SERMÓN PARA LA DOMÍNICA QUINTA DE PASCUA


QUINTO DOMINGO DE PASCUA

R. P. Juan Carlos Ceriani
 

Llegamos ya al término de nuestros comentarios pascuales sobre el Apocalipsis.

Después de haber considerado los principales Títulos de Nuestro Señor Jesucristo, el Trono de las decisiones divinas, las Dos Mujeres del Apocalipsis, la Providencia especial sobre los elegidos, concluiremos hoy, como digno colofón, contemplando la Jerusalén Celestial., deteniéndonos en dos pasajes del capítulo vigésimo primero del Librito de San Juan.

+++

Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado, y el mar no existía más.

Y vi la ciudad, la santa, la Jerusalén nueva, descender del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo.

Y oí una gran voz desde el trono, que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres. Él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos, y les enjugará toda lágrima de sus ojos; y la muerte no existirá más; no habrá más lamentación, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron.

Y Aquel que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, Yo hago todo nuevo. (XXI, 1-5).

(…)

Y vino uno de los siete Ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo diciendo: “Ven acá, te mostraré la novia, la esposa del Cordero.”

Y me llevó en espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa Jerusalén, que bajaba del cielo, desde Dios, teniendo la gloria de Dios; su luminar era semejante a una piedra preciosísima, cual piedra de jaspe cristalina.

Tenía muro grande y alto, y doce puertas, y a las puertas doce Ángeles, y nombres escritos en ellas, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel: tres puertas al oriente, tres puertas al septentrión, tres puertas al mediodía, tres puertas al occidente.

El muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y sobre ellos doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Y el que hablaba conmigo tenía como medida una vara de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro.

La ciudad se asienta en forma cuadrada, siendo su longitud igual a su anchura. Y midió la ciudad con la vara: doce mil estadios; la longitud y la anchura y la altura de ella son iguales.

Midió también su muro: ciento cuarenta y cuatro codos, medida de hombre, que es también medida de Ángel.

El material de su muro es jaspe, y la ciudad es oro puro, semejante al cristal puro.

Los fundamentos del muro de la ciudad están adornados de toda suerte de piedras preciosas.

El primer fundamento es jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda; el quinto, sardónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista.

Y las doce puertas son doce perlas; cada una de las puertas es de una sola perla, y la plaza de la ciudad de oro puro, transparente como cristal.

No vi en ella templo, porque su templo es el Señor Dios Todopoderoso, así como el Cordero.

La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la alumbren, pues la gloria de Dios le dio su luz, y su lumbrera es el Cordero.

Las naciones andarán a la luz de ella, y los reyes de la tierra llevan a ella sus glorias.

Sus puertas nunca se cerrarán de día —ya que noche allí no habrá— y llevarán a ella las glorias y la honra de las naciones.

Y no entrará en ella cosa vil, ni quien obra abominación y mentira, sino solamente los que están escritos, en el libro de vida del Cordero (XXI, 9-27).

Esta última Visión pone ante nuestros ojos la recompensa eterna, que consta de tres cualidades que infunden tanto firme confianza como grandes deseos: la novedad, la certeza y la excelencia.

En cuanto a la novedad, las cosas que hemos visto hasta ahora nos han decepcionado tanto, sea por su amargura, sea por su transitoriedad, que anhelamos otra cosa…

Todo va a ser renovado… El cielo y la tierra serán renovados…

La Nueva Jerusalén, toda espiritual, bien ordenada será tan hermosa como una novia el día de su boda.

El nuevo mundo es planeado como una nueva creación.

Nueva en carácter y cualidad, no en sustancia. El universo físico no pierde su identidad, sino que es transformado y renovado.

Como la primera creación fue hecha para el primer Adán, habrá una nueva creación preparada para el honor del Segundo Adán. La corrupción de la primera creación empezó con personas, luego, el mundo material fue afectado. En la segunda creación, Dios ha preparado personas redimidas, luego, prepara un medio ambiente limpio en el cual vivirán.

La entrada del pecado y de la muerte corrompió la antigua creación y la convirtió en un lugar de rebelión y alienación, un territorio ocupado por el enemigo. Es una necesidad su reemplazo con un completo nuevo orden de vida, sin muerte, ni luto, ni llanto ni dolor.

Respecto de la certeza, hemos sido hasta ahora tan a menudo engañados en nuestras esperanzas, que aguardamos el objeto de nuestra Esperanza.

Dios quiere que quede consignado, porque se ha comprometido y es fiel.

Por último, la tercera magnífica cualidad es la excelencia; hemos tenido hasta ahora alegrías tan superficiales y tan frágiles, que suspiramos por aquella que colme nuestros deseos.

El Padre Castellani comenta de este modo:

La Nueva Jerusalén es simplemente el mundo de los Resucitados.

La historia de la humanidad se mueve entre la confusión de Babel y la armonía perfecta de la Nueva Jerusalén: que están en el primero y último de los Libros (aspiración indeleble de la creación, que no por nada procede de un UnoTrino).

La gloria del Cielo es de suyo inefable: Cristo la designó simplemente con la metáfora campesina de un banquete de bodas; y Juan, después de haber gastado esa metáfora de “las Bodas del Cordero” y “la cena de Dios”, emprende ahora a describirla como una ciudad suntuosa, un poco por demás “metálica” para el gusto de algunos; pero ella es viviente, está edificada “ex vivis et electis lapidibus”, como dice San Pedro, de electos y vivientes sillares, cada una de las almas en su lugar componiendo una armonía perfecta.

Hay dos Jerusalenes nuevas, la celestial y la terrena, madre de todos nosotros.

La Jerusalén celestial es la actual congregación de los salvados; o sea lo que llamamos el Cielo, hállese donde se halle. El Profeta los ve debajo del altar, clamando venganza contra el poderío injusto y homicida del infierno y el mundo.

El Cielo es la visión de Dios y la posesión fusionante y unitiva del alma con la deidad. Pero las almas beatas claman en cierto modo por sus cuerpos, cuyas son formas sustanciales.

Pero esta Jerusalén celeste, que ya funciona desde que Cristo “bajó a los infiernos” el día de su muerte, no es la Jerusalén terrestre que ve bajar ahora el Profeta “adornada como una esposa para el varón”. Estotra es “un cielo nuevo y una tierra nueva”. Es el “tabernáculo de Dios con los hombres, para que desde ahora vivan juntos; porque yo [dice Dios] renuevo ahora todas las cosas”.

No es la esposa de Dios, sino la prometida del Cordero, que desciende del cielo a la tierra con la claridad del cristal y el fulgor del crisólito y el jaspe.

Aquí dice Monseñor Straubinger que Ella viene aún como novia, no obstante haberse anunciado desde el capítulo 19 las Bodas del Cordero. ¿Encierra esto tal vez un nuevo misterio de unidad total, en que habrán de fundirse las bodas de Cristo con la Iglesia y las bodas de Yahvé con Israel? He aquí ciertamente el punto más avanzado, donde se detiene toda investigación escatológica y que esconde la clave de los misterios quizá postapocalípticos del Cantar de los Cantares.

Es una ciudad cercada y medida, con doce puertas y doce fundamentos, en forma de cubo perfecto. El sol que la ilumina no es otro que el Cordero, la surca un río de agua viva, y hay en ella doce árboles que dan el fruto de la vida y tienen hojas que curan todo mal.

El Profeta la describe con términos corporales y la promete para los últimos tiempos, para después de la Segunda Venida. Es un error exegético, por tanto, identificarla con el cielo de las almas y con la bienaventuranza definitiva. Están descritas de diferente manera, la celeste y la terrena.

La Novia se convierte en una Ciudad, como en el Libro IV de Esdras.

San Juan la describe en términos de luminosidad (“lux perpetua luceat eis”, canta la Iglesia, y “locum refrigerii, lucis et pacis ut admittas deprecamur”) llevando la claridad de Dios, que es un nombre propio.

Las piedras preciosas que prodiga San Juan no la hacen ciertamente “una ciudad mineral, una fría ciudad metálica”, como piensa monseñor Pitaluga; pues son los vivos colores y no la dureza lo que mira San Juan: una especie de iris con los más brillantes y delicados matices del Universo.

Hay en ella no solamente luz prismática sino también árboles y fuentes. Y sus piedras son vivientes. Los “nombres” de los Doce Apóstoles son simplemente los Doce Apóstoles.

Como quiera fuere, yo creo San Juan apunta simplemente a la perfección del mundo nuevo resurgido: el doce, y más aún el doce por doce, es el número ritual de la perfección y el acabamiento.

Si habrá una perfecta ciudad real y física después de la Resurrección, es cosa que no puedo saber: puede que sí, puede que no, puede que quién sabe.

Puede sorprender y sorprende ver representada por San Juan la gloria del cielo como una Ciudad; pero en realidad es un símbolo propio de la unidad del hombre restaurado. Es el orden de la criatura no poder representar la unidad soberana de que surgió sino por una unión múltiple.

En el Universo redevenido Paraíso, no terrestre solamente ni celeste solamente, más superterrestre, se realiza la suspirada siempre reunión de la humanidad en el unimúltiple Adán; el cual, si introdujo en ella la división por el pecado, la separación, y hoy día la pulverización en individuos huraños; sin embargo en el Génesis es llamado el “fecundo”, el “multiplicado”, el “llenador y dominador de la tierra”.

Ningún otro símbolo que la firme contexión de una arquitectura puede significar mejor la Unidad o reunión armónica de la Humanidad trasfigurada en trasposición celeste.

Aquí se podría filosofar un poco sobre la integración de la Humanidad en el Nuevo Adán, y en consecuencia la integración del Universo en las manos de Dónde salió; con la apokatástasis, la anákefaleosis, y demás palabronas del repertorio; pero resulta que todo eso es más accesible en la forma fabulosa e imaginera en que San Juan lo puso, que no en las abstracciones de los “sophiólogos”, incluso San Agustín.

Aparentemente lo que interesa al Profeta en su figuración es el arcoíris de los colores más exquisitos de la tierra.

San Juan describe aquí la resurrección del Paraíso Terrenal. Todas esas gemas que ingenuamente enumera, los antiguos atribuían a cada una dellas una propiedad medicinal; como apuntará más tarde San Juan, pero atribuyéndolas a los árboles del Paraíso.

Dije arriba que puede existir una Jerusalén triunfante real y física o puede no. Si la teoría del Reino de Mil años es justa, cierto deberá existir esa Jerusalén; cuya resurrección gloriosa predicen tantísimas veces los antiguos Profetas.

Estas palabras del final Capítulo XXI parecen corroborar esa teoría; pues los Reyes de la tierra le llevan su homenaje, y el honor y la gloria de las Gentes.

Mas si hay una sola y subitánea resurrección de la carne, seguida del Juicio Final y la Eternidad —como quieren acérrimamente los alegoristas— ya no hay Gentes, ni Reyes, ni honores ni homenajes ni nada por el estilo; ni hombres que necesiten de medicinas.

Crampón lo considera simplemente como una nueva creación, algo que no está ya expuesto a un “fracaso” como el de Adán, y comenta: Es una renovación de este mundo donde vivió la humanidad caída, el cual desembarazado al fin de toda mancha, será restablecido por Dios en un estado igual y aún superior a aquel en que fuera creado; renovación que la Escritura llama en otros lugares palingenesia, a sea regeneración (Mat. 19, 28) y apocatástasis pántoon, esto es, la restitución de todas las cosas en su estado primitivo.

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Así como la historia de los siete castigos termina con la descripción de la ruina de Babilonia, la gran prostituta; de la misma manera, las siete visiones de consuelo terminan con la descripción de la Nueva Jerusalén, la Novia fiel.

La Santa Ciudad combina elementos de Jerusalén, el Templo y el Huerto del Edén.

En su Evangelio, Juan siempre emplea el término griego ciudad, usado en el sentido político. En Apocalipsis, él se sirve de la palabra hebrea, usada en el sentido religioso.

Consideremos algunos temas sobre esta Nueva Jerusalén:

¿Dónde está ubicada?

San Juan es transportado a una montaña grande y elevada, sobre la cual se encuentra asentada Jerusalén, la Ciudad Santa.

Esta ciudad es la Iglesia, vista tanto es sus combates terrenos como en su gloria eterna. La Iglesia, de hecho, domina toda la historia y todas las instituciones y se encuentra protegida por Dios, que monta guardia a su alrededor.

San Juan dice dos cosas sobre ella: que desciende del cielo y que tiene la gloria de Dios. Desciende del cielo porque es toda espiritual, lo que la separa de la carnal Babilonia, que viene de abajo, inmersa en sus pantanos. Ella recibe toda su gloria de Dios, porque así como la cortesana acapara toda la gloria humana, la Esposa del Verbo recibe la gloria de Dios, que la irradia como el sol sobre una ciudad.

Plano arquitectónico de la ciudad

Doce puertas dan acceso a la ciudad; doce Ángeles montan guardia y doce nombres están escritos sobre ellas; doce piedras fundamentales sostienen el muro.

Las doce puertas son las doce tribus de Israel, la religión judía que, abriéndose a la voz de Cristo a los cuatro puntos cardinales, se convierte en católica, es decir, universal. Si enfrenta cada punto cardinal con tres puertas es para significar que es predicando el misterio de Dios en Tres Personas que ella adquiere esta catolicidad.

El muro de la ciudad posee doce cimientos, es decir, los doce Apóstoles, fundamentos de la Iglesia. Como hay una piedra fundamental, que es Jesús, Él está en los doce y los doce se encuentran en Él.

Un Ángel mide la ciudad con un metro de oro. Las cifras y líneas son perfectas. Esto puede significar simplemente una ciudad perfectamente ordenada, que tiene una longitud que abarca todos los siglos, una anchura que domina el universo entero, una profundidad que agota todas las filosofías, y una altura que supera todos los ideales.

Materiales con que está construida

Si en el despliegue de la Iglesia las líneas son perfectas, los materiales no son menos ricos en detalles. Vemos, en efecto, piedras preciosas, perlas, oro y cristal.

Debido al hecho que el idioma humano no puede expresar, ni tampoco la imaginación humana es capaz de percibir el plano del mundo espiritual, San Juan usa el lenguaje metafórico para describir las glorias del mundo eterno.

a) La mampostería es de jaspe. Representación maravillosa de la fe, que tiene el papel de la mampostería en el orden espiritual. Es ella la que porta y soporta todo el resto. Pero, además, da brillo a todas las virtudes, como el jaspe presenta la armonía y la luminosidad de todos los colores. Finalmente, la fe es la misma fuerza, que refleja la opacidad del jaspe.

b) En cuanto al revestimiento, es de oro puro. Entre las virtudes, hay una que las vivifica, las embellece y las supera a todas, tomando en la joyería espiritual el rol del oro: es la caridad.

La caridad es esencialmente soportada por la fe, como el revestimiento por la mampostería. Si la fe es necesaria a la caridad, la caridad lo es mucho más a la fe, porque la fe que no es vivificada por las obras de la caridad, está muerta en sí misma.

c) Las piedras fundamentales, que como ya sabemos son doce, son muy hermosas, constituida cada una por una piedra preciosa diferente.

Contrariamente a los principios de la arquitectura, que hacen indispensable el hecho de esconder el fundamento, ésta es la parte más destacada de la nueva Jerusalén. La nueva Jerusalén jamás será sacudida.

Ya es bastante notable que la parte del edificio que requiere menor belleza, las fundaciones o cimientos, estén constituidos por lo más hermoso de la creación material, las piedras preciosas. Pero es necesario que sea así para significar que los Apóstoles, que son los doce fundamentos de la Iglesias, han sido prodigios de santidad, al mismo tiempo que difieren entre ellos. ¡Qué variadas son las riquezas de Dios!

d) Respecto de las doce puertas, son doce perlas. La perla blanca, nacarada e iridiscente, no se excluye del mundo de las virtudes.

Así como la perla material se hace por una secreción de un molusco que se protege contra un intruso, del mismo modo la perla moral es la protección dada por el alma contra el diablo y el mundo: el recogimiento, la contemplación, el cerrar las puertas del alma…

e) Las calles y plazas son necesarias en una ciudad geográfica, porque permiten la circulación; y la circulación es la vida.

La calle, plateia, significa “plaza” o “lugar espacioso”. Debido a que la calle será continua aun cuando cambie de dirección o se una con otra avenida que proceda de otra puerta, es solamente una calle, no muchas.

La circulación en la vida moral de la ciudad es la caridad, porque ella es el movimiento de las almas, mientras que el egoísmo es la inercia y la muerte. Por eso las calles y plazas de Jerusalén son de oro puro, transparente como el cristal; lo que simboliza la caridad; como no es el egoísmo, no debe ser opaco, sino la transparencia.

¿Monumentos?

El mundo espiritual, que está más allá del espacio, no tiene monumentos. En la Jerusalén celestial, no habrá un edificio designado como templo, tal como existía en la Jerusalén terrenal. El santuario o templo será la inconmensurable totalidad del Cielo. La presencia de Dios Todopoderoso en su plenitud, Padre, Hijo y Espíritu Santo, lo llenará todo de manera que no habrá necesidad de que exista en el Cielo un lugar designado como templo.

El templo de los elegidos es Dios. Indica la presencia de Dios en el nuevo mundo. Desde el tabernáculo en el cielo salió la ira de Dios sobre la gente no arrepentida; ahora, el tabernáculo mismo desciende desde el cielo para bendecir a los redimidos con la presencia de Dios mismo.

Jesús, en cuanto hombre, es también el lugar de los electos, porque es por Él y en Él que Dios se da a los hombres. De ahí las palabras de San Juan: No vi en ella templo, porque su templo es el Señor Dios Todopoderoso, así como el Cordero.

La ciudad divina, que no pertenece al espacio y no conoce sus necesidades, no requiere ser iluminada por el sol ni la luna. Y sin embargo, debe ser iluminada. Lo será por Dios, que irradia sobre ella: La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la alumbren, pues la gloria de Dios le dio su luz, y su lumbrera es el Cordero.

San Pablo dijo lo mismo a los corintios: Dios, que dijo que la luz resplandezca en las tinieblas, brilla en nuestros corazones.

Una vez encendida, la Iglesia ilumina el mundo, exponiendo a los charlatanes que engañan.

Jesús dijo a sus Apóstoles: Yo soy la luz del mundo; Vosotros sois la luz del mundo.

Iluminados por la Iglesia, los hombres podrán caminar, es decir, hacer actos buenos y alcanzar su fin.

En contrapartida, jefes y reyes le presentarán su homenaje y reconocimiento como mensajera de Dios.

Sus numerosas puertas, enfrentando los cuatro puntos cardinales, no se cerrarán nunca a causa de la afluencia; ni de día ni de noche, porque sin intervalo pedirán entrar. Multitudes innumerables aportarán su admiración y dedicación.

No todos los hombres accederán. Instintivamente se alejarán de ella los amantes del placer, los adoradores de sí mismo, los mentirosos…, los que tengan miedo de la pureza, de la humildad y de la verdad.

De hecho entrarán en la Iglesia aquellos cuyos nombres estén en el Libro de la Vida del Cordero.

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¡Oh, qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la Casa del Señor!

¡Ya estamos, ya se posan nuestros pies en tus puertas, Jerusalén!

Jerusalén, construida cual ciudad de compacta armonía…

¡Qué amables tus moradas, oh Señor de los Ejércitos!

Anhela mi alma y languidece tras de los atrios del Señor, mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo.

Hasta el pajarillo ha encontrado una casa, y para sí la golondrina un nido donde poner a sus polluelos: ¡Tus altares, oh Señor de los Ejércitos, rey mío y Dios mío!

Dichosos los que moran en tu casa, te alaban por siempre.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

 

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