SERMÓN PARA EL VIGÉSIMOPRIMER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


VIGÉSIMOPRIMER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

R.P. Juan Carlos Ceriani

Efesios, 6, 10-17: Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos de la armadura de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en los aires. Por eso, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. ¡Estad, pues, alertas!; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

La Iglesia Militante, durante el tiempo que transcurre hasta la entrada en la Patria y se hace Triunfante, gime bajo el peso de las constantes pruebas y persecuciones suscitadas por sus enemigos.

Pero, a pesar de todo, dispone de unas armas magníficas, avaladas con la promesa de la victoria.

La Santa Liturgia nos presenta hoy los poderes enemigos bajo las figuras de Job y de Ester, así como en la gráfica descripción que hace de ellos la Epístola.

El Ofertorio nos habla de Job, un varón sencillo, recto y temeroso de Dios. Por eso, justamente, desea Satanás tentarlo. Y alcanzó autorización de Dios para disponer de sus bienes y de su cuerpo.

El Introito, por su parte, recuerda los siniestros planes fraguados por Amán para exterminar en un solo día a todos los hebreos del reino de Persia. Pero Ester suplica al Señor y alcanza de Él la salvación de su pueblo.

En Job y en el pueblo de Israel condenado al exterminio por Amán, vemos a nuestra Santa Iglesia, nos vemos a nosotros mismos, confirmados militantes, cercados y oprimidos de enemigos por todas partes.

Así sucederá siempre con todos los que se pongan del lado de Dios. Precisamente, porque siguen los caminos de Dios, por eso desea tentarles Satanás. Y el Señor le ha concedido autorización para ello.

Un pueblo de Dios que no sea odiado y perseguido por Satanás no es verdadero pueblo de Dios. Una Iglesia que no sea oprimida y hostigada constantemente por el enemigo no será la Iglesia de Dios, no será la Iglesia de Cristo.

Su consigna es la lucha. Y nosotros luchamos, no contra la carne y la sangre, es decir, contra débiles hombres, sino contra los príncipes y las potestades, contra los rectores del mundo de las tinieblas, contra los espíritus de la astucia diseminados por el aire.

Dios concede a los malos espíritus poder sobre la Iglesia Militante, sobre los católicos, para que los tienten y persigan, y para que, de este modo, sean probados en la lucha y en la persecución.

Sin embargo, Satanás no puede dar ni un paso más allá de lo que el Señor le permite. Jesucristo es también el Señor de Satanás y del infierno.

Venceremos a todos los enemigos. No tenemos que temer nada.

En la santa Iglesia se nos proporciona la armadura da Dios. Con ella podemos resistir y salir victoriosos de todos los ataques.

Ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe… Todavía poseemos otras dos nuevas armas: la mortificación y la oración.

Ester ayuna y ora; Job, el tentado por Satanás, ora también. San Pablo añade a las últimas palabras de la Epístola de hoy esta apremiante exhortación: Orad en todo tiempo con continuas preces y súplicas y vigilad en constante oración por todos los santos.

Un pensamiento consolador domina en la liturgia de hoy: Dios concede a Satanás y a los malos poder sobre la Iglesia Militante. El mal que ellos ocasionan a la Iglesia está incluido en los sabios planes de la Providencia divina. Satanás colabora con sus dardos a la realización de los planes de Dios. Siempre estamos, pues, en las manos de Dios, incluso en aquellas ocasiones en que nos parece que hemos sido entregados al libre arbitrio del enemigo.

Llegará el día en que le será concedido al Anticristo hacer la guerra a los santos y vencerlos…

En el Ofertorio, pongámonos totalmente con Job en las manos de Dios, hagamos de nosotros mismos una perfecta oblación a Dios y a su divino beneplácito. Podrá Él, incluso, abandonarnos al enemigo y a sus emboscadas. Podrá el enemigo, con permiso de Dios, despojarnos de nuestros bienes y flagelar nuestro cuerpo con enfermedades; pero, a pesar de todo, nosotros sigamos siendo siempre un holocausto ofrecido al Señor. Cuánto más nos sacrifiquemos por Él, mejor nos defenderá y nos salvará.

Pedimos con la Oración Colecta: Suplicámoste, Señor, custodies siempre a tu Familia con tu paternal amor; para que, bajo tu protección, permanezca libre de toda adversidad y sirva a tu Nombre con buenas obras.

+++

Luchamos, no contra la carne y la sangre, no contra puros hombres, sino contra los príncipes y las potestades, contra los rectores del mundo de las tinieblas, contra los espíritus de la astucia dispersos por el aire.

La Iglesia está sumergida en la lucha: tal es la ley de su vida. En ella y con ella somos también nosotros unos perpetuos combatientes, militantes.

El reino de los cielos padece violencia, y sólo los violentos, los esforzados, pueden conquistarlo, dijo Nuestro Señor. Nuestros enemigos, los enemigos de la Iglesia, no son los hombres, sino los malos espíritus. Son enemigos invisibles y, además, muy superiores a nosotros en inteligencia y en fuerza.

Su número es legión; su razón de ser es malicia, astucia, engaño; sus armas son el fraude y la falsedad; sus intenciones, la perdición, la muerte eterna de las almas redimidas por Jesús al precio de su misma Sangre.

Estos espíritus de la astucia son los señores, los jefes del mundo de las tinieblas, es decir, de los malos, de los incrédulos, de los ateos, de los enemigos de Dios y de Cristo. Se ocultan debajo de todos los que injurian, calumnian, oprimen y persiguen a Cristo y a su Iglesia.

A esta luz contempla la Liturgia la historia de la Santa Iglesia, la vida de los Santos y la de los hijos de Dios. A esta luz debemos contemplar también nosotros nuestra propia vida sobre la tierra. Mientras peregrine la Iglesia por la tierra, será siempre la Iglesia militante.

En ella lucha Cristo contra Satanás. Nosotros somos miembros de la Iglesia Militante. A todos nosotros se dirige esta exhortación del Apóstol San Pedro: Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, está siempre rondando en torno vuestro, como un león rugiente, buscando a quien devorar. La Iglesia nos repite todas las noches en Completas estas mismas palabras.

Resistidle firmes en la fe, con la armadura de Dios, ceñidos los lomos con el cinturón de la verdad, revestidos de la coraza de la justicia, calzados con la disposición para propagar el Evangelio de la paz, cubiertos con el escudo de la fe, tocados con el yelmo de la salud y empuñando con la diestra la espada del espíritu.

El Apóstol San Pablo subraya que no debe faltar ni una sola pieza de la armadura que el Señor pone a disposición de sus combatientes.

La armadura se compone de seis piezas: el cinturón, la coraza, las esquinelas, el escudo, el yelmo y la espada.

El cinturón de la verdad, es decir, de la fidelidad a la fe en Jesús y en su Iglesia, jurada en el Santo Bautismo.

La coraza de la Justicia, es decir, de una vida santa, perfecta.

Los pies calzados con la disposición, con el deseo, con la firme voluntad de vivir constantemente conforme al espíritu de las enseñanzas y del ejemplo del Señor para, de este modo, poder anunciar, representar y defender ante el mundo el Evangelio, el verdadero catolicismo.

En la izquierda llevemos el escudo de la fe en el Señor y de la ciega confianza en su presencia, en su fuerza y en su gracia, las cuales están a nuestra disposición y obran eficazmente en nosotros.

Sobre la cabeza llevemos el yelmo de la salud, la gozosa esperanza de la salud eterna que nos aguarda.

Con la derecha empuñemos la espada del espíritu, es decir, de la Palabra de Dios. De igual modo que un día el Señor, en el desierto, opuso al tentador la Palabra de Dios, Escrito está, así también opongamos nosotros contra Satanás, contra sus órganos y servidores, la Palabra de Dios: Retírate, Satanás, porque escrito está: No tendrás a mi lado dioses extraños. Tu Señor, tu Dios, es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

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La vida de la Iglesia, del cristiano, es una lucha por los ideales de Cristo. Es una continuación de la vida de Cristo, del Señor, del gran Luchador y Vencedor.

Él luchó y venció durante su vida terrena. Él lucha y vence, también hoy y todos los días hasta el fin de los tiempos, en su Iglesia, en sus miembros, en nosotros, como Señor glorioso, como Rey universal.

Para poder luchar y vencer en nosotros, nos incorporó a sí por vez primera en el Santo Bautismo. Para poder luchar y vencer en nosotros, se nos da como alimento en la Sagrada Comunión y nos infunde su espíritu y su fortaleza. Su fuerza nos hace luchar y vencer. Él, el Señor universal, es nuestro apoyo.

Vistámonos de la armadura de Dios: la confianza en el Señor que vive y lucha en nosotros; la realidad de una vida santa; la fidelidad a las santas promesas bautismales; el celo por la causa de Dios y del Evangelio; el espíritu de fe; la espada del espíritu; el espíritu de mortificación y de oración de Ester y el espíritu de paciencia y de resignación en los dolores, pruebas y persecuciones como Job.

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Revestíos de la armadura de Dios. Cada uno ha de hacer lo que está de su parte, porque si se presentase al combate sin la debida preparación y desprovisto de armas, por mucho que lo proteja el Rey, correrá gran peligro.

La armadura de Dios son las virtudes con las cuales se extirpan los vicios.

Revestíos pues de todas las virtudes, desarraigad los malos hábitos.

Para contrarrestar las asechanzas del demonio, Vigilad porque el adversario, el demonio anda rondando buscando a quien devorar. El demonio piensa en nosotros… ¿Y nosotros?

Nuestro combate no es solamente contra los hombres corrompidos y perversos (carne y sangre), sino también, y especialmente, contra el demonio, príncipe de este mundo.

La acción que se atribuye al instrumento es principalmente del agente superior que los mueve, a saber del diablo. Cuando los hombres (carne y sangre) persiguen a la Iglesia y a los católicos, quien los mueve es Satanás.

Por lo tanto, tomad las armas todas de Dios. Malos enemigos tenemos, muy perversos y poderosos, que hacen guerra por el negocio más importante: el Cielo. De allí se sigue como conclusión la necesidad de armarnos.

Por eso el Apóstol San Pablo trata aquí de las armas que debemos emplear: las espirituales.

Las armas con que combatimos no son carnales, sino que son poderosas en Dios para derrocar fortalezas. Con ellas destruimos los proyectos y toda altanería que se engríe contra la ciencia de Dios.

+++

San Pablo describe las armas espirituales, las cuales, a semejanza de las corporales, son de tres géneros:

— Unas son para revestirse,

— Otras para protegerse,

— Y las últimas para acometer.

— Tres cosas son necesarias para revestirse: cubrirse, ceñirse y calzarse.

Antes de ceñirse primero uno se cubre; más el Apóstol habla aquí en orden a la armadura espiritual; y en el combate espiritual los primero es tener a raya las concupiscencias de la carne. Y esto se obtiene ciñendo los lomos por medio de la templanza que se opone a la lujuria y a la gula.

Por eso dice: Ceñidos vuestros lomos con el cíngulo de la verdad, esto es rectitud de intención, sin simulación.

En segundo lugar nos exhorta a renunciar a las cosas terrenas y temporales y a no estar solícitos por lo caduco y transitorio.

Contra esa solicitud excesiva y ese afán de cosas materiales hay dos armas espirituales: la justicia y la renuncia voluntaria.

De ahí que el Apóstol ordena no usurparlas injustamente y que diga: Armados de la coraza de la justicia, virtud por la cual damos a cada uno lo que le corresponde y nos abstenemos a tomar lo ajeno.

Prescribe asimismo no tener afecto y cuidado desordenado por las cosas temporales, las cuales podrían distraer nuestra atención en el combate y el camino que conduce a las cosas espirituales y celestiales.

Por eso dice: Calzados los pies prontos para el Evangelio de la Paz.

Con este primer género de armas estaremos cubiertos contra los ataques el demonio. Desprendidos de todo no puede atraparnos.

Evitamos así caer en las tentaciones más ordinarias y comunes: de lujuria, de gula, de afán de riquezas, de apego a lo material.

— La segunda clases de armas son las defensivas.

Dos partes del cuerpo tenemos que proteger, que son principios de vida, el pecho donde está el corazón y la cabeza donde está el cerebro.

Para el pecho está el escudo y para la cabeza el yelmo o casco.

En primer lugar, el escudo: abrazad en todos los encuentros el escudo de la fe para que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno.

El bautizado es un hombre de fe: ¿Qué pides a la Iglesia de Dios?
La Fe

El confirmado es un soldado que está al servicio de la fe para defenderla de los enemigos…

El sacerdote es un hombre de fe. San Pablo concibe todo ministerio sacerdotal bajo esta forma: combatir el buen combate de la fe, propagando la fe en el mundo, multiplicando el número de creyentes, defendiendo las verdades de la fe contra todo error, velando para que el depósito se trasmita intacto, con toda felicidad.

Así como el escudo protege de las saetas, así la fe de los dardos del demonio… gracias a ello se alcanza la victoria: Los santos por la fe conquistaron reinos. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.

Estamos llamados a librar un combate por nuestra Fe sacrosanta: Prodigarla, estudiarla, defenderla.

Para proteger la cabeza debemos tomar el yelmo de la salud, es decir el casco de la esperanza, porque esta virtud se ordena al fin último.

El cristiano encuentra en la esperanza un motivo constante de regocijo ya que su alma tiende hacia Cristo y está seguro de reunirse con Él.

En medio de los combates constantes por el Reino de Dios, el hombre apostólico, máxime el sacerdote eleva su alma a aquellas cosas que el ojo no vio ni el oído oyó y que Dios preparó para los que le aman.

Todas las esperanzas de triunfo están bien fundadas, si se posee a Cristo, vencedor de la muerte, del pecado y de Satán, los ojos fijos en el Cielo.

— Por último el tercer tipo de armas son las ofensivas, pues no basta defenderse, es necesario también atacar al enemigo.

Así como se hace materialmente por la espada, así también espiritualmente por la Palabra de Dios, que es la espada del Espíritu Santo.

Toda la escritura inspirada por Dios es propia para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en la justicia para que el hombre de Dios sea perfecto y esté apercibido para toda obra buena.

La Sagrada Escritura tiene cuatros efectos:

Enseñar la verdad

Refutación del error

Enmienda el mal

Inducir al bien.

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Resumamos:

El Cinturón: la Templanza

La Coraza: la Justicia

Las Sandalias: la renuncia voluntaria de lo terreno (pisotearlo)

El Escudo: la Fe

El Casco: la Esperanza

La Espada: la Palabra de Dios.

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En nuestro combate espiritual, tengamos confianza en Nuestra Señora.

Ella aplasta y aplastará la cabeza del dragón infernal.

Ella venció y vencerá todas las herejías.

Ella es la Conductora, la que asistió al Sumo Sacerdote en la lucha contra el demonio. Ella asistirá a cada cristiano que quiera aplicarse y extender los frutos de la Redención

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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