SERMÓN PARA LA DOMÍNICA QUINTA DE EPIFANÍA


QUINTO DOMINGO DE EPIFANÍA

Otra parábola les propuso diciendo: Semejante es el reino de los cielos a un hombre que sembró buena simiente en un campo. Y mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Y después creció la yerba e hizo fruto, apareció también entonces la cizaña. Y llegando los siervos del padre de familias le dijeron: Señor, ¿por ventura no sembraste buena simiente en tu campo? ¿Pues de dónde tiene cizaña? Y les dijo: hombre enemigo ha hecho esto. Y le dijeron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la recojamos? No, les respondió; no sea que recogiendo la cizaña arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega, y en el tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primeramente la cizaña y atadla en manojos para quemarla; mas el trigo recogedlo en mi granero.

Entonces, despedidas las gentes, se vino a casa: y llegándose a Él sus discípulos, le dijeron: explícanos la parábola de la cizaña del campo. Él les respondió y dijo: El que siembra la buena simiente, es el Hijo del hombre. Y el campo es el mundo. Y la buena simiente son los hijos del reino. Y la cizaña son los hijos de la iniquidad. Y el enemigo, que la sembró, es el diablo. Y la siega es la consumación del siglo. Y los segadores, son los ángeles. De modo que así como es recogida la cizaña, y quemada al fuego, así será en la consumación del siglo. Enviará el Hijo del hombre sus Ángeles, y recogerán de su reino todos los escándalos, y a los que obran iniquidad, y echarlos han en el horno del fuego. Allí será el llanto, y el crujir de los dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.

Les propongo algunos textos de los Santos Padre, que ilustran esta preciosa parábola y su aplicación.

San Juan Crisóstomo dice que en la parábola del sembrador Nuestro Señor habla de los que rechazaron la simiente; mientras que en ésta se trata de los grupos de herejes. En aquella decía que no se le recibía, en esta otra dice que hay corruptores recibidos juntamente con los discípulos.

Es decir, ahora habla de aquellos que reciben la simiente alterada, porque es propio del demonio mezclar el error con la verdad.

La astucia propia del demonio es mezclar siempre con la verdad el error coloreado con apariencias de verdad, de manera de poder, por este medio, engañar fácilmente a los sencillos. Por tal motivo, no nombró otra clase de simientes, sino sólo la cizaña, que es una semilla semejante al trigo.

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San Agustín nos explica que dice “Mientras dormían los hombres”, porque cuando los jefes de la Iglesia obran con negligencia, o cuando los apóstoles son visitados por el sueño de la muerte, viene el diablo y siembra sobre aquellos a quienes el Señor llama hijos malos.

Pero se pregunta ahora: ¿son éstos los herejes o los malos católicos? Porque manifestándonos que están sembrados en medio del trigo, parece significar que son todos de una misma comunión.

Pero sin embargo, como en la interpretación de la palabra campo no se significa a la Iglesia, sino a todo el mundo, se comprende que habla de los herejes, que se hallan mezclados en este mundo con los buenos.

De aquí es que a los que son malos pero tienen la misma fe se les llama paja, mejor que cizaña. La paja, efectivamente, tiene la misma raíz y fundamento que el grano.

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San Juan Crisóstomo destaca que se declara como el error vino en pos de la verdad. Y dice que los sucesos históricos han confirmado este principio, porque en pos de los profetas llegaron los pseudoprofetas; en pos de los apóstoles, los pseudoapóstoles; en pos de Cristo, llegará el Anticristo.

Porque si el diablo no ve algo que imitar o algunos a quienes armar asechanzas, ni las pone ni sabe nada. En el caso concreto, como ve que una simiente produjo el ciento por uno, otra el sesenta, otra el treinta, echa él por otro camino.

No pudiendo arrancar lo que ya ha arraigado, ni sofocarlo, ni quemarlo, se vale de otra astucia, y siembra su propia simiente; para lo cual tuvo necesidad de un mayor artificio.

Esto dijo Jesucristo para enseñarnos que es necesario vigilar sin interrupción. Como si dijera: aun cuando huyas de aquel daño, todavía queda otro: allá el daño vino por la senda, las piedras, las espinas, así acá llega por el sueño. De modo que se hace necesaria una vigilancia continua.

En cuanto al sueño natural, es imposible evitarlo; pero no así el de la voluntad. Por lo cual decía San Pedro: Velad y estad firmes en la fe.

También por otro camino puede verse la astucia del demonio. Nada sembró anteriormente, porque nada tenía que perder. Esperó hasta que todo estuvo terminado, con el objeto de echar a perder todo el empeño del agricultor; de manera que todo lo hacía por odio contra él.

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En cuanto a los buenos criados, nos enseña que con diligencia, los siervos quieren arrancar pronto la cizaña, aunque en esto no proceden con suficiente prudencia.

Con dos razones mueve el Señor a los discípulos a que se abstengan de tal cosa: la primera para que no vayan a dañar al trigo; la segunda, que al fin los herejes, enfermos de enfermedad incurable, serán castigados.

De manera que, si quieres castigarlos sin daño del trigo, espera el tiempo oportuno.

¿Qué otra cosa sino ésta quiere el dueño cuando clama: No sea que arranquéis juntamente el trigo? Si empuñáis las armas para matar a los herejes, morirán juntamente muchos santos. Y aun es verosímil que muchos de esos herejes se conviertan en trigo. De manera que si los arrancáis antes hacéis daño al fruto futuro, destruyendo a quienes podrían cambiar y ser buenos.

San Jerónimo presenta una objeción y la refuta. Pero parece, dice, que esta doctrina contradice a aquel precepto: “Quitad el mal de entre vosotros” (I Co, 5, 13); porque efectivamente, si se prohíbe arrancar la cizaña y se manda conservarla hasta la siega, ¿de qué modo se han de quitar de entre nosotros ciertos hombres?

Pero no hay, o es muy poca, la diferencia entre el trigo y la cizaña, que cuando aún está en estado de yerba y su tallo no está coronado de espiga, es muy parecida al trigo. Por esta razón nos advierte el Señor que no demos nuestro dictamen sin un examen detenido sobre cosas dudosas, sino que las dejemos a juicio de Dios, a fin de que arroje el Señor en el día del juicio de entre los santos, no a los criminales sospechosos sino a los que entonces serán bien manifiestos.

No es, pues, que vede reprimir a los herejes, cerrarles la boca, quitarles la libertad de hablar, combatir sus reuniones, rechazar sus componendas: lo que veda es matarlos.

Pero cuando sin haberse aprovechado de nada, se aparten y sean separados, entonces les espera un inevitable castigo.

San Agustín: Cuando algún cristiano hubiera sido sorprendido en el seno de la Iglesia en algún pecado digno de ser anatematizado, anatematícese en donde no haya peligro de dar lugar al cisma, y hágase con amor a fin de no arrancarlo, sino de corregirlo. Pero si él no se reconociere y ni se corrigiere con la penitencia, él mismo se saldrá fuera y será separado de la comunión de la Iglesia por su propia voluntad.

Cuando no hay peligro de arrancar el trigo y hay completa seguridad de la permanencia de la simiente (esto es, cuando el crimen es tan conocido y detestado de todos, que no hay absolutamente nadie, o si hay alguno que se atreva a defenderlo, es tan poco notable que no puede dar lugar al cisma), no debe descuidarse la severidad de la disciplina, en la que es tanto más eficaz la corrección del mal cuanto más se respetan las leyes de la caridad.

Pero cuando el mal ha gangrenado a la multitud, no queda más remedio que el sentir y gemir. De ahí es que debe el hombre corregir con amor aquello que pueda, y lo que no pueda, sufrirlo con paciencia y gemir y llorar hasta que la corrección venga de lo alto, y esperar hasta la siega el arrancar la cizaña y el aventar la paja.

Cuando se puede levantar la voz en medio de un pueblo, debe hacerse la corrección de las desmoralizadas turbas con expresiones generales, principalmente si nos ofrece la ocasión y la oportunidad algún castigo del cielo enviado por Dios de hacerles ver que son castigados cual merecen; porque las calamidades públicas vuelven dóciles los oídos de aquellos que escuchan las palabras del que los corrige y excitan más fácilmente a los corazones afligidos a confesarse gimiendo que a resistirse murmurando.

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San Agustín: Se puede preguntar: ¿por qué no dijo el Señor: haced un solo haz y un solo montón con la cizaña? Sin duda para significar que había muchas clases de herejes, que estaban separados no sólo del trigo, sino también unos de otros. Y por esto los manojos figuran sus diferentes reuniones, en las que cada partido está unido por su propia comunión, y entonces es cuando se debe principiar a atarlos para prenderles fuego, puesto que entonces es cuando, separados de la Iglesia católica, principian a formar como unas iglesias propias. No serán quemados hasta el fin de los tiempos pero quedarán atados en manojos.

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El Catecismo Romano, en su Introducción, nos proporciona un hermoso texto aplicado a la parábola que nos ocupa. Dice así:

En el campo del Señor, cuyo cultivo está a nuestro cargo por disposición de la Divina Providencia, ninguna cosa requiere cuidado tan exquisito y trabajo tan continuado como la defensa de la buena semilla en él sembrada, esto es, de la Doctrina católica, enseñada por Jesucristo y por los Apóstoles, y a nosotros confiada; no sea que, si se abandona por culpable negligencia o por cobarde desidia, mientras duermen los obreros, siembre cizaña en medio del trigo el enemigo del humano linaje; de donde resulte que, en la época de la recolección, en vez de grano para guardarlo en los graneros, se halle maleza, que sólo sirve para arrojarla al fuego.

Y a defender la fe nos exhorta con energía San Pablo, quien escribe a Timoteo que guarde el rico depósito, porque sobrevendrán tiempos peligrosos, en que se levantarán en la Iglesia de Dios hombres perversos e impostores, por medio de los cuales el astuto tentador se esforzará en corromper las almas incautas con errores contrarios a la verdad del Evangelio.

Y, a veces, se presenta de tal suerte el error, que fácilmente se encubre la falsedad diabólica con mentiras disfrazadas bajo cierta apariencia de verdad, corrompiéndose el sentido de los testimonios con alguna pequeña adición o variación, y a las palabras que obraban la salud se las hace producir la muerte por alteraciones a veces ingeniosas.

Por esta razón debe apartarse a los fieles, singularmente a los que son de entendimiento rudo y sencillo, de tales caminos peligrosos y resbaladizos, por los cuales apenas podrán estar en pie o andar sin caer; ni deben ser guiadas las ovejas a los pastos por sendas desconocidas, ni proponérseles tampoco ciertas opiniones particulares, aunque sean de doctores católicos; sino que se les ha de enseñar la nota certísima de la verdad católica, esto es, la catolicidad, la antigüedad y la unidad de la doctrina.

No pudiendo, además, el pueblo subir al monte adonde desciende la gloria del Señor, pues el que traspase los límites para verle perecerá, deberán los doctores señalar al pueblo los límites dentro de sus facultades, para que sus conversaciones no anden errando fuera de lo que es necesario o sumamente útil a la salvación, y los fieles sean obedientes al dicho del Apóstol: Que no intentéis saber más de lo que se debe saber, sino que habéis de saber con moderación.

Estando bien persuadidos de esto los Romanos Pontífices pusieron todo su cuidado, no sólo en cortar con la espada del anatema las raíces venenosas de renacientes errores, sino también en impedir el curso a ciertas opiniones que subrepticiamente venían introduciéndose, las cuales, o por su exageración impedirían en el pueblo cristiano frutos riquísimos de la fe, o por su proximidad a error podrían perjudicar a las almas de los fieles.

En donde no fuere medio día y no hubiese una luz tan clara que manifiestamente se conozca la verdad, con facilidad se admite por ella la mentira por su semejanza con aquélla.

Sabían perfectamente que antes hubo y que después habría quienes atraerían a las ovejas, prometiéndoles pastos más abundantes de sabiduría y de ciencia, adonde muchas acudirían, porque las aguas hurtadas (o deleites prohibidos) son más dulces, y el pan tomado a escondidas es más sabroso.

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Según todo lo dicho, la parábola de la cizaña tiene por objetivo:

1º) prevenirnos contra la malicia y las trampas del demonio;

2º) recomendarnos paciencia con los pecadores, con la esperanza de su conversión;

3º) finalmente, inspirar a los malvados un saludable temor del juicio y del infierno; y a los buenos la esperanza de la gloria eterna.

¿Cuáles son los frutos que podemos extraer de esta parábola?

1º) Primero agradezcamos sin cesar a Nuestros Señor por todas las gracias que se ha dignado sembrar en el campo de nuestra alma.

2º) Vigilemos cuidadosamente sobre nosotros, temiendo que el hombre enemigo, el demonio, venga a sembrar la cizaña en nuestro corazón…, el mal, el pecado, los defectos, las malas costumbres…

Examinémonos seriamente cada día para prevenir tal desgracia o, al menos, para poner a tiempo el remedio adecuado antes de que sea demasiado tarde.

3º) Seamos pacientes, compasivos, condescendientes con nuestro próximo, a pesar de sus defectos; y trabajemos en su conversión, sea por nuestro celo, o por nuestra vida santa, o nuestra oración fervorosa y continua. Esto sería cambiar en buen trigo la perversa cizaña.

4º) Recordemos que finalmente Nuestro Señor retribuirá a cada uno según sus obras.

Que estos pensamientos nos inspiren, por un lado un saludable temor, y por otra parte una animosa confianza.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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