SERMÓN DE LA DOMÍNICA TERCERA DE ADVIENTO


TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Epístola del día, tomada de la Carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses, IV, 4-7: Hermanos: alegraos siempre en el Señor; os repito, alegraos. Sea vuestra modestia patente a todos los hombres: el Señor está cerca. No os inquietéis por la solicitud de cosa alguna, mas en todo presentad a Dios vuestras peticiones por medio de la oración y de las plegarias, acompañadas de hacimiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja a todo entendimiento, sea la que guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús Señor Nuestro.

Las ideas y el espíritu del Adviento han dado un gran paso hacia adelante. Ya no se nos dice: El Señor viene, sino: El Señor está cerca.

Una tensión se ha apoderado de la liturgia, la cual no respira más que optimismo, alegría. El color rosáceo de los Ornamentos invita al regocijo.

¡El Señor está cerca! He aquí el tema fundamental de la liturgia de hoy. Él es el que domina también en la Misa de las Cuatro Témporas, las cuales coinciden con la presente semana.

Claro y rotundo salta este motivo en el canto del Introito: Alegraos siempre en el Señor. El Señor está cerca. No tengáis, pues, preocupación alguna.

¡El Señor esta cerca! Es el mismo Redentor que nació en Belén. Es el mismo que esperamos como Libertador, en su segunda venida, al fin de los tiempos.

¡Ven, Señor! Así suplicaban los cristianos de los primeros tiempos. Repitamos también nosotros hoy este mismo grito de impaciente anhelo. Supliquemos con toda nuestra alma: Inclina, Señor, tus oídos a nuestras preces y disipa las tinieblas de nuestro espíritu con la gracia de tu Advenimiento, que todos esperamos anhelantes.

La Epístola insiste de nuevo sobre el mismo tema del Introito: ¡El Señor está cerca! Y, al mismo tiempo, nos indica cómo debemos portarnos ante la proximidad del divino Salvador.

En primer lugar, debemos revestirnos de una cordial y santa bondad para con todos y con cada uno de nuestros hermanos.

Después tenemos que arrancar de nuestro corazón toda preocupación angustiosa, temporal, terrena.

Finalmente, debemos impregnar nuestro espíritu y toda nuestra vida de una paz divina, sobrenatural, fundada sólo en una santa libertad interior y en una espiritual armonía.

¡Magnífico programa para el Adviento! Una vez más vuelve a urgirnos el apasionado grito: ¡Señor, muestra tu poder y ven!

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¡Alegraos en el Señor! La alegría en el Señor es el fundamento de una vida verdadera, sana, cristiana, espiritual.

Esto es algo más que una simple invitación a estar alegres: es un precepto.

El Señor está cerca… Por eso el cristiano, el incorporado, el revestido de Cristo, es quien posee legítimamente la verdadera alegría, la alegría en el Señor, en nuestro Salvador.

¿Cómo no hemos de alegrarnos en Él? ¿Acaso no nos lo ha dado Dios todo con Él?

En Él tenemos a Dios, tenemos un amoroso y solícito Padre, que se desvela por nosotros, que nos sostiene en sus brazos, que nos cuida bondadosamente.

En Él poseemos la dicha de la santa fe, de la indubitable verdad. En Él poseemos los consuelos de la Sagrada Comunión y del Sagrario. En Él poseemos el gozo de una segura esperanza en la eterna y bienaventurada vida en el corazón del Padre.

Y todo esto, a pesar de nuestra indignidad y de nuestra culpabilidad. ¿No hemos de alegrarnos aún en el Señor, en nuestro Salvador?

¡Alegraos siempre en el Señor! ¡Alegraos continuamente! Aun en medio de las necesidades y angustias, en medio de las inquietudes y sobresaltos, en medio de las dificultades y desalientos de la vida. Aun en medio de las tentaciones, de las luchas y dolores de nuestro tiempo.

A los que Dios ama, todas las cosas les ayudan a hacerse buenos.

Les ayudan los trabajos y las penas: porque con ellas adquieren, gracias al santo amor con que las soportan, aumento de gracia y de gloria eterna.

Les ayudan los dolores: porque son también dolores de Cristo, el cual quiere volver a renovar y a hacer fructuosos sus propios dolores en los dolores de todos sus miembros.

Les ayudan las luchas: porque Cristo lucha también con nosotros y en nosotros, para vencer a Satanás por medio nuestro, y para poder darnos algún día la palma de la victoria.

Nuestras mismas imperfecciones, nuestra pobreza y nuestra miseria espirituales nos ayudan también a hacernos buenos, a conseguir nuestra eterna salvación. Gracias a ellas, aprendemos a conocernos mejor a nosotros mismos, a hacernos humildes y a pensar más bajamente de nosotros. Gracias a ellas, aprendemos a recurrir con más frecuencia a la oración, al Señor, y a poner en Él toda nuestra confianza.

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El Señor está cerca. No contemplemos sólo los dolores y las dificultades de la vida presente. No las contemplemos, sobre todo, de un modo aislado, unilateral. Contemplémoslas más bien dentro de su verdadero fondo, dentro del marco general en que están dispuestas. Contemplémoslas a la luz de la vida sobrenatural que poseemos, a la luz de nuestro vivir en Cristo.

Nuestro vivir en Cristo, nuestra estancia, nuestra existencia en Cristo constituye el verdadero marco en que debemos contemplar toda nuestra vida humana, con sus dolores y sus contrariedades.

Por eso, nuestra vida no es otra cosa que un perpetuo gozo en el Señor, un alegre gloriarse en el Señor, aun en medio de los dolores y amarguras de esta vida terrena. Vivimos en Cristo, estamos incorporados, injertados en Él.

Ser miembro de Cristo, saber que se está en Cristo, saberse redimido, saber que se posee la vida y la fuerza de Cristo y, al mismo tiempo, querer llevar una vida triste, acongojada, azarosa e inquieta, es un contrasentido. Es un verdadero mentís, dado a Dios y a Cristo, a nuestro Salvador.

El Señor está cerca. Con tal de que nosotros nos convenzamos profundamente de ello y lo creamos con viva fe… Nuestra vida de cristianos es, ciertamente, una vida de renuncia, de sacrificio, de mortificación; pero es también, y esencialmente, una vida ventajosa, una vida gozosa, una vida de santa alegría en el Señor. Son dos aspectos; pero una sola cosa, una sola realidad.

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No os preocupéis por nada. La sagrada liturgia ve ya al Señor cercano. Por eso, nos exhorta: No os preocupéis por nada; antes bien, presentad siempre a Dios vuestras peticiones por medio de oraciones y súplicas, acompañadas de hacimiento de gracias.

¡No os preocupéis por nada! Una exigencia casi desconcertante.

Nosotros solos, es decir, con solas nuestras fuerzas, somos completamente incapaces de conseguir nuestra salvación, no podemos evitar la condenación eterna.

Necesitamos la luz, la gracia, la dirección, la fuerza del Salvador, tanto para poder salir del pecado, como para poder evitar el constante peligro que nos amenaza de volver a recaer en él; tanto para poder crecer en la gracia, como para poder practicar las virtudes, poder realizar obras meritorias, poder progresar en la vida espiritual.

¡Tan incapaces somos, por nosotros mismos, de obrar el bien, de alcanzar nuestra salvación! Y, a pesar de todo esto, la Liturgia nos ordena hoy imperiosamente: No os preocupéis por nada

¿Qué razones tendrá para hablar así? No tiene más que una, pero decisiva: es que el Señor esta cerca.

Está cerca de nosotros para salvarnos, para darnos luz y fuerza. La Sagrada Liturgia le contempla con viva fe, cree ciegamente en su proximidad, en su presencia, en su amor, en su paternal solicitud por nosotros.

¿Y nosotros? ¡De qué modo tan distinto procedemos! Se diría que no sentimos más que el insano placer de sumergirnos en nuestra propia miseria, en nuestra culpabilidad, en nuestra impotencia moral, en nuestras imperfecciones.

No miramos más que a nosotros mismos, a nuestra ruindad. Nos descorazonamos ante nuestra pequeñez, ante nuestros defectos. Nos hacemos pusilánimes, retraídos. Tememos acercarnos a Dios y, al Salvador.

No es este, ciertamente, el verdadero espíritu del Adviento.

No os preocupéis por nada. Antes, al contrario, presentad siempre a Dios vuestras peticiones, exponedle todas vuestras necesidades, per medio de oraciones y súplicas, acompañadas de hacimiento de gracias.

Oraciones y súplicas: he aquí lo que nos pide el Adviento. Poseemos el gran instrumento de la oración: él solo bastará para salvarnos. No nos desalentemos, al contemplar nuestra impotencia y nuestra miseria moral. Al contrario, ellas deben impulsarnos a recurrir con más frecuencia y con mayor confianza a Dios y a nuestro Salvador.

El Señor está cerca, con su amor, con su misericordia, con su Corazón salvífico.

Exponedle todas vuestras preocupaciones. Cuanto más miserables seamos por nosotros mismos, más debemos volvernos hacia Él, más debemos orar, dar gracias, rogar y suplicar sin descanso.

¿Por qué, pues, hemos de estar inquietos todavía? Nosotros lo hemos depositado todo en Él: nuestro yo, nuestra esperanza y nuestros temores, nuestro presente y nuestro porvenir, el tiempo y la eternidad. Todo está, pues, en muy buenas manos.

Hermanos: alegraos siempre en el Señor; os repito, alegraos. El Señor está cerca. No os inquietéis por la solicitud de cosa alguna.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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