SERMÓN PARA LA DOMÍNICA QUINTA DE EPIFANÍA


QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA

El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” El les contestó: “Algún enemigo ha hecho esto.” Dícenle los siervos: “¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero.”

Dejad que ambas simientes crezcan al mismo tiempo. Es decir, la cizaña y la buena semilla, la cizaña y el trigo.

Es esta una misteriosa ley de la vida de la Iglesia aquí en el mundo. De la Iglesia, tanto si se considera en su totalidad, como en cada una de sus partes, llámense éstas diócesis, parroquia, comunidad religiosa o familia cristiana.

El Señor sembró en su Iglesia buena simiente. En efecto, la santa Iglesia es una institución maravillosa, incomparable. Posee en su seno la verdad divina, los santos Sacramentos y todos los medios necesarios para la salud de las almas. Posee el verdadero culto, la Santa Eucaristía y el verdadero sacerdocio. Posee, en fin, un verdadero ejército de Santos y de almas admirables, lo mismo en el Cielo que aquí en la tierra.

Pero, a pesar de todo esto, en su divino campo pulula también, con gran vivacidad, la mala hierba, la cizaña en medio del trigo.

No hay más que abrir la Historia eclesiástica: ¡cuánta caída, cuánta traición, cuánta infidelidad, cuánta vileza moral, cuánto escándalo a lo largo de sus páginas!

Veamos ahora a los que, en el mundo o dentro del claustro, llevan una vida al parecer piadosa. ¿Qué encontramos en ellos? En muchos, una espiritualidad sin nervio, sin formación sólida, muy poco digna; es una piedad generalmente fofa, sin virilidad, sin firmeza de convicciones, individualista, cómoda, orgullosa, exhibicionista. Practican muchos ejercicios externos, pero poseen muy pocas virtudes verdaderas, sanas, robustas. Poseen muy poca caridad, muy poca nobleza de espíritu, muy poca personalidad moral.

Pero, Señor: ¿es posible que sea esta tu verdadera Iglesia? ¡Mira cuánta cizaña hay en ella!

¡Esta es la verdadera cizaña en el jardín de la Iglesia! ¡Con qué vivacidad ha brotado y brota constantemente en todas y en cada una de las comunidades, de las parroquias, de las diócesis, de las Congregaciones, de los Institutos religiosos, de las familias!

Pero también, ¡con qué sigilo, con qué astucia sibilina, con qué disimulo! No hay más que abrir la Historia de la Iglesia para percatarse de ello.

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¿Quieres que vayamos y arranquemos la cizaña? Así preguntan los criados.

Pero el Señor les responde: No. Dejad que crezca con el trigo, hasta que llegue el tiempo de la siega.

El Señor es, también, Señor de la cizaña. Si permite que ésta se desarrolle con el trigo, es porque tiene poder para aprovecharla en beneficio suyo.

Dice San Agustín: No se crea que los males de este mundo son inútiles o que Dios no puede sacar bien alguno de ellos. El malo existe, o bien para que él mismo se corrija, o bien para que, por él, se santifiquen los demás.

La Historia de la Iglesia nos enseña esta consoladora verdad: a cada período de relajamiento ha seguido otro de gran reflorecimiento cristiano. La Iglesia podrá, tener mucho de humano. Sin embargo, el Señor y su espíritu alientan todavía en ella. Jesucristo es el mismo hoy que ayer y que mañana.

La Iglesia sufre dolorosamente, al contemplar la cizaña que crece en su seno. Procura por todos los medios lanzar lejos de sí esta carroña, cribar lo mejor posible esta mala hierba. Sin embargo, mientras viva aquí, en la tierra, no siempre podrá presentarse ante Dios como un jardín sin malezas ni fealdades.

Pero no se desalienta por eso. Sufre con humildad el que muchos de sus hijos no sean todo lo perfectos que pudieran y debieran ser, y pone toda su confianza en Aquel que dijo: Dejad que crezcan ahora los dos juntos. Sabe que Él es el Señor. Él velará para que el trigo vaya siempre en aumento, a pesar de la oposición de la cizaña.

Imitemos también nosotros esta fe ciega, esta confianza sin límites de la santa Iglesia. Deploremos, corno ella, el que haya tanta cizaña. Pero, por encima de toda esta mala hierba, por encima de todos estos hijos desnaturalizados, que deshonran a su Madre, a la santa Iglesia, miremos siempre a Cristo, al Señor.

Yo estaré con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos.

Dejad que ambas simientes crezcan juntas por ahora. Es conveniente, es necesario que suceda así. De ese modo, resaltará con mayor viveza el elemento divino de la Iglesia. De ese modo, la Santa Iglesia será, a pesar de la lujuriante cizaña que en ella pulula, una admirable y perenne Epifanía de lo divino, del Señor que vive en ella.

Lo divino vive y crece en ella entremezclado con lo más puramente humano, con la masa, con lo no santo, con lo pecaminoso. ¡Vive y crece en medio del peligro, en perpetuo riesgo! Por eso, la Iglesia constituye una perenne y gloriosa Epifanía del omnipotente poder de Cristo.

Si la hubiera fundado el hombre, la habría hecho de modo que no tuviera cizaña alguna… ¡Ensueños del espíritu humano!

Dejad que ambas simientes crezcan juntas por ahora. ¡Así obra lo divino aquí en la tierra!

Grande y admirable es la Santa Iglesia, oprimida por la abundante cizaña que crece en medio de Ella…

¡Oh Santa Iglesia! ¡Qué grande, qué bella, qué digna de respeto y de veneración te presentas, a pesar de toda la repugnante cizaña que te envuelve!

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En el orden individual, también las tentaciones contribuyen a nuestro crecimiento espiritual, al desarrollo de la buena semilla, es decir, de la gracia y de las virtudes.

La tentación prueba, robustece y confirma nuestra fidelidad a Dios. Porque, ¿cómo podrá llamarse verdadera virtud aquella que no sufre el ser probada y acrisolada por medio de la tentación?

La tentación es un excelente medio para aborrecer y cobrar desprecio al mundo. Desgraciadamente amamos al mundo mucho más de lo que nosotros mismos creemos. Pues bien, la tentación nos hace un gran beneficio, al separarnos de este apego desordenado a las cosas terrenas.

La tentación es, además, un castigo por nuestros pecados de la vida pasada. Sometámonos, pues, humildemente a ella, y redimiremos así, en poco tiempo, la pena temporal que habríamos de saldar, después de nuestra muerte, con largos años de terribles tormentos en el Purgatorio.

Pero aun hay más. La tentación abre nuestros ojos y nos descubre en toda su desnudez nuestra natural flaqueza y nuestra interna corrupción. La tentación es el mejor camino para adquirir el propio conocimiento y la verdadera humildad.

Ahora bien, ¿qué virtud más auténtica y qué mejor progreso espiritual que el de conocerse uno a sí mismo cada vez más profundamente, que el de humillarse sinceramente por su natural miseria?

La tentación nos ofrece ocasión para defender y practicar con particular empeño las virtudes que el tentador trata de disputarnos y de arrebatarnos.

Con ello no hacemos más que acrecentar nuestra virtud y nuestro mérito.

La tentación nos hace ponernos en guardia y estar alerta contra muchos pecados. Nos obliga a entregarnos a una constante y fervorosa oración y nos arranca de esa especie de somnolencia, de la modorra espiritual, que se apodera de nosotros cuando todas las cosas siguen su curso normal, cuando ningún tentador viene a poner en tensión nuestra alma.

La tentación nos hace ganar en seriedad moral, en sinceridad de conducta. Verdaderamente, el Apóstol Santiago tiene muchísima razón, cuando dice: “Alegraos de todo corazón cuando veáis que las tentaciones más variadas os asedian por todas partes”.

¿Quieres que vayamos y la arranquemos? Así quisiéramos obrar también nosotros con la simiente del enemigo, con nuestras tentaciones.

Nos extrañamos que nos pruebe la tentación. Nos asustamos al ver que están expuestos a ella, no sólo los principiantes y los adelantados, sino también hasta los más perfectos.

Escogemos un medio radical, para librarnos definitivamente de toda tentación. Sin embargo, no pensamos que, al obrar así, no hacemos más que ser víctimas de nuestro propio espíritu, de nuestro amor propio.

Cuanto más quiera Dios atraernos hacia sí, cuanto más quiera limpiarnos y purificarnos de toda escoria del pecado, más nos hará pasar por el fuego de la tentación.

“Todos los Santos tuvieron que sufrir muchas pruebas y dolores. Por este camino se santificaron. El que no quiera pasar por las tentaciones y pruebas de espíritu, se perderá”, dice la Imitación de Cristo.

Nuestra gracia, nuestras virtudes y nuestro mérito para el Cielo crecen y se desarrollan, aquí en la tierra, al compás de nuestras pruebas, de nuestras tentaciones.

Cuantas más tentaciones, más virtud, más robustez espiritual.

Al tentar a las almas entregadas a Dios, dedicadas a la vida espiritual, el enemigo no busca más que una cosa: apartarlas del camino de la virtud, para hacerlas caer en seguida en grandes pecados.

El que esté siempre alerta, las tentaciones, lejos de dañarle, no harán más que acrisolarle y robustecerle en la virtud.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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