P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DE QUINCUAGÉSIMA


DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA

Y tomó Jesús aparte a los doce, y les dijo: Mirad, vamos a Jerusalén y serán cumplidas todas las cosas que escribieron los profetas acerca del Hijo del hombre. Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y azotado, y escupido. Y después que le azotaren le quitarán la vida, y resucitará al tercer día. Mas ellos no entendieron nada de esto, y esta palabra les era escondida y no entendían lo que les decía.
Y aconteció, que acercándose a Jericó estaba un ciego sentado cerca del camino pidiendo limosna. Y cuando oyó el tropel de la gente que pasaba, preguntó qué era aquello. Y le dijeron que pasaba Jesús Nazareno. Y dijo a voces: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí. Y Jesús parándose, mandó que se lo trajesen. Y cuando estuvo cerca le preguntó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga? Y él respondió: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha hecho salvo. Y luego vio, y le seguía glorificando a Dios. Y cuando vio todo esto el pueblo, alabó a Dios.

Mirad, vamos a Jerusalén… Esta es la tercera vez que Nuestro Señor predice y anuncia su Pasión a sus discípulos.

El primer anuncio fue después de la confesión de San Pedro en Cesarea de Filipo y la hizo en estos términos:

Desde entonces Jesús comenzó a declararles a sus discípulos que convenía que él, el Hijo del hombre, fuese a Jerusalén y padeciese muchas cosas, y que fuese desechado por los ancianos y por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y que fuese entregado a la muerte, y que resucitase después de tres días. Y decía esto claramente.

Después de la estupenda confesión de San Pedro; de la clara afirmación de Jesús, que se llama a sí mismo Hijo de Dios y Mesías; del anuncio de una Iglesia gloriosa, obra del mismo Jesús; del vaticinio de las magníficas prerrogativas de San Pedro; y cuando humanamente eran de esperar días brillantes para la predicación del reino de Dios, súbitamente, sin transición, por vez primera señala el Señor la tremenda silueta de la Cruz, la predicción de su Pasión y muerte…

Había prohibido Jesús a los Apóstoles anunciar que Él es el Mesías. Una de las razones de ello, dada la ideología judía sobre el Mesías, fue sin duda evitar el escándalo y la decepción, cuando llegue, dentro de pocos meses, la muerte ignominiosa del Señor.

Pero los discípulos deben estar preparados para la tremenda hora: Jesús comenzó a declararles que convenía que Él, en propia persona, el Hijo del hombre, que acababa de ser confesado Hijo de Dios por San Pedro, fuese a Jerusalén, padeciese muchas cosas y le quitasen la vida.

El vaticinio era tan terrible como claro. Pudieron los Apóstoles presagiar los dolores de Jesús de algunos hechos singulares; pero todo ello fue ineficaz para sugerir la idea de la muerte de Jesús, porque en el Mesías todo debía ser glorioso.

Ahora ya no habrá dudas: el anuncio es categórico, sin ambages, ni metáforas.

Se lo anuncia inmediatamente después de haberles declarado su divinidad y de haberles dejado entrever la gloria de su Reino, en la tierra y en los cielos.

¿Por qué? Para que comprendieran que el sufrimiento es ley fundamental del Cristianismo, y que para llegar a la fruición de la divinidad es preciso sorber antes las aguas amargas del dolor.

El mismo Hijo de Dios quiso se cumpliera terriblemente en sí esta ley; no podrán sus discípulos escalar las alturas de la felicidad eterna sin antes salvar los durísimos caminos que a ella conducen.

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La segunda predicción de la Pasión es relatada por los Evangelistas de este modo:

Y habiendo partido de allí, atravesaban la Galilea, y no quería que nadie lo supiese; y enseñaba a sus discípulos. Y estando ellos en la Galilea, y maravillándose todos de cuantas cosas hacía, dijo Jesús a sus discípulos: Grabad en vuestros corazones estas palabras: El Hijo del hombre ha de ser entregado en manos de los hombres; y lo matarán, y, muerto, resucitará al tercer día. Mas ellos no entendían este lenguaje; y les era tan obscuro, que nada comprendieron, ni se atrevían a preguntarle sobre lo dicho. Y se entristecieron en extremo.

Luego de la Transfiguración, al pie del Tabor, donde había curado al joven poseso, se dirigió Jesús acompañado de sus discípulos a Cafarnaúm.

Se acercaban horas graves para el Señor, y aprovechó el tiempo para enseñar a sus Apóstoles, adiestrándoles para la labor futura. Para ello, al atravesar la Galilea lo hace como sigilosamente y evitando manifestarse públicamente.

Y estando ellos en la Galilea, de paso y como ocultamente, y maravillándose todos de cuantas cosas hacía, aprovechando este estado del alma de sus Apóstoles, que no salían de su asombro al ver el poder de Jesús, va a hablarles de su Pasión, para que comprendan que, siendo tal su poder, sólo libérrimamente podrá entrar en los dolores de la Pasión y morir.

Para ello reclama especial atención a lo que va a decirles: Grabad en vuestros corazones estas palabras, las que va a decirles, que importan un hecho en pugna aparente con la manifestación actual de su poder y con la gloria que recibe de los hombres.

La predicción es la misma que hizo Jesús en Cesárea de Filipo hacía pocos días, después de la confesión de Pedro, aunque con menos detalles.

El efecto producido por el terrible anuncio en el ánimo de los discípulos es doble. Por una parte, quedan desorientados y perplejos.

No estaban aún en condición de comprender el profundo misterio de la Cruz, verdad sobrenatural en que descansa toda la obra de Jesús. Y, sea que temiesen una repulsa semejante a la que recibió Pedro, sea que les espantase levantar el velo que ocultaba la terrible predicción, ni se atrevían a preguntarle sobre lo dicho.

Por otra parte, palpaban el sentido de las palabras y la realidad de la muerte de Cristo que en ellas se anunciaba, y bien que no podían penetrar el misterio de la muerte del Maestro, a quien creían Mesías e Hijo de Dios, ni la finalidad de la misma muerte, el amor que sentían por Jesús y el pensamiento de su muerte les llenó de profunda pena: se entristecieron en extremo.

Sin embargo, la lección dada a San Pedro en ocasión análoga ha aprovechado, y ya no se reputa cosa indigna del Cristo de Dios que sufra la muerte.

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El tercer anuncio es el que trae el Evangelio de este Domingo:

Iban su camino, subiendo a Jerusalén: y Jesús se les adelantaba, y se maravillaban, y le seguían con miedo. Jesús tomó aparte a los doce discípulos y comenzó a decirles las cosas que habían de acontecerle, y les dijo: Ved que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que está escrito en los Profetas sobre el Hijo del hombre. Y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, a los ancianos, y le condenarán a muerte. Y le entregarán a los gentiles para que les escarnezcan, y azoten, y sea escupido, y le crucifiquen; y después que le hubieren azotado le matarán, y al tercer día resucitará. Pero ellos ninguna de estas cosas entendieron, porque era lenguaje oscuro para ellos, y no entendían lo que les decía.

Pocos días faltaban para la definitiva consumación de la obra de Jesús. Una vez más declara la naturaleza de su Reino contra los prejuicios de que sus mismos discípulos estaban imbuidos.

Porque su Reino no puede conquistarse sino por la Pasión, la predice por tercera vez con todos sus detalles.

Y Jesús se les adelantaba, demostrando con ello que no sólo no temía la muerte, sino que con vivas ansias iba a sufrirla para cumplir la voluntad del Padre.

Los discípulos le seguían atónitos y temerosos. Era ello muy natural, pues no ignoraban el odio y las amenazas de los sacerdotes contra Jesús, y que habían puesto precio a su cabeza.

Fue en este emocionante momento que Jesús predice su Pasión por tercera vez: ya lo había hecho en Cesarea de Filipo y después de la Transfiguración.

Demuestra con ello Jesús no sólo que sabe lo que le ha de ocurrir en la capital, sino que todo ello está ordenado, ya desde la eternidad, por la santísima voluntad de Dios.

Se refiere aquí el Señor especialmente a los vaticinios del Salmo 21; de Isaías 50, 6 y 53, 1; de Daniel 9, 26; de Zacarías 11, 12; 12, 10 y 13, 7, etc.

Sigue luego Jesús particularizando los futuros hechos de su Pasión; así demuestra que va libremente a la muerte, al tiempo que previene a sus discípulos para que la novedad no les perturbe.

Y aún especifica más que las otras dos veces. Cuanto más cercana la Pasión, más precisos son los detalles que da de ella Jesús; como si se deleitara en saborearla por anticipado y en grabarla en el ánimo de sus discípulos, que también debían participar de ella.

Pero ellos, siempre preocupados con sus ideas sobre la gloria terrena del Reino mesiánico, no acababan de entender cómo aquello que oían de labios del divino Maestro había de entenderse a la letra.

Así, pues, ninguna de estas cosas entendieron, porque era lenguaje oscuro para ellos, no en cuanto a las palabras, que bien claras eran, sino porque no hallaban manera de conciliar esa predicción de humillaciones y tormentos con sus ideas sobre el Mesías glorioso.

Es que todo Israel esperaba al Mesías triunfante tan anunciado por los Profetas, y el misterio de Cristo doliente estaba oculto. De ahí el gran escándalo de todos los discípulos ante la Cruz. Fue necesario que el mismo Jesús, ya resucitado, les abriese el entendimiento para que comprendieran las Escrituras, las cuales guardaban escondido en “Moisés, los Profetas y los Salmos” ese anuncio de que el Mesías Rey sería rechazado por su pueblo antes de realizar los vaticinios gloriosos sobre su triunfo.

Hoy, gracias a la luz del Nuevo Testamento, podemos ver con claridad ese doble misterio de Cristo: doloroso en su Primera Venida, triunfante en la Segunda; y comprendemos también el significado de las figuras dolorosas del Antiguo Testamento, la inmolación de Abel, de Isaac, del Cordero pascual, cuyo significado permanece aún velado para los judíos hasta el día de su conversión.

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Luego del primer anuncio de su Pasión, convocando al pueblo, con sus discípulos, Jesús les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, cada día, y sígame. Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; mas el que perdiere su vida por mí y por el Evangelio, la salvará, la hallará.

Seguir a Jesús es imitarle: el discípulo debe hacer lo que el Maestro le enseña.

Negarse uno a sí mismo es desertar de sí mismo, de sus quereres, de los afectos e inclinaciones de su amor propio.

Tomar la cruz es locución figurada; por la cruz, suplicio vulgarizado ya en la Palestina por los romanos, debieron entender los oyentes de Jesús las humillaciones, las afrentas, los tormentos, la misma muerte, si así lo exige el seguimiento de Jesús.

La cruz debe tomarse siempre que Dios la envíe, cuando la vida cristiana lo exija. Y bien sabemos que frecuentísimamente lo exige: cada día.

Y sígame: no basta llevar la cruz, porque las miserias de la vida pesan sobre todos, cristianos y paganos; se debe tomar por Cristo y con espíritu de imitación de Cristo.

Y da Jesús de ello una razón gravísima, que toca a la misma consecución, nuestro fin último: Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; morirá eternamente quien no esté dispuesto a abnegarse hasta dar la vida por Cristo, si fuere necesario.

En cambio, logrará eterna vida quien muriere, o estuviere aparejado a morir por Cristo o por su Evangelio, en su predicación, en su defensa: Mas el que perdiere su vida por mí y por el Evangelio, la salvará, la hallará.

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Si alguno quiere venir en pos de mí,…, y sígame…

Se puede preguntar aquí: ¿querrá realmente que le sigamos?

Y la pregunta cabe porque a Él le gustan los caminos solitarios. En efecto, solía andar solo, nadie conocía las profundidades de su alma; solo llevó su cruz a la cima del Gólgota; resucitó solo, solo descendió a los infiernos y subió a los cielos.

Y era necesario que por esos caminos transcendentales anduviese solo; los caminos de las almas grandes siempre son caminos solitarios. El resto de los hombres no las comprenden.

Solitarios son también los caminos de nuestra vida espiritual. En este mundo debemos andar solos por las profundidades o por los desiertos de nuestra alma.

Solamente Dios está con nosotros; Él es el alma de nuestra alma.

Debemos perdernos en Él para adelantar…

A este camino, a este camino solitario, a estas profundidades nos llama el Señor. En este camino debemos crucificar nuestra naturaleza; por este camino debemos descender a los infiernos de los sacrificios que nos imponga la salvación de nuestra alma; en ese camino debemos resucitar y subir a los cielos.

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Estas profundidades interiores son a veces espantosas.

La vida es un misterio tan grande que, a veces, no nos sentimos con fuerzas para sobrellevarla, y una especie de profunda desconfianza se apodera de nosotros, principalmente al contemplar los yerros y anomalías de las almas.

Las profundidades de la vida están llenas de desengaños; de modo que necesitamos unas señales exteriores que nos indiquen el camino, unas señales que nos muestren concretamente la vida divina…

¡Y ahí tenemos el ejemplo, el espíritu, el ánimo, los afectos, el mundo interior, la oración, la palabra, los discursos, los deseos, las luchas de Jesucristo!

¡He ahí el ejemplar de la vida divina!

Escuchemos a Jesús que nos dice: Ven también tú, y sigue mis pisadas. Por ti mismo no serías capaz de comprender la vida divina; ninguno es capaz de enseñarte a vivir. Yo soy el dispensador y modelador de la vida; Yo he sembrado en ti el ideal: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo… Tome tu cruz, y sígueme…

Y respondamos como Bartimeo, el cieguito del Evangelio de hoy: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí… Señor, que vea…

VISTO EN: RADIO CRISTIANDAD

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