P. CERIANI: JUEVES SANTO


JUEVES SANTO

La Santa Iglesia renueva con especial solemnidad las acciones llevadas a cabo por el Salvador en la tarde y noche del Jueves Santo. Ella es fiel al precepto de Jesucristo, que dijo a sus Apóstoles: Haced ésto en memoria mía.

Nuestro Señor fue al Cenáculo desde Betania; y rodeado por sus Apóstoles, incluso el pérfido Judas, se acercó a la mesa en la que se presentaba el cordero inmolado, para observar fielmente todos los ritos encomendados a Moisés y a su pueblo.

Al comienzo de la Cena Legal, Jesús toma la palabra y abre su Corazón a sus apóstoles: Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer.

Hablaba, ciertamente, no porque esa Pascua tuviese en sí misma algo de superior que en los años anteriores, sino porque daría la ocasión para la institución de la Nueva Pascua que había preparado como prueba de su amor para los hombres: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

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Terminada la Cena Legal, otro festín le sucedió; reuniendo una vez más a Jesús con sus discípulos. Esta segunda Cena, sin embargo, fue triste. Los discípulos estaban preocupados debido a la otra confidencia que les había hecho el Maestro: uno de los doce lo habría de traicionar.

A pesar de sus tenebrosas alternativas, todo parece indicar que todos los ritos se cumplieron y que una Pascua más tuvo lugar. Los Apóstoles no esperaban una tercera Cena.

Jesús había guardado bien su secreto; pero antes de padecer tenía que cumplir una promesa. Exactamente un año antes, había dicho en presencia de una multitud: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Había llegado el momento, pues, en que el Salvador realizaría esa maravilla de su amor por nosotros. Pero como había prometido darnos su Carne y su Sangre, tuvo que esperar la hora de su sacrificio e inmolación.

He aquí, ahora, que su Pasión ha comenzado: ya ha sido vendido a sus enemigos, su vida está en sus manos; por lo que puede, entonces, ofrecerse en sacrificio y dar a sus discípulos la Carne y la Sangre prometidas.

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Terminada la segunda Cena, Jesús se levanta ante el asombro de sus Apóstoles; se despoja de sus prendas exteriores, se ciñe con una toalla como un siervo, toma un lebrillo con agua y manifiesta claramente que se apresta a lavar los pies de los invitados.

La costumbre en Oriente era de lavarse los pies antes de tomar parte en una fiesta; pero el más alto grado de hospitalidad era cuando el dueño de la casa cumplía este rito con respecto a sus invitados, sin permitir que uno de sus siervos lo hiciese en lugar suyo.

Es Jesús quien invita en ese momento a sus amigos a su Divina Cena, y se digna a actuar con ellos como el más atento anfitrión.

Pero como sus acciones siempre contienen un fondo inagotable de enseñanza, como sus actos son también palabras, quiere por este gesto darnos una advertencia acerca de la pureza que se requiere en aquellos que han de participar de su Nueva Pascua.

Es como si dijera: tal es la santidad de esta Cena Divina, que para participar de ella, no sólo es necesario que el alma sea purificada de sus manchas más grave, sino que también tiene que procurar eliminar las más pequeñas, las que el contacto con el mundo nos hace contraer, y que son como el polvo del camino que se adhiere a los pies.

El Apóstol San Pablo nos lo dice en la Epístola de esta Misa: Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual antes de comer el pan y de beber el cáliz; pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación.

En efecto, para entrar de una manera tan íntima en el sublime misterio de la Redención, para contraer tal unión con la Víctima Divina, debemos alejar de nosotros, no sólo todo lo que es el pecado, sino también todo afecto al pecado.

El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en Mí y yo en él, dijo el Salvador. ¿Puede haber algo de más íntimo? ¡Con cuánto cuidado debemos purificar nuestra alma, unir nuestra voluntad a la de Jesús, antes de acercarnos a participar de lo que ha instituido para nosotros y a lo cual nos invita!

Pidámosle que prepare como preparó a sus Apóstoles al lavarles los pies. Lo hará ahora y siempre, si nos entregamos a su gracia y a su amor.

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Jesús, una vez que terminó de lavar los pies a los doce, se reviste nuevamente y ocupa su lugar en la mesa. Luego, tomando el pan sin levadura que quedaba de la comida, levanta los ojos al cielo, bendice el pan, lo parte y lo distribuye a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.

Los Apóstoles reciben el Cuerpo de su Maestro, se alimentan espiritualmente de Él… Y Jesús no está solamente con ellos, sentado a la mesa, está en ellos, en su alma y corazón.

Enseguida, como este Divino Misterio no es sólo el más augusto de los Sacramentos, sino también un verdadero Sacrificio, lo que requiere el derramamiento de sangre, Jesús tomó el cáliz, convirtió el vino en su propia Sangre, es decir lo transubstanció, y lo pasó a sus discípulos, diciendo: Bebed todos de él, porque esta es la sangre de la Nueva y Eterna Alianza, que será derramada por vosotros.

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Tales son las circunstancias de la institución del Augusto Sacrifico del Señor y del Santísimo Sacramento, cuyo aniversario solemnizamos hoy.

Pero debemos añadir aún una característica esencial de ambas realidades.

Lo que sucedió el Jueves Santo en el Cenáculo no fue un evento que ocurrió una vez en la vida mortal del Hijo de Dios…; y los Apóstoles no fueron los únicos convidados, privilegiados, de la Nueva Pascua, que selló la Nueva y Eterna Alianza.

En el Cenáculo, así como hubo varias Cenas, también tuvieron lugar varias instituciones, una más, además de la del nuevo Sacrificio y la del Santísimo Sacramento…

Allí tuvo lugar la institución de un nuevo Sacerdocio.

En efecto. ¿Cómo podría haber dicho Jesús a los hombres: Si no coméis mi Carne y bebéis mi Sangre, no tendréis vida en vosotros, si no hubiese pensado en establecer un ministerio en la tierra por el cual hacer presente, hasta el final de los tiempos, lo que instituía en presencia de esos doce hombres?

Entonces, dijo a los hombres que había elegido: Haced ésto en memoria mía. Hoc facite in meam commemorationem…

Hoc facite… Haced ésto… Por estas sublimes y, al mismo tiempo, sencillas palabras, les da el poder de transubstanciar el pan en su propio Cuerpo y el vino en su propia Sangre.

Y este divino poder será transmitido en la Iglesia, por la sagrada ordenación, hasta el fin de los tiempos.

Jesús va a seguir repitiendo, mediante el ministerio de hombres pecadores y mortales, las maravillas que hizo en el Cenáculo; y al mismo tiempo que deja en herencia a su Iglesia el Sacrificio único, nos da, según su divina promesa, la forma de permanecer en Él y Él en nosotros.

Tenemos, pues, que celebrar y festejar otro aniversario no menos maravilloso que los otros: la institución del sacerdocio católico.

El gran Apóstol San Pablo insiste en el poder que el Salvador dio a sus discípulos para renovar la acción que había hecho; y nos enseña, en particular, que cada vez que el sacerdote consagra el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo anuncia la muerte del Señor, expresando con estas palabras la unidad del Sacrificio, sobre la Cruz y sobre el Altar, aunque realizados de modo distinto, uno cruento, otro incruento.

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Hoy quiero repetir, y llamar la atención nuevamente, sobre lo que tantas otras veces he dicho. Me refiero a una página magnífica del libro de Jean Ousset, Para que Él reine.

Aplicando a los demonios el texto de San Pablo que dice: Si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria, hace ver la diferente actitud diabólica respecto de la Santa Misa.

En efecto, no comprendieron la infinita eficacia de la Cruz, y que Ella era su más retunda derrota; y por eso hicieron crucificar a Nuestro Señor, creyendo con ello que lo vencían.

Sin embargo, ahora el demonio conoce perfectamente, no sólo la eficacia del Sacrificio de la Cruz, sino también la del Santo Sacrificio de la Misa.

Por eso, la mayor preocupación del demonio es impedir que se celebre la Santa Misa conforme a las rúbricas de la Santa Iglesia Romana.

Esto lo escribió Jean Ousset en 1949, para luego suprimirlo en la segunda edición de su libro…

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Por esta razón, se comprende que la Misa del Jueves Santo sea una de las más solemnes del año, y aunque la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento, o Corpus Christi, tiene la intención de honrar con más pompa este sacrosanto misterio, sin embargo, al establecerla, la Iglesia no pretendió que el aniversario de la institución de la Santa Misa y del Sacerdocio perdiese el derecho a los honores que le son debidos.

El color adoptado para los ornamentos sagrados de la Misa es el blanco o dorado, al igual que en Navidad y Pascua; toda referencia al luto ha desaparecido.

Sin embargo, varios ritos extraordinarios anuncian que la Iglesia todavía teme por su Esposo, y que es sólo por un momento que suspende la aflicción que le oprime.

En efecto, al entonar el sacerdote el himno angélico: Gloria a Dios en las alturas, las campanas echaron a vuelo alegre, acompañando hasta terminar la canción celestial; pero desde ese momento van a permanecer en silencio, siendo reemplazadas por el sonido seco y grave de las maderas, manifestando las horas trágicas que se viven.

La Iglesia quiere que comprendamos que este mundo, testigo de los sufrimientos y de la muerte de su divino Autor, ha perdido toda melodía y se convirtió en un triste desierto.

Otro rito no menos extraño se llevará a cabo en el altar, durante la acción misma del Sacrificio. El sacerdote consagrará y reservará más formas de las necesarias para esta Misa, de modo que haya suficientes para la ceremonia de mañana por la tarde.

Es que la Iglesia ha decidido interrumpir mañana el sacrificio perpetuo. Tal es la impresión que experimenta al conmemorar la Pasión y muerte del Salvador, que Ella no se atreve a renovar sobre el altar, en ese día terrible, el Sacrificio que tuvo lugar en el Calvario.

Permanecerá inmersa en sus recuerdos, y sólo participará del fruto del Sacrificio de hoy, del cual reserva las sagradas formas para mañana. Ese rito se llama la Misa de Presantificados, porque sólo se consumen las hostias consagradas en la ceremonia de hoy.

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Sin embargo, si bien la Iglesia suspende la ofrenda del Sacrificio, no quiere que su divino Esposo pierda algo de los homenajes que se le debe en el Santísimo Sacramento. La piedad católica ha encontrado la manera de convertir en un triunfo de la Eucaristía las horas en que la Hostia Divina parece inaccesible a nuestra indignidad.

Se prepara, pues, en cada templo un pomposo altar o Monumento, al cual, después de la Misa de la Institución, se traslada el Santísimo Sacramento para que reciba la adoración de los fieles durante toda la noche y parte de la mañana siguiente.

Finalmente, al finalizar la ceremonia de hoy, el sacerdote despoja el altar de todo su ornamento. Este rito sombrío anuncia que el sacrificio se suspende. El altar debe permanecer desnudo y despojado hasta que la ofrenda pueda volver a ser presentada a la Divina Majestad; pero para ello se requiere que el Esposo de la Iglesia Santa, vencedor de la muerte, salga resucitado del sepulcro.

En estos momentos se encuentra en manos de los judíos, que lo van a despojar de sus vestimentas, como se despoja el altar. Será expuesto desnudo a los insultos de todo un pueblo. Por esta razón, la Iglesia ha escogido para acompañar a esta triste ceremonia el Salmo XXI, en el que se profetiza de manera sorprendente la acción de los soldados romanos, quienes, al pie de la Cruz, se repartieron sus vestidos como botín.

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Como conclusión, no olvidemos que La sagrada Eucaristía es el fruto de la Cruz.

Por consiguiente, cuanto más amorosa y sumisamente nos abracemos a la Cruz, con el Salvador, tanto más participaremos de las gracias y bendiciones celestiales que encierra en sí el Santísimo Sacramento del Altar.

A nosotros nos conviene gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, reza el Introito de hoy.

¡Así debiera ser! Pero, en realidad, huimos de la Cruz y evitamos todo lo posible su contacto.

No soportamos la Cruz que nos ha tocado. Regateamos con Dios.

Por eso permanece cerrado todavía para nosotros el misterio de la Santa Eucaristía.

Por eso no tenemos todavía el amor que debiéramos tener a la Sagrada Eucaristía, al Sacramento del Amor.

En Él están nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección, continúa el Introito. En Él, que mora en medio de nosotros, en la Sagrada Eucaristía.

En Él, que nos ama y ora y se sacrifica por nosotros en el santo Sacrificio de la Misa.

Oración:

Oh Dios, que nos dejaste en un admirable Sacramento el memorial de tu Pasión; suplicámoste nos concedas la gracia de venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que merezcamos experimentar continuamente en nosotros los frutos de tu redención.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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