SACRILEGIOS FESTIVOS


Por Jorge Doré.
 
 

Sacrilegios festivos

Esa fe recibida de nuestros mayores, sin invenciones, sin improvisaciones, que se yergue contra un mundo que cada día nos calumnia y nos odia más rotunda y agresivamente por defenderla y guardarla, siendo esta una prueba fehaciente de que estamos del lado correcto. ¡Ay de nosotros si el mundo nos celebrara!

Al viejo y humilde siervo de Dios que escribe estas líneas, testigo de la epidemia de autoglorificación del hombre, de la corrupción de la fe cristiana y de la demolición de lo que otrora fuera la gloriosa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, todavía le quedan fuerzas para levantarse y sacar la cara por Cristo. No porque mi Señor lo necesite. Sino porque es mi obligación hacerlo.

Y levanto mi voz y la dejo caer como un rayo sobre una cúpula para decirle primeramente a usted, señor Ratzinger que –por no ofender a los sepulcros blanqueados– lo increpo de otra manera: enemigo de Cristo. Usted jamás ha sido católico. Usted siempre ha militado en las filas del progresismo como un fiel suscriptor del modernismo. Pero llegado a ciertas coordenadas de su falso papado, decidió girar el timón de su escorada barca para acercarse a la orilla y seducir a los que estaban en la costa con la bandera de una fingida ortodoxia y cuidado (ya que no amor) por la tradición.

Porque su prefabricada ortodoxia es producto del mercadeo del averno, un cartel colgado a su cuello que nunca ha pasado a formar parte de su propia naturaleza; un reclamo para confundir a los ilusos que todavía creen que hay algo rescatable y digno de esperanza en esa Roma apóstata que, deconstruyendo la fe cristiana, se ha convertido en pantano de arenas movedizas. Valga la advertencia para los que osen acercarse a ella.

Y añado que su Summorum Pontificum no es más que un cebo para atraer y captar tradicionalistas a las filas de su tenebroso ejército de sombras, ya que ustedes nunca han cesado de machacar ni han renunciado jamás, a la abominable misa novus ordo, parodia de culto a Dios y pináculo de la gloria de aquel desbocado anticristo de Pablo VI, a quien bien pudiéra llamársele “Atila de la fe”, ya que bajo los demoledores cascos de su rojo corcel, los jugosos prados del catolicismo fueron transformados en estepas para el alma. De su cabalgadura salieron volando su cruz pectoral, su anillo de Pescador y su tiara para no ser vistos nunca más, asegurándose con ello de que renunciaba, ante impasibles fieles, a todo aquello que debía guardar y defender. Hasta en su rúbrica se esmeraba en delatar su alianza con el Padre de la Mentira.

Montini, furibundo comunista y masón, –entre otras amargas glorias– impuso la nueva misa para desarraigar la tradición del corazón de los fieles y habituarlos al ajenjo, a la vez que desecaba las fuentes de agua viva. Pobres engañados que, creyéndose aún católicos, llevan más de cincuenta años regurgitando ese engendro litúrgico, poblado de variantes e improvisaciones que delatan la vacuidad de una monstruosa fe preconcebida.

Pero muy a su pesar, señor Ratzinger, y por las misericordias de Dios, quedamos algunas personas capaces de distinguir abominación de glorificación y por ende, resulta para nosotros un insulto que usted pretenda convencernos siquiera del artículo 1 de su motu proprio:

Art. 1.- El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la «Lex orandi» («Ley de la oración»), de la Iglesia católica de rito latino. No obstante, el Misal Romano promulgado por san Pío V, y nuevamente por el beato Juan XXIII, debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma «Lex orandi» y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo. Estas dos expresiones de la «Lex orandi» de la Iglesia en modo alguno inducen a una división de la «Lex credendi» («Ley de la fe») de la Iglesia; en efecto, son dos usos del único rito romano.

Con lo que osa usted poner a la misma altura los dos ritos, o mejor dicho, le concede preeminencia al nuevo. Mas aunque le pese, los dos misales ni son lo mismo ni se parecen, y usted lo sabe. Y comparar el uno al otro, es comparar una aguda espina a un devoto beso. No se puede comulgar con hostias consagradas y con ruedas de molino, esperando el mismo resultado.

Por mi parte, declino su “piadosa generosidad” que me obliga a morder un pan envenenado antes de permitirme recibir el cuerpo de Cristo. Usted no tiene autoridad alguna para ponerme en esa maquiavélica disyuntiva. Dios no se la concede.
Cuando usted se vaya de aquí, las catacumbas seguirán floreciendo. Pero sírvale de consuelo pensar que se verá elevado a los altares como otro falso santo del infame conciliábulo Vaticano II. Tenga fe en la intercesión de su predecesor.

Para quienes ignoran los vaticinios relacionados con la invención del rito novus ordo, transcribo aquí fragmentos de las profecías de Marie Julie Jahenny (1850-1941), visionaria, a quien el 27 de noviembre de 1902 y el 10 de mayo de 1904 Nuestro Señor y Nuestra Señora le anunciaron una conspiración para inventar una “nueva Misa”.

“Te anunciamos la siguiente advertencia: Los discípulos que no son de Mi Evangelio están trabajando intensamente para estructurar, de acuerdo a sus propias ideas y bajo la influencia del enemigo de las almas, una nueva Misa que contendrá conceptos odiosos a Mis designios.” “Cuando esta fatal hora llegue, la fe de mis sacerdotes se pondrá a prueba. Estos textos serán celebrados”.

HABRÁ DOS PERIODOS:

“EL PRIMER PERIODO será cuando mis sacerdotes existan sin Mí…”

Ya en junio de 1881, Marie-Julie había revelado que “muchos sacerdotes en su aberración, habían violado sus juramentos. El Libro de la Vida contiene sus nombres, decía…”, “Por el poco respeto que el rebaño tiene a los apóstoles de Dios, crece descuidado y deja de observar las leyes. El sacerdote mismo es responsable por la falta de respeto que las ovejas le tienen, porque éste no respeta suficientemente su sagrado ministerio, y el lugar que ocupa en sus sagradas funciones. El rebaño sigue siempre las huellas de sus pastores…”, “La clerecía será severamente castigada a cuenta de su inconcebible veleidad y gran cobardía incompatibles con sus funciones sagradas”.

“EL SEGUNDO PERIODO será el de la persecución, cuando los ENEMIGOS de la Fe y de la Santa Religión impongan sus fórmulas en el libro de la nueva celebración….” “Estos espíritus infames son aquellos que Me crucificaron y esperan el reino del nuevo Mesías” (el Anticristo).

El 27 de noviembre de 1902 y el 10 de mayo de 1904, Nuestro Señor advirtió acerca de la nueva liturgia que un día sería instituida: “Yo os lo advierto; los enemigos de la Fe y de la Santa Religión impondrán sus fórmulas en el libro de la Sagrada celebración. Algunos de mis santos sacerdotes rechazarán este libro SELLADO CON LAS PALABRAS DEL ABISMO (énfasis mío). Desafortunadamente, habrá muchos que lo aceptarán.

El 10 de mayo de 1904, La Virgen María describió la nueva clerecía y la nueva liturgia: “Ellos no se detendrán en su odioso y sacrílego camino, irán muy lejos para comprometer a todos, a un mismo tiempo, de un solo golpe: la Santa Iglesia, el Clero y la Fe de mis hijos.”

La Virgen María anunció “la dispersión de los pastores” por la propia Iglesia, de los verdaderos pastores remplazados por otros formados por Satán: “nuevos dispensadores de nuevos sacramentos, nuevos templos, nuevo bautismo, nuevas confraternidades.”“…

No sólo los hechos constatan la veracidad de esta revelación privada. También la confirma la voz de alerta de varios Papas que denunciaron las intenciones de los enemigos de Cristo, más documentos y declaraciones de los propios enemigos de la fe que expresan claramente su intención de infiltrar y destruir la Iglesia Católica, como bien se detalla en la Instrucción Permanente del Alta Vendita y se hace patente en declaraciones como las del herético Canon Roca al describir éste la maquinación de un concilio que supondría el fin del catolicismo y del papado.

Y a voz en cuelo añado, Ratzinger, que su pretendida “hermenéutica de la continuidad” es una absoluta ficción. Nada existe en común entre su iglesia apóstata y las humildes catacumbas donde con celo y agradecimiento, quienes militamos con Cristo, guardamos la fe Catolica, Apostólica y Romana. Esa fe recibida de nuestros mayores, sin invenciones, sin improvisaciones, que se yergue contra un mundo que cada día nos calumnia y nos odia más rotunda y agresivamente por defenderla y guardarla, siendo esta una prueba fehaciente de que estamos del lado correcto. ¡Ay de nosotros si el mundo nos celebrara!

Mi catolicismo sobrevive y se enriquece en una pequeña y humilde iglesia donde nos refugiamos unos pocos que aún guardamos la fe imperecedera (por cierto, llena de santos, velas, reclinatorios y todo lo que tanto les repele a ustedes los modernistas, esos objetos que acabaron en tiendas de antigüedades después de ser arrancados de sus venerables rincones por sus rabiosas jaurías progresistas).

Nuestros consejeros son santos como Atanasio y Vicente de Lerins. Y le aseguro que ninguno de los fieles que acuden a mi iglesia apoyaría lo que se ve en ciertas fotos de la Jornada Mundial de la Perdición en Brasil, que ha provocado en mí la indignación y la necesidad de escribir estas líneas: repartir la Sagrada Forma, es decir, lo que suponen ser el cuerpo, el alma, la sangre y la divinidad de Jesucristo, en vulgares vasos de plástico como los que se encuentran tirados por la calle junto a cualquier basurero de esquina. ESTO NO SUCEDIA ANTES DEL CONCILIO VATICANO II.

En mi iglesia se adora de rodillas, se recibe a Cristo en la lengua, se canta gregoriano, se celebra la misa Tridentina y se respeta el primer mandamiento. No hay NADA EN COMUN entre su iglesia y la nuestra aunque usted intente probarlo escribiendo cien volúmenes (con sus habituales errores). Porque, ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas, o Cristo con Belial? Nosotros guardamos el consejo de Nuestro Señor:

“Por lo cual Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré.” (2 Corintios 6:17)

Usted, y todos los demás lobos disfrazados de cordero que llevan más de medio siglo haciendo pastar a sus ovejas entre espinos y rocas sabían, desde un principio, que dar la comunión en la mano provocaría que a la larga, los fieles les perdieran el respeto al cuerpo de Cristo, como podemos comprobar hoy. Y esa era, precisamente la intención. No hay nada fortuito en tantas decisiones tomadas por adultos, y sí mucha premeditación.

Ustedes, los que prepararon el camino para llegar al punto que hemos alcanzado hoy, la total desacralización de la Iglesia empezando desde el tope, son los proxenetas de la gran ramera apocalíptica y hoy recogen los frutos que esperaban: la transformación del cristianismo en un insulso culto más sobre la tierra. Ustedes siempre fueron, son y serán enemigos de Dios. Es decir, hijos del Diablo.

Lamentablemente, millones de fieles engañados, –¡pobres estrellas arrastradas por la cola del dragón!–, viven enceguecidos o por desconocimiento de los hechos, o porque el orgullo les impide reconocer que han sido timados espiritualmente o porque profesan una injusta y malentendida obediencia que los hace seguir encandilados contemplando Sodoma y Gomorra hasta que la sal los petrifique.

Ustedes, Ratzinger –y le doy un descanso a su persona y a la mía, pues mencionarlo a usted no me resulta grato– llevan más de medio siglo envenenado el corazón de su seguidores con un sucedáneo de fe que es garantía de la muerte del alma. Ustedes sabrán si ello obedece a alguna deuda personal con Lucifer.

Porque, (enfilo ahora mis bombardas hacia el ofidio de turno) ¿cómo es posible que ni usted, Bergoglio, ni ningún otro obispo dediquen un minuto de su tiempo a manifestar su ira y su aversión contra tamaña injuria afligida al cuerpo de Cristo en las playas de Brasil, pero en cambio les sobre el tiempo para ensayar ridículos bailes y caer en denigrantes payasadas indignas de sus cargos y de su responsabilidad como religiosos? Pero quien calla, otorga, y su propia actitud de silencio denuncia la conformidad suya y de su curia de poner a Cristo a la altura de la repartición de perros calientes y CocaCola. Sólo faltó un cartel anunciando“hostias más baratas por docena”.

Por eso le pregunto, supuesto vicario de Cristo en la tierra, “Papa” que nunca quiso serlo: ¿Guardaría usted las cenizas de algún pariente suyo en un vasito de plástico? Porque si no le importa que el cuerpo de Cristo se reparta en esos recipientes (únicamente si fueran de papel podría ofenderse más) me obliga a ampliarle la pregunta: ¿Está Cristo a la altura de nuestra parentela o más bajo?

Cuando lo más sublime, lo más sacro, lo más digno de adoración y de gloria sobre la tierra, –el cuerpo de Cristo–, se ultraja de ese modo, ¿cómo se tratará lo que desciende en la escala? ¡Oh indignos ejemplos, infames pastores, grandes culpables de la desolación y la amargura que hoy sufrimos hasta el hueso! ¡Ustedes producen ceguera, sordera, lepra y muerte!

Usted Bergoglio, ha visto las mismas fotos de Brasil que yo, y muchísimas más, y si no se ha indignado con lo visto en ellas ni se ha molestado en tomar medidas para corregir tamaño sacrilegio y desastre disciplinar, es porque a usted le importa un bledo ofender a Dios. A usted lo que le interesa es su concepto de iglesia pobre, su imagen de humilde batallador y terminar de enterrar (si pudiera) el cadáver del catolicismo para que el mundo dance alegremente sobre su tumba. Pero eso sí, un mundo fraterno, donde se baile en ruedas, tomaditos todos de la mano, sobre un estrado montado por las Naciones Unidas.

Siga recogiendo aplausos y laureles mustios y pestilentes, que es lo que a usted le cuadra. Si a Cristo lo patean nuevamente… ¡qué más da! ¡Y si se pierden almas… qué más da!

Brille usted en su solio papal con su falsa luz y su sonrisa temporal como canon de la desfachatez de moda, como alguien que sigue a Cristo no para servirlo, sino para servirse de El. Porque usted ni lo glorifica como se debe, –de lo cual debería dar ejemplo–, ni se preocupa por sus hijos perseguidos en el mundo, a los que jamás defiende y por los que nunca saca la cara cuando son masacrados y sometidos a los más viles tormentos al tiempo que sus iglesias son destruidas.

Es inquietante su impasibilidad ante sus redes llenas de peces confusos, Bergoglio, boqueando enloquecidos en el mar de la apostasía. ¿De qué lado está usted?

Tan arraigada está hoy la operación del error en quienes deberían orientarnos a la gloria, que ni siquiera se han percatado del destino que les aguarda por haberse prestado a ser piedras de escándalo. ¡Yo temblaría de estar en sus zapatos! Pero, por obra del misterio de iniquidad, han perdido la dimensión de sus abismales ofensas al creador y laboran a la sombra del enemigo del alma olvidando las terribles palabras que tendrán que escuchar cuando lleguen al punto y aparte de sus vidas: Dies Irae, Dies irae…

Concluyo estas líneas, consciente de que esta crítica mía será acogida con mala cara, desagrado e ira por los papólatras cegatos de turno quienes, aun viendo el maltrato y el sacrilegio cometido contra el Cuerpo de Cristo, hallarán cómo justificar a los que permiten este abuso contra nuestro Señor. ¡Porque hay que saber justificarse para poder justificar la propia adhesión a esta caterva de anticristos que hoy infecta Roma!

Una Roma sometida al influjo del Maligno. Una iglesia apóstata, falsa y venenosa, que continuará evolucionando hacia su total dilución, pérdida de identidad, autodemolición y entrega absoluta al Anticristo.
Una Roma que al mezclar bien y mal, luz y sombras, herejía y dogma, infamia y gloria, sacrilegio y fiesta, plástico y oro, Cristo y pan, hace casi proféticas las palabras de aquel brillante compositor que, sin saberlo, retrataría la mentalidad de la inicua iglesia de los últimos tiempos, –cada vez menos gloriosa y más mundana–, en uno de sus más famosos tangos:

Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia contra un bandoneón.

Gracias, Santos Discépolo. Más claro, ni el agua.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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