SERMÓN EN LA FIESTA DEL SACRATÍSIMO CORAZÓN


FIESTA DEL SACRATÍSIMO CORAZÓN DE JESÚS

R.P. Juan Carlos Ceriani

A la Fiesta del Corpus Christi la Sagrada Liturgia añade, como una prolongación de la misma, la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

El objeto de esta Fiesta es el Corazón físico del Hombre-Dios, considerado como un miembro vivo y unido al todo orgánico. El Corazón corpóreo de Jesús, como símbolo y expresión del amor de Cristo a los hombres, manifestado sobre todo en la Redención por la Cruz y en el misterio de la Santísima Eucaristía: he aquí el verdadero objeto de esta Fiesta.

Veneramos el Corazón de Jesús como símbolo y manifestación de su amor hacia nosotros. Honramos el amor de Jesús hacia nosotros en el símbolo de su Corazón físico. En el Corazón de Jesús vemos, en último término, la misma Persona de Jesús, la Persona divina que, bajo el símbolo de su Corazón corpóreo, nos muestra el amor, divino y humano, de Jesús hacia nosotros.

Los misterios de la Encarnación, de la Redención por la Cruz, de la venida del Espíritu Santo, se fundan, en último resultado, en el único misterio del amor del Salvador hacia nosotros. Este amor está personificado para nosotros en el Corazón corpóreo de Jesús.

Con la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús no pretendemos otra cosa que honrar este amor dlvino-humano y sumergirnos en él.

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La Sagrada Liturgia nos traza el retrato del Corazón de Jesús en el Introito, en el Evangelio y en el Prefacio.

Los pensamientos de su Corazón permanecen de generación en generación, para libertar sus almas y saciarlos en tiempo de hambre (Introito).

Jesús no respira más que amor y bondad. El Evangelio nos lleva ante la Cruz de Cristo: Cuando llegaron a Jesús los soldados, que habían roto las piernas de los dos crucificados con Él y lo vieron ya muerto, no quebrantaron sus piernas, sino que uno de los soldados traspasó su costado con una lanza, y al punto brotaron de él sangre y agua.

En el Prefacio se nos descubre el misterio de esta apertura del Corazón de Jesús por la lanza del soldado. Se hizo para que, abierto su Corazón deífico, verdadero sagrario de la divina largueza, se derramasen sobre nosotros los torrentes de su misericordia y de su grada. Y para que este Corazón, que nunca cesó de arder en amos por nosotros, fuese un lugar de descanso para los piadosos y para los penitentes un salvador refugio siempre abierto.

La llaga del costado de Cristo tiene su modelo y su anticipo en la puerta practicada por Noé en el arca, y por la cual tuvieron que penetrar todos los que quisieron salvarse del diluvio universal (Himno de Laudes).

¡La llaga del Corazón de Jesús es la puerta de la salvación!

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En la Oración Colecta se nos indican nuestros deberes para con el Sacratísimo Corazón de Jesús: tenemos que tributarle el homenaje de nuestra sumisión (adoración, alabanza, acción de gradas} y, a la vez, debemos ofrecerle una digna satisfacción.

Tal es el pensamiento, la mente de la Iglesia en esta Fiesta.

En el Sacratísimo Corazón de Jesús reconocemos y veneramos toda la vida, humano-divina, del Señor con sus virtudes, afectos e inclinaciones, con sus sentimientos y sus deseos. Reconocemos y veneramos, sobre todo, su inefable e infinito amor hacia nosotros, amor que se manifiesta de modo particular en su muerte de Cruz y en la Santa Eucaristía.

¡Cuánto motivo, pues, para darle gracias, para adorarle y acatarle!

Por otra parte, reconocemos nuestra ingratitud, nuestras muchas y continuas infidelidades para con el amor y con la gracia que Él nos mereció en la Cruz y nos da constantemente en el Santísimo Sacramento. Reconocemos, además, nuestra frialdad e indiferencia ante los intereses de Jesús.

¡Cuánta razón, pues, para arrepentimos, para pedirle perdón, y para ofrecerle una digna satisfacción! Primero, por nosotros mismos; después, por las ofensas que los demás infieren al Sagrado Corazón de Jesús.

Sólo injurias y dolores saboreó mi Corazón. Esperé a que alguien se compadeciera de mí… ¡Y nadie llegó! Busqué a quien me consolara… ¡Y no encontré a nadie! (Ofertorio).

El Sagrado Corazón debe encontrar en cada uno de nosotros uno que se compadezca de Él. Uno que le consuele, como le consoló y animó el Ángel de Dios en la agonía del Huerto. Podemos consolar a Jesús con nuestras satisfacciones, con nuestra expiación, con nuestro amor.

Oración: Oh Dios, que te has dignado regalarnos misericordiosamente, en el Corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, los infinitos tesoros de tu amor; suplicámoste nos concedas la gracia de que, al presentarle a Él los piadosos votos de nuestra devoción, le demos, al mismo tiempo, una digna satisfacción por nuestros pecados.

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La Epístola nos narra que al Apóstol San Pablo le fue concedida la gracia de propagar entre los gentiles las insondables riquezas de Cristo, es decir, las riquezas de la gracia y de la salvación que nos fueron dadas en Cristo.

El Apóstol dobla sus rodillas ante el Padre y le suplica nos conceda la gracia de poder comprender la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de la misericordia divina y el inmenso amor de Cristo, que sobrepuja a todo entendimiento.

Comprender la misericordia divina en el misterio de la infinita condescendencia del Hijo de Dios para con los hombres; en el misterio de su vida de voluntaria pobreza, de anonadamiento, de obediencia hasta la muerte…

¿Quién será capaz de comprender la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de la misericordia y de la bondad del Sagrado Corazón de Jesús?

¿Quién podrá medir las infinitas dimensiones de esta misericordia, manifestada en nuestra vocación a la gracia, a la salvación eterna, a la Iglesia, al Santo Bautismo, al Santo Sacrificio de la Misa?

¿Quién podrá comprender el hondo abismo de esta bondad de Jesús para con nosotros, manifestada en nuestra vocación gratuita a la incorporación con Cristo y a la posesión con Él de la vida divina?

¡Oh profundidad y sublimidad de la misericordia divina!

El amor de Cristo, que sobrepuja a todo entendimiento… ¿Por qué ha manifestado el Señor su misericordia con nosotros? ¿Cuál es la raíz más profunda de la misericordia de Dios y de Jesús para con nosotros? Dios es amor, dice San Juan. Jesús es Dios. Jesús es, pues, el amor mismo.

Su esencia es amor. Sus sentimientos son amor. El amor con que nos ama es tan intenso, que no puede ser expresado en palabras, y ningún entendimiento creado es capaz de comprenderlo.

En el Santo Bautismo Jesús destruyó la barrera que nos separaba de Él; nos incorporó a sí mismo, a la Cabeza, en una perfecta unidad de vida.

En virtud de esta unión mística, los méritos, las satisfacciones y las oraciones de Cristo son bienes nuestros, propiedad nuestra.

Y todo lo nuestro es suyo. Si nosotros sufrimos, sufre Él también en nosotros y por nosotros. Si nos humillamos, se humilla también Él, en nosotros. Si, animados por el espíritu de Cristo, practicamos una vida de pobreza y de mortificación, también Él honra al Padre con nuestra pobreza y con nuestra mortificación.

Jesús no se contenta sólo con haber pagado una vez por nosotros el precio de nuestro rescate. No se contenta tampoco con ser nuestro Maestro y nuestro Modelo. El amor une. Por eso, Él nos asocia a sí mismo, crea entre Él y nosotros una misteriosa, pero real y perfecta comunidad de espíritu, una inefable comunión de vida, de bienes y de méritos.

Ya no puede hacer más por nosotros. Ya no puede amarnos con un amor más perfecto.

Este amor de Cristo, que excede todas nuestras esperanzas y todos nuestros anhelos, es el que se nos manifiesta bajo el atrayente símbolo de su Sacratísimo Corazón.

¿Qué significa, pues, el culto del Sagrado Corazón de Jesús? Significa nuestra fe inquebrantable en la misericordia y en el amor infinito de Nuestro Señor.

San Pablo nos desea la inteligencia, la comprensión de este amor de Cristo, es decir, una convencida y absoluta compenetración con el misterio del inefable amor de Jesús para con nosotros.

Lo que el Apóstol quiere para nosotros es, ante todo, un hondo, total y agradecido convencimiento de nuestra incorporación con el Señor; una inquebrantable certeza de nuestra comunidad de vida con Cristo Lo que él ambiciona para nosotros es una constante alegría, un estado de perenne exultación por nuestra unión con Cristo, por hallarnos incorporados a Él, por tener la inefable dicha de poder compartir con Él sus bienes y su vida.

Las infinitas dimensiones de la misericordia y del amor de Jesús: he aquí lo que ha de constituir nuestra constante preocupación.

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La Oración colecta nos hace pedir: Haz, Señor, que, con el obsequio de nuestra amorosa entrega a Jesús, le ofrezcamos también una digna reparación.

Tenemos, pues, para con el Sacratísimo Corazón de Jesús una doble obligación: la de presentarle el homenaje de nuestra amorosa sumisión y la de ofrecerle, al mismo tiempo, una justa satisfacción.

El amor exige correspondencia. Al amor de Jesús, que honramos bajo el símbolo de su Sagrado Corazón, debemos responder con nuestra “amorosa entrega”.

Esta entrega significa, en primer lugar, un íntimo deseo de que Jesús sea conocido, amado y reverenciado; de la realización de sus intereses, del triunfo de su doctrina, de su Iglesia…

El homenaje de la expiación, de la reparación, de la satisfacción por nosotros y por los demás, nos hace padecer cuando vemos que Jesús es ofendido y despreciado. Tomamos sobre nuestro corazón sus propias ofensas.

Cuanto más vemos que se ofende a Jesús y se le mira con frialdad, más nos movemos a manifestarle nuestro amor, más cuidado ponemos en evitar nuestras propias faltas e infidelidades y todo lo que pueda lastimar su Corazón.

Las injurias hechas contra Él excitan nuestro fervor y nos obligan a entregarnos con mayor ahínco a una vida de renuncias, privaciones y mortificaciones, para demostrarle así la nobleza y la sinceridad de nuestro amor.

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El Corazón de Jesús nos pertenece, es nuestro tesoro.

Dios nos ha regalado el Corazón de su Hijo. Así nos lo asegura la Oración de la Fiesta: Oh Dios, que nos has regalado misericordiosamente, en el Corazón de tu Hijo, los infinitos tesoros de tu amor.

Nos pertenecen, pues, todas las riquezas del Sacratísimo Corazón de Jesús: sus oraciones, sus méritos, sus satisfacciones.

En la Santa Misa podemos tomar en nuestras manos este adorable Corazón, junto con todo lo que Él encierra de grande y de santo, para ofrecérselo al Padre como oblación y regalo nuestro.

Aquí, en la Santa Misa, podemos dar a la Santísima Trinidad una gloria, una alabanza y una acción de gracias verdaderamente dignas de Ella y, a la vez, podemos ofrecerle una completa satisfacción por todos nuestros pecados y por los pecados de toda la humanidad.

Esto mismo podemos hacerlo también fuera de la Santa Misa. En cualquier momento del día podemos disponer del Sacratísimo Corazón de Jesús, para ofrecérselo al Padre celestial. Jesús está siempre, ininterrumpidamente, adorando, amando, alabando, dando gracias y suplicando al Padre por nosotros. Siempre está ofreciéndole sus méritos y satisfacciones por nosotros.

Por eso, también nosotros podemos, siempre que queramos, depositar nuestras súplicas en su amantísimo Corazón, uniéndolas con las suyas.

Siempre que cometamos una falta, podemos ofrecer al Padre, en expiación por ella, el Corazón de Jesús.

Cuando necesitemos la gracia y la ayuda divinas, podemos elevar hacia el Padre el Corazón de Jesús, con sus súplicas en nuestro favor.

Cuando hayamos sufrido o tengamos que sufrir algo, podemos unir este sufrimiento con los dolores expiatorios de Jesús, en el mismo instante en que sean ofrecidas al Padre, en cualquiera de los Altares de la tierra, la pasión y muerte del Salvador.

Podemos orar, obrar y sufrir por medio de Jesús; y amar a Dios con el mismo amor del Corazón de Jesús.

Adoremos, pues, a Dios por medio del Corazón de Jesús. Amemos al Padre por medio del Corazón de Jesús, aun en nombre de aquellos que no le aman.

Ofrezcamos al Padre, por medio del Corazón de Jesús, una completa satisfacción por todos los pecadores y pecados del mundo.

¡Qué ricos y qué poderosos somos en el Sacratísimo Corazón de Jesús!

Somos ricos en la medida en que nos apoyamos en Jesús, en su Sacratísimo Corazón; en la medida en que disponemos de Él.

Dijo Santa María Alacoque: “Yo nada pido ni nada ofrezco de mí misma. Me contento con unirme estrechamente al Salvador y con decir: ¡Oh Dios! Te ofrezco a tu amado Hijo en acción de gracias por todos los beneficios que has derramado sobre mí. Te lo ofrezco, además, como ofrenda mía, como adoración mía, en lugar de todos mis proyectos. Te lo ofrezco en lugar de todo mi amor y de todo lo demás mío. Tómalo, Padre celestial, en lugar de todo lo que tú quieras de mí. Nada poseo que sea digno de ti, a no ser este Corazón divino, que tú mismo con tanto amor me has regalado”.

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El que tenga sed, venga a mí y beba… ¿No tenemos nosotros sed de amar, de honrar y de adorar a Dios como Él merece ser amado, honrado y adorado?

Con solos nuestros esfuerzos no podremos conseguir esto. Es, pues, necesario que renunciemos a nuestra falsa ilusión y que ofrezcamos al Padre a Jesús, el Corazón de Jesús, su amor y su adoración.

Este es el verdadero culto al Sagrado Corazón de Jesús.

 

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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