SERMÓN DEL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO


PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Habrá prodigios en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra consternación de las gentes, a causa de la confusión que les causará el sonido del mar y de las olas, consumiéndose de miedo los hombres por la expectación de lo que sucederá a todo el mundo: porque se conmoverán las virtudes de los cielos, y entonces verán venir al Hijo del hombre sobre una nube con gran majestad y poderío. Cuando comiencen a verificarse estas cosas, mirad arriba, y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención. Y les dijo una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles, cuando han echado su fruto, sabed que es porque está cercano el estío: de la misma manera vosotros cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Os digo de verdad que no pasará esta generación sin que sucedan estas cosas. El cielo y la tierra pasarán: pero no pasarán mis palabras.

¡Excita, Señor! Así nos hace pedir la Santa Iglesia en el último Domingo del año eclesiástico.

Así iniciamos también el nuevo año litúrgico. ¡Excita, Señor, tu poder, y ven!

Lo que caracteriza a la última semana del año que acaba de transcurrir es un deseo ardiente, un apasionado clamor por la presencia, por el retorno de Cristo.

Este mismo sentimiento vuelve a repercutir hoy, al iniciarse el nuevo año eclesiástico.

Pero ahora el clamor es todavía más apremiante, es una verdadera explosión: ¡Ven, Señor!

El Adviento es la expectación de la Venida del Señor. El Evangelio torna a recordarnos la Segunda Venida. ¡Precisamente como en el Domingo pasado! Pero, en medio de las tinieblas de la catástrofe que ha caído sobre la naturaleza y sobre el género humano, brilla ya la aurora de la salvación: Cuando comiencen a verificarse estas cosas, mirad arriba, y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención.

Cuando comiencen a verificarse estas cosas, sabed, pues, que el Reino de Dios está cerca.

Hacia ese día de la salvación, hacia ese próximo Reino de Dios nos dirigimos ahora nosotros, llenos de confianza.

A Ti, Señor, elevo mi alma; en Ti sólo confío, dice el Introito de la Misa. Así rezamos nosotros, llenos de júbilo, levantando nuestras miradas hacia el Redentor. La profunda Colecta es también un apasionado clamor implorando la llegada del Salvador y la presencia del Reino de Dios, con sus bendiciones y su salvación.

¡Excita, Señor, tu potencia, y ven! Sólo un poder divino será capaz de redimirnos y de vencer los obstáculos que se oponen a la salvación de cada uno de nosotros. Nuestra redención alcanzará su plenitud y el Reino de Dios vendrá a nosotros, cuando nos hayamos transformado totalmente en Jesucristo; cuando hayamos incorporado nuestra propia vida y sea Él quien viva en nosotros.

Esto es lo que pedimos para todos en el Gradual y en el Aleluya: Oh Señor, ninguno de todos los que esperan en Ti será confundido. Señor, hazme conocer tus caminos, y enséñame vuestras sendas… Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salud.

 

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Levantemos nuestra alma y nuestro corazón hacia el Eterno, hacia el Santo, hacia el Padre bienhechor, y exclamemos: Padre nuestro, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino, el reino de tu gracia, el reino de tu salvación.

¡Levantad vuestras cabezas: ya se acerca vuestra redención!

¡Se acerca, la redención! La Segunda Venida de Cristo, al fin de los tiempos, de que nos habla hoy el Evangelio, significa la liberación definitiva.

La Santa Iglesia, que vive aquí en la tierra oprimida por todas partes y agobiada bajo el peso de los pecados y de las infidelidades de sus hijos, espera con nostálgico anhelo la llegada de ese día de salvación.

Iniciada la Redención en el mismo instante de la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen, y continuada después a lo largo de toda esta vida, se cerrará con la Segunda Venida del Señor. Nuestra vida es un continuado Adviento, durante el cual caminamos hacia nuestra salvación.

A ti elevo mi alma. El Adviento es una aspiración hacia Dios, hacia Cristo; es un ardiente y profundo anhelo del Redentor.

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Adviento es el tiempo de purificarnos y de expurgar el espíritu del mundo, es decir, la disipación, la vida muelle, el pensar y el obrar paramente naturales, el no enfocar hacia Dios todas nuestras intenciones, toda nuestra conducta; es el tiempo de limpiar nuestras almas de toda imperfección.

Un continuo Adviento, una llegada del Señor siempre nueva y colmada de gracia. Por eso, siempre es de actualidad este clamor del Adviento: Ya es hora de que despertemos. Renunciemos a las obras de las tinieblas.

Así comienza también Jesucristo su predicación: Haced penitencia; ya ha llegado el reino de los cielos.

Los primitivos cristianos santificaban el Adviento con abstinencias, ayunos y frecuentes oraciones. Nosotros santifiquémoslo con nuestra austeridad de vida, con un sincero recogimiento interior. Es decir, tomemos más en serio nuestra vida de piedad; aprovechemos mejor el tiempo; luchemos con más decisión que hasta ahora contra nuestra indolencia, contra nuestra comodidad y nuestro horror al sacrificio, contra las imperfecciones de nuestro carácter y de nuestro temperamento; renunciemos al amor propio y a los gustos particulares. De este modo, prepararemos un digno camino al Señor y a su gracia.

Como los Patriarcas del Antiguo Testamento, dirijamos también nosotros ansiosamente nuestras miradas hacia el Salvador.

Pero, ¿de qué nos valdrá la venida del Hijo de Dios, si Él no se hace también forma y vida en nosotros mismos, si no nos llena de su espíritu, si no nos infunde su mentalidad, sus sentimientos?

El Señor vendrá a nuestra alma únicamente en la medida en que nosotros le esperemos y le deseemos.

El que no vaya a su encuentro, tema su llegada. El piadoso anhelo de la Venida del Señor nos obligará a desechar de nosotros todo lo que pueda desagradarle a Él cuando llegue; todo lo que se oponga a su espíritu, a la pobreza, al sacrificio, a la Cruz.

Oración: Excita, Señor, tu potencia, y ven, te lo suplicamos; para que, con tu protección, merezcamos vernos libres de los peligros inminentes de nuestros pecados y, con tu gracia, podamos salvarnos.

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Sepamos aprovechar el tiempo de obrar. Ya es hora de que sacudamos nuestro letargo. Nuestra salvación está al presente más cerca que cuando comenzamos a creer. Ya ha pasado la noche. Ya ha llegado el día de la eternidad. Abandonemos, pues, las obras de las tinieblas y ciñamos las armas de la luz, dice San Pablo en la Epístola.

¡Esta exhortación se dirige también a nosotros!

Ya ha llegado el día. Estas palabras de la Epístola encierran todavía un nuevo significado. El día aludido es el claro día de la vida cristiana, en contraposición a la primera vida en el seno de la noche del paganismo.

La expresión Ya ha llegado el día, significa que nuestra vida de cristianos ya ha sido iluminada por los primeros fulgores del sol naciente, del sol de la futura vida gloriosa.

¿Acaso no es nuestra vida cristiana un anticipo, un comienzo de aquella otra vida gloriosa que se nos dará en toda su plenitud? Efectivamente, en su horizonte brilla ya la claridad del día de nuestra liberación perfecta. Los infieles, en cambio, los paganos permanecen todavía hundidos en las tinieblas. Los cristianos caminamos ya en la clara luz del día.

¿Qué se sigue de todo esto? Lo que nos dice el Apóstol con estas palabras: Sepamos aprovechar el tiempo en que podemos obrar. Desechemos las obras de las tinieblas, de la vida pagana, infiel, y empuñemos las armas de la luz.

Nuestro programa se resume en estas pocas palabras: Revestíos del Señor Jesucristo.

Es decir, debemos pensar y obrar como piensa y obra Jesucristo; una reproducción del espíritu de Cristo, un retrato de Cristo, un nuevo Cristo, he aquí lo que debe ser el verdadero cristiano.

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Levantad vuestras cabezas: ya se acerca vuestra redención. He aquí el gozoso mensaje que nos trae el Adviento.

Vivamos piadosamente en este mundo, aguardando la santa esperanza y la gloriosa llegada de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.

Esperamos al Redentor, esperamos la redención. Clamemos desde lo hondo de nuestra miseria moral y espiritual. Esperemos al próximo Redentor, creamos que Él ha de prestarnos su ayuda. Porque el Señor es misericordioso y su redención es copiosa.

Este es el gran hecho, esta es la consoladora realidad que se nos pone delante de los ojos durante el santo tiempo de Adviento. ¡Estamos redimidos! ¡Estamos salvados!

No hay duda ninguna… ¿Podremos, pues, hacer otra cosa que no sea alegrarnos, dar gracias y gozar de esta certidumbre de sabernos redimidos? ¡El cielo está abierto para nosotros!

Levantad vuestras cabezas, se acerca vuestra redención. Ya estamos redimidos. Y, sin embargo, se nos dice todavía: Se acerca vuestra redención.

Es que ésta llega siempre por vez primera. ¿Acaso no existen todavía muchos hombres que permanecen alejados de Dios? ¿Muchos que gimen, todavía, bajo el peso, bajo la deuda del pecado? ¿Muchos que viven aún soportando la tiranía del diablo? ¿Muchos que signen cautivos del mal, esclavos de sus pasiones, de sus bajos instintos, de su sensualidad, de su orgullo, de su avaricia? ¿No existen todavía muchos “hijos de ira”, cuyos pecados aun no han sido perdonados por el Dios justo y santo? ¿No obra, pues, sabiamente la Iglesia, al proponernos en Adviento una nueva redención, que llega por vez primera?

Sí; tiene razón. Todavía existen muchos que desconocen a Dios. Todavía hay muchos que permanecen hundidos en el pecado.

Nosotros mismos necesitamos aún ser redimidos en muchas cosas. Todavía seguimos siendo esclavos de los bienes de la tierra y de las seducciones del mundo, de la carne y de la vida presente. Nos dominan aún nuestros gustos, nuestros apetitos, nuestros instintos, nuestro amor propio.

Levantad vuestras cabezas: se acerca vuestra redención. Tengamos confianza. Con la venida del Señor seremos libertados.

Conocemos muy bien lo hondo de nuestra miseria. Conocemos nuestra proclividad al mal, a lo vulgar, nuestra dificultad para obrar el bien, nuestra tibieza ante las llamadas y sugestiones de la gracia, nuestro horror al sacrificio y nuestro respeto humano.

¡Cuántos son los lazos que nos encadenan! ¿Quién podrá libertarnos de ellos? ¿Quién nos librará de nosotros mismos? Sólo uno: el Redentor. ¡Y he aquí que Él viene! No trae otro designio que el de librarnos a nosotros, a todos y a cada uno en particular, conforme lo necesite cada cual y como mejor le convenga.

Él viene, viene como Buen Pastor, que da su vida por sus ovejas. ¿No puedo, pues, esperarlo todo de Él? A Ti elevo mi alma, Señor. En Ti confío. No sea yo confundido (Introito).

He aquí el misterio del Adviento. Estamos redimidos, verdaderamente redimidos. Sin embargo, también es rigurosamente cierto que todavía seguimos necesitando de redención. Estamos redimidos, en cuanto existe una redención colectiva: la redención de toda la humanidad. La deuda de la humanidad ha sido cancelada. Dios se ha reconciliado con los hombres. El río de la gracia fluye sobre la humanidad.

El reinado de Satán ha sido aniquilado y el cielo se ha abierto para ella. Existe una redención universal.

Nosotros, como individuos, sólo tenemos que hacernos partícipes de ella. No tenemos más que incorporarnos a este maravilloso reino de la redención universal, y también seremos redimidos.

Los tesoros de la redención han sido depositados en Cristo y en su Iglesia: son verdaderos y reales tesoros de nobleza, de espiritualidad y de grandeza.

Todos hemos sido redimidos; pero cada uno de nosotros necesita incorporarse después individualmente a este reino, asimilarse su riqueza, apropiarse más perfectamente la redención operada por Cristo.

Ya hemos sido redimidos; pero, al mismo tiempo, seguimos todavía irredentos. Es decir: no estamos aún redimidos perfectamente. Ya somos hijos de Dios, hijos de la gracia, retoños de Cristo, sarmientos de la Vid, que viven de su misma vida.

Sin embargo, aun no somos todo esto de un modo perfecto. Siempre podemos y debemos desarrollar cada vez más perfectamente nuestra filiación divina, la gracia, las virtudes, nuestra unión con Dios, la fe, la esperanza y la caridad.

Podemos y debemos hacernos cada día más robustos en la vida espiritual, más fervorosos, más perfectos. Es, cabalmente, lo que pedimos a Dios durante el santo tiempo de Adviento, o sea, que nos dé su gracia, para perfeccionar nuestra redención, para llevarla hasta su plenitud.

¡Nada, pues, de desmayar, nada de descansar!

Llegará con la Segunda Venida del Señor aquel día, y nuestra redención habrá tocado a su fin.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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