SERMÓN PARA LA DOMINICA I DE CUARESMA – 9/MAR/2014


PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo, y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre.

Y acercándose el tentador le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Quien respondiendo dijo: Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde lo alto: está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que la piedra no ofenda tu pie. Jesús le contesta: También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios.

Otra vez el demonio lo llevó a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo, y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Retírate, Satanás, está escrito, adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo y los ángeles se aproximaron le servían.

En este Primer Domingo de Cuaresma, la Iglesia Estacional de Roma es la Basílica Patriarcal de San Juan de Letrán. Es muy entendible y justo que un Domingo tan solemne se celebre en la Iglesia Madre y Maestra de todas las Iglesias, no sólo de Roma, sino del mundo entero.

Es allí donde los penitentes públicos eran reconciliados el Jueves Santo. También es en su baptisterio, el de Constantino, donde los catecúmenos recibían el Santo Bautismo en la noche de Pascua.

Ninguna otra basílica, pues, es más adecuada para congregar a los fieles el día en que el ayuno cuaresmal era promulgado por la voz de los Santos Papas, como León y Gregorio.

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Después de haber empleado las tres últimas semanas en reconocer las enfermedades de nuestra alma, en sondear la profundidad de las heridas que el pecado ha dejado en ella, ahora debemos preparamos para la penitencia, cuyo portal acaba de abrir la Iglesia por la Santa Cuaresma.

Conocemos mejor ahora la justicia y la santidad de Dios, así como los peligros a los que se expone el alma impenitente. Para realizar en la nuestra un retorno sincero y sostenible, hemos roto (o debemos romper) con las alegrías vanas y trivialidades del mundo. La ceniza se extendió sobre nuestras cabezas, y nuestro orgullo ha sido humillado bajo la sentencia de muerte, que debe cumplirse en nosotros.

Al ver que la carrera de la penitencia se abre para nosotros, Jesús viene para animarnos y sostenernos con su presencia y ejemplo.

Vamos a entregarnos a cuarenta días de penitencia, con algunos de ayuno y abstinencia; Él, la misma inocencia personificada, dedica el mismo tiempo en afligir su cuerpo.

Debemos separamos por un tiempo de los placeres ruidosos y de las sociedades mundanas, así como Él se retiró de la compañía y de la vista de los hombres.

Queremos asistir más asiduamente a la casa de Dios y entregarnos más intensamente a la oración; Él pasó cuarenta días y cuarenta noches conversando con su Padre, en la actitud de un suplicante.

Es así que el Salvador nos precedió en el camino de la Santa Cuaresma. La ejercita y lleva a cabo delante de nosotros para silenciar con su ejemplo todas las excusas, los razonamientos, las repugnancias de nuestra delicadeza y de nuestro orgullo.

Aceptemos la lección en toda su extensión, y comprendamos la ley de la expiación.

El Hijo de Dios bajará del monte austero de la cuarentena y comenzará su predicación con esta frase dirigida a todos los hombres: Haced penitencia, porque el Reino de los Cielos se acerca.

Abramos nuestro corazón a esta invitación para que el Redentor no se vea obligado a despertar nuestro sueño por aquella terrible amenaza que pronunció en otra ocasión: Si no hacéis penitencia, todos pereceréis.

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Según hemos considerado el domingo pasado, caminamos con el Señor hacia Jerusalén; y es allí que va a padecer, morir y resucitar.

Todos anhelamos ardientemente la luz de la Resurrección; pero hemos de comprender que sólo se puede llegar a ella compartiendo antes la pasión y muerte de Jesús.

Cuanto más parte tomemos en ellas, tanto más crecerá en nosotros la vida de Jesucristo.

Con esta convicción debemos entrar en la santa Cuaresma.

He aquí el tiempo propicio, he aquí el día de la salvación, nos dice la Iglesia por medio de San Pablo.

El tiempo propicio es el tiempo de la gracia. La Iglesia alude, con estas palabras, al Año Jubilar de los antiguos israelitas.

Cada cincuenta años tenía lugar un año de perdón general: se perdonaban todas las deudas contraídas durante los años anteriores, todos los esclavos israelitas eran puestos en libertad, las posesiones vendidas tornaban otra vez a las manos de sus antiguos dueños, cesaban todas las labores del campo, se vivía de lo cosechado en el año anterior.

Este era el año de franquicia, el Año Jubilar. Con ello se trataba de inculcar la idea de que Dios es el único y verdadero Señor de todos los bienes de la tierra, y que a Él le toca disponer de ellos como mejor le plazca.

Se trataba de recordar al pueblo su obligación de entregarse totalmente al servicio divino, de vivir en una constante alabanza y glorificación de Dios, de su Señor. Se quería recordar que la primera preocupación del pueblo escogido debía ser la de vivir para Dios, y que la preocupación por las cosas terrenas debía ocupar el último plano.

El Año Jubilar era un símbolo de la liberación final, y, al mismo tiempo, una imagen de los tiempos de la salvación mesiánica, es decir, de la era del Nuevo Testamento, del mundo cristiano, en el cual vivimos nosotros, cuya culminación tendrá lugar con la Segunda Venida del Señor.

En este Año Jubilar han sido redimidas todas nuestras deudas con la Sangre del Hijo de Dios y hemos sido libertados de la esclavitud de Satanás.

Ahora somos hijos de Dios, miembros de la Familia divina, nutridos con el Pan de los hijos de Dios: la Santa Eucaristía.

Nuestra preocupación primaria y esencial debe ser la de alabar a Nuestro Dios y Señor y darle gracias por tanto beneficio.

He aquí el tiempo de la gracia, he aquí el día de la salud, el Año del perdón, el Año Jubilar.

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La Santa Iglesia, al ver a sus hijos congregados, les dirige la palabra utilizando el lenguaje elocuente y majestuoso de San León Magno:

Queridos hijos, teniendo que anunciar el ayuno sagrado y solemne de la Cuaresma, ¿puedo comenzar mejor mi discurso que tomando prestadas las palabras del Apóstol a quien Jesús hablaba, y repitiendo lo que acabamos de leer: He aquí ahora el tiempo favorable, son estos los días de la salvación?

Porque a pesar de que no haya tiempo en el año que no sea señalado por las bendiciones de Dios, y que por su gracia tenemos siempre acceso a su misericordia, sin embargo, debemos en este santo tiempo trabajar con más celo para nuestro progreso espiritual y animamos a una nueva confianza.

En efecto, la Cuaresma nos conduce al día sagrado en el que fuimos redimidos, nos invita a llevar a cabo todos los deberes de piedad, a fin de disponernos, por la purificación de nuestro cuerpo y de nuestra alma, para celebrar los misterios sublimes la Pasión del Señor.

Por tanto, es de gran beneficio para nosotros que se estableció esta institución divina, que nos da cuarenta días para recuperar la pureza de nuestra alma, redimiendo por la santidad de nuestras obras y por los méritos de nuestra penitencia las faltas de las otras épocas del año.

A la entrada de los estos misteriosos días, que se han instituido para purificar nuestra alma y nuestro cuerpo, tengamos cuidado en obedecer el mandato del Apóstol, por liberarnos de todo lo que pueda contaminar la carne y el espíritu.

No hay que imaginar que toda la perfección de nuestra penitencia consiste solamente en la abstinencia y el ayuno, porque sería en vano recortar al cuerpo una parte de su comida, si al mismo tiempo no alejamos del alma la iniquidad.

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Portémonos en todo como verdaderos hijos de Dios: con mucha paciencia en las tribulaciones, en las necesidades, en las angustias, en la gloria y en la ignominia, en la buena y en la mala fama; tenidos por seductores, pero siendo veraces; considerados como desconocidos, aunque muy conocidos; como indigentes, aunque capaces de enriquecer a muchos; como no teniendo nada, aunque lo poseamos todo, como dice la Epístola de este Primer Domingo de Cuaresma.

Eso es el cristiano: un hombre que glorifica y da gracias a Dios, rico con Él, unido a Él, despreciador del mundo, de sus bienes e ideales.

Sin embargo, la Iglesia sabe muy bien que no todos sus hijos son capaces de elevarse hasta esta altura. Sabe que vivimos todavía muy apegados al mundo, conservando su mentalidad, sus aspiraciones, sus preocupaciones desordenadas por los valores temporales.

Por eso se nos proporciona la Santa Cuaresma, este santo tiempo de purificación y de limpieza.

Entremos en estos santos días con la misma convicción, con la misma intención de la Iglesia y de su liturgia. Lavemos las manchas y el polvo del pecado y de todo apego desordenado a lo terreno, a lo temporal, a lo mundano. Sacrifiquemos todo lo que pueda impedirnos subir hasta la cima de la vida cristiana.

Esta renuncia nos costará muchos trabajos, luchas y sacrificios.

Unámonos al Señor en su vida de renuncias, de luchas y sufrimientos, convencidos de que Él, la Cabeza, vencerá también en nosotros, sus miembros.

Cuanto más íntimamente nos unamos a Él, tanto más seguros estaremos de participar después de su glorificación, de su nueva vida.

Reproduzcamos, pues, en nosotros la vida de Cristo, condenado inocentemente, ultrajado, perseguido y entregado a la muerte.

Tomemos, con Él, sobre nuestras espaldas los trabajos, sacrificios, humillaciones y dolores de estas semanas de Cuaresma. Coloquémonos en espíritu entre las filas de los penitentes y hagamos también nosotros penitencia, expiando así nuestros muchos pecados y negligencias. Entreguémonos a una vida de oración, de recogimiento, de santas lecturas, de íntimo trato con Dios.

Siguiendo una costumbre simbólica, observemos el ayuno cuadragesimal, que se ha dignado Dios concedernos a lo largo de cuarenta días. Si bien no con todo el rigor de antaño, usemos, pues, con moderación de las palabras, de la comida y bebida; cercenemos nuestras horas de sueño y de juego.

Pidamos a Dios que, ya que nos ha dado este tiempo de gracia, nos conceda también un corazón arrepentido.

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Penetremos hoy, con los fieles de la antigua Roma cristiana, en la Basílica del Salvador, en la Basílica de Letrán, la iglesia estacional de este domingo.

El Salvador nos contempla y recibe. Sintámonos en su cercanía, con un mismo espíritu y una misma vida con Él. Animémonos a llevar a su lado, durante estos cuarenta días de Cuaresma, una vida de abnegación y de penitencia.

El camino que vamos a recorrer durante la santa Cuaresma es un camino de vencimiento propio, de humilde sumisión a las contrariedades, dolores y humillaciones. Es un tiempo de gracia, un tiempo de salvación.

Debemos entrar en la santa Cuaresma con plena decisión. Dios nos promete su ayuda; lo que falte a la naturaleza, lo suplirá la gracia.

Vayamos, pues, con Cristo al Desierto de la Cuarentena. El que venció a Satanás y sus tentaciones, luchará y vencerá también en nosotros. Él nos hará fuertes; saldremos vencedores de la lucha.

Unámonos, en íntima comunidad de sacrificio, con el Salvador que se inmola ante nuestros ojos; debemos identificarnos con Él en una misma oblación.

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Con Jesús, somos conducidos todos nosotros al desierto de la santa Cuaresma. Cuaresma significa tiempo de renuncia y de dolor. Significa también tiempo de tentaciones por parte de Satanás, del mundo y de la carne.

Pero en la victoria de Jesús sobre el tentador está también significada, representada y realizada nuestra victoria sobre el pecado y sobre Satanás.

No hay por qué temer al tentador: en nosotros reside eficazmente la fuerza del gran Vencedor, Cristo.

Débiles, por nosotros mismos, e incapaces de resistir al tentador, somos, sin embargo, fuertes en Cristo. Tanto más fuertes, cuanto más íntimamente unidos estemos con Él, cuanto más nos dejemos conducir por Él y por su gracia.

Vayamos con Cristo al desierto, para ayunar allí durante cuarenta días y para entablar combate con el tentador, si Dios le permite que nos pruebe.

Aunque no podamos ayunar como lo hizo Jesús, hagamos al menos lo poco que podamos. Así nos lo exige imperiosamente la santa Cuaresma.

En el desierto cuaresmal, portémonos en todo como verdaderos ministros de Dios: en mucha paciencia, en las tribulaciones, en las necesidades, en las angustias; en trabajos, vigilias y ayunos; en castidad, en ciencia, en longanimidad, en caridad no fingida, en amabilidad; en la gloria y en la ignominia, en la buena y en la mala fama, como enseña San Pablo en la Epístola; sin impaciencias, sin lamentos, sin mal humor, sin cansancio. En una palabra, llevando una vida de continuo sacrificio por amor de Dios y de Jesús.

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Durante la santa Cuaresma, lo que ha prevalecer en todos los aspectos de nuestra vida debe ser el de una total confianza en el Señor, que ayuna, lucha y vence en nosotros y con nosotros.

El Salmo 90, que la Liturgia pone como Tracto de esta Misa, nos sirve como meditación para tomar resoluciones en este sentido.

Este Salmo es el himno triunfal de la confianza en Dios.

Su tema es la protección que Dios otorga a los que tienen puesta en Él su esperanza.

De este Salmo 90 son tomados también el Introito, el Gradual y los otros cánticos de esta Misa.

Creamos, pues, y confiemos también nosotros así.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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