P. CERIANI: VIERNES SANTO


 

 

 

Crucifixion de Jesus

¡Jesús es condenado a muerte y crucificado! Pilato, representante del poder de Roma, presenta a Jesús a los judíos como su Rey; pero el pueblo lo rechaza y renuncia hoy, Viernes Santo, a la dominación de Dios, para abrazar la dominación del César romano: “No tenemos otro rey que el César.”

Con esta renuncia, el pobre pueblo, sella para siempre su fatal destino.

Nadie puede despreciar a Jesús sin despreciarse y perderse a sí mismo al mismo tiempo.

Jesús, es el Rey despreciado por su pueblo. En el relato del Evangelista San Juan, al describirnos la condenación de Jesús, se advierte un marcado empeño por subrayar la regia actitud con que el Señor comienza y termina su Pasión: Yo soy Rey. A eso he venido al mundo: a dar testimonio de la Verdad.

Los soldados ponen sobre su cabeza una corona de espinas y le saludan: “¡Salve, Rey de los Judíos!”

Pilato se sienta en su tribunal, y pregunta a los judíos: “¿Queréis que crucifique a vuestro Rey?”

Ellos respondieron: “Nosotros no tenemos más rey que el César.”

Jesús sube a la Cruz como Rey. Así lo prueba la inscripción que se coloca sobre ella: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos.”

El Señor dispone de su Cuerpo como un Rey.

Reconozcamos nosotros en el Crucificado de hoy al Rey, a Nuestro Rey, y acatémoslo.

¡Qué humillado, qué ultrajado, qué despreciado esta!

¡Él, el Rey!

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“Él se ha hecho a sí mismo Hijo de Dios”. He aquí la acusación que presentan contra Él a Pilato los Príncipes de los Sacerdotes. Este es el fundamento en que se apoyan para declararle digno de muerte.

Para corroborar su propio testimonio, de que es el Hijo de Dios, Jesús se deja matar. Lo rubrica con su Sangre.

Pero el Evangelista ve, debajo de lo que los hombres juzgan y dicen, la oculta y misteriosa acción de Dios Padre. El sumo sacerdote Caifás había aconsejado a los miembros del Sanhedrín: “Es mucho mejor que muera un hombre solo por el pueblo, para que no perezca toda la Nación.”

Profetizó que Jesús había de morir por el pueblo. En efecto, Él había de morir, no sólo por el pueblo, sino también para reunir en uno a todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.

Según el decreto de Dios, Jesús murió por todos los que han sido llamados a la filiación divina. Murió para preservarnos de la eterna condenación y para elevarnos a la filiación de Dios.

Con su muerte de Cruz fundó el reino de Dios, el reino de los hijos de Dios.

Hoy, en este día crucial, en este día de la Redención, la Iglesia se agrupa en torno a la Cruz y suplica al Crucificado que se digne sostener, acrecentar y conducir hasta la salvación final el reino que Él mismo fundó con su propia Sangre sobre la Cruz.

Unámonos también a las ardientes súplicas de la Santa Iglesia. Hoy serán escuchadas de un modo especialísimo.

Frente a la incredulidad del pueblo de Israel, nosotros confesemos altamente: “Tú eres el Hijo de Dios vivo. Tú solo eres el Santo, Tú solo el Señor, Tú solo el Altísimo, oh Jesucristo, junto con el Padre y el Espíritu Santo.”

Elijamos al Crucificado por Rey y Señor Nuestro.

Para ello, unámonos con la Santa Iglesia y hagamos con ella la adoración de la Cruz.

¡He aquí el madero de la Cruz, del que pendió la salud del mundo! ¡Venid, adoremos!

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El Viernes Santo es día de duelo: para la Iglesia y para los fieles.

En el centro de la solemnidad litúrgica se eleva la Cruz.

Sobre ella, el Salvador, cumpliendo con el mandato del Padre, entrega su vida por nosotros, pecadores.

Jesús muere en la Cruz. Se hizo obediente hasta la muerte, y la muerte de cruz.

Se preguntaba, proféticamente, Isaías: Señor, ¿quién hubiera creído lo que nosotros contemplamos ahora del Mesías? ¿Y a quién le fue revelado el Brazo del Señor? Él, el Mesías, surgirá como un pimpollo, como una raíz en una tierra seca. No tiene belleza ni decoro. Le vimos, y no se podía contemplar. Era un ser despreciado y el último de los hombres: un varón de dolores, que sabe de enfermedades. Era como uno que tiene que ocultar su rostro: por eso, ni siquiera le miramos.

¡Su cuerpo santísimo, surcado por los azotes, ha quedado convertido en una pura llaga, sangrante y ardiente!

La corona de espinas le atenaza las sienes. Le ahoga la sed.

Y a los dolores del cuerpo se juntan las angustias y los tormentos del espíritu. Contempla al pueblo obcecado, que le rechaza y grita: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos.”

Oye las injurias de sus enemigos.

Contempla la ingratitud de los cristianos que, en crecido número, mirarán indiferentes y fríos su amor y su muerte. ¿Qué les interesa a ellos eso? Tienen otras cosas de qué ocuparse. No disponen de tiempo para Él.

No reciben las gracias que Él con tanto trabajo y con tantos sacrificios les ha granjeado. Las desprecian. Y pierden, por su propia culpa, su alma, su verdadera felicidad, que Él les ha comprado al precio de su Sangre y de su vida.

¡Cómo le duele esta ingratitud, esta ceguera! Yo quise salvarte; pero tú no quisiste.

Seamos nosotros hoy María y Juan al pie de la Cruz, compartiendo íntimamente con el Señor todos sus dolores y sufrimientos.

Jesús muere en nuestro lugar.

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Continúa el Profeta Isaías: tomó sobre sí nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, es decir, el castigo, que nosotros merecíamos por nuestros pecados. Nosotros le consideramos como un leproso, como un ser castigado y humillado por Dios. Pero Él fue herido por causa de nuestras iniquidades. Fue triturado por causa de nuestros delitos. Para granjearnos la paz (es decir, el perdón y la amistad con Dios) se sujetó Él mismo a los azotes, y con sus heridas fuimos nosotros curados. Todos hemos sido como ovejas errantes, marchando cada cual por su camino; pero Dios cargó sobre Él todas nuestras iniquidades.

Ninguna criatura, aunque sea un Ángel, puede reparar la ofensa causada a Dios por el pecado.

Dice San Basilio: No busques a un hombre para que te salve, busca a uno que sea de naturaleza superior a la tuya, busca a Jesús, Dios y Hombre: sólo Él puede satisfacer tu deuda.

Él está por encima de todos, por eso puede salvarnos a todos. Tomó, pues, sobre sí nuestros pecados. Rasgó el título de la deuda, que estaba escrito contra nosotros, y lo clavó en la Cruz.

Hemos sido redimidos de la esclavitud del pecado, de Satanás y del infierno, no con oro ni con plata corruptibles, sino con la preciosa Sangre del Cordero inmaculado.

Con sus heridas hemos sido nosotros curados.

En rigor, nosotros somos los que debiéramos padecer lo que Él padece, pues lo hemos merecido. Él toma sobre sí el dolor, merecido por nuestros pecados, para expiar por nosotros, para alcanzarnos el perdón y la salvación.

Expía, con su Cuerpo y con su Alma, lo que debiéramos expiar nosotros.

Nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus amigos, dice San Juan. ¡Y, sobre todo, pues, el que la da por sus enemigos, como lo hizo Jesús!

Jesús muere por nosotros…, por mí personalmente, entonces…

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La muerte es el saldo del pecado. En ella se dan cita todas las consecuencias del pecado, todos los dolores y miserias de la vida.

En ninguna otra cosa se manifiesta tan profunda y claramente al hombre la justicia de Dios como en las angustias y horrores de la muerte. Ante la muerte tiemblan todas las criaturas.

El castigo más natural contra el pecado es la muerte. La muerte corta violentamente los hilos que encadenan el alma al cuerpo y a la tierra. Ahora bien: esto fue precisamente lo que hizo el pecado, al romper los lazos que unían al alma con Dios.

Y Él, Nuestro Salvador, acepta gustoso, por nuestro amor, este castigo de la muerte. Este es su amor…

La terrible fórmula de la justicia divina, la muerte, se convierte en el más sublime acto de su amor…

El castigo más grande se convierte en su más excelsa muestra de amor hacia nosotros

Jesús murió por nosotros. Ofreció su Cuerpo; y al ofrecer su Cuerpo, clavó también con Él en la Cruz el cuerpo de la humanidad, el cuerpo de la muerte, en la cual habita el pecado.

Sumergió nuestra naturaleza en las purificadoras y expiadoras llamas de su sacrificio, en el purificante y santificador baño de su Sangre, de donde surge como nueva, madura para la filiación divina y para la eterna salvación.

Jesús muere por nosotros, en nuestro lugar… Maravillosa ordenación divina… Peca el impío, y es castigado el justo; delinque el culpable, y expía el inocente; paga el Señor lo que ha roto el esclavo; toma Dios sobre Sí lo que debe el hombre.

Dios es la justicia… Dios es Amor… La Justicia y el Amor…. Esto hace Dios por mí. ¿Qué hago yo por Él?

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En las Oraciones Universales del Viernes Santo la Iglesia reza incluso por los herejes, los cismáticos, los pérfidos judíos y los paganos o infieles. Es decir, Ella extiende su caridad a todos los habitantes de la tierra, y pide por ellos toda la efusión de la Sangre divina.

Inmediatamente la Iglesia se dirige a sus hijos y, emocionada por las humillaciones a las que fue expuesto su Divino Esposo, los invita a expiar y reparar, dirigiendo sus homenaje a esta Cruz, hasta ese día infame y a partir de entonces sagrada.

Para los judíos, la Cruz es un objeto de escándalo; para los gentiles, una locura; para nosotros, los cristianos, objeto de veneración y trofeo de la victoria del Hijo de Dios, instrumento augusto de la salvación.

El momento ha llegado cuando debe recibir nuestra adoración, por el honor que se ha dignado conferirle el Hijo de Dios al rociarla con su Sangre divina, y asociándola de este modo a la obra de nuestra salvación.

No hay día, no hay momento en el año más adecuado para rendirle nuestra humilde adoración.

El Viernes Santo tiene lugar, pues, la exposición, la ostentación y adoración de la Santa Cruz.

La santa Iglesia no se limita a exponer en este momento a los ojos de sus hijos la Cruz que los salvó, sino que los invita a adorarla y a imprimir respetuosamente sus labios sobre el instrumento de la redención.

Después de esta ceremonia, la Santa Cruz ya no estará cubierta, y va a esperar, sin velo, en el altar, la hora de la gloriosa resurrección del Redentor.

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Los cantos que acompañan la adoración de la Cruz son de gran belleza.

Primero están los Improperios o reproches que el Mesías dirige a los judíos.

Las tres primeras estrofas de este himno se intercalan con el canto del Trisagio u oración al Dios tres veces Santo, cuya inmortalidad es justo glorificar en un momento en que Él se digna, como el hombre, sufrir la muerte por nosotros.

El resto de esta hermosa canción es del más alto tenor dramático. Jesucristo recuerda todas las indignidades a las que fue sometido por el pueblo judío, y pone de relieve los beneficios que Él distribuyó sobre esta gente ingrata.

Es bueno y saludable recordar todas las gracias que hemos recibido en nuestra vida, desde la concepción hasta el día de hoy, tanto en el orden natural como en el sobrenatural… Y luego compararlas con nuestras negligencias, ofensas y pecados…

Pueblo mío, ¿qué te he hecho yo? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Porque te saqué de la tierra de Egipto, has preparado la cruz a tu Salvador.

Porque te conduje por el desierto y te alimenté con el Maná; porque te introduje en una tierra muy buena, has preparado la cruz a tu Salvador.

¿Qué debí hacer por ti, que no lo haya hecho?

Yo te planté como a una hermosa viña, como a mi viña preferida, y tú me has salido muy amarga: saciaste mi sed con vinagre y taladraste con una lanza el pecho de tu Salvador.

Yo flagelé a Egipto, con sus primogénitos, por causa tuya, y tú me has entregado a mí a la flagelación.

Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Yo te saqué de Egipto, hundiendo a Faraón en el Mar Rojo, y tú me has entregado a los Príncipes de los Sacerdotes.

Pueblo mío, ¿qué te he hecho yo? ¿En qué te he contristado?

Yo abrí ante ti el Mar Rojo, y tú has traspasado con una lanza mi costado. Yo te alimenté en el desierto con Maná, y tú me has herido con bofetadas y azotes.

Pueblo mío, ¿qué te he hecho yo? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Yo te di un cetro real, y tú has dado a mí cabeza una corona de espinas.

Pueblo mío, ¿qué te he hacho yo? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Yo te exalté con gran poder, y tú me has suspendido en el patíbulo de la cruz.

Pueblo mío, ¿qué te he hacho yo? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Nosotros respondamos manifestándole nuestro agradecimiento y nuestra sumisión.

¡Santo Dios! ¡Santo Fuerte! ¡Santo Inmortal! ¡Ten misericordia de nosotros!

Sí… Es bueno y saludable recordar todas las gracias que hemos recibido y compararlas con nuestras negligencias, ofensas y pecados…

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A los Improperios sigue una antífona solemne, en la cual a la memoria de la Cruz se une el recuerdo de la Resurrección, para la gloria de Nuestro divino Redentor:

Adoramos, Señor, tu Cruz, y ensalzamos y glorificamos tu santa Resurrección, porque es a través de la Cruz que vino el gozo al universo mundo.

Se termina con el magnífico Pange lingua gloriosi (Canta la voz la corona del combate glorioso: cómo en la Cruz venció inmolado el Redentor del mundo) intercalando la antífona Crux fidelis:

¡Oh Cruz fiel!, el más noble entre todos los árboles. Ningún bosque produjo otro igual: ni en hoja, ni en flor ni en fruto. ¡Oh dulce leño, dulces clavos que sostuvieron tan dulce peso!

Hagamos nuestro lo expresado por el Introito de la Misa de ayer, Jueves Santo:

Nos autem gloriari oportet in cruce Domini Nostri Jesu Christi: in quo est salus, vita et resurrectio nostra per quem salvati et liberati sumus.

Nosotros debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en el cual está nuestra salud, vida y resurrección, por quien hemos sido salvados y liberados.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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