SERMÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DE EPIFANÍA


SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE LA EPIFANÍA

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas esta parábola: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que toma un hombre y lo siembra en su campo. El cual grano es ciertamente la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es mayor que todas las legumbres, y se hace árbol, de modo que los pájaros del cielo vienen y anidan en sus ramas. Les dijo esta otra parábola: El reino de los cielos es semejante al fermento que toma una mujer y lo esconde en tres celemines de harina, hasta que la hace fermentar toda. Todo esto se lo dijo Jesús a las turbas en parábolas; y no les hablaba sin parábolas para que se cumpliera lo dicho por el Profeta: Abriré mi boca en parábolas, diré cosas ocultas desde la creación del mundo.

La parábola de la levadura significa la fuerza interna con que el cristianismo y la Iglesia se apoderan de toda la humanidad y de cada uno de los hombres, transformándolos y renovándolos por completo.

Son sólo unos cuantos gramos de levadura; pero bastan para hacer fermentar a una gran masa de harina. Apenas ha sido introducida la levadura en la masa, cuando ya ésta comienza su proceso de descomposición. El fermento ataca invisiblemente a la harina y la hace apta para poder convertirse en pan.

Expresiva imagen de lo que habrá de realizar en la tierra el Reino de los Cielos fundado por Cristo. El Señor hace su entrada en el mundo silenciosa, humildemente, bajo la frágil figura del Niño de Belén. Toda su actividad posterior se desarrolla también de un modo obscuro y como a la sordina.

Oculta es su oración, oculto su sacrificio. Su vida pública no es más aparatosa, ni menos modesta. Al morir, el resultado de su misión es, hablando humanamente, casi nulo. Ni siquiera sus mismos Apóstoles están completamente formados, transformados.

Pero llega el día de Pentecostés, fecha básica en la historia del Reino de Dios sobre la tierra. El Espíritu Santo desciende en forma de lenguas de fuego sobre la Iglesia naciente. Desde ahora ya será la gran Iglesia, el poderoso fermento, que se apoderará de la humanidad y la renovará en poco tiempo.

 

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El Evangelista San Lucas nos ha pintado con mano maestra, en los Actos de los Apóstoles, la gran pujanza interna, la enorme potencia renovadora del Reino de Dios, de la joven Iglesia.

San Pablo, en sus Epístolas, nos describe también el modo como el Cristianismo invade y transforma por completo al hombre.

Apoderarse por entero del hombre, saturarle del espíritu y de la vida de Cristo, transformarle radicalmente: tal es la misión, tal es el impulso interno que caracteriza al Cristianismo.

El Cristianismo, la Iglesia, aspira a realizar una renovación en la humanidad. Todo su afán tiende a renovar desde sus más profundas raíces la vida religiosa, moral, social, económica y cultural de todos y de cada uno de los hombres.

Sólo con Cristo y con su Iglesia aparece en la humanidad la verdadera vida religiosa. Es una vida que penetra y transforma radicalmente al hombre en su exterior y, sobre todo, en lo interior de su alma.

El Cristianismo da a toda la vida humana una tonalidad divina, un carácter sobrenatural, una orientación ultraterrena. Obliga al hombre a preocuparse por entero de la vida del trasmundo, a vivir para lo eterno, para Dios.

A pesar de todas las dificultades, de todas las oposiciones, esta levadura continúa siempre, incansable, su labor transformadora.

Expresiva imagen de la virtud y fecundidad de la doctrina de Cristo. Ella es la levadura que debe penetrar y fecundar todos nuestros sentimientos, toda nuestra actividad. Cuando logre apoderarse por completo de nuestro espíritu y de toda nuestra vida, entonces se habrá realizado en nosotros el Reino de Dios.

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El hombre no penetrado aún por la levadura de la fe ve, razona, juzga y valora las cosas con un criterio terreno, falso. Permanece estancado en las cosas terrenas, humanas, vive sumergido en el ajetreo y en las preocupaciones de la vida ordinaria, derrocha sus energías en una actividad sin transcendencia.

No vive la amorosa proximidad y presencia de Dios, su providencia y su divino amor. Desconoce la acción, la sabia dirección, el gobierno, los impulsos y las orientaciones de Dios. Se rige únicamente por el criterio, por el agrado o el desagrado de los hombres. Le preocupa más el complacer a los hombres que el poseer a Dios. Teme más desagradar a los hombres que a Dios. Su vida es una serie de preocupaciones, de pensamientos, de planes, de proyectos y de inquietudes sin orden ni concierto alguno.

No encuentra en ninguna parte un punto seguro de apoyo, un poco de quietud y de sedante paz. Descastado, sin raíces en ninguna parte, vaga errabundo, sin patria ni consuelo. No puede comprender el sentido de la vida, de los acontecimientos, de la desgracia, del dolor.

Las exigencias de la dura realidad no le dejan desarrollarse. Se siente como aplastado bajo el peso de la vida. El pensamiento de la muerte le aterra, le aniquila.

Sin fe, sin una intensa vida interior, no puede realizar ni una sola obra buena que tenga valor para la eternidad. Sólo posee en su haber obras muertas, pérdidas, déficit.

Si el fermento de la doctrina de Cristo, de la fe, invadiera, penetrara y saturara por entero nuestros pensamientos, nuestros juicios, nuestra mentalidad y todos nuestros actos, entonces el Reino de Dios viviría en nosotros con toda su eficacia.

Para ello se requiere que llevemos una vida de fe, una intensa vida de fe. Se requiere que vivamos el mundo de la fe con más intensidad, con más verdad que el mismo mundo visible en que nos movemos.

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Haremos de nuestra vida presente un beatífico Reino de los Cielos:

* cuando veamos y reconozcamos en todo lo existente, en todo lo que nos acaezca en la vida, en todo lo que cruce por delante de nuestros ojos, la presencia de Dios, su infinito amor hacia nosotros y su intención de enriquecernos y de hacernos eternamente felices.

* cuando veamos en todos los acontecimientos de la historia la verdadera realidad que existe oculta tras las apariencias externas, es decir, a Dios, su divina sabiduría, su eterna y sabia providencia.

* cuando reconozcamos y adoremos, en todos nuestros deberes y obligaciones, la santa voluntad de Dios, digna de todo acatamiento.

* cuando aceptemos nuestras cruces y desgracias como un regalo del amor que Dios nos tiene, aunque en realidad provengan de los hombres o de los azares e ironías de la vida.

* cuando nos preocupemos menos de nuestras pérdidas y ganancias temporales y dediquemos más atención a las pérdidas o ganancias sobrenaturales, es decir, a la vida de la gracia, a la vida de amorosa unión con Dios.

* cuando nos guiemos en nuestros juicios por motivos sobrenaturales, atendiendo únicamente a cómo Dios y Cristo juzgarán nuestra conducta.

* cuando vivamos sólo para la eternidad y midamos todo lo que nos suceda en la vida con la medida del mundo del más allá, con la medida de Dios, de Cristo, del Evangelio.

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Todo lo que rodea nuestra existencia está, por decirlo así, preñado de divino, es digno de la máxima veneración, nos hace recordar a Dios y puede ser convertido en fuente de gracia.

No amontonemos tesoros en la tierra, donde serán devorados por la polilla y la tiña; donde serán excavados y robados por los ladrones. Granjeemos solamente tesoros para el Cielo.

Considéremenos como hijos de Dios, como elegidos y amados suyos, como miembros vivos de Cristo, del Hijo de Dios. En Él y con Él permanezcamos en estado de amor y de amistad con el Padre.

Si lo hiciéremos así, la doctrina de Cristo, la fe invadirá y dominará por completo nuestro espíritu, nuestros sentimientos, nuestro ser, nuestra vida y toda nuestra actividad.

Si lo hiciéremos así, el fermento que una mujer, la santa Iglesia, tomó en su mano e introdujo en la masa de harina, es decir, en nuestra alma, nos impregnará rápidamente de su virtud y nos transformará radicalmente.

De este modo, el Reino de los Cielos vivirá plenamente en nosotros. Vivirá tanto más intensamente, cuanto más generosamente nos dejemos invadir y penetrar por la fe, por la doctrina de Cristo.

El Señor es Rey, y quiere dominar también en nosotros; quiere transformarnos radicalmente, por medio del fermento de la fe. Y, sin embargo, nosotros continuamos pensando todavía muy humana, muy natural, muy terrena, muy mundanamente. Vivimos aún muy poco profunda, muy poco eficazmente la realidad, la presencia y la acción de Dios dentro y fuera de nosotros. Continuamos todavía dando más importancia a lo temporal, a lo transitorio, a lo de aquí abajo, que a lo eterno, que a lo del mundo del más allá. El Evangelio, el Cristianismo continúa siendo para nosotros letra muerta, no es aún espíritu y vida.

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Este proceso de fermentación, obra de la gracia, se realiza en el Reino de Dios aquí en la tierra, es decir, en la santa Iglesia.

Sólo la Iglesia es la depositaría de la gracia y quien puede comunicárnosla a nosotros. Ahora bien, nuestra salvación depende exclusivamente de la gracia.

¡Qué agradecidos, pues, debemos estarle a Dios por habernos hecho hijos de la Santa Iglesia! Permanezcamos siempre fieles a Ella.

La gracia es la levadura. Pero ella no puede hacerlo todo, no puede hacerlo sola. Para su obra necesita de nuestra colaboración, de nuestro concurso. Necesita que le demos carta franca para que pueda apoderarse de nosotros, para que pueda hacernos fermentar, para que pueda purificarnos, transformarnos y elevarnos hasta Dios.

Necesita, sobre todo, que no desoigamos y rechacemos su invitación. Necesita, en fin, que no pongamos traba alguna a su marcha conquistadora.

Oración:

Suplicámoste, oh Dios omnipotente, nos concedas la gracia de que, meditando siempre lo que es razonable, practiquemos con obras y con palabras lo que a ti te agrada. Por Cristo, Nuestro Señor. Amén.

Pedimos, pues, que Dios quiera concedernos la gracia de pensar siempre de un modo espiritual y de practicar con obras y con palabras lo que a Él le sea agradable.

Concédenos la gracia de pensar siempre de un modo espiritual.” El espíritu es el que vivifica; la carne no vale para nada, Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida.

La misión de la Sagrada Liturgia consiste en iluminar nuestros espíritus, en elevar a Dios nuestros corazones y nuestros sentidos.

La oración litúrgica es un levantar los ojos hacia la luz, hacia el sol sobrenatural, hacia Cristo, para dejarse iluminar, espiritualizar por Él.

En la Santa Misa las lecturas de la Epístola y del Evangelio prosiguen todos los días esta misma tarea de iluminarnos, cada vez más, con la luz espiritual y sobrenatural, a fin de que enfoquemos por ella las cosas y los acontecimientos de esta vida, a fin de que aprendamos a juzgarlo y a valorarlo todo según el pensamiento y las intenciones de Dios y de Cristo.

tomado de: radio cristiandad

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