THE NEW YORK TIMES: CON BERGOGLIO LA FE PUEDE DILUIRSE HASTA PERDER EL SIGNIFICADO


¡MIRÁ POR DÓNDE! THE NEW YORK TIMES LA VE…

Y MILLONES DE “CATÓLICOS” ESTÁN CIEGOS!!!

Su deliberada desmitificación del papado, sus divagadoras entrevistas con medios de comunicación seglares y religiosos, su llamado a experimentar dentro de la Iglesia y su tono más suave en las cuestiones en que hay más conflicto entre la sociedad y la Iglesia -el aborto, el matrimonio gay- no son cambios doctrinales pero sí son claras variaciones de estrategia. -¡Por fin un papa que no nos agua la fiesta!-

La promesa y el peligro del papa Francisco

Es evidente que el papa Francisco está intentando, hasta ahora con éxito, acercar la Iglesia a la sociedad, lo cual en principio es una buena noticia para todos. Sin embargo, el autor de esta nota se pregunta si esa actitud será útil a fin de recuperar para la Iglesia a quienes se estaban alejando de la misma, o si, por el contrario, diluirá la religión en los climas de época, con lo cual el sentido de la fe será tan light que perderá significado en vez de ganarlo.

Por Ross Douthat – Servicio de noticias The New York Times – © 2013 – Visto en Los Andes

Para entender al papa Francisco -su propósito, su programa y sus posibles obstáculos- resulta útil ver qué está sucediendo con los judíos de la ciudad de Nueva York.

A partir de 1950, la población judía de Nueva York estuvo declinando, en medio del desplazamiento a los suburbios y la asimilación. Pero en los últimos diez años, las cifras han empezado a aumentar de nuevo, con un crecimiento del 10% de 2002 a 2011.

Hay que precisar que este crecimiento se ha dado casi exclusivamente entre judíos ortodoxos. Los judíos reformistas y conservadores de la ciudad han seguido reduciéndose, como se ha reducido en general la observancia judía.

En consecuencia, la comunidad judía de Nueva York cada vez está más polarizada, con más judíos en el extremo más tradicional del espectro religioso, más judíos completamente desapegados de las instituciones de su fe ancestral, y aun menos judíos observantes en el centro.

Ahora bien, lo que ha ocurrido en Nueva York ocurrió también a nivel nacional: un reciente estudio del Centro Pew encontró una distribución similar del crecimiento entre los judíos ortodoxos y una disminución semejante de la práctica y afiliación religiosa en el resto de la población judía de Estados Unidos.

Pero esto no es sólo el caso de los judíos. Es el caso de la religión en Occidente en los últimos cuarenta años. Los grupos más tradicionales han sido relativamente resistentes. Los más liberales y modernizadores han perdido miembros, dinero y ánimos. Y la cultura en general se ha ido apartando continuamente de la religión organizada.

Sigue habiendo un centro religioso en la actualidad, pero no es institucionalmente judeo-cristiano como lo era en 1945, por ejemplo. Más bien se define mediante ministerios no denominacionales, mediante una piedad “espiritual pero no religiosa” y en herejías de la antigüedad reinventadas como autoayuda.

En los últimos tiempos, este proceso de polarización ha tenido un aire de inevitabilidad. Al parecer podemos seguir una fe en la modernidad tardía solo en la medida en que nos apartemos de la corriente convencional occidental. No hay términos medios, no hay centro que se mantenga mucho tiempo, y el intento de encontrarlo muy pronto desemboca en las componendas, las derivas y la disolución.

Y es aquí donde entra el papa Francisco, pues buena parte de la emoción que ha suscitado su pontificado es una reacción a su evidente deseo de rechazar esas alternativas -autosegregarse o rendirse- en favor de un compromiso casi frenético con el mundo católico no practicante, post-católico y no católico.

La idea de ese compromiso -de una “nueva evangelización”, de una “primavera” para el cristianismo- difícilmente es una novedad en el Vaticano. Pero Francisco presenta su estilo y su sustancia de una manera más dinámica a un mundo que solía desentenderse de sus predecesores.

Su deliberada desmitificación del papado, sus divagadoras entrevistas con medios de comunicación seglares y religiosos, su llamado a experimentar dentro de la Iglesia y su tono más suave en las cuestiones en que hay más conflicto entre la sociedad y la Iglesia -el aborto, el matrimonio gay- no son cambios doctrinales pero sí son claras variaciones de estrategia.

John Allen Jr., uno de los más agudos observadores del Vaticano, ha llamado a Francisco el “papa para el centro católico”, colocado en una posición intermedia entre los rigoristas de la Iglesia y los progresistas que suspiran porque su Iglesia fuera más episcopal y colegiada.
Pero el significado de esta postura va más allá del catolicismo. En palabras y gestos, Francisco parece determinado a recrear, o recuperar, el centro que no ha podido conservar ninguna religión occidental importante.

Hasta ahora, por lo menos ha ganado la atención del mundo. La cuestión es si esa atención se va a traducir en un auténtico interés en el mensaje religioso del Papa o si la cultura simplemente se lo va a apropiar -¡Por fin un papa que no nos agua la fiesta!- sin que eso la inspire a considerar de nuevo al cristianismo.

En la incierta reacción de muchos católicos conservadores hacia Francisco podemos ver el temor de que sea más factible la segunda posibilidad. Su ansiedad no es que el Papa esté por cambiar radicalmente la doctrina de la Iglesia.

Después de todo, ser un católico conservador significa creer que tal cambio es imposible. No, más bien temen que el centro que él está tratando de captar se desmorone a sus pies, pues el abismo entre la cultura y la fe ortodoxa simplemente es demasiado grande.

Y también les preocupa que ya hayamos visto antes algo parecido a esta estrategia, cuando en la Iglesia Católica posconciliar se hizo énfasis en la justicia social, la improvisación litúrgica y el estilo informal, con resultados decepcionantes: no un rico compromiso con la cultura moderna sino una rendición ante las manifestaciones de la cultura egoísta de ese tiempo: una liturgia de mal gusto, construcciones feas, una teología tomada de Juan Salvador Gaviota y, a fin de cuentas, bancos vacíos.

Francisco parece conocer ese peligro: véanse sus advertencias para que la Iglesia Católica no se convierta en una “asociación asistencial” o que el cristianismo se reduzca a “tomar baños espirituales en el Cosmos”.

Pero la prueba de su enfoque a fines de cuentas tendrá que ser en la práctica. ¿La Iglesia Católica va a crecer o a seguir estancada bajo su dirección? ¿Su estilo simplemente le valdrá admiradores casuales o le ganará conversiones, inspirará vocaciones, creará santos?

¿Cambiará realmente al mundo o solo les dará a los mundanos una excusa más para cerrar los oídos ante el mensaje moral de la Iglesia Católica?

Por sus frutos los conoceréis, aunque todavía es demasiado pronto.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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