SERMÓN PARA LA SEGUNDA DOMÍNICA DE CUARESMA


SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él.

Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.

Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo.

Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

La Santa Iglesia propone para nuestra meditación de hoy un tema de suma importancia para el momento en que estamos. La lección que el Salvador dio un día para tres de sus Apóstoles, la Iglesia nos la aplica a nosotros mismos en este Segundo Domingo de la Santa Cuarentena.

Jesús se encaminaba a Jerusalén para la Pascua. Fue esta su última Pascua, que debía comenzar con el sacrificio del cordero figurativo y terminar con el sacrificio del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Jesús quiso, antes de someter a sus Apóstoles a tal prueba, darles un último testimonio para protegerlos contra la tentación.

Para hombres carnales como ellos, ¡qué prueba verlo arrastrado, encadenado por las manos de los soldados, de un tribunal a otro, sin siquiera considerar en defenderse!

Jesús quiere hacer un último esfuerzo para tres de ellos que son particularmente amados por Él: Pedro, a quien estableció como fundamento de su futura Iglesia y a quien le prometió las llaves del Cielo; Santiago, que será el primer mártir de los Apóstoles; y Juan, el discípulo amado.

Jesús los aparta para mostrarles por unos momentos el brillo de la gloria que se esconde a los ojos mortales.

Moisés, el legislador coronado de rayos, y Elías, el profeta elevado en un carro de fuego sin haber pasado por la muerte; estas dos grandes potencias de la religión mosaica, la Ley y la Profecía, se inclinan humildemente ante Jesús de Nazaret.

Y no sólo los ojos de los tres Apóstoles son heridos por el esplendor que rodea a su Maestro y que sale de Él, sino que su corazón es presa de un sentimiento de felicidad que les arranca de la tierra. Pedro no quiere bajar de la montaña; con Jesús, Moisés y Elías quiere fijar allí su estadía.

Y para que no faltase nada a esta escena sublime, el testimonio divino del Padre Celestial se hace escuchar desde el interior de una capa de nubes de luz que cubre la cima del Tabor.

Este momento de gloria del Hijo del Hombre no duró mucho; su misión de sufrimiento y humillación lo llamada a Jerusalén.

¿Recordarán los Apóstoles al menos lo que vieron y oyeron? ¿Permanecerá la divinidad de Jesús grabada en su memoria? Cuando llegue la hora de la prueba, ¿desesperarán de su misión divina? ¿Se escandalizarán cuando sea ultrajado, humillado?

El Evangelio mismo nos dará la respuesta más tarde…, en otro Monte…, el de los Olivos…, la noche del Jueves de la Institución de la Eucaristía y del Sacerdocio al Viernes de la Pasión y Cruz…

Más tarde, los tres Apóstoles darán prueba de un arrepentimiento sincero de su conducta vergonzosa y pecaminosa, y reconocerán la bondad providente con la que el Salvador les había querido evitar la tentación.

No esperemos nosotros haber abandonado y traicionado al Señor para reconocer su grandeza y divinidad.

Nos acercamos al aniversario de su sacrificio. También le veremos humillado por sus enemigos y aplastado bajo la mano de Dios.

Que nuestra fe no desfallezca.

Recordemos los esplendores del Tabor, los homenajes de Moisés y Elías, la nube luminosa, la voz del Padre.

Cuanto más se humilla Jesús ante nuestros ojos, tanto más debemos alzar nuestras alabanzas, diciendo junto con la milicia de los Ángeles y los Veinticuatro Ancianos: Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza…

+++

El Evangelio de este Segundo Domingo de Cuaresma nos conduce, pues, al monte Tabor para presenciar allí la Transfiguración del Señor.

La noche de la Cuaresma, de la peregrinación terrena, de la mortificación, de las humillaciones, de la cruz, de las luchas y sacrificios, nos conduce hasta la cima del Tabor, hasta la gloria de la Transfiguración.

Del mismo modo que Él resplandece hoy en la gloria de su Transfiguración y aparece como transfigurado entre nosotros, de esa misma manera participaremos y conviviremos eternamente nosotros, participará y convivirá eternamente la Iglesia, su Cuerpo, su Esposa, la vida de su Transfiguración.

El Señor, brillando sobre el Tabor, es el símbolo y a la vez la más segura garantía de nuestra futura transfiguración, de la futura transfiguración de la Santa Iglesia. ¡Hagamos acto de fe!

Esperemos… Confiemos… No pongamos nuestra vista tanto en la noche y en las tinieblas que al presente nos envuelven, cuanto en la mañana de la transfiguración que nos espera en la eterna Pascua del Cielo.

¡Transfiguración! Al final de todos nuestros trabajos y sacrificios de la Cuaresma de esta vida nos espera la transfiguración. Nosotros, por lo común, no miramos más que el duro y pedregoso camino que tenemos que recorrer; no nos detenemos más que en los sacrificios, trabajos, esfuerzos, oraciones y ejercicios que tenemos que practicar, y perdemos de vista las grandes cosas que nos aguardan.

La fe en nuestra propia transfiguración debe inspirarnos fortaleza y valor para soportar alegremente todos los sacrificios, para aceptar amorosamente los trabajos y dolores de la presente vida. Que sólo viva en nuestro pensamiento el recuerdo del Transfiguración.

Este es el deseo, ésta la preocupación de la Santa Liturgia en este Domingo. ¡Santo deseo!

Y, sin embargo, nosotros nos encontramos muy a gusto en nuestra morada terrena, satisfechos con esta miseria de los bienes y placeres caducos.

Llamados a ser hijos de la luz, a vivir lo eterno, lo venidero, lo divino, preferimos la noche.

Sí; nosotros escogemos más de una vez la noche.

+++

En el centro de la Misa de hoy se destaca el Tabor y, sobre él, aparece la divina figura de Cristo, Nuestro Salvador, envuelto en la luminosa y fulgente nube de su Transfiguración.

En medio de las tinieblas de la Cuaresma brilla ya el lejano resplandor del brillante Sol pascual. ¡Por la noche, a la luz; por el dolor y la muerte, a la vida, a la resurrección, a la transfiguración!

Anhelemos ardientemente la llegada de la Transfiguración; pero no olvidemos aquello del Apóstol: ¿Qué puede haber de común entre la luz y las tinieblas? Abandonemos, pues, la corrompida vida de las pasiones.Dios nos ha llamado a caminar en la luz, nos dice San Pablo en la Epístola.

En la luz son envueltos los tres Apóstoles en el Tabor. Llenos de admiración, de profundo respeto, de beatífico gozo, caen por tierra.

Seamos hoy nosotros mismos estos Apóstoles. Contemplemos extasiados la Majestad divina y creamos siempre en el Transfigurado, aun cuando le veamos, dentro de poco, en la ignominia, en el desamparo y anonadamiento del Monte de los Olivos y del Calvario.

Creamos también en nuestra propia transfiguración, fruto de los dolores, de los sacrificios, de las luchas y penalidades de la presente vida.

¡Por la noche, a la luz! Animados con este consolador pensamiento, cantemos nuestro Credo alegres y convencidos: Creo en la resurrección de los muertos y en la vida perdurable.

Marchemos, pues, con la cabeza erguida, viril y animosamente, a través de la noche, hasta llegar a la luz, a la mansión de la eterna Pascua. Caminad como hijos de la luz, nos exhorta San Pablo.

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Hace ocho días contemplábamos al Señor en el desierto, tentado y molestado por el diablo. Hoy le vemos sobre la cumbre del Tabor, resplandeciente, rodeado y acatado por Moisés y Ellas; proclamado y ratificado desde el cielo por la voz del Padre.

En Pedro, Santiago y Juan reconozcamos a la Santa Iglesia. Durante la Cuaresma la toma el Señor consigo y la lleva lejos, a un monte elevado, en donde le muestra su gloria, su verdadera y celestial naturaleza.

Ante la próxima Pasión, la Iglesia necesita ser robustecida en su fe en el Señor, mediante la contemplación de su gloria y el pleno conocimiento de su divina e inmortal vida.

La Iglesia somos nosotros mismos. Hoy subimos al Tabor con Jesús, para contemplar allí su Transfiguración.

Por eso les decía al principio que la Santa Iglesia propone para nuestra meditación de hoy un tema de suma importancia para el momento en que estamos. La lección que el Salvador dio un día para tres de sus Apóstoles, La Iglesia nos la aplica a nosotros mismos en este Segundo Domingo de la Santa Cuarentena.

Hoy, cuando la Iglesia ha descendido a la noche del dolor y de la ignominia, no la neguemos. Creamos hoy en Ella.

Levantemos hoy nuestros ojos hacia la cumbre del Tabor, para contemplar allí al Transfigurado y robustecer así nuestra fe en Él, en el Hijo de Dios, y en su Iglesia.

Asociémonos cordialmente al profundo dolor de nuestra Madre, la Santa Iglesia. Ella sufre hoy horriblemente al ver el gran número de sus hijos que no caminan conforme se les ha enseñado. No agradan a Dios.

También ellos fueron llamados y tuvieron la gracia necesaria para poder caminar con el Señor hacia la cumbre del Tabor, hacia la claridad de una vida pura, santa, transfigurada. Pero prefirieron sumergirse en el lodazal de la sensualidad.

Si la Santa Iglesia hubiera conocido sólo la gloria, no solamente ella no habría podido redimirnos de la manera que convenía, es decir, por el sufrimiento; sino que incluso los fieles que la hubieran seguido no la habrían seguido en verdad. Seguir una Iglesia que en estado habitual de transfiguración, eso no hubiera sido seguir a la Iglesia en sí misma, sino más bien encantarse de su magnificencia…

Si queremos tener parte en la gloria de la Iglesia en el momento de su triunfo, debemos acompañar en primer lugar a la Iglesia hoy en su Pasión…

Hay quienes no quieren saber nada con la Pasión de la Iglesia y dicen: “Permanezcamos en la Edad Media…, nada de mundo moderno, nada de revolución francesa, nada de comunismo, nada de modernismo, nada de Vaticano II: estamos aún a la Edad Media, ¡viva Cristo Rey! Permanezcamos aquí.”

No saben lo que piensan ni lo que dicen: esto se terminó, todo eso se terminó.

Estamos en la Pasión de la Iglesia, pero queremos permanecer en la edad de oro de la Iglesia.

Es utópico, es ilusorio. Como San Pedro, no sabemos lo que pensamos.

El Padre Calmel escribe: “¡Qué de almas!, ¡qué de almas, cuántas almas en la vida sobrenatural comparten esta ilusión de Pedro! Aspiran a las consolaciones divinas sin querer pasar por las pruebas y las tribulaciones… No piensan que los sufrimientos conducen al consuelo y al alivio y sobre todo que es necesario buscar Dios en primer lugar, antes de buscar sus consolaciones”

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La Transfiguración tuvo lugar por la misma razón que la Resurrección, de la cual es el anuncio y la figura.

Para darnos confianza en medio de una vida de angustias y oscuridad; para consolidar nuestra esperanza en medio de una vida de incertidumbre y tinieblas.

El Señor nos dio bastante luz para que no dudáramos en seguirlo, incluso en medio de la noche.

Como el apóstol San Pedro preferiríamos (nuestra naturaleza preferiría) que la noche no vuelva, que la transfiguración se prolongue sin fin.

La naturaleza, abandonada a sí misma, no entiende las cosas de Dios. Pero es bueno para nosotros que se esfume el resplandor de este sol; es mejor avanzar en la noche.

Aquí abajo es mejor para la fidelidad.

Si no dejamos de ir a su encuentro, aunque sea de noche, esta perseverancia dolorosa será la prueba de que buscamos de verdad al Señor.

Es porque nos ama, porque desea que lo encontremos a Él y nada más en su lugar, que quiere que lo busquemos en la noche…

Aunque sea de noche…

TOMADO DE: RADIO CRSTIANDAD

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