SAN LUIS GONZAGA: «DESEO SER DESATADO Y ESTAR CON JESUCRISTO»


«Sentencia es del Sabio de los Proverbios, que la vida del justo, a quien le llama cuerdo, es como una luz resplandeciente, que de aquellos primeros crepúsculos que tiene el amanecer, va creciendo y aumentándose más y más hasta llegar a la perfección del mediodía, cuando ya está en lo más alto del cielo».

San Luis Gonzaga, príncipe de la casa de Mantua, fue hijo primogénito de los ilustrísimos y Excmos. Sres. D. Fernando Gonzaga, príncipe del Imperio y marqués de Castellón, de la provincia de Stiviere en Lombardía, y de D.ª Marta Tana Santena, natural de Chieri en el Piamonte.

El P. Virgilio Cepari, S. J. nos dice:

«Ni me parece menos digna  de reparar otra circunstancia, y es, que éste fue el primer matrimonio que en España se celebró con la solemnidad y leyes del Santo Concilio de Trento, cuya observancia comenzó desde entonces en aquél reino».

Tomó la marquesa de Castellón el darle la más cristiana educación, a sus deseos muy vivos de tener algún hijo que sirviese a Dios en la religión, como lo logró, no necesitando de muchas instrucciones la bella índole del niño, cuya natural propensión a la virtud desde entonces le mereció el renombre de Ángel.

Desde la edad de siete años se entregó totalmente a Dios, que asegura el cardenal Roberto Belarmino, era ya su vida perfecta en tan tierna edad:

«Yo confesé largo tiempo a nuestro dulcísimo y santísimo hermano Luis Gonzaga, y una vez le confesé generalmente de toda su vida, y me ayudaba a Misa, y trataba y comunicaba conmigo con afecto y gusto de cosas de Nuestro Señor. Por la noticia de estas confesiones , y por la comunicación y trato que con él tuve, me parece que con toda verdad se pueden afirmar en él las cosas siguientes:

Lo primero, que en toda su vida no hizo pecado mortal, y esto lo tengo por cierto desde la edad de siete años hasta su muerte… Lo segundo, que desde el séptimo año de su vida, en el cual (como él me decía) se había convertido del mundo a Dios. Lo tercero que jamás sintió estímulo de la carne. Lo cuarto que de ordinario no tenía ni sentía distracción en la oración y contemplación, la cual por la mayor parte tenía de rodillas sin arrimarse a nada. Lo quinto, que fue un dechado de obediencia, de humildad, de mortificación, de abstinencia, de prudencia, de devoción de pureza… En conclusión, yo tengo para mí que él se fue derecho al Cielo, y siempre tuve escrúpulo de rezar por su alma…»

Cardenal Roberto Belarmino

De Florencia pasó a la corte del duque de Mantua, su cercano pariente, donde en vez de deslumbrarse con el esplendor de su casa, resolvió dejar al mundo. Admirando San Carlos Borromeo, que pasaba por allí, la perfección del santo niño, le exhortó a comulgar por primera vez, y a que lo hiciese con frecuencia dándole muchos consejos espirituales, que el joven príncipe tuvo  gran cuidado de practicar. Toda su vida fue la devoción al santísimo Sacramento la más sobresaliente. Ayunaba tres días a la semana y muchos a pan y agua.

Le enviaron a la corte de Felipe II donde tomó la resolución de abrazar el estado religioso; se resolvió a ser jesuíta, porque era más reciente ese instituto, y por consiguiente más fervoroso, por el voto que hacían de no admitir dignidades eclesiásticas, por enseñara a la juventud en la virtud y letras, y porque los jesuítas se dedicaban por su instituto a la conversión de los herejes y gentiles en todas partes del mundo; a lo que añadía otra razón, y era la particular devoción que se le observaba a la Santísima Virgen.

Un día de la Asunción de esta Señora, después de haber comulgado, le pareció haber percibido clara y distintamente una voz articulada por el hermoso simulacro de la soberana Reina, que con el título del Buen Consejo se venera en  el Colegio Imperial de Madrid, que le intimaba entrarse en la Compañía.

No hubo vocación más examinada ni mejor probada. Practicáronse, para disuadirle esta resolución cuantos medios puede sugerir la reflexión a un elevado nacimiento; pero todo fue en vano, hasta el mismo marqués su padre, después de una repulsa seca y desabrida, encontráronle un día a los pies de un crucifijo con unas crueles disciplinas en la mano, bañado en lágrimas y en sangre, para conseguir de Dios lo que los hombres se obstinaban en negarle. Su padre atónito y enternecido se rindió a los santos deseos de su hijo, aunque quiso que antes pasase a Milán a terminar algunos negocios de la familia.

Marchó luego a Mantua, donde elaboró la renuncia del marquesado en favor de su hermano Rodolfo, y despedido de sus padres y hermanos y parientes, se encaminó a Loreto.

En aquella santa capilla desahogó su corazón en inflamados afectos y lágrimas de amor a la purísima Virgen; renovó el voto de castidad después de haber comulgado, y consagrándose de nuevo a la Madre de Dios, partió para Roma, donde recibió la bendición del Sumo Pontífice, y habiendo visitado a los cardenales sus parientes, entró  en el noviciado el año de 1585, sin haber cumplido los dieciocho años de edad.

Continuamente estaba en la presencia de Dios, sin perderle jamás de vista. Casi desde la cuna tuvo un don de oración muy elevado, siendo Dios su principal y aún su único maestro. Tenía tan mortificados sus sentidos, que parecía casi haber perdido el uso de ellos.

Juzgando los superiores que le sería saludable el aire de Nápoles, le enviaron allá a acabar sus estudios: como era ingenioso y perspicaz, sobresalió mucho en ellos, y obligado a defender conclusiones públicas, hubo menester toda su docilidad y rendimiento para sujetarse a su director y a su maestro contra lo que le persuadía su humildad de mostrarse de propósito ignorante. Mereció los aplausos de todos.

Pocos meses después que volvió a Roma se suscitó cierta diferencia entre su hermano Rodolfo y el duque de Mantua, sobre la sucesión al señorío de Solferino; con esta ocasión se vió precisado el Padre general a enviarle a Castellón. No obstante lo irritado que estaba el duque de Mantua con el marqués de Castellón, apenas les hablo Luis, cuando se compusieron las diferencias. Antes de salir de Castellón, pidió la marquesa a los superiores que le obligasen a que predicase a sus vasallos; haciendo un prodigioso discurso y con fruto tan copioso, que al terminar el sermón se confesaron más de 700 personas, siendo muchas conversiones que se siguieron.

No teniendo ya que hacer en Castellón, pasó a Milán para continuar sus estudios, y apenas llegó se encontró con orden del general que le mandaba restituirse a Roma. Obedeciendo con gran gusto, y más habiéndosele dado a entender en la oración, con cierta seguridad, que se acercaba el fin de su vida. redobló su fervor, y se encendió tanto en el amor de Dios, que sólo con oírle nombrar se le inflamaba todo el semblante.

Afligida por este tiempo toda Italia con una enfermedad popular, se refugiaron en Roma todos los pobres de las cercanías, y fue aquella ciudad doloroso teatro de la más triste miseria. Distinguióse  en aquella ocasión la caridad de los jesuitas en la asistencia a todos los hospitales, y erigió uno a su costa, en el que servía el mismo Padre general a los enfermos. Pero entre todos se distinguió el el fervor de Luis, que aunque destinado a un hospital donde sólo se recogían a los enfermos que ya estaban fuera de peligro, quiso la Divina providencia que la caridad consumase el sacrificio de aquella preciosa víctima.

Apenas se sintió tocado del contagio, no pudo disimular su alegría, tanto que hizo escrúpulo de ella, y consultó al padre Belarmino si había culpa en regocijarse tanto con la muerte. Siendo desde su principio violenta su enfermedad, recibió con tanta devoción los Sacramentos, que hizo llorar a todos los circunstantes.

Tres días antes de morir se puso sobre el pecho un crucifijo, y con semblante risueño no cesaba de repetir las palabras del Apóstol: Deseo ser desatado, y estar con Jesucristo. Sin conocerse novedad alguna en su enfermedad, dijo positivamente que aquella noche moriría. Recibió la bendición apostólica, que le envió el Sumo Pontífice, y quiso que le volviesen a administrar los Sacramentos, en seguida pidió que le leyesen la recomendación del alma con las últimas oraciones de la Iglesia. En fin, el jueves por la noche del 21 de junio de 1591, que fue octava de Corpus, entregó su espíritu en manos del Creador, a los veintitrés años, tres meses y once días de edad, y a los seis años de su entrada en la religión.

Treinta años después, el de 1621, le beatificó el papa Gregorio XV, y el último día del año de 1726, el Papa Benedicto XIII, le canonizó y puso en el catálogo de los santos.

TOMADO DE: EcceChristianus

 

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