SERMÓN DE LA DOMÍNICA TERCERA DE CUARESMA


TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron.

Pero algunos de ellos dijeron: Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios.

Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino? Porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces.

Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando el fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro. Pero cuando llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo; y, al no encontrarlo, dice: “Me volveré a mi casa, de donde salí.” Y al llegar la encuentra barrida y en orden. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio.

Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo:¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él dijo: Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.

La Santa Iglesia, que el Primer Domingo de Cuaresma, para arrojar luz sobre la naturaleza de nuestras propias tentaciones y sobre cómo debemos triunfar de ella, nos propuso la tentación de Cristo en el desierto como tema de meditación, nos hace meditar hoy un pasaje del Evangelio de San Lucas, cuya doctrina está destinada a complementar nuestra instrucción sobre el poder y las tácticas de nuestros enemigos invisibles.

Si hay una época del año cuando debemos pensar sobre lo que la fe y la experiencia nos dicen acerca de la existencia y las operaciones de los espíritus de las tinieblas, es sin duda el tiempo de Cuaresma, durante el cual debemos reflexionar sobre las causas de nuestros pecados, sobre los peligros de nuestra alma, sobre los medios de protección contra caídas adicionales y nuevos ataques.

Escuchemos el Santo Evangelio. Él nos dice, en primer lugar, que el diablo se había apoderado de un hombre; y que el efecto de esta posesión era hacer que este hombre fuese mudo. Jesús libera al desgraciado, y el uso de la palabra vuelve inmediatamente que el demonio es expulsado.

De este modo, queda claro que la posesión demoníaca no es sólo un testimonio de la justicia inescrutable de Dios, sino que ella puede producir efectos físicos en los que son su objeto.

Tomemos conocimiento, pues, del poder de nuestros enemigos, y evitemos darles asiento sobre nosotros por el orgullo de la razón.

Después de la promulgación del Evangelio y la cristianización de la sociedad, el poder de Satanás se vio restringido en virtud de la Cruz. Ahora, como consecuencia de la descristianización, él consigue una nueva extensión, porque la fe y las obras de piedad cristiana disminuyen.

De ahí todos estos horrores diabólicos que se cometen en nombre de la ciencia y el arte. Primero tuvieron lugar en la sombra, luego han sido aceptados incluso por la gente honesta y hombres de Iglesia, hasta ser aprobados por las leyes, llevando al derrumbe de la sociedad.

Pero si debemos temer el terrible poder que puede tener sobre el cuerpo, y evitar todas las prácticas que él preside y que son el culto al que aspira, mucho más hemos de temer su influencia en nuestra alma.

En estos días, la Iglesia nos ofrece todos los medios para superar su influencia: la oración, unida al ayuno y la limosna.

El Salvador nos enseña que este espíritu inmundo, expulsado de un alma, va vagando en el desierto.

Pero no se resigna a quedarse lejos de la presa que codicia. El odio le impele, como al principio del mundo, y se dice: Tengo que volver a mi casa de donde salí. Pero no volverá solo…

¡Qué prueba espera a la pobre alma, si no es vigilante, fortificada, y si la paz que Dios le ha dado no es una paz armada!

En vez de un huésped infernal, la pobre alma tendrá una tropa…, y el estado final de aquel hombre resultará peor que el primero.

Temamos, pues, las recaídas; y para asegurar nuestra perseverancia, sin la cual tendría poca utilidad la conversión, oremos, vigilemos, defendamos el castillo de nuestra alma, combatamos, de modo que el demonio, desconcertado por nuestra reacción, tenga que ir a otro lado a descargar su rabia y furia.

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El primer plano en la liturgia de hoy lo ocupaban los catecúmenos, es decir, aquellos adultos que en la primitiva iglesia habían de recibir el Santo Bautismo en la noche de Pascua.

En la misma iglesia del gran Mártir San Lorenzo, bajo cuya tutela fueron colocados los catecúmenos el Domingo de Septuagésima, este Domingo se ejecutaba con ellos la primera ceremonia de su Bautismo, el primer exorcismo bautismal.

Los catecúmenos estaban llenos de anhelo por verse libres de la mano de Satanás, y deseando ardientemente encontrarse al lado de Jesucristo, ser cristianos.

¿Qué quieren los catecúmenos? ¿A qué aspiran? La respuesta a estas preguntas nos la da la Epístola: Erais en otro tiempo tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz.

Esto es lo que significa el Santo Bautismo que hemos recibido. ¿No es, pues, urgente el que hoy, inspirados por la Epístola, recordemos seriamente nuestros deberes bautismales y renovemos nuestra primitiva convicción sobre este punto, comenzando de nuevo una vida tal como nos la exige nuestro Santo Bautismo?

El esclavizado por el demonio, de que nos habla el Evangelio, son los catecúmenos, somos nosotros mismos.

Jesucristo, el “más fuerte”, arroja de nuestro corazón a Satanás, el “fuerte”, y le quita todas sus armas; de modo que ya no pueda tener más poder sobre los bautizados.

Al contrario, comienza en el alma el “reino de Dios”, el reino de la gracia y de la salud sobrenatural.

Pero con esto solo no está hecho todo. Al lado de la acción de la gracia de Cristo, en el bautizado, debe actuar también la propia cooperación. De aquí el alertado aviso que se hace a los catecúmenos y, en ellos, a todos los bautizados: “El que no está conmigo, está contra mí.”

Frente a Cristo no cabe la neutralidad, la indecisión, el servicio a dos señores.

No puede existir más que un rotundo con o contra.

Estar totalmente al lado de Jesucristo, por la fe en su Palabra, por la imitación de su ejemplo y por la obediencia a sus mandamientos: he aquí la obligación que el Santo Bautismo ha de imponer a los catecúmenos, y nos ha impuesto a todos los ya bautizados.

Donde no se está con Cristo, se está contra Él y se le arroja del corazón.

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Supliquemos a Nuestro Señor que complete en nosotros, durante este santo tiempo de Cuaresma, la obra de nuestra purificación y de nuestra renovación.

Lo que hoy nos relata el Evangelio lo hizo también el Señor con nosotros en el momento de nuestro Santo Bautismo. Por boca de su ministro, el sacerdote, arrojó de nuestra alma al diablo, el cual se había apoderado de nosotros desde nuestra concepción.

Y le ordenó: “Espíritu inmundo, en Nombre de Dios, Padre omnipotente, y en Nombre de su Hijo, Nuestro Señor y Redentor Jesucristo, y en virtud del Espíritu Santo, yo te conjuro a que dejes esta criatura de Dios, que Nuestro Señor ha escogido para santuario suyo. Porque ella debe ser el templo vivo de Dios y la morada del Espíritu Santo”.

El “más fuerte”, Jesucristo, venció y lanzó fuera de nuestra alma al “fuerte”, a Satanás.

Nosotros pronunciamos con resolución nuestro: Renuncio a Satanás y le declaro guerra a muerte. Quiero incorporarme, ser miembro vivo de Cristo, del más fuerte.

La fuerza de Cristo obró eficazmente en nosotros. Por eso, nos lanzamos al campo de batalla, a entablar la dura lucha de la vida cristiana.

“El que no está conmigo, está contra mí.” Nosotros nos pusimos resueltamente al lado de Cristo. No cabía la neutralidad. Tuvimos que entregarnos totalmente a una continua batalla, interior y exterior.

Hoy, al llegar a la mitad de la Santa Cuaresma, lancemos una mirada hacia nuestro pasado.

¿Hemos permanecido siempre fieles a nuestro juramento bautismal?

¿No han tenido ninguna entrada en nosotros Satanás, las tinieblas, el pecado?

Seguramente que no va del todo descaminada la Sagrada Liturgia al recordarnos hoy, en la Epístola, las palabras del Apóstol San Pablo.

Examinémonos, pues, seriamente. ¡Ay de nosotros, si el espíritu inmundo logra apoderarse otra vez de nuestra alma, introduciendo en ella otros siete espíritus, todavía peores que él! Entonces nuestro fin será mucho más desgraciado que nuestro principio.

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“Erais en otro tiempo tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. Caminad, pues, como hijos de la luz”.

Hijos de la luz, que ya no saben nada de tinieblas. Hijos de la luz, que caminan constantemente en la luz, es decir, en la presencia de Dios, en una intensa vida de fe, en un ambiente de continua oración y alabanza divina.

¿Y el fruto de la luz? Consiste en una profunda bondad para con los demás; en una profunda justicia, que hace siempre lo que es debido, tanto respecto a Dios como respecto al prójimo y a sí mismo; en una profunda verdad, que no tiene nada de común con la insinceridad, con la disimulación, con la diplomacia del mundo, con la sinuosidad, con la afectación, con el fingimiento.

Guerra, pues, contra el fuerte armado, para que no vuelva a penetrar en la morada de que fue expulsado por el más fuerte.

He aquí nuestro vasto campo de trabajo cuaresmal.

Nosotros solos no podremos realizarlo. Por eso, levantemos nuestros ojos hacia el Señor y supliquemos.

Ahora, hoy mismo, en la Santa Misa, comencemos de nuevo nuestra lucha. Digamos, como el día del Santo Bautismo: Renuncio a Satanás, al mundo, a la carne y al pecado.

Unámonos al Señor, que se inmola.

En la Sagrada Comunión dejémonos invadir y dominar de nuevo por Él, más profundamente que hasta aquí.

Vigorizados con su fuerza, lancémonos virilmente a la diaria lucha contra el mal, a la lucha por el bien, por el hijo de la luz en nosotros.

Marchemos, como hijos de la luz, al encuentro de la luz de la eterna gloria.

“Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la observan”, dice el Evangelio. Este es el verdadero camino de la luz.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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