NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES


p

 

NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

R.P. Juan Carlos Ceriani
 

Después de la sentencia de Pilato, Jesús vuelve a tomar sus vestidos, deja la púrpura y la caña, pero no la corona de espinas. Es Rey, y como Rey va a morir; por eso su corona no cae de su cabeza.

Carga con la Cruz, abrazándose a ella, y el cortejo se pone en marcha. Camina Jesús rodeado de soldados y verdugos que le insultan y maltratan sin cesar, de una muchedumbre inmensa que le maldice y se goza en verle sufrir, y de dos ladrones.

La Cruz es muy pesada; no es el peso material de ella, sino todo lo que con ella ha cargado sobre sí; es el peso de todos los pecados de los hombres. ¡Qué peso más espantoso!

No obstante, nadie le alivia… Mira a todas partes y no encuentra una sola persona que le alivie su Cruz…

Mas, he aquí la Santísima Virgen; Ella sola, ¡la única!, que no arrojó el peso de sus pecados, que nunca los tuvo, sobre la Cruz de su Hijo.

Ella, la única que puede y sabe consolarle, aliviarle y ayudarle.

+++

Consideremos por un instante el acompañamiento que lleva Jesucristo.

Unos le cargan la Cruz: los judíos, los fariseos, los soldados y verdugos.

También ellos llevan su cruz, la cruz de sus pecados. No hay otra posibilidad; o se lleva la Cruz de Cristo, o se carga la cruz de Satanás, que es más afrentosa y más pesada.

Otros llevan la cruz con Cristo, y son los ladrones; pero no la llevan por Cristo, ni por amor a Cristo, sino a la fuerza, con rabia y con desesperación.

En tercer lugar está el Cirineo, quien lleva la cruz de Cristo y carga con ella. ¡Qué dicha la de este hombre! No la reconoció al principio, y por eso tampoco aceptó su carga voluntariamente; más, poco a poco, fue conformándose, y terminó por llevarla con gusto y alegría; y esto le santificó.

Así, la Cruz, aunque sea involuntaria e impuesta a la fuerza, puede servir para santificarnos.

Otro grupo es el de las piadosas mujeres. Éstas acompañan a Cristo, se compadecen de Él; quisieran aliviarle y quitarle aquella carga si pudieran. Pero su compasión es incompleta por ser puramente humana. Ven en Cristo al hombre desgraciado; no ven en Él a Dios que sufre. Por eso no comprenden ni penetran en la causa por la que padece.

Jesús se la dice: son vuestros pecados, llorad por ellos; así me consolaréis, sólo así.

Por último, el grupo que acompaña a su Madre. Esta sí que sabe llevar la Cruz con Cristo y como Cristo.

¡Qué parte toma María en su pena y dolor! ¡Qué sufrimiento idéntico el de los dos Corazones!… Igual en todo, en la intensidad, que ya no puede ser más; en el motivo, que son nuestros pecados, que a ambos tanto afligen y tanto cuestan; en el modo, que es por puro amor; divino e infinito amor del Hijo, que se refleja todo lo que puede en la Madre.

+++

Contemplemos el devotísimo paso del Encuentro, cuarta estación de nuestro Via Crucis.

No es posible expresarlo con palabras; dejemos que sea nuestro corazón quien hable y sienta todo lo que pueda y sea capaz de sentir.

Consideremos el sentimiento de aquella Madre que anhela acercarse a su Hijo; quiere verlo más de cerca, cambiar con Él una mirada, una palabra, una muestra de afecto y de cariño maternal.

Y, efectivamente, en medio de la Calle de la Amargura, le sale al encuentro, le tiende sus brazos, le quisiera arrancar, si fuera posible, y llevarle consigo…

Jesús levanta sus ojos y ve a su Madre.

Se encuentran las dos miradas… ¡Cuántas cosas se dirían con ellas! ¡Qué bien se entenderían!

Los Corazones se compenetraron y cada uno aumentó más su dolor con la vista del otro.

Bien lo sabía María; y, no obstante, no rehúye el encuentro.

¡Cuán grande sería su dolor al contemplar aquel rostro divino tan asquerosamente tratado y tan horriblemente desfigurado! Sólo Ella, con su mirada de Madre, lo pudo reconocer.

Aprendemos la generosidad ante el hecho de ver a María salir al encuentro de Jesús, que tanto dolor la había de causar. No dudemos, no vacilemos, salgamos generosamente al encuentro del dolor, del sufrimiento… Allí nos espera Jesús…, allí encontraremos indefectiblemente a Jesús…

+++

El cortejo ha llegado al Calvario. Jesús, agotado, pálido, después de su dolorosísimo Via Crucis, sube a lo alto del monte donde ha de redimir al género humano.

También han llegado los verdugos que, sin perder tiempo, comienzan a preparar lo necesario para la crucifixión.

También su Madre ha subido a la cumbre. Sabe lo que le espera y, valiente y decidida, se abraza con todo.

No nos apartemos de Ella. Dejemos a la inmensa muchedumbre que, por odio o por curiosidad, sube también al Calvario. Cerca de la Madre Dolorosa escuchemos los latidos de su Corazón, asistamos al Sacrificio del Hijo de Dios…

Jesús es tendido con violencia sobre el madero…, y descargan sobre una mano el primer martillazo… Estremecimiento del cuerpo de Cristo al sentir un dolor tan atroz…; sus labios se aprietan, conteniendo el quejido que de ellos se escapa…; sus ojos, que no pueden contener las lágrimas, se elevan al Cielo…

En seguida, otro y otro martillazo… y así hasta que clavan las dos manos y los dos pies a la Cruz…

¿No vemos el Corazón de la Virgen completamente traspasado?… Todos los golpes han descargado a la vez sobre Ella…; no ha solamente oído los martillazos, los ha sentido igual que su Hijo. También Ella se estremecía…, también miraba al Cielo…

Ya clavado, levantan la Cruz. El dolor de Jesús es indecible. Jesús se estremece… Ni un solo movimiento pasa desapercibido a su Madre…, ni un solo dolor se le oculta… Todo lo ve…, todo lo comprende…, todo, como su Hijo, lo sufre en silencio.

Una vez más, con María y junto a María, contemplemos este cuadro… ¡He ahí a nuestro Rey! Suspendido entre el Cielo y la tierra…, crucificado como un criminal entre dos de ellos…, abandonado de su mismo pueblo, que se goza en verle sufrir.

Pidamos a la Virgen Dolorosa que nos enseñe, para que sepamos mirar a Cristo Crucificado.

Miremos aquella frente divina que se inclina bajo el dolor insoportable de la corona de espinas; aquellos ojos cegados por la sangre que les inunda; aquel pecho que se levanta oprimido por la fatiga que le ahoga; aquel cuerpo todo descoyuntado, dolorido: aquellas manos y pies manando arroyos de sangre…

Contemplemos bien. Es Jesús. ¡Nuestro Jesús! ¡Nuestro Salvador! ¡Nuestro Rey!

+++

Mientras lo despreciaban, Jesús callaba y sufría, saboreando en su Corazón la amargura infinita de su tristeza y de los dolores.

Y para María, ¿qué serían aquellos insultos? No es posible expresarlo ni comprenderlo. ¡Qué valor el suyo! Junto a la Cruz, muy cerca de su Hijo, todo lo más que se puede, permanece de pie: Stabat Mater. Recta e inmóvil, con las manos apretadas sobre el pecho, como conteniendo el Corazón que quería saltar de dolor; con los ojos fijos en Jesús, no acierta a mirar a otra parte; es mucho lo que tiene que leer en aquel libro de su Cuerpo, escrito con su propia sangre.

Contempla la muerte que, poco a poco, se va acercando ya a Él; y María, más fuerte que la muerte, no huye, sino que permanece sin moverse… Stabat Mater

Oye las blasfemias, los insultos de aquellos tigres que no respetan el dolor de una Madre que ve morir a su Hijo; quisiera gritarles y decirles: Ya basta, ¡fieras!, dejadle ya, es mi Hijo, tened piedad de mi dolor….

Pero calla, como Jesús; ahoga en su Corazón la angustia; y aunque toda la naturaleza se conmueva y las piedras choquen y se rompan, y la tierra tiemble, Ella allí estará: Stabat

+++

Junto a la Cruz; acompañar a Jesús en su muerte…. Sin duda, es la mayor prueba de amor a Jesucristo, seguirle hasta la Cruz, crucificarse con Él, morir con Él…

Entretanto, Jesús ha entrado en su última agonía; poco tiempo le queda ya, y lo quiere aprovechar para cumplir, como siempre, a la perfección, con todas las obligaciones de su oficio.

Es Hijo de María, y como hijo mira por Ella, no abandonándola en aquella hora. Es Maestro, y mira por el discípulo fiel que allí está.

En esos momentos de dolor, de sufrimiento inaudito, de crucifixión y de muerte, cuando ya puesto en agonía parece que sólo debía acordarse de Sí mismo, es cuando mira por todos y se acuerda de todos.

Jesús, mirando a su Madre, dice estas palabras, señalando a San Juan y en él a todos nosotros: Mujer, he ahí a tu hijo.

Penetremos en el Corazón de la Virgen y contemplemos el estremecimiento de dolor que habrá sentido al escucharlas… ¡Pobre Madre! ¡Cuánto sufre!…

Aquellas palabras fueron ya una despedida. Jesús se va, y por eso esas palabras son un adiós a su Madre… Jesús, que era su vida y su todo, va a partir; lo va a perder, no como cuando era niño para volverlo a encontrar, sino para siempre en este mundo… Ya será una madre sin hijo…; todo se desvanece en su Corazón.

Pero Jesús la da un hijo nuevo: He ahí, desde ahora, a tu hijo… Mas esto, lejos de consolarla, la atormenta más. Una madre no quiere por hijo más que al suyo verdadero, no lo cambia ni por nada ni por nadie. Pero mucho menos cuando hay tanta diferencia de un hijo a otro…

Juan era, sí, el discípulo fiel y amante, pero, al fin y al cabo, era el discípulo y su Hijo era el Maestro. Juan era hijo del Zebedeo y su Hijo era el Hijo de Dios. Juan no era su Jesús.

Finalmente, Ella ve que junto con Juan, y con el mismo derecho que él, se le dan por hijos a todos los discípulos…, los cobardes, los egoístas, que en el momento supremo huyen y dejan solo al Maestro…, y además a todos nosotros… ¡Vaya herencia que le deja Jesús! ¡Qué carga tan pesada! ¡Qué maternidad más humillante!

Comprendamos el dolor de María en este cambio.

Sin embargo, no lo rechaza. Para ser Madre de Dios, se le pidió su consentimiento… Jesús no la consulta si quiere o no ser Madre nuestra… Conoce su Corazón y no duda en cargar sobre él este peso de ser Madre de todos los pecadores.

La Corredentora repite, al pie de la Cruz, las palabras que un día dijera con inefable alegría: He aquí la esclava del Señor… Hágase en mí según tu palabra, y así acepta todo lo que el Señor le pide.

+++

He ahí a tu Madre… Todo lo que tienen de penosas y dolorosas las primeras palabras para María, tienen de dulces y consoladoras para nosotros las segundas…

¡Ya tenemos Madre! ¡Y qué Madre! Y Madre para siempre, sin que nadie nos la pueda quitar.

Jesús se abrazó en la Cruz con todas las penas, hasta la separación de su Madre, pero nos la dio para que nunca nos falte. Y esta Madre bendita, nunca falta. ¡Cómo debemos agradecer a Jesús lo que nos dio al pie de la Cruz! ¡Qué generosidad la suya! Al ladrón le da un Reino, a nosotros su propia Madre.

¿Qué sentiría San Juan al escuchar esto? El Calvario se le convirtió en un Paraíso. ¡Qué bien le pagó Jesús su fidelidad en amarle hasta la Cruz! Subió al Calvario como discípulo, y bajó como hijo de María y hermano de Jesús… ¡Con qué gozo entraría en posesión de ésta herencia tan rica, que ni en el Cielo la tiene Dios mayor!

+++

Con la majestad y dignidad propias de un Dios, Jesús inclina la cabeza y muere. En el mismo momento, la tierra se estremece, se rasga el velo del Templo, las piedras se quiebran y se abren los sepulcros y resucitan muchos para dar testimonio de su divinidad.

En medio de aquella trágica y espantosa conmoción de la creación entera, la Santísima Virgen, serena, firme, valerosa, no se asusta ni huye; se abraza a la Cruz y deposita en los pies de Jesús muerto el beso más puro, más dulce, más tierno que jamás una madre haya depositado en el cadáver de su hijo.

Abismada de dolor, había seguido los pasos todos de su agonía.; y ahora, al verle morir, lejos de acobardarse y caer abrumada con el peso de su dolor, se eleva sostenida por la gracia hasta dar consentimiento al sacrificio espantoso y, abrazando y besando la Cruz que tanto la hacía sufrir, ofrece al Padre Eterno la inmolación de aquella Víctima divina, por la salvación de todos los pecadores de la tierra.

El Corazón dolorido de aquella. Madre es el altar viviente donde se inmoló el Cordero divino… Y, no obstante, aquel Corazón destrozado está tranquilo cumpliendo en todo momento la voluntad de Dios, que así le exigió este sacrificio.

Jesús ya está muerto, pero allí estaba su Madre, que podía continuar sufriendo… Y así fue… Uno de los soldados hundió su lanza en el costado de Cristo para más cerciorarse de su muerte… Aquel golpe ya no atormentó al Hijo, pero ¡cuánto debió hacer sufrir a la Madre al sentir su Corazón que la lanza le atravesaba juntamente con el de Jesús! ¡Con qué amor recogería Ella aquella Sangre!, la del Corazón de su Hijo, la última que ya le quedaba, la última que se derramaba por la salvación del mundo…

Podemos suponer que la Santísima Virgen, llena de dolor al contemplar aquella atroz herida, pero más llena de admiración, se quedó extática al ver Ella, antes que nadie, aquel Corazón… Nunca lo había visto; y ahora contempla su hermosura encantadora.

Seguramente que no pudo contenerse y cayó de rodillas para adorarle… y repararle por todos los que allí mismo y por todos los siglos le habían de ultrajar.

Éste fue el primer acto público de la devoción y culto al Sagrado Corazón de Jesús…, y María Dolorosa la primera adoradora y reparadora del Divino Corazón.

+++

El dolor es la ley universal, que abarca a todos los hombres sin excepción. No podemos huir del dolor, nos espera donde menos lo creíamos, quizá cuando son mayores nuestros goces y alegrías; generalmente éstas son preludio de las lágrimas.

Jesús quiso ser el Varón de dolores y su Madre Santísima la Reina de los mártires. Esos son los modelos, los únicos que alivian, con su ejemplo, nuestros sufrimientos, y nos enseñan a santificarlos y a santificarnos con ellos.

¡Bendito el dolor! Así dijo Nuestro Señor: bienaventurados los que lloran, los que sufren, los que padecen.

No tengamos lástima del que sufre mucho, sino del que no sabe sufrir.

Jesucristo asoció a su Madre a todas sus glorias y grandezas, y por eso la hizo compañera de todos sus sufrimientos.

Al que Dios más ama, más le hace sufrir, para elevarle después, como a su Madre, a mayor gloria y grandeza.

¡Cuánto sufrió María al pie de la Cruz! Pero, ¡qué grande es María, precisamente, al pie de la Cruz! ¡Qué perla faltaría en su corona, si no tuviera la del dolor! Por tanto, fue necesario que, si era Reina, fuese Reina del dolor y del martirio.

Si fue Reina del dolor, debió sufrir más que nadie. Su martirio duró toda su vida.

A nosotros, nos envía Dios los dolores uno a uno y nos oculta los futuros; sólo sufrimos los presentes. A María le reveló, ya desde el principio, todo lo que había de sufrir para no ahorrarle sufrimientos, sino más bien quiso que aquella espada la atormentara toda la vida.

Pensemos en sus dolores: ¡cuánto sufrió con la ingratitud, la traición, el abandono, el desamor de que fue objeto su Hijo!

Pensemos…, Belén, Egipto, Nazaret, Jerusalén, el Pesebre y el Calvario, el Templo, el Palacio de Herodes y el Pretorio de Pilatos… Son todos lugares en que su Corazón se desgarró tantas veces.

En todos estos dolores, consideremos su parte natural y humana. La medida de todo dolor es la intensidad del amor. A mayor amor, mayor dolor. Con esta regla hemos de medir el dolor de María. ¡Cómo amaría la Virgen a su Hijo!

Y el Hijo que perdía era único, no le quedaba otro con quien consolarse; y ese Hijo único era el mejor de todos, que amaba a su Madre como ningún hijo ha amado a la suya.

Además, es cierto que la sensibilidad tiene muchos grados, y que a mayor sensibilidad, mayor fuerza de dolor. María era de una delicadeza exquisita, de un organismo perfectísimo y, por lo mismo, de una sensibilidad extraordinaria. ¿Cuál sería, pues, el dolor de su Corazón al ponerse en contacto con la ingratitud, con la injusticia?

Con mucha razón la Santísima Virgen puede aplicarse aquellas palabras de Jeremías: Mirad y ved si hay dolor semejante al mío.

No podemos abarcar toda la intensidad del dolor humano y natural de María; ¿cómo podremos darnos una idea, ni siquiera aproximada, de su dolor sobrenatural? María sufría al perder a aquel que era su Hijo, pero sobre todo sufría porque en Él veía a su Dios.

¿Quién ha conocido como Ella a Dios? ¿Quién le ha amado como Ella?

Pues, ¿cómo sentiría las ofensas, los insultos, los tormentos que los hombres le dieron?

Además, María sufrió todos estos tormentos indecibles, sin consuelo espiritual de ninguna clase… Los mártires sufrían con alegría abrazados al crucifijo. La vista de Jesús crucificado alentaba a los penitentes y anacoretas en sus austeridades, pero para María, el Crucifijo, la vista de Cristo crucificado, era precisamente su mayor tormento… El mismo que a otros iba a consolar, era el verdugo que atormentaba el Corazón de su Madre.

En fin, el colmo del dolor de la Virgen fue no sólo el asistir, el autorizar con su presencia el sacrificio de su Hijo, sino que tuvo que llegar a desearlo. Dos hijos tenía María: el hijo inocente, y el hijo pecador, que somos todos nosotros.

Si quería que viviera el Hijo inocente, no podía salvarse el hijo pecador; si quería la salvación de éste, debía desear el sacrificio del otro. ¿Qué hacer? Como Madre, debía de querernos tanto como a Jesús; y tuvo que llegar a querernos más que a Él, porque sabiendo que ésa era la voluntad de Dios, quien no perdonó a su propio Hijo, también fue la suya, y tampoco Ella le perdonó.

Por eso, allí estuvo al pie de la Cruz, muerta de dolor, deseando la muerte de Cristo para salvarnos a nosotros ¡Cuánto amor! Pero, también, ¡cuánto dolor! ¡Cuánto costamos a María ser hijos suyos!

Y si lo que cuesta es lo que se aprecia y ama, ¿cuánto nos amará ahora, pues tanto la hicimos sufrir?

Pero ya basta, pues, basta ya de ingratitudes, no hagamos ya sufrir más a nuestra Madre, sino amémosla incluso a costa de sufrimientos y de nuestra misma vida.

Oración Colecta: Oh Dios, en cuya Pasión fue traspasada de dolor el alma dulcísima de la gloriosa Virgen y Madre María, según la profecía de Simeón, concédenos que cuantos venerando sus dolores los conmemoramos, consigamos el feliz efecto de tu Pasión.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cielo, Devocionario, María Santisima, Misticos, Santos de la Iglesia, Sermones, Teología. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s