta la alegría de los mártires que están en la presencia del Señor.

Antes de que el juicio empiece los santos, que se hallan en la escena, son vistos en un lugar seguro. Vencieron los poderes, al parecer irresistibles, que controlaban todo el mundo. Ahora se ve la firmeza y seguridad de los mártires, a pesar de la agitación del mundo caótico.

San Juan describe la escena con la música resonando en los oídos. Son cánticos conocidos, el cántico de Moisés

La primera canción en la Biblia presenta la redención de Israel cuando acababa de cruzar el Mar Rojo; la última canción registrada en la Biblia se encuentra en el presente capítulo, cuyo tema es también la redención, no sólo de los redimidos entre Israel, sino también los gentiles salvados durante la tribulación que cantan el cántico de Cristo.

El cántico del Cordero, debido a que el Cordero era figura de Cristo sacrificado.

En la presencia de Dios, los mártires se olvidan de sí mismos, sus pensamientos son absorbidos por las nuevas maravillas que les rodean.

La gloria de Dios y el gran cúmulo de cosas, de las que sus propios sufrimientos y victoria forman una parte ínfima, se abren delante de ellos.

Comienzan a ver el gran tema del drama mundial y escuchamos la doxología con la que saludan la primera visión clara de Dios y sus obras: Grandes y sorprendentes son tus obras, oh Señor, Dios Todopoderoso…

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Después de esto oí en el cielo como una gran voz de copiosa muchedumbre que decía: ¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos; porque ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado sobre ella la sangre de sus siervos. Y por segunda vez dijeron: ¡Aleluya! La humareda de la Ramera se eleva por los siglos de los siglos. Entonces los veinticuatro Ancianos y los cuatro Vivientes se postraron y adoraron a Dios, que está sentado en el trono, diciendo: ¡Amén! ¡Aleluya! Y salió una voz del trono, que decía: Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que le teméis, pequeños y grandes. Y oí una voz como de gran muchedumbre y como estruendo de muchas aguas y como estampido de fuertes truenos, que decía: ¡Aleluya! Porque ha establecido el reinado el Señor nuestro Dios, el Todopoderoso. Regocijémonos y saltemos de júbilo, y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino finísimo, espléndido y limpio; porque el lino finísimo significa la perfecta justicia de los santos (XIX, 1-8).

La Celebración del Cielo sirve de puente entre los terrores de la tribulación y las maravillas del milenio, seguida por la Ceremonia en el Cielo.

Es dramático el contraste entre el mundo, que se lamenta por la caída de Babilonia, y el Cielo, que se llena de la máxima exultación, lo cual se explica pues esa caída va a facilitar y acelerar el establecimiento universal del Reino de Dios.

Distinto del turbulento ámbito que le rodea, el tono de este pasaje es de alabanza y de adoración. Los redimidos se dan cuenta que Dios controla todo y que su victoria es segura.

Los Santos alaban la justicia y la veracidad de Dios, al ver que se cumple cuanto Él avisó.

¡Cuántas veces diremos que el Apocalipsis no es un libro hecho para dar miedo, sino para consolar y corroborar a aquellos que estos miedos tenían y tienen delante y encima!

¡Aleluya!… ¡Alabad a Yahvé! porque sus juicios son verdaderos y justos; porque ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado sobre ella la sangre de sus siervos…

Parece una anomalía que una palabra de alabanza al Señor se use para expresar alegría sobre la calamidad de alguien. Pero ese malvado sistema babilónico ha sido un rebelde desafiante contra el programa y el gobierno de Dios desde su principio.

Voces celestiales cantan la toma de posesión por el Señor de su Reino Universal y Eterno al igual que en las Bodas del Cordero. Este hermoso pasaje sirve de transición entre la ruina de Babilonia y la derrota del Anticristo y Satanás.

La desposada se prepara para celebrar las nupcias con su divino Esposo. San Juan deja entrever las Bodas del Cordero y de la Iglesia, que se celebrarán en la Parusía.

El Reino de Dios puede ahora reemplazar al demolido poder mundial que ha dominado la tierra en oposición al Reino de Dios durante tanto tiempo.

Dios ha estado reinando sobre el trono celestial, pero ahora está por conquistar los tronos de la tierra al igual que el reino de Satanás y la Bestia.

En su soberanía, Él ha permitido a gente mala y ángeles malos hacer lo peor, pero ahora el tiempo ha llegado para que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el Cielo.

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Asociémonos a los adoradores del Trono real en el Cielo, recitando la oración que nos enseñó el Cordero, Cristo Rey:

Padre Nuestro, que estás en los Cielos:

Santificado sea tu Nombre, así en la tierra como en el Cielo…

Venga a nosotros tu Reino, así en la tierra como en el Cielo…

Hágase tu Voluntad, así en la tierra como en el Cielo…

Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth.

Pleni sunt cœli et terra gloria tua. Hosanna in excelsis.

Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus, Jesu Christe.

Cum Sancto Spiritu, in gloria Dei Patris.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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