SERMÓN PARA EL DOMINGO DE RAMOS – 13/ABRIL/2014


Entrada de Jesus a Jerusalen

DOMINGO DE RAMOS

R. P. Juan Carlos Ceriani

Hoy comienza la Semana Santa. Durante estos días se desarrollará ante nuestros ojos, con emocionante dramatismo, el más grande acontecimiento de la Historia del mundo: la pasión y muerte del Redentor de la humanidad.

En la mañana de este día, dejando en Betania a María, su Madre, a las dos hermanas Marta y María Magdalena y a Lázaro, Jesús va a Jerusalén en compañía de sus discípulos.

La Madre de dolores gimió al ver a su Hijo acercarse de sus enemigos, que piensan sólo en derramar su sangre.

Pero no es la muerte lo que Jesús busca hoy en Jerusalén, sino el triunfo.

Era necesario que el Mesías, antes de ser clavado en la Cruz, fuera proclamado Rey en Jerusalén por el pueblo; que delante de las águilas romanas, ante los ojos de los pontífices y fariseos llenos de rabia y asombro, la voz de los niños, mezclándose con los aplausos y vítores del pueblo, hiciese resonar la alabanza al Hijo de David.

El profeta Zacarías había predicho esta ovación preparada desde toda la eternidad para el Hijo del hombre en la víspera de sus humillaciones: “salta de gozo, hija de Sión; he aquí que tu rey vendrá a ti; es el justo y el salvador. Él es pobre, y avanza montado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna”.

Los Santos Padres nos dieron la clave del misterio de estos dos animales. La asna figura el pueblo judío que, desde tiempo atrás, había sido puesto debajo del yugo de la ley; el pollino, sobre el cual ningún hombre había montado, representa a los gentiles, que nadie había domado hasta ese momento. El destino de estos dos pueblos se decidirá en los próximos días. Por haber rechazado al Mesías, el pueblo judío será abandonado, y en su lugar Dios adoptará las naciones que, de salvajes, se tornarán dóciles y fieles.

Era necesario que el Hijo de Dios, antes de sufrir su Pasión, cosechara homenajes tanto de uno como de otro pueblo. De este modo se cumplió a la letra el oráculo del Ángel cuando habló a María e hizo el anuncio de las magnitudes del hijo por nacer de ella: “El Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa Jacob para siempre.”

Jesús comienza ese Domingo su reinado en la tierra. Y si el primer Israel no debe tardar mucho tiempo para sustraerse de su cetro, un nuevo Israel aparecerá, formado por todos los pueblos de la tierra, y le ofrecerá a Cristo un imperio más grande, que ningún conquistador haya aspirado ni soñado.

Tal es, en medio del duelo de la Semana Santa, el glorioso misterio de este día. La Santa Iglesia quiere que nuestro corazón se distienda por un momento de alegría, y que Jesús sea hoy considerado y saludado por nosotros como nuestro Rey.

Ella ha dispuesto, pues, el culto divino del día con el fin de expresar, al mismo tiempo, la alegría y la tristeza: la alegría, uniéndose a las aclamaciones que resonaron en la ciudad de David; la tristeza, retomando poco después la contemplación de los dolores de su divino Esposo.

La Santa Iglesia nos manda doblar la rodilla cuando San Pablo dice que todo debe someterse al Nombre de Jesús.

Acabamos de cumplir este mandato. Comprendamos que si hay un momento en el año en que el Hijo de Dios tiene el derecho a nuestra más profunda adoración es especialmente esta Semana, en la que su majestad divina fue despreciada, en la que lo vemos pisoteado por los pecadores.

+++

Ya en el siglo IV, la Iglesia de Jerusalén conmemoraba con amoroso cariño esta entrada de Cristo en la ciudad de David. Los cristianos se reunían en el Monte de los Olivos. Provistos allí de ramos y palmas, tornaban procesionalmente a la Ciudad Santa, al grito de: “¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!”

La Iglesia de Roma copió de la de Jerusalén esta costumbre.

La Iglesia de San Silvestre vino a representar el Monte de los Olivos.

Aquí se reunían los fieles y se proveían de ramos y palmas benditas. Al jubiloso canto del Hosanna, se encaminaban después procesionalmente hacia la Iglesia estacional, del Salvador, es decir, la Basílica de Letrán.

Cuando la procesión se acercaba a esta Iglesia, le salían al encuentro sus clérigos y cantores, y se unían a ella, y todos juntos entonaban los himnos. Después se entraba en la Basílica y se celebraba la Santa Misa.

Sustancialmente, hoy se hace lo mismo. Nos encontramos en el Monte de los Olivos. El sacerdote bendice las palmas y ramos, y nos los pone en las manos. Comienza la procesión. Alegres y cantando, rodeamos y acompañamos a Nuestro Salvador. En nuestras manos enarbolamos y agitamos las palmas, honrando y confesando con ellas a Cristo, al Rey de los mártires, al Luchador y al Triunfador glorioso.

Sí; nosotros queremos ponernos al lado de Cristo, para ser mártires con Él, y estamos dispuestos a seguirle hasta la muerte. Esto es lo que significan los ramos que llevamos en nuestras manos.

Alborozados y con santo júbilo le entonamos también nuestro: “¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!” Tengamos la profunda fe y el espíritu de los mártires y confesores, antepasados nuestros.

En cada una de las palabras que pronunciamos en la fiesta de hoy, en cada una de las ceremonias que ejecutamos, hemos de poner todo nuestro ser, una voluntad firme y resuelta, basada en una profunda e inquebrantable convicción, en una fe de mártires, alegre, firme como una roca y dispuesta a todo sacrificio.

Ha terminado la procesión. La escena cambia ahora brusca, radicalmente.

El mismo Rey divino, a quien acabamos de saludar y honrar con alegres corazones, clama ahora, con el alma atribulada y llena de amarguras: “Señor, no alejes tu socorro de mí.”

Se ve cercado de leones, que tratan de devorarle; se ve desamparado de Dios, y por eso prorrumpe en dolorosa y angustiada súplica.

El que no se ensoberbeció, al saberse y reconocerse sustancialmente igual a Dios Padre, se anonada, se humilla hasta el polvo y toma sobre sí los pecados de sus hermanos, para expiar, en lugar de los hombres, el orgullo y la insumisión de éstos.

Por eso se hizo obediente hasta la muerte, hasta la dolorosa y terrible muerte de cruz.

Pero la humillación, la sumisión, el anonadamiento no son el fin, son sólo el camino de la exaltación, de la glorificación. Por eso, el alma del angustiado prorrumpe en las consoladoras y calmantes palabras del Gradual: “Tuviste mi mano derecha, me guiaste con tu bondad y me elevaste a la gloria.”

Después San Mateo desarrolla ante nuestros ojos el dramático cuadro de toda la Pasión del Hijo de Dios: aquí aparece el Inocente; allí, sus acusadores; más allá, el juez…, hombres llenos de injusticias y de una infame conducta moral.

En otra parte aparece Barrabás y, a su lado, Cristo: aquél, es libertado; éste, condenado.

Humillémonos, profundamente conmovidos, cuando oigamos las palabras: “Jesús, clamando de nuevo con gran voz, entregó su espíritu”, y contemplemos lo que los hombres han llevado a cabo.

Levantemos las palmas en nuestras manos, para indicar con ello que estamos dispuestos a seguir a Cristo por el camino de su cruz, a morir a todo, para vivir solamente para Dios.

+++

La Iglesia bendice, los ramos y las palmas, y las pone en nuestras manos. Los ramos y las palmas significan la victoria contra el príncipe de la muerte.

Las palmas y los ramos de olivo tienen un sentido simbólico.

Significan que nuestro Redentor, habiéndose compadecido de las miserias humanas, se lanzó a luchar contra el príncipe de la muerte, para triunfar muriendo y ganar así todo el mundo para la vida.

Nosotros, reconociendo el hecho y dándonos cuenta de su significado, suplicamos humildemente a Dios Padre se digne concedernos la victoria contra el poder de la muerte y nos haga participar de la gloriosa resurrección de Nuestro Salvador.

“Haz, Señor, que tu pueblo complete espiritualmente con una piedad fervorosa y sincera lo que hoy festeja exteriormente, para que, venciendo al enemigo, ame con grandísimo cariño la obra de tu misericordia, la redención.” (Palabras de la bendición de los ramos).

Tomemos, pues, hoy en nuestras manos las palmas y sigamos a Jesús. Esto es lo que significa la ceremonia de hoy.

Así nos lo indica el Prefacio que se canta en la bendición de los ramos: “A Ti te sirven tus criaturas, porque sólo a Ti te reconocen por su Dios y Creador. Te alaba todo lo que has creado y tus santos te bendicen, pues confiesan, libre y valientemente, ante los reyes y potestades de este mundo, el gran Nombre de tu Unigénito.”

Nosotros somos los aludidos en el Prefacio.

Nosotros, con nuestras palmas de mártires en las manos.

Nosotros somos los Santos, los mártires, que confiesan, virilmente, ante los poderes de este mundo, el Nombre de Cristo y siguen al Salvador al martirio, a la victoria, a la resurrección.

Nosotros somos los “niños de los hebreos”, que le entonan el jubiloso Hosanna.

Cantemos a Cristo Rey: A Ti sean la gloria, la alabanza y el honor, oh Cristo, Rey y Redentor.

Veamos en la triunfal entrada de Jesús en Jerusalén el glorioso cortejo del Señor cuando vuelva, con poder y majestad.

Salgámosle entonces al encuentro con palmas y ramos de olivo, con nuestras manos cargadas de buenas obras, con nuestra victoria sobre el pecado, sobre la carne y el mundo, para penetrar con Él en su Reino.

La Cruz, y sólo ella, es quien franquea, lo mismo a Nuestro Señor que a nosotros, la entrada en la gloria del cielo.

Tampoco para nosotros hay más camino que el de la cruz. Marchemos, pues, por él constantes y firmes, impulsados por la fuerza de Cristo.

La Iglesia escucha hoy con gran emoción las palabras de la Epístola: Se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte de cruz.

He aquí el camino del anonadamiento, del sufrimiento, del dolor, tal como nos lo pone ante los ojos el relato de la Pasión que se canta en la Santa Misa.

El camino de Cristo es también nuestro camino. Acompañémosle en su camino de angustias y dolores. ¡Que sea también este nuestro camino! Acumulemos para ello fuerza y valor en el sacrificio de la Santa Misa.

Hoy resuena el Hosanna, dentro de unos días será el “Crucifícale”.

Hoy agitamos en nuestras manos las palmas. La liturgia nos explica netamente el sentido simbólico de esta ceremonia…

Sin embargo…, tan pronto como acaba la función, arrojamos a un rincón las palmas y ya no volvemos a pensar más en su simbolismo…

¿Dónde está, pues, nuestro espíritu de mártires? ¿Dónde la seria y sincera imitación de Cristo?

Muy pocos son los verdaderos amantes del Señor y de su cruz. En cambio, ¡cuántos los enemigos de la cruz!

Oración:

Oh Dios, omnipotente y eterno, que, para dar al género humano un modelo de humildad, quisiste que Nuestro Salvador se revistiese de nuestra carne y sufriese el suplicio de la cruz; haz propicio que imitemos sus ejemplos de paciencia, para que merezcamos participar de su resurrección. Amén.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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