SERMÓN PARA EL DOMINGO DE PASIÓN – 6-ABR-2014


DOMINGO DE PASIÓN

Comenzamos hoy el tiempo litúrgico de Pasión. La Santa Iglesia dedica a la conmemoración de los dolores del Redentor las dos semanas que todavía nos separan de Pascua.

La Pasión de Jesucristo, a partir de hoy, constituye el pensamiento único de la Iglesia.

Como hemos podido comprobar a lo largo de las últimas semanas, tres objetos acaparan la solicitud de la Liturgia durante la Cuaresma: la Pasión del Redentor, la preparación de los catecúmenos para el Bautismo, la reconciliación de los penitentes públicos.

Cada día que pasa hace que sean más vivos estas tres principales preocupaciones de la Santa Iglesia.

Pero, al mismo tiempo, vamos a ver a la Iglesia, viuda desolada, abismarse de más en más en la tristeza del duelo. Hasta ahora, Ella lloró por los pecados de sus hijos; a partir de hoy, llora la muerte de su Esposo celestial.

El color de los ornamentos es siempre el morado, el adoptado desde el Miércoles de Ceniza; pero cuando llegue el terrible Viernes, el violeta no será suficiente para expresar su tristeza, y Ella se cubrirá de negro, como los que lloran la muerte de un ser amado.

En la expectativa de esa hora, la Santa Iglesia muestra sus presentimientos dolorosos velando por adelantado la imagen de su divino Esposo. La Cruz ha dejado de estar visible a los ojos de los fieles, cubierta por un velo oscuro. Y como es justo que el siervo se oculte cuando se eclipsa la gloria del Maestro, también las imágenes de los Santos son veladas.

Los intérpretes de la Sagrada Liturgia nos enseñan que esta costumbre austera de velar la Santa Cruz durante el tiempo de la Pasión expresa la humillación del Redentor, obligado a esconderse para evitar ser apedreado por los judíos, como leemos en el Evangelio de este Domingo de Pasión.

El cielo de la Santa Liturgia se vuelve más oscuro; Ella sabe que los hombres buscan a Nuestro Señor y conspiran su muerte.

No habrán pasado doce días, y Ella verá a sus enemigos poner sus manos sacrílegas sobre Él. Ella tendrá que seguirlo a la montaña de dolor, recogerá su último suspiro, sellará con una piedra el cuerpo sin vida depositado en una tumba.

No es de extrañar, pues, que la Santa Iglesia nos invite durante esta quincena a contemplar aquello que es el objeto de sus afectos y de todas sus penas. Pero no son lágrimas y compasión estériles lo que nos pide; Ella quiere que aprovechemos las lecciones que nos proporcionarán las terribles escenas que vamos a contemplar.

Ella recuerda que el Salvador, recorriendo la Vía Dolorosa que conduce al Calvario, dijo a las mujeres de Jerusalén que se atrevieron a llorar por Él en presencia de sus verdugos: “No lloréis por mí, sino por vosotras y por vuestros hijos.”

No que haya rechazado el tributo de sus lágrimas; sino que el mismo amor dictó aquellas palabras. Quería verlas penetrar la magnitud del acontecimiento que se estaba produciendo en ese momento, en esa hora en que la justicia de Dios se descargaba de manera inexorable contra el pecado en la Persona misma de su Hijo.

La Iglesia participa perfectamente de los sentimientos que inspira el fatal desenlace que debía tener la presencia de Dios en la tierra… Y al expresar estos sentimientos a través de la Liturgia, nos guía para que intentemos y logremos concebirlos también nosotros.

Lo que conmueve a la Santa Iglesia y lo que ofrece ante todo a nuestra contemplación y consideración es la Pasión de Nuestro Señor; porque sabe que, si esta horrible escena es comprendida por nosotros, los vínculos que tenemos con el pecado se romperán, y que nos será imposible permanecer más tiempo cómplices de esos crímenes.

Junto con la Sangre del Cordero que quita nuestros pecados, la Santa Iglesia nos manda adorar en estos días la Santa Cruz, el altar en el que se sacrifica nuestra Víctima de salvación.

Dos veces en el curso del año, para las fiestas de su Invención y de su Exaltación, este leño sagrado nos es presentado para recibir nuestro homenaje, como trofeo de la victoria del Hijo de Dios.

Durante estos días de Pasión, la Cruz nos habla únicamente de su dolor, ofrece sólo la idea de la vergüenza y de la ignominia.

El Señor dijo en el Antiguo Testamento: “Maldito el que es suspendido del madero”. El Cordero que nos salva se dignó afrontar esta maldición. Por esa misma razón, ¡cuánto debemos amar y adorar ese leño bendito!, convertido de infame en sagrado.

Es por esto que la Iglesia le rinde en nuestro nombre los tributos más excelentes.

Debemos unirnos a ese culto, hacer nuestras sus adoraciones.

Acción de gracias a la Sangre que nos ha rescatado, adoración y reverencia a la Santa Cruz, han de ser durante esta quincena los sentimientos que ocupen nuestro corazón.

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Este domingo se llama, pues, Domingo de Pasión, porque la Iglesia comienza a tratar específicamente los sufrimientos del Redentor.

También se le dice Domingo Judica, por la primera palabra del introito de la misa.

En fin, era denominado Domingo de la luna nueva, Neomenia, es decir, de la nueva luna pascual, porque siempre cae después de la luna nueva (este año el 30 de marzo), que se utiliza para establecer la Pascua, fijada para el domingo siguiente a la primera luna llena después del 21 de marzo (este año el 15 de abril).

La divina justicia determinó que el hombre sólo puede ser redimido a través de la sangre. Todos los pueblos lo han comprendido así; desde la sangre de los corderos de Abel hasta la que corría a borbotones en las hecatombes de México, pasando por las de Grecia y por la de los innumerables sacrificios del templo de Jerusalén.

Y sin embargo, Dios, que ordena los sacrificios sangrientos, dijo que no son nada para Él. ¿Hay contradicción? No, Dios quiere que el hombre entienda que no puede ser redimido sino por la sangre, y que la sangre de los animales es demasiado grosera para efectuar dicho rescate.

¿Podrá la sangre del hombre aplacar la justicia divina? Tampoco: la sangre humana es impura; y aunque fuese pura, es incapaz para compensar la ofensa y el insulto hecho a Dios.

Se necesita la Sangre de un Dios… Y Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, va a derramar toda la suya.

En Él se va a cumplir la mayor figura de la Ley Antigua. Una vez al año, el sumo sacerdote entraba en el Santo de los Santos para interceder por el pueblo. Penetraba llevando en sus manos la sangre de la víctima sacrificada anteriormente.

En su Pasión, el Hijo de Dios, Sumo Sacerdote por excelencia, hará su entrada en el Cielo con su propia Sangre.

Así lo dice San Pablo, en la Epístola de hoy: Presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de un Tabernáculo mayor y más perfecto, no fabricado por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida.

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Comienza una nueva etapa de la santa Cuaresma, la última.

Desde Septuagésima hasta hoy nos hemos ocupado en limpiar y purificar nuestra alma y nuestra vida. Esta ha sido la tarea de la sagrada liturgia durante las siete semanas que acaban de transcurrir.

Nos hemos preparado para las grandes cosas que van a suceder desde ahora. Desde hoy, ocupémonos totalmente de la muerte y resurrección del Señor.

Lo esencial ahora para nosotros consiste en que nos dejemos impregnar y saturar perfectamente del espíritu de los misterios de la pasión y muerte de Cristo. De ese modo obtendremos también los preciosos frutos que las fiestas pascuales están llamadas a producir en nuestra alma.

En el centro de la Sagrada Liturgia se yergue la Santa Cruz. A nosotros toca ahora apreciar, comprender y amar la Cruz con el mismo espíritu de Cristo.

De la Cruz brota la salud del género humano.

En el árbol del paraíso nació la muerte, en el árbol de la Cruz nace la vida.

En el árbol del paraíso venció Satanás al hombre, en el árbol de la Cruz el demonio es vencido por Cristo, Nuestro Señor.

¡Pero que no se trate sólo de la Cruz de Cristo! ¡Aprendamos también a comprender, a estimar y a amar en la Cruz del Señor nuestra propia cruz, los dolores y amarguras de la vida!

Esta debe ser ahora nuestra tarea. Quien quiera venir en pos de Mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque, el que quiera salvar su vida, la perderá; mas, el que la perdiere por causa mía, la encontrará.

Nos dice la Imitación de Cristo: No hay otro camino para la vida y para la verdadera paz interior que el de la cruz y el de la continua muerte a uno mismo. Cuanto más muera uno a sí mismo, más vivirá para Dios. Si existiera otro medio mejor y más útil para la salvación de los hombres que el de la cruz, Cristo nos lo hubiera enseñado con su palabra y con su ejemplo.

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La liturgia de la Misa de este tiempo de Pasión debe ser apreciada y vivida por nosotros con una convicción y una disposición de ánimo parejas a las de la santa Iglesia.

Comienza ya el Introito por presentar ante nuestras miradas la ingente figura del Sumo Sacerdote, Cristo, al pie del altar. Nosotros somos testigos de su clamor y de su profunda angustia: Júzgame, oh Dios, y separa mi causa de la del pueblo impío, que maquina mi perdición.

Pero no nos contentemos con ser meros espectadores de la lucha de Cristo. Sintámonos íntimamente unidos con Él. Identifiquémonos con Él; hagamos nuestras su necesidad y su oración.

Realiza Jesucristo su doloroso Ofertorio. No ofrece, como el Sumo Sacerdote del Antiguo Testamento, la sangre de animales, ni se presenta ante Dios con sacrificios ajenos.

Aparece revestido de los ornamentos sacerdotales: su propia sangre, la cual derrama hasta la última gota.

Se ofrece a Sí mismo como un sacrificio santo e inmaculado, que reconcilia al Padre con nosotros.

No es este un cometido fácil. Es una misión angustiosa y saturada de tormentos. Por eso ora Cristo: Señor, arráncame de las manos de mis enemigos.

En el Evangelio aparece Cristo rodeado de sus enemigos, que le acusan de falsario, le insultan y hasta tratan de apedrearle. Pero Jesús se escondió y salió del templo.

Es un hecho simbólico. Jesús abandona la Sinagoga, que rechaza y desprecia su persona y su palabra, para volverse hacia la Iglesia del Nuevo Testamento.

Ésta escucha su palabra y se asimila su vida. ¿Queremos guardar sus palabras? Este firme propósito hemos de manifestarlo hoy, por medio de un vibrante y entusiasta “quiero vivir lo que creo”.

El Señor vuelve a repetir ahora, aunque de un modo incruento, su muerte redentora. Sigámosle, asociémonos íntimamente a los dolores de su muerte. Saludémosle con un corazón agradecido, como a nuestra ofrenda pura, santa e inmaculada, que nosotros presentamos a la infinita y excelsa Divinidad en lugar de nosotros mismos, como nuestro sacrificio de expiación.

Pero hagamos, además, otra cosa. No dejemos que se presente ante el Padre y se inmole Él solo. Acompañémosle también nosotros en la dolorosa muerte y penetremos con Él en el Santuario, ante la presencia de Dios.

Hechos un mismo sacrificio con Él, muramos al hombre viejo; revistámonos del hombre nuevo, vivamos con nuevos pensamientos, sigamos nuevos ideales, vivamos una nueva vida, totalmente impregnada de Cristo.

Hechos un mismo sacrificio con Cristo, vivamos solamente para Dios, no exteriormente, sino interiormente, por medio de una espiritual e íntima asociación y comunidad de sacrificio, de muerte y de vida con Él.

Y, después, esperemos plenamente confiados la realización en nosotros de la promesa del Evangelio: “El que observe mis palabras, no morirá para siempre.”

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Lo que nosotros contemplamos en la Pasión y en la Cruz del Señor no es sólo el sacrificio cruento de un hombre: es la manifestación, la irradiación de lo divino a través del frágil y torturado cuerpo del Crucificado en medio de la tragedia de la ceguera y de la pasión humanas.

Este es el tiempo de comenzar a estimar y a amar la cruz y el dolor. En la cruz, en el dolor, en la crucifixión con Cristo está nuestra salvación. En un absoluto sí a todas las injusticias que nos hagan personalmente, a todas las contrariedades, decepciones, enfermedades, trabajos, sacrificios y luchas de cada día.

Es justo y saludable que te demos gracias siempre y en todo lugar, oh Padre omnipotente y Dios eterno, a Ti, que quisiste que la salud del género humano dependiese de la cruz. De un árbol procedió la muerte, de otro árbol debía proceder la vida. El que venció en el leño (Satanás en el paraíso), debía ser vencido también en el leño por Cristo, Nuestro Señor (Prefacio de la Santa Cruz).

El Señor nos convida hoy, urgentemente, a ser compañeros de su Pasión y a completar en nuestra carne lo que falta todavía de la pasión de Cristo, como enseña San Pablo.

El Señor nos llama. Creamos, pues; hagamos penitencia y entreguémonos a Él enteramente.

No nos contentemos solamente con piadosas consideraciones y con bellos discursos sobre la Pasión del Señor, ni tampoco con buenos propósitos o con unos cuantos ejercicios de oración.

Manifestémoslo, sobre todo, en nuestra vida práctica de cada día, en una continua vida de resignación, de paciencia en los dolores, de renuncia y de mortificación.

Debemos asociarnos, asimilarnos la Pasión de Cristo, debemos dejarnos crucificar con Él: he aquí el verdadero sentido de la liturgia de la Misa de hoy.

El Señor busca a uno que tenga sed de su Pasión, que mire como un bien y anhele sinceramente la Cruz, el estar crucificado con Él.

Escojamos el doloroso camino de la participación en la Pasión de Cristo. Ayudémosle a llevar la Cruz. Perseveremos. Pongámonos cordialmente al lado de Nuestro Señor y Salvador, para que nos condenen injustamente ante todo el mundo, nos coloquen al lado de un criminal vulgar y clamen furiosamente contra nosotros: crucifícale.

Seamos crucificados con Cristo.

Este es el camino que el cristiano ha de abrazar y recorrer cada día.

El Señor nos dará la fuerza para beber con Él el Cáliz de su Pasión.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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