La Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Ana Catalina Emmerich Parte IV

IX Desesperación de Judas

JUDAS

Mientras conducían a Jesús a casa de Pilatos, el traidor Judas oyó lo que se decía en el pueblo, y entendió palabras semejantes a éstas: “Lo conducen ante Pilatos; el gran Consejo ha condenado al Galileo a muerte; tiene una paciencia excesiva, no responde nada, ha dicho sólo que era el Mesías, y que estaría sentado a la derecha de Dios; por eso le crucificarán; el malvado que le ha vendido era su discípulo, y poco antes aún había comido con Él el cordero pascual; yo no quisiera haber tomado parte en esa acción; que el Galileo, sea lo que sea, al menos no ha conducido a la muerte a un amigo suyo por el dinero: “¡verdaderamente ese miserable merecería ser crucificado!”. Entonces la angustia, el remordimiento y la desesperación luchaban en el alma de Judas. Huyó, corrió como un insensato hasta el templo, donde muchos miembros del Consejo se habían reunido después del juicio de Jesús. Se miraron atónitos, y con una risa de desprecio lanzaron una mirada altanera sobre Judas, que, fuera de sí, arrancó de su cintura las treinta piezas, y presentándoselas con la mano derecha, dijo con voz desesperada: “Tomad vuestro dinero, con el cual me habéis hecho vender al Justo; tomad vuestro dinero, y dejad a Jesús. Rompo nuestro pacto; he pecado vendiendo la sangre del inocente”. Los sacerdotes le despreciaron; retiraron sus manos del dinero que les presentaba, para no manchársela tocando la recompensa del traidor, y le dijeron: “¡Qué nos importa que hayas pecado! Si crees haber vendido la sangre inocente, es negocio tuyo; nosotros sabemos lo que hemos comprado, y lo hallamos digno de muerte!”. Estas palabras dieron a Judas tal rabia y tal desesperación, que estaba como fuera de sí; los cabellos se le erizaron; rasgó el cinturón donde estaban las monedas, las tiró en el templo, y huyó fuera del pueblo.

Lo vi correr como un insensato en el vale de Hinón. Satanás, bajo una forma horrible, estaba a su lado, y le decía al oído, para llevarle a la desesperación, ciertas maldiciones de los Profetas sobre este valle, donde los judíos habían sacrificado sus hijos a los ídolos. Parecía que todas sus palabras lo designaban, como por ejemplo: “Saldrán y verán los cadáveres de los que han pecado contra mí, cuyos gusanos no morirán, cuyo fuego no se apagará”. Después repetía a sus oídos: “Caín ¿dónde está tu hermano Abel? ¿qué has hecho? Su sangre me grita: eres maldito sobre la tierra, estás errante y fugitivo”. Cuando llegó al torrente de Cedrón, y vio el monte de los Olivos, empezó a temblar, volvió los ojos y oyó de nuevo estas palabras: “Amigo mío, ¿qué vienes a hacer? ¡Judas, tú vendes al Hijo del hombre con un beso!”. Penetrado de horror hasta el fondo de su alma, llegó al pie de la montaña de los Escándalos, a un lugar pantanoso, lleno de escombros y de inmundicias. El ruido de la ciudad llegaba de cuando en cuando a sus oídos con más fuerza, y Satanás le decía: “Ahora le llevan a la muerte; tú le has vendido; ¿sabes tú lo que hay en la ley? El que vendiere un alma entre sus hermanos los hijos de Israel, y recibiere el precio, debe ser castigado con la muerte. ¡Acaba contigo, miserable, acaba!”. Entonces Judas, desesperado, tomó su cinturón y se colgó de un árbol que crecía en un bajo y que tenía muchas ramas. Cuando se hubo ahorcado, su cuerpo reventó, y sus entrañas se esparcieron por el suelo.

X Jesús conducido a presencia de Pilatos

Condujeron al Salvador a Pilatos por en medio de la parte más frecuentada de la ciudad. Caifás, Anás y muchos miembros del gran Consejo marchaban delante con sus vestidos de fiesta; los seguían un gran número de escribas y de judíos, entre los cuales estaban todos los falsos testigos y los perversos fariseos que habían tomado la mayor parte de la acusación de Jesús. A poca distancia seguía el Salvador, rodeado de soldados. Iba desfigurado por los ultrajes de la noche, pálido, la cara ensangrentada; y las injurias y los malos tratamientos continuaban sin cesar. Habían reunido mucha gente, para aparentar su entrada del Domingo de Ramos. Lo llamaban Rey, por burla; echaban delante de sus pies piedras, palos y pedazos de trapos; se burlaban de mil maneras de su entrada triunfal. Jesús debía probar en el camino cómo los amigos nos abandonan en la desgracia; pues los habitantes de Ofel estaban juntos a la orilla del camino, y cuando lo vieron en un estado de abatimiento, su fe se alteró, no pudiendo representarse así al Rey, al Profeta, al Mesías, al Hijo de Dios. Los fariseos se burlaban de ellos a causa de su amor a Jesús, y les decían: “Ved a vuestro Rey, saludadlo. ¿No le decís nada ahora que va a su coronación, antes de subir al trono? Sus milagros se han acabado; el Sumo Sacerdote ha dado fin a sus sortilegios”; y otros discursos de esta suerte.

Estas pobres gentes, que habían recibido tantas gracias y tantos beneficios de Jesús, se resfriaron con el terrible espectáculo que daban las personas más reverenciadas del país, los príncipes, los sacerdotes y el Sanhedrín. Los mejores se retiraron, dudando; los peores se juntaron al pueblo en cuanto les fue posible; pues los fariseos habían puesto guardias para mantener algún orden.

Eran poco más o menos las seis de la mañana, según nuestro modo de contar, cuando la tropa que conducía a Jesús llegó delante del palacio de Pilatos. Anás, Caifás y los miembros del Consejo se pararon en los bancos que estaban entre la plaza y la entrada del tribunal. Jesús fue arrastrado hasta la escalera de Pilatos, quien estaba sobre una especie de azotea avanzada. Cuando vio llegar a Jesús en medio de un tumulto tan grande, se levantó y habló a los judíos con aire de desprecio. “¿Qué venís a hacer tan temprano? ¿Cómo habéis puesto a ese hombre en tal estado? ¿Comenzáis tan temprano a desollar vuestras víctimas?”. Ellos gritaron a los verdugos: “¡Adelante, conducidlo al tribunal!”; y después respondieron a Pilatos: “Escuchad nuestras acusaciones contra ese criminal. Nosotros no podemos entrar en el tribunal para no volvernos impuros”. Los alguaciles hicieron subir a Jesús los escalones de mármol, y lo condujeron así detrás de la azotea desde donde Pilatos hablaba a los sacerdotes judíos. Pilatos había oído hablar mucho de Jesús. Al verle tan horriblemente desfigurado por los malos tratamientos y conservando siempre una admirable expresión de dignidad, su desprecio hacia los príncipes de los sacerdotes se redobló; les dio a entender que no estaba dispuesto a condenar a Jesús sin pruebas, y les dijo con tono imperioso: “¿De qué acusáis a este hombre?”. Ellos le respondieron: “Si no fuera un malhechor, no os lo hubiéramos presentado”. – “Tomadle, replicó Pilatos, y juzgadle según vuestra ley”. Los judíos dijeron: “Vos sabéis que nuestros derechos son muy limitados en materia de pena capital”. Los enemigos de Jesús estaban llenos de violencia y de precipitación; querían acabar con Jesús antes del tiempo legal de la fiesta, para poder sacrificar el Cordero pascual. No sabían que el verdadero Cordero pascual era el que habían conducido al tribunal del juez idólatra, en el cual temían contaminarse. Cuando el gobernador les mandó que presentasen sus acusaciones, lo hicieron de tres principales, apoyada cada una por diez testigos, y se esforzaron, sobre todo, en hacer ver a Pilatos que Jesús había violado los derechos del Emperador. Le acusaron primero de ser un seductor del pueblo, que perturbaba la paz pública y excitaba a la sedición, y presentaron algunos testimonios. Añadieron que seducía al pueblo con horribles doctrinas, que decía que debían comer su carne y beber su sangre para alcanzar la vida eterna. Pilatos miró a sus oficiales sonriéndose, y dirigió a los judíos estas palabras picantes: “Parece que vosotros queréis seguir también su doctrina y alcanzar la vida eterna, pues queréis comer su carne y beber su sangre”. La segunda acusación era que Jesús excitaba al pueblo, a no pagar el tributo al Emperador. Aquí Pilatos, lleno de cólera, los interrumpió con el tono de un hombre encargado especialmente de esto, y les dijo: “Es un grandísimo embuste; yo debo saber eso mejor que vosotros”. Entonces los judíos pasaron a la tercera acusación. “Este hombre oscuro, de baja extracción, se ha hecho un gran partido, se ha hecho dar los honores reales; pues ha enseñado que era el Cristo, el ungido del Señor, el Mesías, el Rey prometido a los judíos, y se hace llamar así”. Esto fue también apoyado por diez testigos. Cuando dijeron que Jesús se hacía llamar el Cristo, el Rey de los judíos, Pilatos pareció pensativo. Fue desde la azotea a la sala del tribunal que estaba al lado, echó al pasar una mirada atenta sobre Jesús, y mandó a los guardias que se lo condujeran a la sala. Pilatos era un pagano supersticioso, de un espíritu ligero y fácil de perturbar. No ignoraba que los Profetas de los judíos les habían anunciado, desde mucho tiempo, un ungido del Señor, un Rey libertador y Redentor, y que muchos judíos lo esperaban. Pero no creía tales tradiciones sobre un Mesías, y si hubiese querido formarse una idea de ellas, se hubiera figurado un Rey victorioso y poderoso, como lo hacían los judíos instruidos de su tiempo y los herodianos. Por eso le pareció tan ridículo que acusaran a aquel hombre, que se le presentaba en tal estado de abatimiento, de haberse tenido por ese Mesías y por ese Rey.
Pero como los enemigos de Jesús habían presentado esto como un ataque a los derechos del Emperador, mandó traer al Salvador a su presencia para interrogarle. Pilatos miró a Jesús con admiración, y le dijo: “¿Tú eres, pues, el Rey de los judíos?”. Y Jesús respondió: “¿Lo dices tú por ti mismo, o porque otros te lo han dicho de mí?”. Pilatos, picado de que Jesús pudiera creerle bastante extravagante para hacer por sí mismo una pregunta tan rara, le dijo: “¿Soy yo acaso judío para ocuparme de semejantes necedades? Tu pueblo y sus sacerdotes te han entregado a mis manos, porque has merecido la muerte. Dime lo que has hecho”. Jesús le dijo con majestad: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuese de este mundo, yo tendría servidores que combatirían por mí, para no dejarme caer en las manos de los judíos; pero mi reino no es de este mundo”. Pilatos se sintió perturbado con estas graves palabras y le dijo con tono más serio: “¿Tú eres Rey?”. Jesús respondió: “Como tú lo dices, yo soy Rey. He nacido y he venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”. Pilatos le miró, y dijo, levantándose: “¡La verdad! ¿Qué es la verdad?”. Hubo otras palabras, de que no me acuerdo bien. Pilatos volvió a la azotea: no podía comprender a Jesús; pero veía bien que no era un rey que pudiera dañar al Emperador, pues no quería ningún reino de este mundo. Y el Emperador se inquietaba poco por los reinos del otro mundo. Y así gritó a los príncipes de los sacerdotes desde lo alto de la azotea: “No hallo ningún crimen en este hombre”. Los enemigos de Jesús se irritaron, y por todas partes salió un torrente de acusaciones contra Él. Pero el Salvador estaba silencioso, y oraba por los pobres hombres; y cuando Pilatos se volvió hacia Él, diciéndole: “¿No respondes nada a esas acusaciones?”, Jesús no dijo una palabra. De modo que Pilatos, sorprendido, le volvió a decir: “Yo veo bien que no dicen más que mentiras contra ti”. Pero los acusadores continuaron hablando con furor, y dijeron: “¡Cómo!, ¿no halláis crimen contra Él? ¿Acaso no es un crimen el sublevar al pueblo y extender su doctrina en todo el país, desde la Galilea hasta aquí?”. Al oír la palabra Galilea, Pilatos reflexionó un instante, y dijo: “¿Este hombre es Galileo y súbdito de Herodes?”. “Sí – respondieron ellos -: sus padres han vivido en Nazareth, y su habitación actual es Cafarnaum”. “Si es súbdito de Herodes – replicó Pilatos – conducidlo delante de él: ha venido aquí para la fiesta, y puede juzgarle”. Entonces mandó conducir a Jesús fuera del tribunal, y envió un oficial a Herodes para avisarle que le iban a presentar a Jesús de Nazareth, súbdito suyo. Pilatos, muy satisfecho con evitar así la obligación de juzgar a Jesús, deseaba  por otra parte hacer una fineza a Herodes, quien estaba reñido con él, y quería ver a Jesús. Los enemigos del Salvador, furiosos de ver que Pilatos los echaba así en presencia de todo el pueblo, hicieron recaer su rencor sobre Jesús. Lo ataron de nuevo, y lo arrastraron, llenándolo de insultos y de golpes en medio de la multitud que cubría la plaza hasta el palacio de Herodes. Algunos soldados romanos se habían juntado a la escolta. Claudia Procla, mujer de Pilatos, le mandó a decir que deseaba muchísimo hablarle; y mientras conducían a Jesús a casa de Herodes, subió secretamente a una galería elevada, y miraba la escolta con mucha agitación y angustia.

XI Origen del Via Crucis

Durante esta discusión, la Madre de Jesús, Magdalena y Juan estuvieron en una esquina de la plaza, mirando y escuchando con un profundo dolor. Cuando Jesús fue conducido a Herodes, Juan acompañó a la Virgen y a Magdalena por todo el camino que había seguido Jesús. Así volvieron a casa de Caifás, a casa de Anás, a Ofel, a Getsemaní, al jardín de los Olivos, y en todos los sitios, donde el Señor se había caído o había sufrido, se paraban en silencio, lloraban y sufrían con Él. La Virgen se prosternó más de una vez, y besó la tierra en los sitios en donde Jesús se había caído.
Este fue el principio del Via Crucis y de los honores rendidos a la Pasión de Jesús, aun antes de que se cumpliera. La meditación de la Iglesia sobre los dolores de su Redentor comenzó en la flor más santa de la humanidad, en la Madre virginal del Hijo del hombre. La Virgen pura y sin mancha consagró para la Iglesia el Vía Crucis, para recoger en todos los sitios, como piedras preciosas, los inagotables méritos de Jesucristo; para recogerlos como flores sobre el camino y ofrecerlos a su Padre celestial por todos los que tienen fe. El dolor había puesto a Magdalena como fuera de sí. Su arrepentimiento y su gratitud no tenían límites, y cuando quería elevar hacia Él su amor, como el humo del incienso, veía a Jesús maltratado, conducido a la muerte, a causa de sus culpas, que había tomado sobre sí. Entonces sus pecados la penetraban de horror, su alma se le partía, y todos esos sentimientos se expresaban en su conducta, en sus palabras y en sus movimientos. Juan amaba y sufría. Conducía por la primera vez a la Madre de Dios por el camino de la cruz, donde la Iglesia debía seguirla, y el porvenir se le aparecía.

XII Pilatos y su mujer

Mientras conducían a Jesús a casa de Herodes, vi a Pilatos con su mujer Claudia Procla. Habló mucho tiempo con Pilatos, le rogó por todo lo que le era más sagrado, que no hiciese mal ninguno a Jesús, el Profeta, el Santo de los Santos, y le contó algo de las visiones maravillosas que había tenido acerca de Jesús la noche precedente.
Mientras hablaba, yo vi la mayor parte de esas visiones, pero no me acuerdo bien de qué modo se seguían. Ella vio las principales circunstancias de la vida de Jesús: la Anunciación de María, la Natividad, la Adoración de los Pastores y de los Reyes, la profecía de Simeón y de Ana, la huida a Egipto, la tentación en el desierto. Se le apareció siempre rodeado de luz, y vio la malicia y la crueldad de sus enemigos bajo las formas más horribles, vio sus padecimientos infinitos, su paciencia y su amor inagotables, la santidad y los dolores de su Madre. Estas visiones le causaron mucha inquietud y mucha tristeza; que todos esos objetos eran nuevos para ella, estaba suspensa y pasmada, y veía muchas de esas cosas, como, por ejemplo, la degollación de los inocentes y la profecía de Simeón, que sucedían cerca de su casa. Yo sé bien
hasta qué punto un corazón compasivo puede estar atormentado por esas visiones; pues el que ha sentido una cosa, debe comprender lo que sienten los demás. Había sufrido toda la noche, y visto más o menos claramente muchas verdades maravillosas, cuando la despertó el ruido de la tropa que conducía a Jesús. Al mirar hacia aquel lado, vio al Señor, el objeto de todos esos milagros que le habían sido revelados, desfigurado, herido, maltratado por sus enemigos. Su corazón se trastornó a esta vista, y mandó enseguida llamar a Pilatos, y le contó, en medio de su agitación, lo que le acababa de suceder. Ella no lo comprendía todo, y no podía expresarlo bien; pero rogaba, suplicaba, instaba a su marido del modo más tierno. Pilatos, atónito y perturbado, unía lo que le decía su mujer con lo que había recogido de un lado y de otro acerca de Jesús, se acordaba del furor de los judíos, del silencio de Jesús y de las maravillosas respuestas a sus preguntas. Agitado e inquieto, cedió a los ruegos de su mujer, y le dijo: “He declarado que no hallaba ningún crimen en ese hombre. No lo condenaré: he reconocido toda la malicia de los judíos”. Le habló también de lo que le había dicho Jesús; prometió a su mujer no condenar a Jesús, y le dio una prenda como garantía de su promesa. No sé si era una joya, un anillo o un sello. Así se separaron. Pilatos era un hombre corrompido, indeciso, lleno de orgullo, y al mismo tiempo de bajeza: no retrocedía ante las acciones más vergonzosas, cuando encontraba en ellas su interés, y al mismo tiempo se dejaba llevar por las supersticiones más ridículas cuando estaba en una posición difícil. Así en la actual circunstancia consultaba sin cesar a sus dioses, a los cuales ofrecía incienso en lugar secreto de su casa, pidiéndoles señales. Una de sus prácticas supersticiosas era ver comer a los pollos; pero todas estas cosas me parecían horribles, tan tenebrosas y tan infernales, que yo volvía la cara con horror. Sus pensamientos eran confusos, y Satanás le inspiraba tan pronto un proyecto como otro. La mayor confusión reinaba en sus ideas, y él mismo no sabía lo que quería.

XIII Jesús delante de Herodes

El Tetrarca Herodes tenía su palacio situado al norte de la plaza, en la parte nueva de la ciudad, no lejos del de Pilatos. Una escolta de soldados romanos se había juntado a la de los judíos, y los enemigos de Jesús, furiosos por los paseos que les hacían dar, no cesaban de ultrajar al Salvador y de maltratarlo. Herodes, habiendo recibido el aviso de Pilatos, estaba esperando en una sala grande, sentado sobre almohadas que formaban una especie de trono. Los príncipes de los sacerdotes entraron y se pusieron a los lados, Jesús se quedó en la puerta. Herodes estuvo muy satisfecho al ver que Pilatos le reconocía, en presencia de los sacerdotes judíos, el derecho de juzgar a un Galileo. También se alegraba viendo delante de su tribunal, en estado de abatimiento, a ese Jesús que nunca se había dignado presentársele. Había recibido tantas relaciones acerca de Él, de parte de los herodianos y de todos sus espías, que su curiosidad estaba excitada. Cuando Herodes vio a Jesús tan desfigurado, cubierto de golpes, la cara ensangrentada, su vestido manchado, aquel príncipe voluptuoso y sin energía sintió una compasión mezclada de disgusto. Profirió el nombre de Dios, volvió la cara con repugnancia, y dijo a los sacerdotes: “Llevadlo, limpiadlo; ¿cómo podéis traer a mi presencia un hombre tan lleno de heridas?”. Los alguaciles llevaron a Jesús al vestíbulo, trajeron agua y lo limpiaron, sin cesar de maltratarlo. Herodes reprendió a los sacerdotes por su crueldad; parecía que quería imitar la conducta de Pilatos, pues también les dijo: “Ya se ve que ha caído entre las manos de los carniceros; comenzáis las inmolaciones antes de tiempo”. Los príncipes de los sacerdotes reproducían con empeño sus quejas y sus acusaciones. Herodes, con énfasis y largamente, repitió a Jesús todo lo que sabía de Él, le hizo muchas preguntas y le pidió que hiciera un prodigio. Jesús no respondía una palabra, y estaba delante de él con los ojos bajos, lo que irritó a Herodes. Me fue explicado que Jesús no habló, por estar Herodes excomulgado, a causa de su casamiento adúltero con Herodías y de la muerte de Juan Bautista. Anás y Caifás se aprovecharon del enfado que le causaba el silencio de Jesús, y comenzaron otra vez sus acusaciones: añadieron que había llamado a Herodes una zorra, y que pretendía establecer una nueva religión. Herodes, aunque irritado contra Jesús, era siempre fiel a sus proyectos políticos. No quería condenar al que Pilatos había declarado inocente, y creía conveniente mostrarse obsequioso hacia el gobernador en presencia de los
príncipes de los sacerdotes. Llenó a Jesús de desprecios, y dijo a sus criados y a sus guardias, cuyo número se elevaba a doscientos en su palacio: “Tomad a ese insensato, y rendid a ese Rey burlesco los honores que merece. Es más bien un loco que un criminal”. Condujeron al Salvador a un gran patio, donde lo llenaron de malos tratamientos y de escarnio. Uno de ellos trajo un gran saco blanco y con grandes risotadas se lo echaron sobre la cabeza a Jesús. Otro soldado trajo otro pedazo de tela colorada, y se la pusieron al cuello. Entonces se inclinaban delante de Él, lo empujaban, lo injuriaban, le escupían, le pegaban en la cara, porque no había querido responder a su Rey. Le hacían mil saludos irrisorios, le arrojaban lodo, tiraban de Él
como para hacerle danzar; habiéndolo echado al suelo, lo arrastraron hasta un arroyo que rodeaba el patio, de modo que su sagrada cabeza pegaba contra las columnas y los ángulos de las paredes. Después lo levantaron, para renovar los insultos. Su cabeza estaba ensangrentada y lo vi caer tres veces bajo los golpes; pero vi también ángeles que le ungían la cabeza, y me fue revelado que sin este socorro del cielo, los golpes que le daban hubieran sido mortales. El tiempo urgía, los príncipes de los sacerdotes tenían que ir al templo, y cuando supieron que todo estaba dispuesto como lo habían mandado, pidieron otra vez a Herodes que condenara a Jesús; pero éste,para conformarse con las ideas de Pilatos, le mandó a Jesús cubierto con el vestido de escarnio.

XIV De Herodes a Pilatos

Los enemigos de Jesús le condujeron de Herodes a Pilatos. Estaban avergonzados de tener que volver al sitio donde había sido ya declarado inocente. Por eso tomaron otro camino mucho más largo, para presentarle en medio de su humillación a otra parte de la ciudad, y también con el fin de dar tiempo a sus agentes para que agitaran los grupos conforme a sus proyectos. Ese camino era más duro y más desigual, y todo el tiempo que duró no cesaron de maltratar a Jesús. La ropa que le habían puesto le impedía andar, se cayó muchas veces en el lodo, lo levantaron a patadas, y dándole palos en la cabeza; recibió ultrajes infinitos, tanto de parte de los que le conducían, como del pueblo que se juntaba en el camino. Jesús pedía a Dios no morir, para poder cumplir su pasión y nuestra redención. Eran las ocho y cuarto cuando llegaron al palacio de Pilatos. La Virgen Santísima, Magdalena, y otras muchas santas mujeres, hasta veinte, estaban en un sitio, donde lo podían oír todo. Un criado de Herodes había venido ya a decir a Pilatos que su amo estaba lleno de gratitud por su fineza, y que no habiendo hallado en el célebre Galileo más que un loco estúpido, le había tratado como tal, y se lo volvía. Los alguaciles hicieron subir a Jesús la escalera con la brutalidad ordinaria; pero se enredó en su vestido, y cayó sobre los escalones de mármol blanco, que se tiñeron con la sangre de su cabeza sagrada; el pueblo reía de su caída y los soldados le pegaban para levantarlo. Pilatos avanzó sobre la azotea, y dijo a los acusadores de Jesús: “Me habéis traído a este hombre, como a un agitador del pueblo, le he interrogado delante de vosotros y no le he hallado culpable del crimen que le imputáis. Herodes tampoco le encuentra criminal. Por consiguiente, le mandaré azotar y dejarle”. Violentos murmullos se elevaron entre los fariseos.Era el tiempo en que el pueblo venía delante del gobernador romano para pedirle, según una antigua costumbre, la libertad de un preso. Los fariseos habían enviado sus agentes con el fin de excitar a la multitud, a no pedir la libertad de Jesús, sino su suplicio. Pilatos esperaba que pedirían la libertad de Jesús, y tuvo la idea de dar a escoger entre Él y un insigne criminal, llamado Barrabás, que horrorizaba a todo el mundo. Hubo un movimiento en el pueblo sobre la plaza: un grupo se adelantó, encabezado por sus oradores, que gritaron a Pilatos: “Haced lo que habéis hecho siempre por la fiesta”.  Pilatos les dijo: “Es costumbre que liberte un criminal en la Pascua. ¿A quién queréis que liberte: a Barrabás o al Rey de los Judíos, Jesús, que dicen el ungido del Señor?”.

A esta pregunta de Pilatos hubo alguna duda en la multitud, y sólo algunas voces gritaron: “¡Barrabás!”. Pilatos, habiendo sido llamado por un criado de su mujer, salió de la azotea un instante, y el criado le presentó la prenda que él le había dado, diciéndole: “Claudia Procla os recuerda la promesa de esta mañana”. Mientras tanto los fariseos y los príncipes de los sacerdotes estaban en una grande agitación, amenazaban y ordenaban. Pilatos había devuelto su prenda a su mujer, para decirle que quería cumplir su promesa, y volvió a preguntar con voz alta: “¿Cuál de los dos queréis que liberte?”. Entonces se elevó un grito general en la plaza: “No queremos a este, sino a Barrabás”. Pilatos dijo entonces: “¿Qué queréis que haga con Jesús, que se llama Cristo?”. Todos gritaron tumultuosamente: “¡Que sea crucificado!, ¡que sea crucificado!”. Pilatos preguntó por tercera vez: “Pero, ¿qué mal ha hecho? Yo no encuentro en Él crimen que merezca la muerte. Voy a mandarlo azotar y dejarlo”. Pero el grito “¡crucificadlo!, ¡crucificadlo!” se elevó por todas partes como una tempestad infernal; los príncipes de los sacerdotes y los fariseos se agitaban y gritaban como furiosos. Entonces el débil Pilatos dio libertad al malhechor Barrabás, y condenó a Jesús a la flagelación.

XV Flagelación de Jesús

Pilatos, juez cobarde y sin resolución, había pronunciado muchas veces estas palabras, llenas de bajeza: “No hallo crimen en Él; por eso voy a mandarle azotar y a darle libertad”. Los judíos continuaban gritando: “¡Crucificadlo! ¡crucificadlo!”. Sin embargo, Pilatos quiso que su voluntad prevaleciera y mandó azotar a Jesús a la manera de los romanos. Al norte del palacio de Pilatos, a poca distancia del cuerpo de guardia, había una columna que servía para azotar. Los verdugos vinieron con látigos, varas y cuerdas, y las pusieron al pie de la columna. Eran seis hombres morenos, malhechores de la frontera de Egipto, condenados por sus crímenes a trabajar en los canales y en los edificios públicos, y los más perversos de entre ellos hacían el oficio de verdugos en el Pretorio. Esos hombres crueles habían ya atado a esa misma columna y azotado hasta la muerte a algunos pobres condenados. Dieron de puñetazos al Señor, le arrastraron con las cuerdas, a pesar de que se dejaba conducir sin resistencia, y lo ataron brutalmente a la columna. Esta columna estaba sola y no servía de apoyo a ningún edificio. No era muy elevada; pues un hombre alto, extendiendo el brazo, hubiera podido alcanzar la parte superior. A media altura había anillas y ganchos. No se puede expresar con qué barbarie esos perros furiosos arrastraron a Jesús: le arrancaron la capa de irrisión de Herodes y le echaron casi al suelo. Jesús abrazó a la columna; los verdugos le ataron las manos, levantadas por
alto a un anillo de hierro, y extendieron tanto sus brazos en alto, que sus pies, atados fuertemente a lo bajo de la columna, tocaban apenas al suelo. El Señor fue así extendido con violencia sobre la columna de los malhechores; y dos de esos furiosos comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado desde la cabeza hasta los pies. Sus látigos o sus varas parecían de madera blanca flexible; puede ser también que fueran nervios de buey o correas de cuero duro y blanco. El Hijo de Dios temblaba y se retorcía como un gusano. Sus gemidos dulces y claros se oían como una oración en medio del ruido de los golpes. De cuando en cuando los gritos del pueblo y de los fariseos, cual tempestad ruidosa, cubrían sus quejidos dolorosos y llenos de bendiciones, diciendo: “¡Hacedlo morir! ¡crucificadlo!”. Pilatos estaba todavía hablando con el pueblo, y cada vez que quería decir algunas palabras en medio del tumulto popular, una trompeta tocaba para pedir silencio. Entonces se oía de nuevo el ruido de los azotes, los quejidos de Jesús, las imprecaciones de los verdugos y el balido de los corderos pascuales. Ese balido presentaba un espectáculo tierno: eran las sotavoces que se unían a los gemidos de Jesús. El pueblo judío estaba a cierta distancia de la columna, los soldados romanos ocupando diferentes puntos, iban y venían, muchos profiriendo insultos, mientras que otros se sentían conmovidos y parecía que un rayo de Jesús les tocaba. Algunos alguaciles de los príncipes de los sacerdotes daban dinero a los verdugos, y les trajeron un cántaro de una bebida espesa y colorada, para que se embriagasen. Pasado un cuarto de hora, los verdugos que azotaban a Jesús fueron reemplazados por otros dos. La sangre del Salvador corría por el suelo. Por todas partes se oían las injurias y las burlas. Los segundos verdugos se echaron con una nueva rabia sobre Jesús; tenían otra especie de varas: eran de espino con nudos y puntas. Los golpes rasgaron todo el cuerpo de Jesús; su sangre saltó a cierta distancia, y ellos tenían los brazos manchados. Jesús gemía, oraba y se estremecía. Muchos extranjeros pasaron por la plaza, montados sobre camellos y se llenaron de horror y de pena cuando el pueblo les explicó lo que pasaba. Eran viajeros que habían recibido el bautismo de Juan, o que habían oído los sermones de Jesús sobre la montaña. El tumulto y los griegos no cesaban alrededor de la casa de Pilatos. Otros nuevos verdugos pegaron a Jesús con correas, que tenían en las puntas unos garfios de hierro, con los cuales le arrancaban la carne a cada golpe. ¡Ah! ¡quién podría expresar este terrible y doloroso espectáculo! La horrible flagelación había durado tres cuartos de hora, cuando un extranjero de clase inferior, pariente del ciego Ctesifón, curado por
Jesús, se precipitó sobre la columna con una navaja, que tenía la figura de una cuchilla, gritando en tono de indignación: “¡Parad! No peguéis a ese inocente hasta hacerle morir”. Los verdugos, hartos, se pararon sorprendidos; cortó rápidamente las cuerdas, atadas detrás de la columna, y se escondió en la multitud. Jesús cayó, casi sin conocimiento, al pie de la columna sobre el suelo, bañado en sangre. Los verdugos le dejaron, y se fueron a beber, llamando antes a los criados, que estaban en el cuerpo de guardia tejiendo la corona de espinas.

Vi a la Virgen Santísima en un éxtasis continuo durante la flagelación de nuestro divino Redentor. Ella vio y sufrió con un amor y un dolor indecibles todo lo que sufría su Hijo. Muchas veces salían de su boca leves quejidos y sus ojos estaban bañados en lágrimas. Las santas mujeres, temblando de dolor y de inquietud, rodeaban a la Virgen y lloraban como si hubiesen esperado su sentencia de muerte. María tenía un vestido largo azul, y por encima una capa de lana blanca, y un velo de un blanco casi amarillo. Magdalena, pálida y abatida de dolor, tenía los cabellos en desorden debajo de su velo. La cara de la Virgen estaba pálida y desencajada, sus ojos colorados de las lágrimas. No puedo expresar su sencillez y dignidad. Desde ayer no ha cesado de andar errante, en medio de angustias, por el valle de Josafat y las calles de Jerusalén, y, sin embargo, no hay ni desorden ni descompostura en su vestido, no hay un solo pliegue que no respire santidad; todo en ella es digno, lleno de pureza y de inocencia. María mira majestuosamente a su alrededor, y los pliegues de su velo, cuando vuelve la cabeza, tienen una vista singular. Sus movimientos son sin violencia, y en medio del dolor más amargo, su aspecto es sereno. Su vestido está húmedo del rocío de la noche y de las abundantes lágrimas que ha derramado. Es bella, de una belleza indecible y sobrenatural; esta belleza es pureza inefable, sencillez, majestad y santidad. Magdalena tiene un aspecto diferente. Es más alta y más fuerte, su persona y sus movimientos son más pronunciados. Pero las pasiones, el arrepentimiento, su dolor enérgico han destruido su belleza. Da miedo al verla tan desfigurada por la violencia de su desesperación; sus largos cabellos cuelgan desatados debajo de su velo despedazado. Está toda trastornada, no piensa más que en su dolor, y parece casi una loca. Hay mucha gente de Magdalum y de sus alrededores que la han visto llevar una vida escandalosa. Como ha vivido mucho tiempo escondida, hoy la señalan con el dedo y la llenan de injurias, y aún los hombres del populacho de Magdalum le tiran lodo. Pero ella no advierte nada, tan grande y fuerte es su dolor. Cuando Jesús, después de la flagelación, cayó al pie de la columna, vi a Claudia Procla, mujer de Pilatos, enviar a la Madre de Dios grandes piezas de tela.
No sé si creía que Jesús sería libertado, y que su Madre necesitaría esa tela para curar sus llagas o si esa pagana compasiva sabía a qué uso la Virgen Santísima destinaría su regalo. María viendo a su Hijo despedazado, conducido por los soldados, extendió las manos hacia Él y siguió con los ojos las huellas ensangrentadas de sus pies. Habiéndose apartado el pueblo, María y Magdalena se acercaron al sitio en donde Jesús había sido azotado; escondidas por las otras santas mujeres, se bajaron al suelo cerca de la columna, y limpiaron por todas partes la sangre sagrada de Jesús con el lienzo que Claudia Procla había mandado. Eran las nueve de la mañana cuando acabó la flagelación.

XVI La coronación de espinas

La coronación de espinas se hizo en el patio interior del cuerpo de guardia. El pueblo estaba alrededor del edificio; pero pronto fue rodeado de mil soldados romanos, puestos en buen orden, cuyas risas y burlas excitaban el ardor de los verdugos de Jesús, como los aplausos del público excitan a los cómicos. En medio del patio había el trozo de una columna; pusieron sobre él un banquillo muy bajo. Habiendo arrastrado a Jesús brutalmente a este asiento, le pusieron la corona de espinas alrededor de la cabeza, y le atacaron fuertemente por detrás. Estaba hecha de tres varas de espino bien trenzadas, y la mayor parte de las puntas eran torcidas a propósito para adentro. Habiéndosela atado, le pusieron una caña en la mano; todo
esto lo hicieron con una gravedad irrisoria, como si realmente lo coronasen rey. Le quitaron la caña de las manos, y le pegaron con tanta violencia en la corona de espinas, que los ojos del Salvador se inundaron de sangre. Sus verdugos arrodillándose delante de Él le hicieron burla, le escupieron a la cara, y le abofetearon, gritándole: “¡Salve, Rey de los judíos!”. No podría repetir todos los ultrajes que imaginaban estos hombres. El Salvador sufría una sed horrible, su lengua estaba retirada, la sangre sagrada, que corría de su cabeza, refrescaba su boca ardiente y entreabierta. Jesús fue así maltratado por espacio de media hora en medio de la risa, de los gritos y de los aplausos de los soldados formados alrededor del Pretorio.

XVII ¡Ecce Homo!

Jesús, cubierto con la capa colorada, la corona de espinas sobre la cabeza, y el cetro de cañas en las manos atadas, fue conducido al palacio de Pilatos. Cuando llegó delante del gobernador, este hombre cruel no pudo menos de temblar de horror y de compasión, mientras el pueblo y los sacerdotes le insultaban y le hacían burla. Jesús subió los escalones. Tocaron la trompeta para anunciar que el gobernador quería hablar. Pilatos se dirigió a los príncipes de los sacerdotes y a todos los circunstantes, y les dijo: “Os lo presento otra vez para que sepáis que no hallo en Él ningún crimen”. Jesús fue conducido cerca de Pilatos, de modo que todo el pueblo podía verlo. Era un espectáculo terrible y lastimoso la aparición del Hijo de Dios ensangrentado, con la corona de espinas, bajando sus ojos sobre el pueblo, mientras Pilatos, señalándole con el dedo, gritaba a los judíos: “¡Ecce Homo!”. Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos, llenos de furia, gritaron: “¡Que muera! ¡Que sea crucificado!”. – “¿No basta ya?”, dijo Pilatos. “Ha sido tratado de manera que no le quedará gana de ser Rey”. Pero estos insensatos gritaron cada vez más: “¡Que muera! ¡Que sea crucificado!”. Pilatos mandó tocar la trompeta, y dijo: “Entonces, tomadlo y crucificadlo, pues no hallo en Él ningún crimen”. Algunos de los sacerdotes gritaron: “¡Tenemos una ley por la cual debe morir, pues se ha llamado Hijo de Dios!”. Estas palabras, se ha llamado Hijo de Dios, despertaron los temores supersticiosos de Pilatos; hizo conducir a Jesús aparte, y le preguntó de dónde era. Jesús no respondió, y Pilatos le dijo: “¿No me respondes? ¿No sabes que puedo crucificarte o ponerte en libertad?”. Y Jesús respondió: “No tendrías tú ese poder sobre mí, si no lo hubieses recibido de arriba; por eso el que me ha entregado en tus manos ha cometido un gran pecado”.
Pilatos, en medio de su incertidumbre, quiso obtener del Salvador una respuesta que lo sacara de este penoso estado: volvió al Pretorio, y se estuvo solo con Él. “¿Será posible que sea un Dios? se decía a sí mismo, mirando a Jesús ensangrentado y desfigurado; después le suplicó que le dijera si era Dios, si era el Rey prometido a los judíos, hasta dónde se extendía su imperio, y de qué orden era su divinidad. No puedo repetir más que el sentido de la respuesta de Jesús. El Salvador le habló con gravedad y severidad; le dijo en qué consistía su reino y su imperio; después le reveló todos los crímenes secretos que él había cometido; le predijo la suerte miserable que le esperaba, y le anunció que el Hijo del hombre vendría a pronunciar contra él un juicio justo. Pilatos, medio atemorizado y medio irritado de las palabras de Jesús, volvió al balcón, y dijo otra vez que quería libertar a Jesús. Entonces gritaron: “¡Si lo libertas, no eres amigo del César!”. Otros decían que lo acusarían delante del Emperador, de haber agitado su fiesta, que era menester acabar, porque a las diez tenían que estar en el templo. Por todas partes se oía gritar: “¡Que sea crucificado!”; hasta encima de las azoteas, donde había muchos subidos. Pilatos vio que sus esfuerzos eran inútiles. El tumulto y los gritos eran horribles, y la agitación del pueblo era tan grande que podía temerse una insurrección. Pilatos mandó que le trajesen agua; un criado se la echó sobre las manos delante del pueblo, y el gritó desde lo alto de la azotea: “Yo soy inocente de la sangre de este Justo; vosotros responderéis por ella”. Entonces se levantó un grito horrible y unánime de todo el pueblo, que se componía de gentes de toda la Palestina: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes!”.

XVIII Jesús condenado a muerte

Cuando los judíos, habiendo pronunciado la maldición sobre sí y sobre sus hijos, pidieron que esa sangre redentora, que pide misericordia para nosotros, pidiera venganza contra ellos; Pilatos mandó traer sus vestidos de ceremonia, se puso un tocado, en donde brillaba una piedra preciosa y otra capa. Estaba rodeado de soldados, precedido de oficiales del tribunal y por delante tenía un hombre que tocaba la trompeta. Así fue desde su palacio hasta la plaza, donde había, enfrente de la columna de la flagelación, un sitio elevado para pronunciar los juicios. Este tribunalse llamaba Gabbata: era una elevación redonda, donde se subía por escalones.
Muchos de los fariseos se habían ido ya al templo. No hubo más que Anás, Caifás y otros veintiocho, que vinieron al tribunal cuando Pilatos se puso sus vestidos de ceremonia. Los dos ladrones también fueron conducidos al tribunal, y el Salvador, con su capa colorada y su corona de espinas, fue colocado en medio de ellos. Cuando Pilatos se sentó, dijo a los judíos: “¡Ved aquí a vuestro Rey!”; y ellos respondieron: “¡Crucificadlo!”. “¿Queréis que crucifique a vuestro Rey?”, volvió a decir Pilatos. “¡No tenemos más Rey que al César!” gritaron los príncipes de los sacerdotes. Pilatos no dijo nada más, y comenzó a pronunciar el juicio. Los príncipes de los sacerdotes habían diferido la ejecución de los dos ladrones, ya anteriormente condenados al suplicio de la cruz, porque querían hacer una afrenta más a Jesús, asociándolo en su suplicio a dos malhechores de la última clase. Pilatos comenzó por un largo preámbulo, en el cual daba los nombres más sublimes al emperador Tiberio; después expuso la acusación intentada contra Jesús, que los príncipes de los sacerdotes habían condenado a muerte, por haber agitado la paz pública y violado su ley, haciéndose llamar Hijo de dios y Rey de los judíos, habiendo el pueblo pedido su muerte por voz unánime. El miserable añadió que encontraba esa sentencia conforme a la justicia, él, que no había cesado de proclamar la inocencia de Jesús, y al acabar dijo: “Condeno a Jesús de Nazareth, Rey de los judíos, a ser crucificado”; y mandó traer la cruz. Me parece que rompió un palo largo y que tiró los pedazos a los pies de Jesús. Mientras Pilatos pronunciaba su juicio inicuo, vi que su mujer Claudia Procla le devolvía su prenda y la renunciaba. La tarde de este mismo día se salió secretamente del palacio, para refugiarse con los amigos de Jesús. Ese mismo día, a poco tiempo después, vi a un amigo del Salvador grabar sobre una piedra verdusca, detrás de la altura de Gabbata, dos líneas donde había estas palabras: Judex injustus, y el nombre de Claudia Procla. Esta piedra se halla todavía en los cimientos de una casa o de una iglesia en Jerusalén, en el sitio donde estaba Gabbata. Claudia Procla se hizo cristiana, siguió a San Pablo, y fue su fiel discípula.Los dos ladrones estaban a la derecha y a la izquierda de Jesús: tenían las manos atadas y una cadena al cuello; el que se convirtió después, se mantuvo desde entonces tranquilo y pensativo; el otro, grosero e insolente, se unió a los alguaciles para maldecir e insultar a Jesús, que miraba a sus dos compañeros con amor, y ofrecía sus tormentos por la salvación. Los
alguaciles juntaban los instrumentos del suplicio, y lo preparaban todo para esta terrible y dolorosa marcha. Anás y Caifás habían acabado sus discusiones con Pilatos: tenían dos bandas de pergamino con la copia de la sentencia, y se dirigían con precipitación al templo temiendo llegar tarde.

XIX Jesús con la Cruz a cuestas

Cuando Pilatos salió del tribunal, una parte de los soldados le siguió, y se formó delante del palacio; una pequeña escolta se quedó con los condenados. Veintiocho fariseos armados vinieron a caballo para acompañar al suplicio a nuestro Redentor.

Los alguaciles lo condujeron al medio de la plaza, donde vinieron esclavos a echar la cruz a sus pies. Los dos brazos estaban provisionalmente atados a la pieza principal con cuerdas. Jesús se arrodilló cerca de ella, la abrazó y la besó tres veces, dirigiendo a su Padre acciones de gracia por la redención del género humano. Los soldados levantaron a Jesús sobre sus rodillas, y tuvo que cargar con mucha pena con esta carga pesada sobre su hombro derecho. Vi ángeles invisibles ayudarle, pues si no, no hubiera podido levantarla. Mientras Jesús oraba, pusieron sobre el pescuezo a los dos ladrones las piezas traveseras de sus cruces, atándoles las manos; las grandes piezas las llevaban esclavos. La trompeta de la caballería de Pilatos tocó; uno de los fariseos a caballo se acercó a Jesús, arrodillado bajo su carga; y entonces comenzó la marcha triunfal del Rey de los reyes, tan ignominiosa sobre la tierra y tan gloriosa en el cielo.
Habían atado dos cuerdas a la punta del árbol de la cruz y dos soldados la mantenían en el aire; otros cuatro tenían cuerdas atadas a la cintura de Jesús. El Salvador, bajo su peso, me recordó a Isaac, llevando a la montaña la leña para su sacrificio. La trompeta de Pilatos dio la señal de marcha, porque el gobernador en persona quería ponerse a la cabeza de un destacamento para impedir todo movimiento tumultuoso.
Iba a caballo, rodeado de sus oficiales y de tropa de caballería. Detrás venía un cuerpo de trescientos hombres de infantería, todos de la frontera de Italia y de Suiza. Delante se veía una trompa que tocaba en todas las esquinas y proclamaba la sentencia. A pocos pasos seguía una multitud de hombres y de chiquillos, que traían cordeles, clavos, cuñas y cestas que contenían diferentes objetos; otros, más robustos, traían palos, escaleras y las piezas principales de las cruces de los dos ladrones.

Detrás se notaban algunos fariseos a caballo, y un joven que llevaba sobre el pecho la inscripción que Pilatos había hecho para la cruz. Llevaban también en la punta de un palo la corona de espinas de Jesús, que no habían querido dejarle sobre la cabeza mientras cargaba la cruz. Al fin venía nuestro Señor, los pies desnudos y ensangrentados, abrumado bajo el peso de la cruz, temblando, debilitado por la pérdida de la sangre y devorado de calentura y de sed. Con la mano derecha sostenía la cruz sobre su hombro derecho; su mano izquierda, cansada, hacía de cuando en cuando esfuerzos para levantarse su largo vestido, con que tropezaban sus pies heridos. Cuatro soldados tenían a grande distancia la punta de los cordeles atados a la
cintura; los dos de delante le tiraban; los dos que seguían le empujaban, de suerte que no podía asegurar su paso. A su rededor no había más que irrisión y crueldad; mas su boca rezaba y sus ojos perdonaban. Detrás de Jesús iban los dos ladrones, llevados también por cuerdas. La mitad de los fariseos a caballo cerraba la marcha; algunos de ellos corrían acá y allá para mantener el orden. A una distancia bastante grande venía la escolta de Pilatos: el gobernador romano tenía su uniforme de guerra; en medio de sus oficiales, precedido de un escuadrón de caballería, y seguido de trescientos infantes, atravesó la plaza, y entró en una calle bastante ancha. Jesús fue conducido por una calle estrecha, para no estorbar a la gente que iba al templo ni a la tropa de Pilatos. La mayor parte del pueblo se había puesto en movimiento, después de haber condenado a Jesús. Una gran parte de los judíos se fueron a sus casas o al templo; sin embargo, la multitud era todavía numerosa, y se precipitaban delante para ver pasar la triste procesión. La calle por donde pasaba Jesús era muy estrecha y muy sucia; tuvo mucho que sufrir; el pueblo lo injuriaba desde las ventanas, los esclavos le tiraban lodo y hasta los niños traían piedras en sus vestidos para echarlas delante de los pies
del Salvador.

XX Primera caída de Jesús debajo de la Cruz

La calle, poco antes de su fin, tuerce a la izquierda, se ensancha y sube un poco; por ella pasa un acueducto subterráneo, que viene del monte de Sión. Antes de la subida hay un hoyo, que tiene con frecuencia agua y lodo cuando llueve, por cuya razón han puesto una piedra grande para facilitar el paso. Cuando llegó Jesús a este sitio, ya no podía andar; como los solados tiraban de Él y lo empujaban sin misericordia, cayó a lo largo contra esa piedra, y la cruz cayó a su lado. Los verdugos se pararon, llenándolo de imprecaciones y pegándole; en vano Jesús tendía la mano para que le ayudasen, diciendo: “¡Ah, presto se acabará!”, y rogó por sus verdugos; mas los fariseos gritaron: “¡Levantadlo, si no morirá en nuestras manos!”. A los dos lados del camino había mujeres llorando y niños asustados. Sostenido por un socorro sobrenatural, Jesús levantó la cabeza, y aquellos hombres atroces, en lugar de aliviar sus tormentos, le pusieron la corona de espinas. Habiéndolo levantado, le cargaron la cruz sobre los hombros, y tuvo que ladear la cabeza, con dolores infinitos, para poder colocar sobre su  hombro el peso con que estaba cargado.

XXI Jesús encuentra a su Santísima Madre – Segunda caída

La dolorosa Madre de Jesús había salido de la plaza después de pronunciada la sentencia inicua, acompañada de Juan y de algunas mujeres, había visitado muchos sitios santificados por los padecimientos de Jesús; pero cuando el sonido de la trompeta, el ruido del pueblo y la escolta de Pilatos anunciaron la marcha hasta el Calvario, no pudo resistir al deseo de ver todavía a su Divino Hijo, y pidió a Juan que la condujese a uno de los sitios por donde Jesús debía pasar: se fueron a un palacio, cuya puerta daba a la calle, donde entró la escolta después de la primera caída de Jesús; era, si no me equivoco, la habitación del sumo pontífice Caifás. Juan obtuvo deun criado o portero compasivo el permiso de ponerse en la puerta con María y los que la acompañaban. La Madre de Dios estaba pálida y con los ojos llenos de lágrimas y cubierta enteramente de una capa parda azulada. Se oía ya el ruido que se acercaba, el sonido de la trompeta, y la voz del pregonero, publicando la sentencia en las esquinas. El criado abrió la puerta, el ruido era cada vez más fuerte y espantoso. María oró, y dijo a Juan: “¿Debo ver este espectáculo? ¿Debo huir? ¿Podré yo soportarlo?”. Al fin salieron a la puerta. María se paró, y miró; la escolta estaba a ochenta pasos; no había gente delante, sino por los lados y atrás. Cuando los que llevaban los instrumentos de suplicio se acercaron con aire insolente y triunfante, la Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir, juntando las manos, y uno de esos
hombres preguntó: “¿Quién es esa mujer que se lamenta?”; y otro respondió: “Es la Madre del Galileo”. Los miserables al oír tales palabras, llenaron de injurias a esta dolorosa madre, la señalaban con el dedo, y uno de ellos tomó en sus manos los clavos con que debían clavar a Jesús en la cruz, y se los presentó a la Virgen en tono de burla. María miró a Jesús y se agarró a la puerta para no caerse. Los fariseos pasaron a caballo, después el niño que llevaba la inscripción, detrás su Santísimo Hijo Jesús, temblando, doblado bajo la pesada carga de la cruz, inclinando sobre su hombro la cabeza coronada de espinas. Echaba sobre su Madre una mirada de compasión, y habiendo tropezado cayó por segunda vez sobre sus rodillas y sobre sus manos. María, en medio de la violencia de su dolor, no vio ni soldados ni verdugos; no vio más que a su querido Hijo; se precipitó desde la puerta de la casa en medio de los soldados que maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado, y se abrazó a Él. Yo oí estas palabras: “¡Hijo mío!” – “¡Madre mía!”. Pero no sé si realmente fueron pronunciadas, o sólo en el pensamiento. Hubo un momento de desorden: Juan y las santas mujeres querían levantar a María. Los alguaciles la injuriaban; uno de ellos le dijo: “Mujer, ¿qué vienes a hacer aquí? Si lo hubieras educado mejor, no estaría en nuestras manos”. Algunos soldados tuvieron compasión. Juan y las santas mujeres la condujeron atrás a la misma puerta, donde la vi caer sobre sus rodillas y dejar en la piedra angular la impresión de sus manos. Esta piedra, que era muy dura, fue transportada a la primera iglesia católica, cerca de la piscina de Betesda, en el episcopado de Santiago el Menor. Mientras tanto, los alguaciles levantaron a Jesús y habiéndole acomodado la cruz sobre sus hombros, le empujaron con mucha crueldad para que siguiese adelante.

XXII Simón Cirineo – Tercera caída de JesúsLlegaron a la puerta de una muralla vieja, interior de la ciudad. Delante de ella hay una plaza, de donde salen tres calles. En esa plaza, Jesús, al pasar sobre una piedra gruesa, tropezó y cayó; la cruz quedó a su lado, y no se pudo levantar. Algunas personas bien vestidas que pasaban para ir al templo, exclamaron llenas de compasión: “¡Ah! ¡El pobre hombre se muere!”. Hubo algún tumulto; no podían poner a Jesús en pie, y los fariseos dijeron a los soldados: “No podremos llevarlo vivo, si no buscáis a un hombre que le ayude a llevar la cruz”. Vieron a poca distancia un pagano, llamado Simón Cirineo, acompañado de sus tres hijos, que llevaba debajo del brazo un haz de ramas menudas, pues era jardinero, y venía de trabajar en los jardines situados cerca de la muralla oriental de la ciudad. Estaba en medio de la multitud, de donde no podía salir, y los soldados, habiendo reconocido por su vestido que era un pagano y un obrero de la clase inferior, lo llamaron y le mandaron que ayudara al Galileo a llevar su cruz. Primero rehusó, pero tuvo que ceder a la fuerza. Simón sentía mucho disgusto y repugnancia, a causa del triste estado en que se hallaba Jesús, y de su ropa toda llena de lodo. Mas Jesús lloraba, y le miraba con ternura. Simón le ayudó a levantarse, y al instante los alguaciles ataron sobre sus hombros uno de los brazos de la cruz. Él seguía a Jesús, que se sentía aliviado de su carga. Se pusieron otra vez en marcha. Simón era un hombre robusto,
de cuarenta años; sus hijos llevaban vestidos de diversos colores. Dos eran ya crecidos, se llamaban Rufo y Alejandro: se reunieron después a los discípulos de Jesús. El tercero era más pequeño, y lo he visto con San Esteban, aún niño. Simón no llevó mucho tiempo la cruz sin sentirse penetrado de compasión.

XXIII La Verónica y el Sudario

La escolta entró en una calle larga que torcía un poco a la izquierda, y que estaba cortada por otras transversales. Muchas personas bien vestidas se dirigían al templo; pero algunas se retiraban a la vista de Jesús, por el temor farisaico de contaminarse; otras mostraban alguna compasión. Habían andado unos doscientos pasos desde que Simón ayudaba a Jesús a llevar la cruz, cuando una mujer de elevada estatura y de aspecto imponente, llevando de la mano a una niña, salió de una bella casa situada a la izquierda, y se puso delante. Era Serafia, mujer de Sirac, miembro del Consejo del templo, que se llamaba Verónica, de Vera Icon (verdadero retrato), a causa de lo que hizo en ese día. Serafia había preparado en su casa un excelente vino aromatizado, con la piadosa intención de dárselo a beber al Señor en su camino de dolor. Salió a la calle, cubierta de su velo; tenía un paño sobre sus hombros; una niña de nueve años, que había adoptado por hija, estaba a su lado, y escondió, al acercarse la escolta, el vaso lleno de vino. Los que iban delante quisieron rechazarla; mas ella se abrió paso en medio de la multitud, de los soldados y de los alguaciles, y llegando hasta Jesús, se arrodilló, y le presentó el paño extendido diciendo: “Permitidme que limpie la cara de mi Señor”. El Señor tomó el paño, lo aplicó sobre su cara ensangrentada, y se lo devolvió, dándole las gracias. Serafia, después de haberlo besado, lo metió debajo de su capa, y se levantó. La niña levantó tímidamente el vaso de vino hacia Jesús; pero los soldados no permitieron que bebiera. La osadía y la prontitud de esta acción habían excitado un movimiento en la multitud, por lo que se paró la escolta como unos dos minutos. Verónica había podido presentar el sudario. Los fariseos y los alguaciles, irritados de esta parada, y sobre todo, de este homenaje público, rendido al Salvador, pegaron y maltrataron a Jesús, mientras Verónica entraba en su casa.
Apenas había penetrado en su cuarto, extendió el sudario sobre la mesa que tenía delante, y cayó sin conocimiento. La niña se arrodilló a su lado llorando. Un conocido que venía a verla la halló así al lado de un lienzo extendido, donde la cara ensangrentada de Jesús estaba estampada de un modo maravilloso. Se sorprendió con este espectáculo, la hizo volver en sí, y le mostró el sudario delante del cual ella se arrodilló, llorando y diciendo: “Ahora lo quiero dejar todo, pues el Señor me ha dado un recuerdo”. Este sudario era de lana fina, tres veces más largo que ancho, y se llevaba habitualmente alrededor del cuello: era costumbre ir con un sudario semejante a socorrer a los afligidos o enfermos, o a limpiarles la cara en señal de dolor o de compasión. Verónica guardó siempre el sudario a la cabecera de su cama. Después de su muerte fue para la Virgen, y después para la Iglesia por intermedio de los Apóstoles.

XXIV Las hijas de Jerusalén 

La escolta estaba todavía a cierta distancia de la puerta, situada en la dirección del sudoeste. Al acercarse a la puerta los alguaciles empujaron a Jesús en medio de un lodazal. Simón Cirineo quiso pasar por el lado, y habiendo ladeado la cruz, Jesús cayó por cuarta vez. Entonces, en medio de sus lamentos, dijo con voz inteligible: “¡Ah Jerusalén, cuánto te he amado! ¡He querido juntar a tus hijos como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y tú me echas cruelmente fuera de tus puertas!”. Al oír estas palabras, los fariseos le insultaron de nuevo, y pegándole lo arrastraron para sacarlo del lodo. Simón Cirineo se indignó tanto de ver esta crueldad, que exclamó: “Si no cesáis de insultarle suelto la cruz, aunque me matéis”. Al salir de la puerta encontraron una multitud de mujeres que lloraban y gemían. Eran vírgenes y mujeres pobres de Belén, de Hebrón y de otros lugares circunvecinos, que habían venido a Jerusalén para celebrar la Pascua. Jesús desfalleció; Simón se acercó a Él y le sostuvo, impidiendo así que se cayera del todo. Esta es la quinta caída de Jesús debajo de la cruz. A vista de su cara tan desfigurada y tan llena de heridas, comenzaron a dar lamentos, y según la costumbre de los judíos, le presentaron lienzos para limpiarse el rostro. El Salvador se volvió hacia ellas, y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos, pues vendrá un tiempo en que se dirá: “¡Felices las estériles y las entrañas que no han engendrado y los pechos que no han dado de mamar”. Entonces empezarán a decir a los montes: “¡Caed sobre nosotros!”; y a las alturas: “¡Cubridnos! Pues si así se trata al leño verde, ¿qué se hará con el seco?”. Aquí pararon en este sitio: los que llevaban los instrumentos de suplicio fueron al monte Calvario, seguidos de cien soldados romanos de la escolta de Pilatos, quien al llegar a la puerta, se volvió al interior de la ciudad.

XXV Jesús sobre el Gólgota

Se pusieron en marcha. Jesús, doblando bajo su carga y bajo los golpes de los verdugos, subió con mucho trabajo el rudo camino que se dirigía al norte, entre las murallas de la ciudad y el monte Calvario. En el sitio en donde el camino tuerce al mediodía se cayó por sexta vez, y esta caída fue muy dolorosa. Los malos tratamientos que aquí le dieron llegaron a su colmo. El Salvador llegó a la roca del Calvario, donde cayó por séptima vez. Simón Cirineo, maltratado también y agobiado por el cansancio, estaba lleno de indignación: hubiera querido aliviar todavía a Jesús, pero los alguaciles lo echaron, llenándole de injurias. Se reunió poco después a los discípulos. Echaron también a toda la gente que había venido por mera curiosidad. Los fariseos a caballo habían seguido caminos cómodos, situados al lado occidental del Calvario. El llano que hay en la elevación, el sitio del suplicio, es de forma circular y está rodeado de un terraplén cortado por cinco caminos. Estos cinco caminos se hallan en muchos sitios del país, en los cuales se baña, se bautiza, en la piscina de Betesda: muchos pueblos tienen también cinco puertas. Hay en esto una profunda significación profética, a causa de la abertura de los cinco medios de salvación en las cinco llagas del Salvador. Los fariseos a caballo se pararon delante de la llanura al lado occidental, donde la cuesta es suave: el lado por donde conducen a los condenados, es áspero y rápido. Cien soldados romanos se hallaban alrededor del llano. Mucha gente, la mayor parte de baja clase, extranjeros, esclavos, paganos, sobre todo mujeres, rodeaban el llano y las alturas circunvecinas, no temiendo contaminarse. Eran las doce menos cuarto cuando el Señor dio la última caída y echaron a Simón. Los alguaciles insultando a Jesús, le decían: “Rey de los judíos, vamos a componer tu trono”. Pero Él mismo se acostó sobre la cruz y lo extendieron para tomar su medida; enseguida lo condujeron setenta pasos al norte, a una especie de hoyo abierto en la roca, que parecía una cisterna: lo empujaron tan brutalmente, que se hubiera roto las rodillas contra la piedra, si los ángeles no lo hubiesen socorrido. Le oí gemir de un modo que partía el corazón. Cerraron la entrada y dejaron centinelas. Entonces comenzaron sus preparativos. En medio del llano circular estaba el punto más elevado de la roca del Calvario; era una eminencia redonda, de dos pies de altura, a la cual se subía por escalones. Abrieron en ella tres hoyos, adonde debían plantarse las tres cruces, e hicieron otros preparativos para la crucifixión.

XXVI María y las santas mujeres van al Calvario

La Virgen, después de su doloroso encuentro con Jesús, habíase retirado a una casa vecina; pero su amor maternal y el deseo ardiente de estar con su Hijo crecía cada instante. Se fue a casa de Lázaro, donde estaban las otras santas mujeres, y diecisiete de ellas se juntaron con Ella para seguir el camino de la Pasión. Las vi cubiertas con sus velos, ir a la plaza, sin hacer caso de las injurias del pueblo, besar el suelo en donde Jesús había cargado con la cruz, y así seguir adelante por todo el camino que había llevado. María buscaba los vestigios de sus pasos, y mostraba a sus compañeras los sitios consagrados por alguna circunstancia dolorosa. De este modo la devoción más tierna de la Iglesia fue escrita por la primera vez en el corazón
maternal de María con la espada que predijo el viejo Simeón. Pasó de Ella a sus compañeras, y de éstas hasta nosotros. Estas santas mujeres entraron en casa de Verónica, porque Pilatos volvía por la misma calle con su escolta, examinaron llorando la cara de Jesús estampada en el sudario, y admiraron la gracia que habíahecho a esta santa mujer. En seguida se dirigieron todas juntas hacia el Gólgota.
Subieron al Calvario por el lado occidental, por donde la subida es más cómoda. La Madre de Jesús, su sobrina María, hija de Cleofás, Salomé y Juan, se acercaron hasta el llano circular; Marta, María Helí, Verónica, Juana Chusa, Susana y María, madre de Marcos, se detuvieron a cierta distancia con Magdalena, que estaba como fuera de sí. Más lejos estaban otras siete, y algunas personas compasivas que establecían las comunicaciones de un grupo al otro. ¡Qué espectáculo para María el ver este sitio del suplicio, los clavos, los martillos, las cuerdas, la terrible cruz, los verdugos, empeñados en hacer los preparativos para la crucifixión! La ausencia de Jesús prolongaba su martirio: sabía que estaba todavía vivo, deseaba verlo, y temblaba al pensar en los tormentos a que lo vería expuesto. Desde por la mañana hasta las diez hubo granizo por intervalos, mas a las doce una niebla encarnada oscureció el sol.

XXVII Jesús despojado de sus vestiduras y clavado en la cruz

Cuatro alguaciles fueron a sacar a Jesús del sitio en donde le habían encerrado. Le dieron golpes llenándole de ultrajes en estos últimos pasos que le quedaban por andar, y arrastráronle sobre le elevación. Cuando las santas mujeres vieron al Salvador dieron dinero a un hombre para que le procurase el permiso de dar a Jesús el vino aromatizado de Verónica. Mas los alguaciles las engañaron y se quedaron con el vino, ofreciendo al Señor una mezcla de vino y mirra. Jesús mojó sus labios, pero no bebió. En seguida los alguaciles quitaron a Nuestro Señor su capa, y como no podían sacarle la túnica sin costuras que su Madre le había hecho, a causa de la corona de espinas, arrancaron con violencia esta corona de la cabeza, abriendo todas sus heridas. No le quedaba más que un lienzo alrededor de los riñones. El Hijo delhombre estaba temblando, cubierto de llagas y despedazados sus hombros hasta los
huesos. Habiéndole hecho sentar sobre una piedra le pusieron la corona sobre la cabeza, y le presentaron un vaso con hiel y vinagre; mas Jesús volvió la cabeza sin decir palabra.

Después que los alguaciles extendieron al divino Salvador sobre la cruz, y habiendo estirado su brazo derecho sobre el brazo derecho de la cruz, lo ataron fuertemente; uno de ellos puso la rodilla sobre su pecho sagrado, otro le abrió la mano, y el tercero apoyó sobre la carne un clavo grueso y largo, y lo clavó con un martillo de hierro. Un gemido dulce y claro salió del pecho de Jesús y su sangre saltó sobre los brazos de sus verdugos. Los clavos era muy largos, la cabeza chata y del diámetro de una moneda mediana, tenían tres esquinas y eran del grueso de un dedo pulgar a la cabeza: la punta salía detrás de la cruz. Habiendo clavado la mano derecha del Salvador, los verdugos vieron que la mano izquierda no llegaba al agujero que habían abierto; entonces ataron una cuerda a su brazo izquierdo, y tiraron de él con toda su fuerza, hasta que la mano llegó al agujero. Esta dislocación violenta de sus brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantaba y sus rodillas se estiraban. Se arrodillaron de nuevo sobre su cuerpo, le ataron el brazo para hundir el segundo clavo en la mano izquierda; otra vez se oían los quejidos del Señor en medio de los martillazos. Los brazos de Jesús quedaban extendidos horizontalmente, de modo que no cubrían los brazos de la cruz. La Virgen Santísima sentía todos los dolores de su Hijo: Estaba cubierta de una palidez mortal y exhalaba gemidos de su pecho. Los fariseos la llenaban de insultos y de burlas. Habían clavado a la cruz un pedazo de madera para sostener los pies de Jesús, a fin de que todo el peso del cuerpo no pendiera de las manos, y para que los huesos de los pies no se rompieran cuando los clavaran. Ya se había hecho el clavo que debía traspasar los pies y una excavación para los talones. El cuerpo de Jesús se hallaba contraído a causa de la violenta extensión de los brazos. Los verdugos extendieron también sus rodillas atándolas con cuerdas; pero como los pies no llegaban al pedazo de madera, puesto para sostenerlos, unos querían taladrar nuevos agujeros para los clavos de las manos; otros vomitando imprecaciones contra el Hijo de Dios, decían: “No quiere estirarse, pero vamos a ayudarle”. En seguida ataron cuerdas a su pierna derecha, y lo tendieron violentamente, hasta que el pie llegó al pedazo de madera. Fue una dislocación tan horrible, que se oyó crujir el pecho de Jesús, quien, sumergido en un mar de dolores, exclamó: “¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío!”. Después ataron el pie izquierdo sobre el derecho, y habiéndolo abierto con una especie de taladro, tomaron un clavo de mayor dimensión para atravesar sus sagrados pies. Esta operación fue la más dolorosa de todas. Conté hasta treinta martillazos. Los gemidos de Jesús eran una continua oración, que contenía ciertos pasajes de los salmos que se estaban cumpliendo en aquellos momentos. Durante toda su larga Pasión el divino Redentor no ha cesado de orar. He oído y repetido con Él estos pasajes, y los recuerdo algunas veces al rezar los salmos; pero actualmente estoy tan abatida de dolor, que no puedo coordinarlos. El jefe de la tropa romana había hecho clavar encima de la cruz la inscripción de Pilatos. Como los romanos se burlaban del título de Rey de los judíos, algunos fariseos volvieron a la ciudad para pedir a Pilatos otra inscripción. Eran las doce y cuarto cuando Jesús fue crucificado, y en el mismo momento en que elevaban la cruz, el templo resonaba con el ruido de las trompetas que celebraban la inmolación del cordero pascual.

XXVIII Exaltación de la Cruz

Los verdugos, habiendo crucificado a Nuestro Señor, alzaron la cruz dejándola caer con todo su peso en el hueco de una peña con un estremecimiento espantoso.
Jesús dio un grito doloroso, sus heridas se abrieron, su sangre corrió abundantemente. Los verdugos, para asegurar la cruz, la alzaron nuevamente, clavando cinco cuñas a su alrededor. Fue un espectáculo horrible y doloroso el ver, en medio de los gritos e insultos de los verdugos, la cruz vacilar un instante sobre su base y hundirse temblando en la tierra; mas también se elevaron hacia ella voces piadosas y compasivas. Las voces más santas del mundo, las de las santas mujeres y de todos aquellos que tenían el corazón puro, saludaron con acento doloroso al Verbo humanado elevado sobre la cruz. Sus manos vacilantes se elevaron para socorrerlo; pero cuando la cruz se hundió en el hoyo de la roca con grande estruendo, hubo un
momento de silencio solemne; todo el mundo parecía penetrado de una sensación nueva y desconocida hasta entonces. El infierno mismo se estremeció de terror al sentir el golpe de la cruz que se hundió, y redobló sus esfuerzos contra ella. Las almas encerradas en el limbo lo oyeron con una alegría llena de esperanza: para ellas era el anuncio del Triunfador que se acercaba a las puertas de la Redención. La sagrada cruz se elevaba por primera vez en medio de la tierra, cual otro árbol de vida en el Paraíso, y de las llagas de Jesús salían cuatro arroyos sagrados para fertilizar la tierra, y hacer de ella el nuevo Paraíso. El sitio donde estaba clavada la cruz era más elevado que el terreno circunvecino; los pies del Salvador bastante bajos para que sus amigos pudieran besarlos. El rostro del Señor miraba al noroeste.

XXIX Crucifixión de los ladrones

Mientras crucificaban a Jesús, los dos ladrones estaban tendidos de espaldas a poca distancia de los guardias que los vigilaban. Los acusaban de haber asesinado a una mujer con sus hijos, en el camino de Jerusalén a Jopé. Habían estado mucho tiempo en la cárcel antes de su condenación. El ladrón de la izquierda tenía más edad, era un gran criminal, el maestro y el corruptor del otro; los llamaban ordinariamente Dimas y Gesmas. Formaban parte de una compañía de ladrones de la frontera de Egipto, los cuales en años anteriores, habían hospedado una noche a la Sagrada Familia, en la huida a Egipto. Dimas era aquel niño leproso, que en aquella ocasión fue lavado en el agua que había servido de baño al niño Jesús, curando milagrosamente de su enfermedad. Los cuidados de su madre para con la Sagrada Familia fueron recompensados con este milagro. Dimas no conocía a Jesús; pero como su corazón no era malo, se conmovía al ver su paciencia más que humana.
Entretanto los verdugos ya habían plantado la cruz del Salvador, y se daban prisa para crucificar a los dos ladrones; pues el sol se oscurecía ya, y en toda la naturaleza había un movimiento como cuando se acerca una tormenta. Arrimaron escaleras a las dos cruces ya plantadas y clavaron las piezas transversales. Sujetados los brazos de los ladrones a los de las cruces, les ataron los puños, las rodillas y los pies, apretando las cuerdas con tal vehemencia que se dislocaron las coyunturas. Dieron gritos terribles, y el buen ladrón dijo cuando lo subían: “Si nos hubieseis tratado como al pobre Galileo, no tendríais el trabajo de levantarnos así en el aire”. Mientras tanto los ejecutores habían hecho partes de los vestidos de Jesús para repartírselos. No pudiendo saber a quién le tocaría su túnica inconsútil trajeron una mesa con números, sacaron unos dados que tenían figura de habas, y la sortearon. Pero un criado de Nicodemus y de José de Arimatea vino a decirles que hallarían compradores de los vestidos de Jesús; consintieron en venderlos y así conservaron los cristianos estos preciosos despojos.

XXX Jesús crucificado y los dos ladrones

Los verdugos, habiendo plantado las cruces de los ladrones, aplicaron escaleras a la cruz del Salvador, para cortar las cuerdas que tenían atado su Sagrado Cuerpo. La sangre, cuya circulación había sido interceptada por la posición horizontal y compresión de los cordeles, corrió con ímpetu de las heridas, y fue tal el padecimiento, que Jesús inclinó la cabeza sobre su pecho y se quedó como muerto durante unos siete minutos. Entonces hubo un rato de silencio: se oía otra vez el sonido de las trompetas del templo de Jerusalén. Jesús tenía el pecho ancho, los brazos robustos; sus manos bellas, y, sin ser delicadas, no se parecían a las de un hombre que las emplea en penosos trabajos. Su cabeza era de una hermosa proporción, su frente alta y ancha; su cara formaba un lindo óvalo; sus cabellos, de un color de cobre oscuro, no eran muy espesos. Entre las cruces de los ladrones y la de Jesús había bastante espacio para que un hombre a caballo pudiese pasar. Los dos ladrones sobre sus cruces ofrecían un espectáculo muy repugnante y terrible, especialmente el de la izquierda, que no cesaba de proferir injurias y blasfemias contra el Hijo de Dios.

XXXI Primera palabra de Jesús en la Cruz

Acabada la crucifixión de los ladrones, los verdugos se retiraron, y los cien soldados romanos fueron relevados por otros cincuenta, bajo el mando de Abenadar, árabe de nacimiento, bautizado después con el nombre de Ctesifón; el segundo jefe se llamaba Casio, y recibió después el nombre de Longinos. En estos momentos llegaron doce fariseos, doce saduceos, doce escribas y algunos ancianos, que habían pedido inútilmente a Pilatos que mudase la inscripción de la cruz, y cuya rabia se había aumentado por la negativa del gobernador. pasando por delante de Jesús, menearon desdeñosamente la cabeza, diciendo: “¡Y bien, embustero; destruye el templo y levántalo en tres días! – ¡Ha salvado a otros, y no se puede salvar a sí mismo! – ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz! – Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz, y creeremos en Él”. Los soldados se burlaban también de Él. Cuando Jesús se desmayó, Gesmas, el ladrón de la izquierda, dijo: “Su demonio lo ha abandonado”. Entonces un soldado puso en la punta de un palo una esponja con vinagre, y la arrimó a los labios de Jesús, que pareció probarlo. El soldado le dijo: “Si eres el Rey de los judíos, sálvate tú mismo”. Todo esto pasó mientras que la primera tropa dejaba el puesto a la de Abenadar. Jesús levantó un poco la cabeza, y dijo: “¡Padre mío, perdonadlos, pues no saben lo que hacen!”. Gesmas gritó: “Si tú eres Cristo, sálvate y sálvanos”. Dimas, el buen ladrón, estaba conmovido al ver que Jesús pedía por sus enemigos. La Santísima Virgen, al oír la voz de su Hijo, se precipitó hacia la cruz con Juan, Salomé y María Cleofás. El centurión no los rechazó. Dimas, el buen ladrón, obtuvo en este momento, por la oración de Jesús, una iluminación interior: reconoció que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez, y dijo en vos distinta y fuerte:
“¿Cómo podéis injuriarlo cuando pide por vosotros? Se ha callado, ha sufrido paciente todas vuestras afrentas, es un Profeta, es nuestro Rey, es el Hijo de Dios”. Al oír esta reprensión de la boca de un miserable asesino sobre la cruz, se elevó un gran tumulto en medio de los circunstantes: tomaron piedras para tirárselas; mas el centurión Abenadar no lo permitió. Mientras tanto la Virgen se sintió fortificada con la oración de su Hijo, y Dimas dijo a su compañero, que continuaba injuriándolo: “¿No tienes temor de Dios, tú que estás condenado al mismo suplicio? Nosotros lo merecemos justamente, recibimos el castigo de nuestros crímenes; pero éste no ha hecho ningún mal. Piensa en tu última hora, y conviértete”. Estaba iluminado y tocado: confesó sus culpas a Jesús, diciendo: “Señor, si me condenáis, será con justicia; pero tened misericordia de mí”. Jesús le dijo: “Tú sentirás mi misericordia”. Dimas recibió en este momento la gracia de un profundo arrepentimiento. Todo lo que acabo de contar sucedió entre las doce y las doce y media, y pocos minutos después de la Exaltación de la cruz; pero pronto hubo un gran cambio en el alma de los espectadores, a causa de la mudanza de la naturaleza.

XXXII Eclipse de sol – Segunda y tercera palabras de Jesús

Cuando Pilatos pronunció la inicua sentencia, cayó un poco de granizo; después el Cielo se aclaró hasta las doce, en que vino una niebla colorada que oscureció el sol: a la sexta hora, según el modo de contar de los judíos, que corresponde a las doce y media, hubo un eclipse milagroso del sol. Yo vi cómo sucedió, mas no encuentro palabras para expresarlo. Primero fui transportada como fuera de la tierra: veía las divisiones del cielo y el camino de los astros, que se cruzaban de un modo maravilloso; vi la luna a un lado de la tierra, huyendo con rapidez, como un globo de fuego. Enseguida me hallé en Jerusalén, y vi otra vez la luna aparecer llena y pálida sobre el monte de los Olivos; vino del Oriente con gran rapidez, y se puso delante del sol oscurecido con la niebla. Al lado occidental del sol vi un cuerpo oscuro que parecía una montaña y que lo cubrió enteramente. El disco de este cuerpo era de un amarillo oscuro, y estaba rodeado de un círculo de fuego, semejante a un anillo de hierro hecho ascua. El cielo se oscureció, y las estrellas aparecieron despidiendo una luz ensangrentada. Un terror general se apoderó de los hombres y de los animales: los que injuriaban a Jesús bajaron la voz. Muchos se daban golpes de pecho, diciendo: “¡Que la sangre caiga sobre sus verdugos!”. Otros de cerca y de lejos, se arrodillaron pidiendo perdón, y Jesús, en medio de sus dolores, volvió los ojos hacia ellos. Las tinieblas se aumentaban, y la cruz fue abandonada de todos, excepto de María y de los caros amigos del Salvador. Dimas levantó la cabeza hacia Jesús, y con una humilde esperanza, le dijo: “¡Señor, acordaos de mí cuando estéis en vuestro reino!”. Jesús le respondió: “En verdad te lo digo; hoy estarás conmigo en el Paraíso”. María pedía interiormente que Jesús la dejara morir con Él. El Salvador la miró con una ternura inefable, y volviendo los ojos hacia Juan, dijo a María: “Mujer, este es tu hijo”. Después dijo a Juan: “Esta es tu Madre”. Juan besó respetuosamente el pie de la cruz del Redentor. La Virgen Santísima se sintió acabada de dolor, pensando que el momento se acercaba en que su divino Hijo debía separarse de ella. No sé si Jesús pronunció expresamente todas estas palabras; pero yo sentí interiormente que daba a María por Madre a Juan, y a Juan por hijo a María. En tales visiones se perciben muchas cosas, y con gran claridad que no se hallan escritas en los Santos Evangelios.
Entonces no parece extraño que Jesús, dirigiéndose a la Virgen, no la llame Madre mía, sino Mujer; porque aparece como la mujer por excelencia, que debe pisar la cabeza de la serpiente, sobre todo, en este momento en el que se cumple esta promesa por la muerte de su Hijo. También se comprende muy claramente que, dándola por Madre a Juan, la da por Madre a todos los que creen en su nombre y se hacen hijos de Dios. Se comprende también que la más pura, la más humilde, la más obediente de las mujeres, que habiendo dicho al ángel: “Ved aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, se hizo Madre del Verbo hecho hombre: oyendo la voz de su Hijo moribundo obedece y consiente en ser la Madre espiritual de otro hijo, repitiendo en su corazón estas mismas palabras con una humilde obediencia, y adopta por hijos suyos a todos los hijos de Dios, a todos los hermanos de Jesucristo. Es más fácil sentir todo esto por la gracia de Dios, que expresarlo con palabras, y entonces me acuerdo de lo que me había dicho una vez el Padre celestial: “Todo está revelado a los hijos de la Iglesia que creen, que esperan y que aman”.

XXXIII Estado de la ciudad y del templo – Cuarta palabra de Jesús

Era poco más o menos la una y media; fui transportada a la ciudad para ver lo que pasaba. La hallé llena de agitación y de inquietud; las calles estaban oscurecidas por una niebla espesa; los hombres, tendidos por el suelo con la cabeza cubierta; unos se daban golpes de pecho, y otros subían a los tejados, mirando al cielo y se lamentaban. Los animales aullaban y se escondían; las aves volaban bajo y se caían. Pilatos mandó venir a su palacio a los judíos más ancianos, y les preguntó qué significaban aquellas tinieblas; les dijo que él las miraba como un signo espantoso, que su Diosestaba irritado contra ellos, porque habían perseguido de muerte al Galileo, que era ciertamente su Profeta y su Rey; que él se había lavado las manos; que era inocente de esa muerte; mas ellos persistieron en su endurecimiento, atribuyendo todo lo que pasaba a causas que no tenían nada de sobrenatural. Sin embargo, mucha gente se convirtió, y también todos aquellos soldados que presenciaron la prisión de Jesús en el monte de los Olivos, que entonces cayeron y se levantaron. La multitud se reunía delante de la casa de Pilatos, y en el mismo sitio en que por la mañana habían gritado: “¡Que muera! ¡que sea crucificado!”, ahora gritaba: “¡Muera el juez inicuo! ¡que su sangre recaiga sobre sus verdugos!”. El terror y la angustia llegaban a su colmo en el templo. Se ocupaban en la inmolación del cordero pascual, cuando de pronto anocheció. Los príncipes de los sacerdotes se esforzaron en mantener el orden y la tranquilidad, encendieron todas las lámparas; pero el desorden aumentaba cada vez más. Yo vi a Anás, aterrorizado, correr de un rincón a otro para esconderse. Cuando me encaminé para salir de la ciudad, los enrejados de las ventanas temblaban, y sin embargo no había tormenta. Entretanto la tranquilidad reinaba alrededor de la cruz.
El Salvador estaba absorto en el sentimiento de un profundo abandono; se dirigió a su Padre celestial, pidiéndole con amor por sus enemigos. Sufría todo lo que sufre un hombre afligido, lleno de angustias, abandonado de toda consolación divina y humana, cuando la fe, la esperanza y la caridad se hallan privadas de toda luz y de toda asistencia sensible en el desierto de la tentación, y solas en medio de un padecimiento infinito. Este dolor no se puede expresar. Entonces fue cuando Jesús nos alcanzó la fuerza de resistir a los mayores terrores del abandono, cuando todas las afecciones que nos unen a este mundo y a esta vida terrestre se rompen, y que al mismo tiempo el sentimiento de la otra vida se oscurece y se apaga: nosotros no podemos salir victoriosos de esta prueba sino uniendo nuestro abandono a los méritos del suyo sobre la cruz. Jesús ofreció por nosotros su misericordia, su pobreza, sus padecimientos y su abandono: por eso el hombre, unido a Él en el seno de la Iglesia, no debe desesperar en la hora suprema, cuando todo se oscurece, cuando toda luz y toda consolación desaparecen. Jesús hizo su testamento delante de Dios, y dio todos sus méritos a la Iglesia y a los pecadores. No olvidó a nadie; pidió aún por esos herejes que dicen que Jesús, siendo Dios, no sintió los dolores de su Pasión; y que no sufrió lo que hubiera padecido un hombre en el mismo caso. En su dolor nos mostrósu abandono con un grito, y permitió a todos los afligidos que reconocen a Dios por su Padre un quejido filial y de confianza. A las tres, Jesús gritó en alta voz: “¡Eli, Eli, lamma sabactani!”. Lo que significa: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has
abandonado?”. El grito de Nuestro Señor interrumpió el profundo silencio que reinaba alrededor de la cruz: los fariseos se volvieron hacia Él y uno de ellos le dijo: “Llama a Elías”. Otro dijo: “Veremos si Elías vendrá a socorrerlo”. Cuando María oyó la voz de su Hijo, nada pudo detenerla. Vino al pie de la cruz con Juan, María, hija de Cleofás, Magdalena y Salomé.

Mientras el pueblo temblaba y gemía, un grupo de treinta hombres de la Judea y de los contornos de Jopé pasaban por allí para ir a la fiesta, y cuando vieron a Jesús crucificado, y los signos amenazadores que presentaba la naturaleza, exclamaron llenos de horror: “¡Mal haya esta ciudad! Si el templo de Dios no estuviera en ella, merecería que la quemasen por haber tomado sobre sí tal iniquidad”. Estas palabras fueron como un punto de apoyo para el pueblo, y todos los que tenían los mismos sentimiento se reunían. Los circunstantes se dividieron en dos partidos: los unos lloraban y murmuraban, los otros pronunciaban injurias e imprecaciones. Sin embargo, los fariseos ya no ostentaban la misma arrogancia que antes, y más bien temiendo una insurrección popular, se entendieron con el centurión Abenadar. Dieron órdenes para cerrar la puerta más cercana de la ciudad y cortar toda comunicación. Al mismo tiempo enviaron un expreso a Pilatos y Herodes, para pedir al primero quinientos hombres, y al segundo sus guardias para impedir una insurrección. Mientras tanto, el centurión Abenadar mantenía el orden e impedía los insultos contra Jesús, para no irritar al pueblo. Poco después de las tres, paulatinamente desaparecieron las tinieblas. Los enemigos de Jesús recobraron su arrogancia conforme la luz volvía. Entonces fue cuando dijeron: “¡Llama a Elías!”.

XXXIV Quinta, sexta y séptima palabras. Muerte de Jesús

La luz continuaba retornando gradualmente, y el semblante amoratado y exhausto de nuestro Señor se volvió visible nuevamente. Por la pérdida de sangre, el sagrado cuerpo de Jesús estaba pálido; y lo escuché exclamar “Estoy estrujado como la uva, que es pisoteada en el lagar. Mi sangre va a ser esparcida copiosamente hasta que surja agua, pero el vino no se hará más aquí”. No estoy segura si el realmente pronunció estas palabras, como para ser oídas por otros, o fueron solamente una respuesta dada a mi plegaria interior. Después tuve una visión relacionada a estas palabras, y en ella vi a Jafet haciendo vino en este lugar. Jesús estaba casi desfalleciendo, su lengua se había desecado y sintiendo una sed abrasadora, dijo: “Tengo sed”. Los discípulos que estaban parados alrededor de la Cruz lo miraron con la expresión más profunda de tristeza y él agregó: “¿No me podrían haber dado un poco de agua?” Con estas palabras les dio a entender que nadie los hubiera prevenido de hacerlo durante la oscuridad. Juan estaba lleno de remordimiento y replicó: “No pensamos en hacerlo, Oh Señor”. Jesús pronunció unas pocas palabras más, lo importante de las cuales fue: “Mis amigos y mis parientes también me olvidaron, y no me dieron de beber, y así lo que estaba escrito acerca de mí se cumplió”. Esta omisión lo había afligido mucho. Entonces los discípulos le ofrecieron dinero a los soldados para obtener permiso para darle un poco de agua: ellos se negaron a dársela, pero mojaron una esponja con vinagre y hiel, y estaban a punto de ofrecérsela a Jesús, cuando el centurión Abenadar, cuyo corazón fue tocado por la compasión, se las quitó, escurrió la hiel, roció con vinagre fresco la esponja, y atándola a una caña, la puso en la punta de su lanza para presentarla a la boca del Señor. De estas palabras que dijo recuerdo solamente las siguientes: “Cuando mi voz no se oiga más, la boca de los muertos hablará”. Entonces algunos gritaron: “Blasfema todavía”. Mas Abenadar les mandó estarse quietos. La hora del Señor había llegado: un sudor frío corrió sus miembros, Juan limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen Santísima de pie entre Jesús y el buen ladrón, miraba el rostro de su Hijo moribundo.
Entonces Jesús dijo: “¡Todo está consumado!”. Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue un grito dulce y fuerte, que penetró el cielo y la tierra: enseguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre el suelo. El centurión Abenadar tenía los ojos fijos en la cara ensangrentada de Jesús, sintiendo una emoción muy profunda. Cuando el Señor murió, la tierra tembló, abriéndose el peñasco entre la cruz de Jesús y la del mal ladrón. El último grito del Redentor hizo temblar a todos los que le oyeron. Entonces fue cuando la gracia iluminó a Abenadar. Su corazón, orgulloso y duro, se partió como la roca del Calvario; tiró su lanza, se dio golpes en el pecho gritando con el acento de un hombre nuevo: “¡Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; éste era justo; es verdaderamente el Hijo de Dios!”. Muchos soldados, pasmados al oír las palabras de su jefe, hicieron como él.
Abenadar, convertido del todo, habiendo rendido homenaje al Hijo de Dios, no quería estar más al servicio de sus enemigos. Dio su caballo y su lanza a Casio, el segundo oficial, quien tomó el mando, y habiendo dirigido algunas palabras a los soldados, se fue en busca de los discípulos del Señor, que se mantenían ocultos en las grutas de Hinnón. Les anunció la muerte del Salvador, y se volvió a la ciudad a casa de Pilatos.
Cuando Abenadar dio testimonio de la divinidad de Jesús, muchos soldados hicieron como él: lo mismo hicieron algunos de los que estaban presentes, y aún algunos fariseos de los que habían venido últimamente. Mucha gente se volvía a su casa dándose golpes de pecho y llorando. Otros rasgaron sus vestidos, y se cubrieron con tierra la cabeza. Era poco más de las tres cuando Jesús rindió el último suspiro. Los soldados romanos vinieron a guardar la puerta de la ciudad y a ocupar algunas posiciones para evitar todo movimiento tumultuoso. Casio y cincuenta soldados se quedaron en el Calvario.

XXXV Temblor de tierra – Aparición de los muertos en JerusalénCuando Jesús expiró, vi a su alma, rodeada de mucha luz, entrar en la tierra, al pie de la cruz; muchos ángeles, entre ellos Gabriel, la acompañaron. Estos ángeles arrojaron de la tierra al abismo una multitud de malos espíritus. Jesús envió desde el limbo muchas almas a sus cuerpos para que atemorizaran a los impenitentes y dieran testimonio de Él. En el templo, los príncipes de los sacerdotes habían continuado el sacrificio, interrumpido por el espanto que les causaron las tinieblas, y creían triunfar con la vuelta de la luz; mas de pronto la tierra tembló, el ruido de las paredes que se caían y del velo del templo que se rasgaba les infundió un terror espantoso. Se vio de repente aparecer en el santuario al sumo sacerdote Zacarías, muerto entre el templo y el altar, pronunciar palabras amenazadoras; habló de la muerte del otro Zacarías, padre de Juan Bautista, de la de Juan Bautista, y en general de la muerte de los profetas. Dos hijos del piadoso sumo sacerdote Simón el Justo se presentaron cerca del gran púlpito, y hablaron igualmente de la muerte de los profetas y del sacrificio que iba a cesar. Jeremías se apareció cerca del altar, y proclamó con voz amenazadora el fin del antiguo sacrificio y el principio del nuevo. Estas apariciones, habiendo tenido lugar en los sitios en donde sólo los sacerdotes podían tener conocimiento de ellas, fueron negadas o calladas, y prohibieron hablar de ellas bajo severísimas penas. Pero pronto se oyó un gran ruido: las puertas del santuario se abrieron, y una voz gritó: “Salgamos de aquí”. Nicodemus, José de Arimatea y otros muchos abandonaron el templo. Muertos resucitados se veían asimismo que andaban por el pueblo. Anás que era uno de los enemigos más acérrimos de Jesús, estaba así loco de terror: huía de un rincón a otro, en las piezas más retiradas del templo. Caifás quiso animarlo, pero fue en vano: la aparición de los muertos lo había consternado. Dominado Caifás por el orgullo y la obstinación, aunque sobrecogido por el terror, no dejó traslucir nada de lo que sentía, oponiendo su férrea frente a los signos amenazadores de la ira divina. No pudo, a pesar de sus esfuerzos, hacer continuar la ceremonia. Dijo y mandó decir a los otros sacerdotes que estos signos de la ira del cielo habían sido ocasionados por los secuaces del Galileo, que muchas cosas

provenían de los sortilegios de ese hombre que en su muerte como en su vida había agitado el reposo del templo. Mientras todo esto pasaba en el templo, el mismo sobresalto reinaba en muchos sitios de Jerusalén. No sólo en el Templo hubo apariciones de muertos: también ocurrieron en la ciudad y sus alrededores. Entraron en las casas de sus descendientes, y dieron testimonio de Jesús con palabras severas contra los que habían tomado parte en su muerte. Pálidos o amarillos, su voz dotada de un sonido extraño e inaudito, iban amortajados según la usanza del tiempo en que vivían: al llegar a los sitios en donde la sentencia de muerte de Jesús fue proclamada, se detuvieron un momento, y gritaron: “¡Gloria a Jesús, y maldición a sus verdugos!”.

El terror y el pánico producidos por estas apariciones fue grande: el pueblo se retiró por fin a sus moradas, siendo muy pocos los que comieron por la noche el Cordero pascual.

XXXVI José de Arimatea pide a Pilatos el cuerpo de Jesús

Apenas se restableció un poco la tranquilidad en la ciudad, el gran consejo de los judíos pidió a Pilatos que mandara romper las piernas a los crucificados, para que no estuvieran en la cruz el sábado. Pilatos dio las órdenes necesarias. En seguida José de Arimatea vino a verle; pues con Nicodemus habían formado el proyecto de enterrar a Jesús en un sepulcro nuevo, que había hecho construir a poca distancia del Calvario. Habló a Pilatos, pidiéndole el cuerpo de Jesús. Pilatos se extrañó que un hombre tan honorable pidiese con tanta instancia el permiso de rendir los últimos honores al que había hecho morir tan ignominiosamente. Hizo llamar al centurión Abenadar, vuelto ya después de haber conversado con los discípulos, y le preguntó si el Rey de los judíos había expirado. Abenadar le contó la muerte del Salvador, sus últimas palabras, el temblor de tierra y la roca abierta por el terremoto. Pilatos pareció extrañar sólo que Jesús hubiera muerto tan pronto, porque ordinariamente los crucificados vivían más tiempo; pero interiormente estaba lleno de angustia y de terror, por la coincidencia de esas señales con la muerte de Jesús. Quizá quiso en algo reparar su crueldad dando a José de Arimatea el permiso de tomar el cuerpo de Jesús.
También tuvo la mira de dar un desaire a los sacerdotes, que hubiesen visto gustosos a Jesús enterrado ignominiosamente entre dos ladrones. Envió un agente al Calvario para ejecutar sus órdenes, que fue Abenadar. Le vi asistir al descendimiento de la cruz.

XXXVII Abertura del costado de Jesús – Muerte de los ladrones

Mientras tanto el silencio y el duelo reinaban sobre el Gólgota. El pueblo atemorizado se había dispersado; María, Juan, Magdalena, María hija de Cleofás, y Salomé, estaban de pie o sentadas enfrente de la cruz, la cabeza cubierta y llorando. Se notaban algunos soldados recostados sobre el terraplén que rodeaba la llanura; Casio, a caballo, iba de un lado a otro. El cielo estaba oscuro, y la naturaleza parecía enlutada. Pronto llegaron seis alguaciles con escalas, azadas, cuerdas y barras de hierro para romper las piernas a los crucificados. Cuando se acercaron a la cruz, los amigos de Jesús se apartaron un poco, y la Virgen Santísima temía que ultrajasen aún el cuerpo de su Hijo. Aplicaron las escalas a la cruz para asegurarse de que Jesús estaba muerto. Habiendo visto que el cuerpo estaba frío y rígido lo dejaron, y subieron a las cruces de los ladrones. Dos alguaciles les quebraron los brazos por encima y por debajo de los codos con sus martillos. Gesmas daba gritos horribles, y le pegaron tres golpes sobre el pecho para acabarlo de matar. Dimas lanzó un gemido, y expiró, siendo el primero de los mortales que volvió a ver a su Redentor. Los verdugos dudaban todavía de la muerte de Jesús. El modo horrible como habían fracturado los miembros de los ladrones hacía temblar a las santas mujeres por elcuerpo del Salvador. Mas el subalterno Casio, hombre de veinticinco años, cuyos ojos bizcos excitaban la befa de sus compañeros, tuvo una inspiración súbita. La ferocidad bárbara de los verdugos, la angustia de las santas mujeres, y el ardor grande que excitó en él la Divina gracia, le hicieron cumplir una profecía. Empuñó la lanza, y dirigiendo su caballo hacia la elevación donde estaba la cruz, se puso entre la del buen ladrón y la de Jesús. Tomó su lanza con las dos manos, y la clavó con tanta fuerza en el costado derecho del Señor, que la punta atravesó el corazón, un poco más abajo del pulmón izquierdo. Cuando la retiró salió de la herida una cantidad de sangre y agua que llenó su cara, que fue para él baño de salvación y de gracia. Se apeó, y de rodillas, en tierra, se dio golpes de pecho, confesando a Jesús en alta voz. La Virgen Santísima y sus amigas, cuyos ojos estaban siempre fijos en Jesús, vieron con inquietud la acción de ese hombre, y se precipitaron hacia la cruz dando gritos. María cayó en los brazos de las santas mujeres, como si la lanza hubiese atravesado su propio corazón, mientras Casio, de rodillas, alababa a Dios; pues los ojos de su cuerpo y de su alma se habían curado y abierto a la luz. Todos estaban conmovidos profundamente a la vista de la sangre del Salvador, que había caído en un hoyo de la peña, al pie de la cruz. Casio, María, las santas mujeres y Juan recogieron la sangre y el agua en frascos, y limpiaron el suelo con paños. Casio, que había recobrado toda la plenitud de su vista, estaba en una humilde contemplación. Los soldados, sorprendidos del milagro que había obrado en él, se hincaron de rodillas, dándose golpes de pecho, y confesaron a Jesús. Casio, bautizado con el nombre de Longinos, predicó la fe como diácono, y llevó siempre sangre de Jesús sobre sí. Esta se había secado, y se halló en su sepulcro, en Italia, en una ciudad a poca distancia del sitio donde vivió Santa Clara. Hay un lago con una isla cerca de esta ciudad. El cuerpo de Longinos debe haber sido transportado a ella. Los alguaciles, que mientras tanto habían recibido orden de Pilatos de no tocar el cuerpo de Jesús, no volvieron.

XXXVIII El descendimiento

El cielo estaba todavía oscuro y nebuloso cuando José y Nicodemus se fueron al Calvario: allí se encontraron con sus criados y las santas mujeres que lloraban sentadas enfrente de la cruz. Casio y muchos soldados, que se habían convertido, estaban a cierta distancia, tímidos y respetuosos. José y Nicodemus contaron a la Virgen y a Juan todo lo que habían hecho para librar a Jesús de una muerte ignominiosa, y cómo habían obtenido que no rompiesen los huesos al Señor. Entre tanto llegó el centurión Abenadar, y luego comenzaron la piadosa obra del descendimiento de la cruz, para embalsamar el sagrado cuerpo del Señor. Casio se acercó también, y contó a Abenadar la milagrosa curación de la vista. Todos se sentían muy conmovidos, llenos de tristeza y de amor. Nicodemus y José pusieron las escaleras detrás de la cruz, subieron y arrancaron los clavos. Enseguida descendieron despacio el santo Cuerpo, bajando escalón por escalón con las mayores precauciones. Fue un espectáculo muy tierno; tenían el mismo cuidado, las mismas precauciones como si hubiesen temido causar algún dolor a Jesús. Todos los circunstantes tenían los ojos fijos en el cuerpo del Señor y seguían sus movimientos, levantaban las manos al cielo, derramaban lágrimas y daban señales del más profundo dolor. Todos estaban penetrados de un respeto profundo, hablando sólo en voz baja para ayudarse unos a otros. Mientras los martillazos se oían, María, Magdalena y todos los que estaban presentes a la crucifixión, tenían el corazón partido. El ruido de esos golpes les recordaba los padecimientos de Jesús; temían oír otra vez el grito penetrante de sus sufrimientos. Habiendo descendido el santo Cuerpo, lo envolvieron y lo pusieron en los brazos de su Madre, que se los tendía poseída de dolor y de amor. Así la Virgen Santísima sostenía por última vez en sus brazos el cuerpo de su querido Hijo, a quien no había podido dar ninguna prueba de su amor en todo su martirio; contempló sus heridas, cubrió de ósculos su cara ensangrentada, mientras Magdalena reposaba la suya sobre sus pies. Después de un rato, Juan, acercándose a la Virgen, le suplicó que se separase de su Hijo para que le pudieran embalsamar, porque se acercaba el sábado. María se despidió de Él en los términos más tiernos. Entonces los hombres lo tomaron de los brazos de su madre y lo llevaron a un sitio más bajo que la cumbre del Gólgota, que ofrecía gran comodidad para hacer el embalsamamiento. Lo hicieron enseguida y envolvieron después el santo Cuerpo en un gran lienzo blanco. Cuando todos se arrodillaron para despedirse de Él, se operó delante de sus ojos un gran milagro: el sagrado cuerpo de Jesús, con sus heridas, apareció representado sobre el lienzo que lo cubría, como si hubiese querido recompensar su celo y su amor, y dejarles un retrato a través de los velos que lo cubrían. Era un retrato sobrenatural, un testimonio de la divinidad creadora, que residía siempre en el cuerpo de Jesús.

XXXIX Jesús metido en el sepulcro

Los hombres pusieron el sagrado Cuerpo sobre unas parihuelas de cuero, tapadas con un cobertor oscuro. Nicodemus y José llevaban sobre sus hombros los palos de delante, y Abenadar y Juan los de atrás. Enseguida venían la Virgen, Magdalena y María Cleofás, después las mujeres que habían estado sentadas a cierta distancia, Verónica, Juana Chusa, María, madre de Marcos, Salomé, mujer de Zebedeo; María Salomé, Salomé de Jerusalén, Susana y Ana, sobrina de San José; Casio y los soldados cerraban la marcha. Se detuvieron a la entrada del jardín de José, que abrieron arrancando algunos palos, que sirvieron después de palancas para llevar a la gruta la piedra que debía tapar el sepulcro. Cuando llegaron a la peña, levantaron el santo Cuerpo sobre una tabla larga, cubierta de una sábana. Las santas mujeres se sentaron enfrente de la entrada. Los cuatro hombres introdujeron el cuerpo del Señor, llenaron de aromas una parte del sepulcro, extendieron una sábana sobre la cual pusieron el Cuerpo y salieron. Entonces entró la Virgen, se sentó al lado de la cabeza, y se bajó, llorando, sobre el cuerpo de su Hijo. Cuando salió de la gruta, Magdalena entró y besó, llorando, los pies sagrados de Jesús; pero habiéndole dicho los hombres que debían cerrar el sepulcro, se volvió con las otras mujeres. Pusieron la tapa de color oscuro, y cerraron la puerta. Todos volvieron a la ciudad; José y Nicodemus encontraron en Jerusalén a Pedro, a Santiago el Mayor y a Santiago el Menor. Vi después a la Virgen Santísima y a sus compañeras entrar en el Cenáculo; Abenadar fue también introducido, y poco a poco la mayor parte de los Apóstoles y de los discípulos se reunieron en él. Tomaron algún alimento, y pasaron todavía unos momentos reunidos llorando y contando lo que habían visto. Los hombres cambiaron de vestido, y los vi después, debajo de una lámpara, orar.

LX Los judíos ponen guardia en el sepulcro

En la noche del viernes al sábado vi a Caifás y a los principales judíos consultarse respecto de las medidas que debían adoptarse, vistos los prodigios que habían sucedido y la disposición del pueblo. Al salir de esta deliberación, fueron por la noche a casa de Pilatos, y le dijeron que como ese seductor había asegurado que resucitaría el tercer día, era menester guardar el sepulcro tres días; porque si no, sus discípulos podían llevarse su Cuerpo y esparcir la voz de su Resurrección. Pilatos, no queriendo mezclarse en ese negocio, les dijo: “Tenéis una guardia: mandad que guarde el sepulcro como queráis”. Sin embargo, les dio a Casio, que debía observarlo todo, para hacer una relación exacta de lo que viera. Vi salir de la ciudad a unos doce, antes de levantarse el sol; los soldados que los acompañaban no estaban vestidos a la romana, eran soldados del templo. Llevaban faroles puestos en palos para alumbrarse en la oscura gruta donde se encontraba el sepulcro. Así que llegaron, se aseguraron de la presencia del cuerpo de Jesús; después ataron una cuerda atravesada delante de la puerta del sepulcro, y otra segunda sobre la piedra gruesa que estaba delante, y lo sellaron todo con un sello semicircular. Los fariseos volvieron a Jerusalén, y los guardas se pusieron enfrente de la puerta exterior. Casio no se movió de su puesto.

Había recibido grandes gracias interiores y la inteligencia de muchos misterios. No acostumbrado a ese estado sobrenatural, estuvo todo el tiempo como fuera de sí, sin ver los objetos exteriores. Se transformó en un nuevo hombre, y pasó todo el día haciendo penitencia y oración. Después de la Resurrección del Señor, dejó la milicia y se juntó con los discípulos. Fue uno de los primeros que recibieron el bautismo, después de Pentecostés, junto con otros soldados convertidos al pie de la Cruz.

TOMADO DE: EcceChristianus

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La Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Ana Catalina Emmerich Parte III

ANAS

III Jesús delante de Anás

Anás y Caifás habían recibido inmediatamente el aviso de la prisión de Jesús, y en su casa estaba todo en movimiento. Los mensajeros corrían por el pueblo para convocar los miembros del Consejo, los escribas y todos los que debían tomar parte en el juicio. Toda la multitud de los enemigos de Jesús iba al tribunal de Caifás, conducida por los fariseos y los escribas de Jerusalén, a los cuales se juntaban muchos de los vendedores, echados del templo por Jesús, muchos doctores orgullosos, a los cuales había cerrado la boca en presencia del pueblo y otros muchos instrumentos de Satanás, llenos de rabia interior contra toda santidad, y por consecuencia contra el Santo de los santos. Esta escoria del pueblo judío fue puesta en movimiento y excitada por alguno de los principales enemigos de Jesús, y corría por todas partes al palacio de Caifás, para acusar falsamente de todos los crímenes al verdadero Cordero sin mancha, que lleva los pecados del mundo, y para mancharlo con sus obras, que, en efecto, ha tomado sobre sí y expiado. Mientras que esta turba impura se agitaba, mucha gente piadosa y amigos de Jesús, tristes y afligidos, pues no sabían el misterio que se iba a cumplir, andaban errantes acá y allá, y escuchaban y gemían. Otras personas bien intencionadas, pero débiles e indecisas, se escandalizaban, caían en tentación, y vacilaban en su convicción. El número de los que perseveraba era pequeño.
Entonces sucedía lo que hoy sucede: se quiere ser buen cristiano cuando no se disgusta a los hombres, pero se avergüenza de la cruz cuando el mundo la ve con mal ojo. Sin embargo, hubo muchos cuyo corazón fue movido por la paciencia del Salvador en medio de tantas crueldades y que se retiraron silenciosos y desmayados.
A media noche Jesús fue introducido en el palacio de Anás, y lo llevaron a una sala muy grande. Enfrente de la entrada estaba sentado Anás, rodeado de veintiocho consejeros. Su silla estaba elevada del suelo por algunos escalones. Jesús, rodeado aún de una parte de los soldados que lo habían arrestado, fue arrastrado por los alguaciles hasta los primeros escalones. El resto de la sala estaba lleno de soldados, de populacho, de criados de Anás, de falsos testigos, que fueron después a casa de Caifás. Anás esperaba con impaciencia la llegada del Salvador Estaba lleno de odio y animado de una alegría cruel. Presidía un tribunal, encargado de vigilar la pureza de la doctrina, y de acusar delante de los príncipes de los sacerdotes a los que la infrigían. Vi al divino Salvador delante de Anás, pálido, desfigurado, silencioso, con la cabeza baja. Los alguaciles tenían la punta de las cuerdas que apretaban sus manos.
Anás, viejo, flaco y seco, de barba clara, lleno de insolencia y orgullo, se sentó con una sonrisa irónica, haciendo como que nada sabía y que extrañaba que Jesús fuese el preso que le habían anunciado. He aquí lo que dijo a Jesús, o a lo menos el sentido de sus palabras: “¿Cómo, Jesús de Nazareth? Pues ¿dónde están tus discípulos y tus numerosos partidarios? ¿dónde está tu reino? Me parece que las cosas no se han vuelto como tú creías; han visto que ya bastaba de insultos a Dios y a los sacerdotes, de violaciones de sábado. ¿Quiénes son tus discípulos? ¿dónde están? ¿Callas? ¡Habla, pues, agitador, seductor! ¿No has comido el cordero pascual de un modo inusitado, en un tiempo y en un sitio adonde no debías hacerlo? ¿Quieres tú introducir una nueva doctrina? ¿Quién te ha dado derecho para enseñar? ¿Dónde has estudiado? Habla, ¿cuál es tu doctrina?”. Entonces Jesús levantó su cabeza cansada, miró a Anás, y dijo: “He hablado en público, delante de todo el mundo: he enseñado siempre en el templo y en las sinagogas, adonde se juntan los judíos. Jamás he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas? Pregunta a los que me han oído lo que les he dicho.
Mira a tu alrededor; ellos saben lo que he dicho”. A estas palabras de Jesús, el rostro de Anás expresó el resentimiento y el furor. Un infame ministro que estaba cerca de Jesús lo advirtió; y el miserable pegó con su mano cubierta de un guante de hierro, una bofetada en el rostro del Señor, diciendo: “¿Así respondes al Sumo Pontífice?”. Jesús, empujado por la violencia del golpe, cayó de un lado sobre los escalones, y la sangre corrió por su cara. La sala se llenó de murmullos, de risotadas y de ultrajes.
Levantaron a Jesús, maltratándolo, y el Señor dijo tranquilamente: “Si he hablado mal, dime en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”. Exasperado Anás por la tranquilidad de Jesús, mandó a todos los que estaban presentes que dijeran lo que le habían oído decir. Entonces se levantó una explosión de clamores confusos y de groseras imprecaciones. “Ha dicho que era rey; que Dios era su padre; que los fariseos eran unos adúlteros; subleva al pueblo; cura, en nombre del diablo, el sábado; los habitantes de Ofel le rodeaban con furor, le llaman su Salvador y su Profeta; se deja nombrar Hijo de Dios; se dice enviado por Dios; no observa los ayunos; come con los impuros, los paganos, los publicanos y los pecadores”. Todos estos cargos los hacían a la vez: los acusadores venían a echárselos en cara, mezclándolos con las más groseras injurias, y los alguaciles le pegaban y le empujaban, diciéndole que respondiera. Anás y sus consejeros añadían mil burlas a estos ultrajes, y le decían: “¡Esa es tu doctrina! ¿Qué respondes? ¿Qué especia de Rey eres tu? Has dicho que eres más que Salomón. No tengas cuidado, no te rehusaré más tiempo el título de tu dignidad real”. Entonces Anás pidió una especie de cartel, de una vara de largo y tres dedos de ancho; escribió en él una serie de grandes letras, cada una indicando una acusación contra el Señor. Después lo envolvió, y lo metió en una calabacita vacía, que tapó con cuidado y ató después a una caña. Se la presentó a Jesús, diciéndole con ironía: “Este es el cetro de tu reino: ahí están reunidos tus títulos, tus dignidades y tus derechos. Llévalos al Sumo Sacerdote para que conozca tu misión y te trate según tu dignidad. Que le aten las manos a ese Rey, y que lo lleven delante del Sumo Sacerdote”. Ataron de nuevo las manos a Jesús; sujetaron también con ello el simulacro del cetro, que contenía las acusaciones de Anás; y condujeron a Jesús a casa de Caifás, en medio de la risa, de las injurias y de los malos tratamientos de la multitud. La casa de Anás estaría a trescientos pasos de la de Caifás. El camino, que era a lo largo de paredes y de pequeños edificios dependientes del tribunal del Sumo Pontífice, estaba alumbrado con faroles y cubierto de judíos, que vociferaban y se agitaban. Los soldados podían apenas abrir por medio de la multitud. Los que habían ultrajado a Jesús en casa de Anás repetían sus ultrajes delante del pueblo; y el Salvador fue injuriado y maltratado todo el camino. Vi hombres armados rechazar algunos grupos que parecían comparecer al Señor, dar dinero a los que se distinguían por su brutalidad con Jesús y dejarlos entrar en el patio de Caifás.
IV Jesús delante de Caifás
 
Para llegar al tribunal de Caifás se atraviesa un primer patio exterior, después se entra en otro patio, que rodea todo el edificio. La casa tiene doble de largo que de ancho. Delante hay una especie de vestíbulo descubierto, rodeado de tres órdenes de columnas, formando galerías cubiertas. Jesús fue introducido en el vestíbulo en medio de los clamores, de las injurias y de los golpes. Apenas estuvo en presencia del Consejo, cuando Caifás exclamó: “¡Ya estás aquí, enemigo de Dios, que llenas de agitación esta santa noche!”. La calabaza que contenía las acusaciones de Anás fue desatada del cetro ridículo puesto entre las manos de Jesús. Después que las leyeron, Caifás con más ira que Anás, hacía una porción de preguntas a Jesús, que estaba tranquilo, paciente, con los ojos mirando al suelo. Los alguaciles querían obligarle a hablar, lo empujaban, le pegaban, y un perverso le puso el dedo pulgar con fuerza en la boca, diciéndole que mordiera. Pronto comenzó la audiencia de los testigos, y el populacho excitado daba gritos tumultuosos, y se oía hablar a los mayores enemigos de Dios, entre los fariseos y los saduceos reunidos en Jerusalén de todos los puntos del país. Repetían las acusaciones a que Él había respondido mil veces: “Que curaba a los enfermos y echaba a los demonios por arte de éstos, que violaba el Sábado, que sublevaba al pueblo, que llamaba a los fariseos raza de víboras y adúlteros, que había predicho la destrucción de Jerusalén, frecuentaba a los publicanos y los pecadores, que se hacía llamar Rey, Profeta, Hijo de Dios; que hablaba siempre de su Reino, que desechaba el divorcio, que se llamaba Pan de vida”. Así sus palabras, sus instrucciones y sus parábolas eran desfiguradas, mezcladas con injurias, y presentadas como crímenes. Pero todos se contradecían, se perdían en sus relatos y no podían establecer ninguna acusación bien fundada. Los testigos comparecían más bien para decirle injurias en su presencia que para citar hechos. Se disputaban entre ellos, y Caifás aseguraba muchas veces que la confusión que reinaba en las deposiciones de los testigos era efecto de sus hechizos. Algunos dijeron que había comido la Pascua la víspera, que era contra la ley y que el año anterior había ya hecho innovaciones en la ceremonia. Pero los testigos se contradijeron tanto, que Caifás y los suyos estaban llenos de vergüenza y de rabia al ver que no podían justificar nada que tuviera algún fundamento. Nicodemus y José de Arimatea fueron citados a explicar sobre que había comido la pascua en una sala perteneciente a uno de ellos, y probaron, con escritos antiguos, que de tiempo inmemorial los galileos tenían el permiso de comer la Pascua un día antes. Al fin, se presentaron otros dos diciendo: “Jesús ha dicho: Yo derribaré el templo edificado por las manos de los hombres y en tres días reedificaré uno que no estará hecho por mano de los hombres”.
No estaban éstos tampoco acordes. Caifás, lleno de cólera, exasperado por los discursos contradictorios de los testigos, se levantó, bajó los escalones, y dijo: “Jesús: ¿No respondes tú nada a ese testimonio?”. Estaba muy irritado porque Jesús no lo miraba. Entonces los alguaciles, asiéndolo por los cabellos, le echaron la cabeza atrás y le pegaron puñadas bajo la barba; pero sus ojos no se levantaron. Caifás elevó las manos con viveza, y dijo en tono de enfado: “Yo te conjuro por el Dios vivo que nos digas si eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios”.
Había un profundo silencio, y Jesús, con una voz llena de majestad indecible, con la voz del Verbo Eterno, dijo: “Yo lo soy, tú lo has dicho. Y yo os digo que veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha de la Majestad Divina, viniendo sobre las nubes del cielo”. Mientras Jesús decía estas palabras, yo le vi resplandeciente: el cielo estaba abierto sobre Él, y en una intuición que no puedo expresar, vi a Dios Padre Todopoderoso; vi también a los ángeles, y la oración de los justos que subía hasta su Trono. Debajo de Caifás vi el infierno como una esfera de fuego, oscura, llena de horribles figuras. Él estaba encima, y parecía separado sólo por una gasa. Vi toda la rabia de los demonios concentrada en él. Toda la casa me pareció un infierno salido de la tierra. Cuando el Señor declaró solemnemente que era el Cristo, Hijo de Dios, el infierno tembló delante de Él, y después vomitó todos sus furores en aquella casa. Caifás asió el borde de su capa, lo rasgó con ruido, diciendo en alta voz: “¡Has blasfemado! ¿Para qué necesitamos testigos? ¡Habéis oído? Él blasfema: ¿cuál es vuestra sentencia?”. Entonces todos los asistentes gritaron con una voz terrible: “¡Es digno de muerte! ¡Es digno de muerte!”.
Durante esta horrible gritería, el furor del infierno llegó a lo sumo. Parecía que las tinieblas celebraban su triunfo sobre la luz. Todos los circunstantes que conservaban algo bueno fueron penetrados de tan horror que muchos se cubrieron la cabeza y se fueron. Los testigos más ilustres salieron de la sala con la conciencia agitada. Los otros se colocaron en el vestíbulo alrededor del fuego, donde les dieron dinero, de comer y de beber. El Sumo Sacerdote dijo a los alguaciles: “Os entrego este Rey; rendid al blasfemo los honores que merece”. Enseguida se retiró con los miembros del Consejo a otra sala donde no se le podía ver desde el vestíbulo.
Cuando Caifás salió de la sala del tribunal, con los miembros del Consejo, una multitud de miserables se precipitó sobre Nuestro Señor, como un enjambre de avispas irritadas. Ya durante el interrogatorio de los testigos, toda aquella chusma le había escupido, abofeteado, pegado con palos y pinchado con agujas. Ahora, entregados sin freno a su rabia insana, le ponían sobre la cabeza coronas de paja y de corteza de árbol y decían: “Ved aquí al hijo de David con la corona de su padre. Es el Rey que da una comida de boda para su hijo”. Así se burlaban de las verdades eternas, que Él presentaba en parábolas a los hombres que venía a salvar; y no cesaban de golpearle con los puños o con palos. Le taparon los ojos con un trapo asqueroso, y le pegaban, diciendo: “Gran Profeta, adivina quién te ha pegado”. Jesús no abría la boca; pedía por ellos interiormente y suspiraba. Vi que todo estaba lleno de figuras diabólicas; era todo tenebroso, desordenado y horrendo. Pero también vi con frecuencia una luz alrededor de Jesús, desde que había dicho que era el Hijo de Dios. Muchos de los circunstantes parecían tener un presentimiento de ello, más o menos confuso; sentían con inquietud que todas las ignominias, todos los insultos no podían hacerle perder su indecible majestad. La luz que rodeaba a Jesús parecía redoblar el furor de sus ciegos enemigos.
V Negación de Pedro
 
Pedro y Juan que habían seguido a Jesús de lejos, lograron entrar en el tribunal de Caifás. Ya no tuvieron fuerzas para contemplar en silencio las crueldades e ignominias que su Maestro tuvo que sufrir. Juan fue a juntarse con la Madre de Jesús, que en estos momentos se hallaba en casa de Marta. Pedro estaba silencioso; pero su silencio mismo y su tristeza lo hacían sospechoso. La portera se acercó, y oyendo hablar de Jesús y de sus discípulos, miró a Pedro con descaro, y le dijo: “Tú eres también discípulo del Galileo”. Pedro, asustado, inquieto y temiendo ser maltratado por aquellos hombres groseros, respondió: “Mujer, no le conozco; no sé lo que quieres decir”. Entonces se levantó y queriendo deshacerse de aquella compañía, salió del vestíbulo. Era el momento en que el gallo cantaba la primera vez. Al salir, otra criada le miró, y dijo: “Este también se ha visto con Jesús de Nazareth”; y los que estaban a su lado preguntaron: “¿No eras tú uno de sus discípulos?”.
Pedro, asustado, hizo nuevas protestas, y contestó: “En verdad, yo no era su discípulo; no conozco a ese hombre”. Atravesó el primer patio, y vino al del exterior. Ya no podía hallar reposo, y su amor a Jesús lo llevó de nuevo al patio interior que rodea el edificio. Masncomo oía decir a algunos: “¿Quién es ese hombre?”, se acercó a la lumbre, donde se sentó un rato. Algunas personas que habían observado su agitación se pusieron a hablarle de Jesús en términos injuriosos.
Una de ellas le dijo: “Tú eres uno de sus partidarios; tú eres Galileo; tu acento te hace conocer”. Pedro procuraba retirarse; pero un hermano de Maleo, acercándose a él le dijo: “¿No eres tú el que yo he visto con ellos en el jardín de las Olivas, y que ha cortado la oreja de mi hermano?”. Pedro, en su ansiedad, perdió casi el uso de la razón: se puso a jurar que no conocía a ese hombre, y corrió fuera del vestíbulo al patio interior. Entonces el gallo cantó por segunda vez, y Jesús, conducido a la prisión por medio del patio, se volvió a mirarle con dolor y compasión.
Las palabras de Jesús: “Antes que el gallo cante dos veces, me has de negar tres”, le vinieron a la memoria con una fuerza terrible. En aquel instante sintió cuán enorme era su culpa, y su corazón se partió. Había negado a su Maestro cuando estaba cubierto de ultrajes, entregado a jueces inicuos, paciente y silencioso en medio de los tormentos. Penetrado de arrepentimiento, volvió al patio exterior con la cabeza cubierta y llorando amargamente. Ya no temía que le interpelaran: ahora hubiera dicho a todo el mundo quién y cuán culpable era.
VI María en casa de Caifás
 
La Virgen Santísima, hallándose constantemente en comunicación espiritual con Jesús, sabía todo lo que le sucedía, y sufría con Él. Estaba como Él en oración continua por sus verdugos; pero su corazón materno clamaba también a Dios, para que no dejara cumplirse este crimen, y que apartara esos dolores de su Santísimo Hijo. Tenía un vivo deseo de acercarse a Jesús, y pidió a Juan que la condujera cerca del sitio donde Jesús sufría. Juan, que no había dejado a su divino Maestro más que para consolar a la que estaba más cerca de su corazón después de Él, condujo a las santas mujeres a través de las calles, alumbradas por el resplandor de la luna. Iban con la cabeza cubierta; pero sus sollozos atrajeron sobre ellas la atención de algunos grupos, y tuvieron que oír palabras injuriosas contra el Salvador. La Madre de Jesús contemplaba interiormente el suplicio de su Hijo, y lo conservaba en su corazón como todo lo demás, sufriendo en silencio como Él. Al llegar a la casa de Caifás, atravesó el patio exterior y se detuvo a la entrada del interior, esperando que le abrieran la puerta. Esta se abrió, y Pedro se precipitó afuera, llorando amargamente.
María le dijo: “Simón, ¿qué ha sido de Jesús, mi Hijo?”. Estas palabras penetraron hasta lo íntimo de su alma. No pudo resistir su mirada; pero María se fue a él, y le dijo con profunda tristeza: “Simón, ¿no me respondes?”. Entonces Pedro exclamó, llorando: “¡Oh Madre, no me hables! Lo han condenado a muerte, y yo le he negado tres veces vergonzosamente”. Juan se acercó para hablarle; pero Pedro, como fuera de sí, huyó del patio y se fue a la caverna del monte de los Olivos. La Virgen Santísima tenía el corazón destrozado. Juan la condujo delante del sitio donde el Señor estaba encerrado. María estaba en espíritu con Jesús; quería oír los suspiros de su Hijo y los oyó con las injurias de los que le rodeaban. Las santas mujeres no podían estar allí mucho tiempo sin ser vistas; Magdalena mostraba una desesperación demasiado exterior y muy violenta; y aunque la Virgen en lo más profundo de su dolor conservaba una dignidad y un silencio extraordinario, sin embargo, al oír estas crueles palabras: “¿No es la madre del Galileo? Su hijo será ciertamente crucificado; pero no antes de la fiesta, a no ser que sea el mayor de los criminales”; Juan y las santas mujeres tuvieron que llevarla más muerta que viva. La gente no dijo nada, y guardó un extraño silencio: parecía que un espíritu celestial había atravesado aquel infierno.
VII Jesús en la cárcel
 
Jesús estaba encerrado en un pequeño calabozo abovedado, del cual se conserva todavía una parte. Dos de los cuatro alguaciles se quedaron con Él, pero pronto los relevaron otros. Cuando el Salvador entró en la cárcel, pidió a su Padre celestial que aceptara todos los malos tratamientos que había sufrido y que tenía aún que sufrir, como un sacrificio expiatorio por sus verdugos y por todos los hombres que, sufriendo iguales padecimientos, se dejaran llevar de la impaciencia o de la cólera.
Los verdugos no le dieron un solo instante de reposo. Lo ataron en medio del calabozo a un pilar, y no le permitieron que se apoyara; de modo que apenas podía tenerse sobre sus pies cansados, heridos e hinchados. No cesaron de insultarle y de atormentarle, y cuando los dos de guardia estaban cansados, los relevaban otros, que inventaban nuevas crueldades. Puedo contar lo que esos hombres crueles hicieron sufrir al Santo de los Santos; estoy muy mala, y estaba casi muerta a esta vista. ¡Ah! ¡qué vergonzoso es para nosotros que nuestra flaqueza no pueda decir u oír sin repugnancia la historia de los innumerables ultrajes que el Redentor ha padecido por nuestra salvación! Nos sentimos penetrados de un horror igual al de un asesino obligado a poner la mano sobre las heridas de su víctima. Jesús lo sufrió todo sin abrir la boca; y eran los hombres, los pecadores, los que derramaban su rabia sobre su Hermano, su Redentor y su Dios. Yo también soy una pobre pecadora; yo también soy causa de su dolorosa pasión. El día del juicio, cuando todo se manifieste, veremos todos la parte que hemos tomado en el suplicio del Hijo de Dios por los pecados que no cesamos de cometer, y que son una participación en los malos tratamientos que esos miserables hicieron sufrir a Jesús. En su prisión el Divino Salvador pedía sin cesar por sus verdugos; y como al fin le dejaron un instante de reposo, lo vi recostado sobre el pilar, y completamente rodeado de luz. El día comenzaba a alborear: era el día de su Pasión, el día de nuestra redención; un tenue rayo de luz caía por el respiradero del calabozo sobre nuestro Cordero pascual. Jesús elevó sus manos atadas hacia la luz que venía, y dio gracias a su Padre, en alta voz y de la manera más tierna, por el don de este día tan deseado por los Patriarcas, por el cual Él mismo había suspirado con tanto ardor desde la llegada a la tierra. Antes ya había dicho a sus discípulos: “Debo ser bautizado con otro bautismo, y estoy en la impaciencia hasta que se cumpla”. He orado con Él, pero no puedo referir su oración; tan abatida estaba.
Cuando daba gracias por aquel terrible dolor que sufría también por mí, yo no podía sino decir sin cesar: “¡Ah! Dadme, dadme vuestros dolores: ellos me pertenecen, son el precio de mis pecados”. Era un espectáculo que partía el corazón verlo recibir así el primer rayo de luz del grande día de su sacrificio. Parecía que ese rayo llegaba hasta Él como el verdugo que visita al reo en la cárcel, para reconciliarse con él antes de la ejecución. Los alguaciles, que se habían dormido un instante, despertaron y le miraron con sorpresa, pero no le interrumpieron. Jesús estuvo poco más de una hora en esta prisión. Entre tanto Judas, que había andado errante como un desesperado en el valle de Hinón, se acercó al tribunal de Caifás. Tenía todavía colgadas de su cintura las treinta monedas, precio de su traición. Preguntó a los guardias de la casa,sin darse a conocer, qué harían con el Galileo. Ellos le dijeron: “Ha sido condenado muerte y será crucificado”. Judas se retiró detrás del edificio para no ser visto, pues huía de los hombres como Caín, y la desesperación dominaba cada vez más a su alma. Permaneció oculto en los alrededores, esperando la conclusión del juicio de la mañana.
VIII Juicio de la mañana
Al amanecer, Caifás, Anás, los ancianos y los escribas se juntaron de nuevo en la gran sala del tribunal, para pronunciar un juicio en forma, pues no era legal el juzgar en la noche: podía haber sólo una instrucción preparatoria, a causa de la urgencia. La mayor parte de los miembros había pasado el resto de la noche en casa de Caifás. La asamblea era numerosa, y había en todos sus movimientos mucha agitación. Como querían condenar a Jesús a muerte, Nicodemus, José y algunos otros se opusieron a sus enemigos, y pidieron que se difiriese el juicio hasta después de la fiesta: hicieron presente que no se podía fundar un juicio sobre las acusaciones presentadas ante el tribunal, porque todos los testigos se contradecían. Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos se irritaron y dieron a entender claramente a los que contradecían, que siendo ellos mismos sospechosos de ser favorables a las doctrinas del Galileo, les disgustaba ese juicio, porque los comprendía también. Hasta quisieron excluir del Consejo a todos los que eran favorables a Jesús; estos últimos, declarando que no tomarían ninguna parte en todo lo que pudieran decidir, salieron de la sala y se retiraron al templo. Desde aquel día no volvieron a entrar en el Consejo. Caifás ordenó que trajeran a Jesús delante de los jueces, y que se preparasen para conducirlo a Pilatos inmediatamente después del juicio. Los alguaciles se precipitaron en tumulto a la cárcel, desataron las manos de Jesús, le ataron cordeles al medio del cuerpo, y le condujeron a los jueces. Todo esto se hizo precipitadamente y con una horrible brutalidad. Caifás, lleno de rabia contra Jesús, le dijo: “Si tú eres el ungido por Dios, si eres el Mesías, dínoslo”. Jesús levantó la cabeza, y dijo con una santa paciencia y grave solemnidad: “Si os lo digo, no me creeréis; y si os interrogo, no me responderéis, ni me dejaréis marchar; pero desde ahora el Hijo del hombre está sentado a la derecha del poder de Dios”. Se miraron entre ellos, y dijeron a Jesús: “¿Tú eres, pues, el Hijo de Dios?”. Jesús, con la voz de la verdad eterna, respondió: “Vos lo decís: yo lo soy”. Al oír esto, gritaron todos: “¿Para qué queremos más pruebas? Hemos oído la blasfemia de su propia boca”. Al mismo tiempo prodigaban a Jesús palabras de desprecio: “¡Ese miserable, decían, ese vagabundo, que quiere ser el Mesías y sentarse a la derecha de Dios!”. Le mandaron atar de nuevo y poner una cadena al cuello, como hacían con los condenados a muerte, para conducirlo a Pilatos. Habían enviado ya un mensajero a éste para avisarle que estuviera pronto a juzgar a un criminal, porque debían darse prisa a causa de la fiesta. Hablaban entre sí con indignación de la necesidad que tenían de ir al gobernador romano para que ratificase la condena; porque en las materias que no concernían a sus leyes religiosas y las del templo, no podían ejecutar la sentencia de muerte sin su aprobación. Lo querían hacer pasar por un enemigo del Emperador, y bajo este aspecto principalmente la condenación pertenecería a la jurisdicción de Pilatos. Los príncipes de los sacerdotes y una parte del Consejo iban delante; detrás, el Salvador rodeado de soldados; el pueblo cerraba la marcha. En este orden bajaron de Sión a la parte inferior de la ciudad, y se dirigieron al palacio de Pilatos.
TOMADO DE: EcceChristianus
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La Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Ana Catalina Emmerich Parte II

En el Monte de los Olivos
Cuando Jesús, después de instituido el Santísimo Sacramento del altar, salió del Cenáculo con los once Apóstoles, su alma estaba turbada, y su tristeza se iba aumentando. Condujo a los once por un sendero apartado en el valle de Josafat. El Señor, andando con ellos, les dijo que volvería a este sitio a juzgar al mundo; que entonces los hombres temblarían y gritarían: “¡Montes, cubridnos!”. Les dijo también: “Esta noche seréis escandalizados por causa mía; pues está escrito: Yo heriré al Pastor, y las ovejas serán dispersadas. Pero cuando resucite, os precederé en Galilea”. Los Apóstoles conservaban aún algo del entusiasmo y del recogimiento que les había comunicado la santa comunión y los discursos solemnes y afectuosos de Jesús.
Lo rodeaban, pues, y le expresaban su amor de diversos modos, protestando que jamás lo abandonarían; pero Jesús continuó hablándoles en el mismo sentido, y entonces dijo Pedro: “Aunque todos se escandalizaren por vuestra causa, yo jamás me escandalizaré”. El Señor le predijo que antes que el gallo cantare le negaría tres veces, y Pedro insistió de nuevo, y le dijo: “Aunque tenga que morir con Vos, nunca os negaré”. Así hablaron también los demás. Andaban y se paseaban alternativamente, y la tristeza de Jesús se aumentaba cada vez más.
Querían ellos consolarlo de un modo puramente humano, asegurándole que lo que preveía no sucedería. Se cansaron en esta vana tentativa, comenzaron a sudar, y vino sobre ellos la tentación. Atravesaron el torrente de Cedrón, no por el puente donde fue conducido preso Jesús más tarde, sino por otro, pues habían dado un rodeo. Getsemaní, adonde se dirigían, está a media legua del Cenáculo. Desde el Cenáculo hasta la puerta del valle de Josafat, hay un cuarto de legua, y otro tanto desde allí hasta Getsemaní. Este sitio, donde Jesús en los últimos días había pasado algunas noches con sus discípulos, se componía de varias casas vacías y abiertas, y de un gran jardín rodeado de un seto, adonde no había más que plantas de adorno y árboles frutales.
Los Apóstoles y algunas otras personas tenían una llave de este jardín, que era un lugar de recreo y de oración. El jardín de los Olivos estaba separado del de Getsemaní por un camino; estaba abierto, cercado sólo por una tapia baja, y era más pequeño que el jardín de Getsemaní. Había en él grutas, terraplenes y muchos olivos, y fácilmente se encontraban sitios a propósito para la oración y para la meditación. Jesús fue a orar al más retirado de todos.
Eran cerca de las nueve cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos. La tierra estaba todavía oscura; pero la luna esparcía ya su luz en el cielo. El Señor estaba triste y anunciaba la proximidad del peligro. Los discípulos estaban sobrecogidos, y Jesús dijo a ocho de los que le acompañaban que se quedasen en el jardín de Getsemaní, mientras él iba a orar. Llevó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y entró en el jardín de los Olivos. Estaba sumamente triste, pues el tiempo de la prueba se acercaba. Juan le preguntó cómo Él, que siempre los había consolado, podía estar tan abatido. “Mi alma está triste hasta la muerte”, respondió Jesús; y veía por todos lados la angustia y la tentación acercarse como nubes cargadas de figuras terribles.
Entonces dijo a los tres Apóstoles: “Quedaos ahí: velad y orad conmigo para no caer en tentación”. Jesús bajó un poco a la izquierda, y se ocultó debajo de un peñasco en una gruta de seis pies de profundidad, encima de la cual estaban los Apóstoles en una especie de hoyo. El terreno se inclinaba poco a poco en esta gruta, y las plantas asidas al peñasco formaban una especie de cortina a la entrada, de modo que no podía ser visto. Cuando Jesús se separó de los discípulos, yo vi a su alrededor un círculo de figuras horrendas, que lo estrechaban cada vez más. Su tristeza y su angustia se aumentaban; penetró temblando en la gruta para orar, como un hombre que busca un abrigo contra la tempestad; pero las visiones amenazadoras le seguían, y cada vez eran más fuertes. Esta estrecha caverna parecía presentar el horrible espectáculo de todos los pecados cometidos desde la caída del primer hombre hasta el fin del mundo, y su castigo.
A este mismo sitio, al monte de los Olivos, habían venido Adán y Eva, expulsados del Paraíso, sobre una tierra ingrata; en esta misma gruta habían gemido y llorado. Me pareció que Jesús, al entregarse a la divina justicia en satisfacción de nuestros pecados, hacía volver su Divinidad al seno de la Trinidad Santísima; así, concentrado en su pura, amante e inocente humanidad, y armado sólo de su amor inefable, la sacrificaba a las angustias y a los padecimientos. Postrado en tierra, inclinado su rostro ya anegado en un mar de tristeza, todos los pecados del mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda su fealdad interior; los tomó todos sobre sí, y se ofreció en la oración, a la justicia de su Padre celestial para pagar esta terrible deuda.
Pero Satanás, que se agitaba en medio de todos estos horrores con una sonrisa infernal, se enfurecía contra Jesús; y haciendo pasar ante sus ojos pinturas cada vez más horribles, gritaba a su santa humanidad: “¡Como!, ¿tomarás tú éste también sobre ti?, ¿sufrirás su castigo?, ¿quieres satisfacer por todo esto?”. Entre los pecados del mundo que pesaban sobre el Salvador, yo vi también los míos; y del círculo de tentaciones que lo rodeaban vi salir hacia mí como un río en donde todas mis culpas me fueron presentadas. Al principio Jesús estaba arrodillado, y oraba con serenidad; pero después su alma se horrorizó al aspecto de los crímenes innumerables de los hombres y de su ingratitud para con Dios: sintió un dolor tan vehemente, que exclamó diciendo: “¡Padre mío, todo os es posible: alejad este cáliz!”. Después se recogió y dijo: “Que vuestra voluntad se haga y no la mía”. Su voluntad era la de su Padre; pero abandonado por su amor a las debilidades de la humanidad temblaba al aspecto de la muerte. Yo vi la caverna llena de formas espantosas; vi todos los pecados, toda la malicia, todos los vicios, todos los tormentos, todas las ingratitudes que le oprimían: el espanto de la muerte, el terror que sentía como hombre al aspecto de los padecimientos expiatorios, le asaltaban bajo la figura de espectros horrendos.
Sus rodillas vacilaban; juntaba las manos; inundábalo el sudor, y se estremecía de horror. Por fin se levantó, temblaban sus rodillas, apenas podían sostenerlo; tenía la fisonomía descompuesta, y estaba desconocido, pálido y erizados los cabellos sobre la cabeza. Eran cerca de las diez cuando se levantó, y cayendo a cada paso, bañado de sudor frío, fue a donde estaban los tres Apóstoles, subió a la izquierda de la gruta, al sitio donde esto se habían dormido, rendidos, fatigados de tristeza y de inquietud.
Jesús vino a ellos como un hombre cercado de angustias que el terror le hace recurrir a sus amigos, y semejante a un buen pastor que, avisado de un peligro próximo, viene a visitar a su rebaño amenazado, pues no ignoraba que ellos también estaban en la angustia y en la tentación. Las terribles visiones le rodeaban también en este corto camino. Hallándolos dormidos, juntó las manos, cayó junto a ellos lleno de tristeza y de inquietud, y dijo: “Simón, ¿duermes?”. Despertáronse al punto; se levantaron y díjoles en su abandono: “¿No podíais velar una hora conmigo?”.
Cuando le vieron descompuesto, pálido, temblando, empapado en sudor; cuando oyeron su voz alterada y casi extinguida, no supieron qué pensar; y si no se les hubiera aparecido rodeado de una luz radiante, lo hubiesen desconocido. Juan le dijo: “Maestro, ¿qué tenéis? ¿Debo llamar a los otros discípulos? ¿Debemos huir?”. Jesús respondió: “Si viviera, enseñara y curara todavía treinta y tres años, no bastaría para cumplir lo que tengo que hacer de aquí a mañana. No llames a los otros ocho; helos dejados allí, porque no podrían verme en esta miseria sin escandalizarse: caerían en tentación, olvidarían mucho, y dudarían de Mí, porque verían al Hijo del hombre transfigurado, y también en su oscuridad y abandono; pero vela y ora para no caer en la tentación, porque el espíritu es pronto, pero la carne es débil”. Quería así excitarlos a la perseverancia, y anunciarles la lucha de su naturaleza humana contra la muerte, y la causa de su debilidad.
Les habló todavía de su tristeza, y estuvo cerca de un cuarto de hora con ellos. Se volvió a la gruta, creciendo siempre su angustia: ellos extendían las manos hacia Él, lloraban, se echaban en los brazos los unos a los otros, y se preguntaban: “¿Qué tiene?, ¿qué le ha sucedido?, ¿está en un abandono completo?”. Comenzaron a orar con la cabeza cubierta, llenos de ansiedad y de tristeza. Todo lo que acabo de decir ocupó el espacio de hora y media, desde que Jesús entró en el jardín de los Olivos. En efecto, dice en la Escritura: “¿No habéis podido velar una hora conmigo?”.
Pero esto no debe entenderse a la letra y según nuestro modo de contar. Los tres Apóstoles que estaban con Jesús habían orado primero, después se habían dormido, porque habían caído en tentación por falta de confianza. Los otros ocho, que se habían quedado a la entrada, no dormían: la tristeza que encerraban los últimos discursos de Jesús los había dejado muy inquietos; erraban por el monte de los Olivos para buscar algún refugio en caso de peligro.
Había poco ruido en Jerusalén; los judíos estaban en sus casas ocupados en los preparativos de la fiesta; yo vi acá y allá amigos y discípulos de Jesús, que andaban y hablaban juntos; parecían inquietos y como si esperasen algún acontecimiento. La Madre del Señor, Magdalena, Marta, María hija de Cleofás, María Salomé, y Salomé, habían ido desde el Cenáculo a la casa de María, madre de Marcos. María asustada de lo que decían sobre Jesús, quiso venir al pueblo para saber noticias suyas. Lázaro, Nicodemus, José de Arimatea, y algunos parientes de Hebrón, vinieron a velar para tranquilizarla. Pues habiendo tenido conocimiento de las tristes predicciones de Jesús en el Cenáculo, habían ido a informarse a casa de los fariseos conocidos suyos, y nohabían oído que se preparase ninguna tentativa contra Jesús: decían que el peligro no debía ser tan grande; que no atacarían al Señor tan cerca de la fiesta; ellos no sabían nada de la traición de Judas. María les habló de la agitación de éste en los últimos días; de qué manera había salido del Cenáculo; seguramente había ido a denunciar a Aquél: Ella le había dicho con frecuencia que era un hijo de perdición. Las santas mujeres se volvieron a casa de María, madre de Marcos.
Cuando Jesús volvió a la gruta y con Él todos sus dolores, se prosternó con el rostro contra la tierra y los brazos extendidos, y en esta actitud rogó a su Padre celestial; pero hubo una nueva lucha en su alma, que duró tres cuartos de hora. Vinieron ángeles a mostrarle en una serie de visiones todos los dolores que había de padecer para expiar el pecado. Mostráronle cuál era la belleza del hombre antes de su caída, y cuánto lo había desfigurado y alterado ésta. Vio el origen de todos los pecados en el primer pecado; la significación y la esencia de la concupiscencia; sus terribles efectos sobre las fuerzas del alma humana, y también la esencia y la significación de todas las penas correspondientes a la concupiscencia. Le mostraron, en la satisfacción que debía de dar a la divina Justicia, un padecimiento de cuerpo y alma que comprendía todas las penas debidas a la concupiscencia de toda la humanidad; la deuda del género humano debía ser satisfecha por la naturaleza humana, exenta de pecado, del Hijo de Dios. Los ángeles le presentaban todo esto bajo diversas formas, y yo percibía lo que decían, a pesar de que no oía su voz. Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el espanto que sobresaltaron el alma de Jesús a la vista de estas terribles expiaciones; el dolor de esta visión fue tal, que un sudor de sangre salió de todo su cuerpo. Mientras la humanidad de Jesucristo estaba sumergida en esta inmensidad de padecimientos, yo noté en los ángeles un movimiento de compasión; hubo un momento de silencio; me pareció que deseaban ardientemente consolarle, y que por eso oraban ante el trono de Dios. Hubo como una lucha de un instante entre la misericordia y la justicia de Dios, y el amor que se sacrificaba. Me pareció que la voluntad divina del Hijo se retiraba al Padre, para dejar caer sobre su humanidad todos los padecimientos que la voluntad humana de Jesús pedía a su Padre que alejara de Él. Vi esto en el momento de consolar a Jesús, y en efecto, recibió en ese instante algún alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles abandonaron al Señor cuya alma iba a sufrir nuevos ataques.
Habiendo resistido victoriosamente Jesús a todos estos combates por su abandono completo a la voluntad de su Padre celestial, le fue presentado un nuevo círculo de horribles visiones. La duda y la inquietud que preceden al sacrificio en el hombre que se sacrifica, asaltaron el alma del Señor, que se hizo esta terrible pregunta: “¿Cuál será el fruto de este sacrificio?”. Y el cuadro más terrible vino a oprimir su amante corazón. Apareciéronse a los ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus Apóstoles, de sus discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a medida que iba creciendo vio las herejías y los cismas hacer irrupción, y renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio la frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de cristianos; la mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los sacrilegios de todos los sacerdotes viciosos, las funestas consecuencias de todos estos actos, la abominación y la desolación en el reino de Dios en el santuario de esta ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su sangre al precio de padecimientos indecibles. Vio los escándalos de todos los siglos hasta nuestro tiempo y hasta el fin del mundo, todas las formas del error, del fanatismo furioso y de la malicia; todos los apóstatas, los herejes, los reformadores con la apariencia de Santos; los corruptores y los corrompidos lo ultrajaban y lo atormentaban como si a sus ojos no hubiera sido bien crucificado, no habiendo sufrido como ellos lo entendían o se lo imaginaban, y todos rasgaban el vestido sin costura de la Iglesia; muchos lo maltrataban, lo insultaban, lo renegaban: muchos al oír su nombre alzaban los hombros y meneaban la cabeza en señal de desprecio; evitaban la mano que les tendía, y se volvían al abismo donde estaban sumergidos.
Vio una infinidad de otros que no se atrevían a dejarlo abiertamente, pero que se alejaban con disgusto de las llagas de su Iglesia, como el levita se alejó del pobre asesinado por los ladrones. Se alejaban de su esposa herida, como hijos cobardes y sin fe abandonan a su madre cuando llega la noche, cuando vienen los ladrones, a los cuales, la negligencia o la malicia ha abierto la puerta. El Salvador vio con amargo dolor toda la ingratitud, toda la corrupción de los cristianos de todos los tiempos; juntaba las manos, caía como abrumado sobre sus rodillas, y su voluntad humana libraba un combate tan terrible contra la repugnancia de sufrir tanto por una raza tan ingrata, que el sudor de sangre caía de su cuerpo a gotas sobre el suelo. En medio de su abandono, miraba alrededor como para hallar socorro, y parecía tomar el cielo, la tierra y los astros del firmamento por testigos de sus padecimientos. Como elevaba la voz los tres Apóstoles se despertaron, escucharon y quisieron ir hacia Él; pero Pedro detuvo a los otros dos, y dijo: “Estad quietos: yo voy a Él”. Lo vi correr y entrar en la gruta, exclamando: “Maestro, ¿qué tenéis?” . Y se quedó temblando a la vista de Jesús ensangrentado y aterrorizado. Jesús no le respondió. Pedro se volvió a los otros, y les dijo que el Señor no le había respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza se aumentó, cubriéronse la cabeza, y lloraron orando. Muchas veces le oí gritar: “Padre mío, ¿es posible que he de sufrir por esos ingratos? ¡Oh Padre mío! ¡Si este cáliz no se puede alejar de mí, que vuestra voluntad se haga y no la mía!”.
En medio de todas esas apariciones, yo veía a Satanás moverse bajo diversas formas horribles, que representaban diferentes especies de pecados. Estas figuras diabólicas arrastraban, a los ojos de Jesús, una multitud de hombres, por cuya redención entraba en el camino doloroso de la cruz. Al principio vi rara vez la serpiente, después la vi aparecer con una corona en la cabeza: su estatura era gigantesca, su fuerza parecía desmedida, y llevaba contra Jesús innumerables legiones de todos los tiempos, de todas las razas. En medio de esas legiones furiosas, de las cuales algunas me parecían compuestas de ciegos, Jesús estaba herido como si realmente hubiera sentido sus golpes; en extremo vacilante, tan pronto se levantaba como se caía, y la serpiente, en medio de esa multitud que gritaba sin cesar contra Jesús, batía acá y allá con su cola, y desollaba a todos lo que derribaba. Entonces me fue revelado que estos enemigos del Salvador eran los que maltrataban a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento. Reconocí entre ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi con horror todos esos ultrajes desde la irreverencia, la negligencia, la omisión, hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a los ídolos del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error, la incredulidad, el fanatismo y la persecución. Vi entre esos hombres, ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun niños. Ciegos que no querían ver la verdad, paralíticos que no querían andar con ella, sordos que no querían oír sus avisos y amenazas; mudos que no querían combatir por ella con la espada de la palabra, niños perdidos por causa de padres o maestros mundanos y olvidados de Dios, mantenidos con deseos terrestres, llenos de una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas. Vi con espanto muchos sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe, maltratar también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento, pero olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es decir, la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios.
Todo se perdía en el polvo y el culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos deshonrado en el exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de vanos intereses terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte interior. Aunque hablara un año entero, no podría contar todas las afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe de esta manera. Vi a los autores de ellas asaltar al Señor, herirle con diversas armas, según la diversidad de sus ofensas.
Vi cristianos irreverentes de todos los siglos, sacerdotes ligeros o sacrílegos, una multitud de comuniones tibias o indignas. ¡Qué espectáculo tan doloroso! Yo veía la Iglesia, como el cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se separaban de la Iglesia, rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne viva. Jesús los miraba con ternura, y gemía de verlos perderse. Vi las gotas de sangre caer sobre la pálida cara del Salvador. Después de la visión que acabo de hablar, huyó fuera de la caverna. Cuando vino hacia los Apóstoles, tenían la cabeza cubierta, y se habían sentado sobre las rodillas en la misma posición que tiene la gente de ese país cuando está de luto o quiere orar. Jesús, temblando y gimiendo, se acercó a ellos, y despertaron. Pero cuando a la luz de la luna le vieron de pie delante de ellos, con la cara pálida y ensangrentada, no lo conocieron de pronto, pues estaba muy desfigurado. Al verle juntar las manos, se levantaron, y tomándole por los brazos, le sostuvieron con amor, y Él les dijo con tristeza que lo matarían al día siguiente, que lo prenderían dentro de una hora, que lo llevarían ante un tribunal, que sería maltratado, azotado y entregado a la muerte más cruel. No le respondieron, pues no sabían qué decir; tal sorpresa les había causado su presencia y sus palabras. Cuando quiso volver a la gruta, no tuvo fuerza para andar. Juan y Santiago lo condujeron y volvieron cuando entró en ella; eran las once y cuarto, poco más o menos.
Durante esta agonía de Jesús, vi a la Virgen Santísima llena de tristeza y de amargura en casa de María, madre de Marcos. Estaba con Magdalena y María en el jardín de la casa, encorvada sobre una piedra y apoyada sobre sus rodillas. Había enviado un mensajero a saber de Él, y no pudiendo esperar su vuelta, se fue inquieta con Magdalena y Salomé hacia el valle de Josafat. Iba cubierta con un velo, y con frecuencia extendía sus brazos hacia el monte de los Olivos, pues veía en espíritu a Jesús bañado de un sudor de sangre, y parecía que con sus manos extendidas quería limpiar la cara de su Hijo. En aquel momento los ocho Apóstoles vinieron a la choza de follaje de Getsemaní, conversaron entre sí, y acabaron por dormirse. Estaban dudosos, sin ánimo, y atormentados por la tentación. Cada uno había buscado un sitio en donde poderse refugiar, y se preguntaban con inquietud: “¿Qué haremos nosotros cuando le hayan hecho morir? Lo hemos dejado todo por seguirle; somos pobres y desechados de todo el mundo; nos hemos abandonado enteramente a Él, y ahora está tan abatido, que no podemos hallar en Él ningún consuelo”.
Vi a Jesús orando todavía en la gruta, luchando contra la repugnancia de su naturaleza humana, y abandonándose a la voluntad de su Padre. Aquí el abismo se abrió delante de Él, y los primeros grados del limbo se le presentaron. Vi a Adán y a Eva, los Patriarcas, los Profetas, los justos, los parientes de su Madre y Juan Bautista, esperando su llegada al mundo inferior, con un deseo tan violento, que esta vista fortificó y animó su corazón lleno de amor. Su muerte debía abrir el Cielo a estos cautivos. Cuando Jesús hubo mirado con una emoción profunda estos Santos del antiguo mundo, los ángeles le presentaron todas las legiones de los bienaventurados futuros que, juntando sus combates a los méritos de su Pasión, debían unirse por medio de Él al Padre celestial. Era esta una visión bella y consoladora. Vio la salvación y la santificación saliendo como un río inagotable del manantial de redención abierto después de su muerte. Los Apóstoles, los discípulos, las vírgenes y las mujeres, todos los mártires, los confesores y los ermitaños, los Papas y los Obispos, una multitud de religiosos, en fin, todo el ejército de los bienaventurados se presentó a su vista. Todos llevaban una corona sobre la cabeza, y las flores de la corona diferían de forma, de color, de olor y de virtud, según la diferencia de los padecimientos, de los combates, de las victorias con que habían adquirido la gloria eterna. Toda su vida y todos sus actos, todos sus méritos y toda su fuerza, como toda la gloria de su triunfo, venían únicamente de su unión con los méritos de Jesucristo.
Pero estas visiones consoladoras desaparecieron, y los ángeles le presentaron su Pasión, que se acercaba. Vi todas las escenas presentarse delante de Él, desde el beso de Judas hasta las últimas palabras sobre la Cruz. Vi allí todo lo que veo en mis meditaciones de la Pasión. La traición de Judas, la huida de los discípulos, los insultos delante de Anás y de Caifás, la apostasía de Pedro, el tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de espinas, la condenación a muerte, el camino de la Cruz, el sudario de la Verónica, la crucifixión, los ultrajes de los fariseos, los dolores de María, la Magdalena y de Juan, la abertura del costado; en fin, todo le fue presentado con las más pequeñas circunstancias. Lo aceptó todo voluntariamente, y a todo se sometió por amor de los hombres.
Al fin de las visiones sobre la Pasión, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo; los ángeles desaparecieron; el sudor de la sangre corrió con más abundancia y atravesó sus vestidos. La más profunda oscuridad reinaba en la caverna. Vi bajar un ángel hacia Jesús. Estaba vestido como un sacerdote, y traía delante de él, en sus manos, un pequeño cáliz, semejante al de la Cena.
En la boca de este cáliz se veía una cosa ovalada del grueso de una haba, que esparcía una luz rojiza. El ángel, sin bajar hasta el suelo, extendió la mano derecha hacia Jesús, que se enderezó, le metió en laboca este alimento misterioso y le dio de beber en el pequeño cáliz luminoso.
Después desapareció. Habiendo Jesús aceptado libremente el cáliz de sus padecimientos y recibido una nueva fuerza, estuvo todavía algunos minutos en la gruta, en una meditación tranquila, dando gracias a su Padre celestial. Estaba todavía afligido, pero confortado naturalmente hasta el punto de poder ir al sitio donde estaban los discípulos sin caerse y sin sucumbir bajo el peso de su dolor. Cuando Jesús llegó a sus discípulos, estaban éstos acostados como la primera vez; tenían la cabeza cubierta, y dormían. El Señor les dijo que no era tiempo de dormir, que debían despertarse y orar. “Ved aquí la hora en que el Hijo del hombre será entregado en manos de los pecadores, les dijo; levantaos y andemos: el traidor está cerca: más le valdría no haber nacido”. Los Apóstoles se levantaron asustados, mirando alrededor con inquietud. Cuando se serenaron un poco, Pedro dijo con animación: “Maestro, voy a llamar a los otros para que os defendamos”. Pero Jesús le mostró a cierta distancia del valle, del lado opuesto del torrente del Cedrón, una tropa de hombres armados que se acercaban con faroles, y le dijo que uno de ellos le había denunciado.
Les habló todavía con serenidad, les recomendó que consolaran a su Madre, y les dijo: “Vamos a su encuentro: me entregaré sin resistencia entre las manos de mis enemigos”. Entonces salió del jardín de los Olivos con sus tres discípulos, y vino al encuentro de los soldados en el camino que estaba entre el jardín y Getsemaní.
Encarcelamiento y primeros juicios
II Prisión de Jesús
No creía Judas que su traición tendría el resultado que tuvo; el dinero sólo preocupaba su espíritu, y desde mucho tiempo antes se había puesto en relación con algunos fariseos y algunos saduceos astutos, que le excitaban a la traición halagándole. Estaba cansado de la vida errante y penosa de los Apóstoles. En los últimos meses no había cesado de robar las limosnas de que era depositario, y su avaricia, excitada por la liberalidad de Magdalena cuando derramó los perfumes sobre Jesús, lo llevó al último de sus crímenes. Había esperado siempre en un reino temporal de Jesús, y en él un empleo brillante y lucrativo. Se acercaba más y más cada día a sus agentes, que le acariciaban y le decían de un modo positivo que en todo caso pronto acabarían con Jesús. Se cebó cada vez más en estos pensamientos criminales, y en los últimos días había multiplicado sus viajes para decidir a los príncipes de los sacerdotes a obrar. Estos no querían todavía comenzar, y lo trataron con desprecio. Decían que faltaba poco tiempo antes de la fiesta, y que esto causaría desorden y tumulto. El Sanhedrín sólo prestó alguna atención a las proposiciones de Judas. Después de la recepción sacrílega del Sacramento, Satanás se apoderó de él, y salió a concluir su crimen. Buscó primero a los negociadores que le habían lisonjeado hasta entonces, y que le acogieron con fingida amistad. Vinieron después otros, entre los cuales estaban Caifás y Anás; este último le habló en tono altanero y burlesco. Andaban irresolutos, y no estaban seguros del éxito, porque no se fiaban de Judas. Cada uno presentaba una opinión diferente, y antes de todo preguntaron a Judas:
“¿Podremos tomarlo? ¿No tiene hombres armados con Él?”. Y el traidor respondió: “No; está solo con sus once discípulos: Él está abatido, y los once son hombres cobardes”. Les dijo que era menester tomar a Jesús ahora o nunca, que otra vez no podría entregarlo, que no volvería más a su lado, que hacía algunos días que los otros discípulos de Jesús comenzaban a sospechar de él. Les dijo también que si ahora no tomaban a Jesús, se escaparía, y volvería con un ejército de sus partidarios para ser proclamado rey. Estas amenazas de Judas produjeron su efecto. Fueron de su modo de pensar, y recibió el precio de su traición: las treinta monedas.
Judas, resentido del desprecio que le mostraban, se dejó llevar por su orgullo hasta devolverles el dinero hasta que lo ofrecieran en el templo, a fin de parecer a sus ojos como un hombre justo y desinteresado. Pero no quisieron, porque era el precio de la sangre que no podía ofrecerse en el templo. Judas vio cuánto le despreciaban, y concibió un profundo resentimiento. No esperaba recoger los frutos amargos de su traición antes de acabarla; pero se había entremetido tanto con esos hombres, que estaba entregado a sus manos, y no podía librarse de ellos. Observábanle de cerca, y no le dejaban salir hasta que explicó la marcha que habían de seguir para tomar a Jesús. Cuando todo estuvo preparado, y reunido el suficiente número de soldados, Judas corrió al Cenáculo, acompañado de un servidor de los fariseos para avisarles si estaba allí todavía. Judas volvió diciendo que Jesús no estaba en el Cenáculo, pero que debía estar ciertamente en el monte de los Olivos, en el sitio donde tenía costumbre de orar.
Pidió que enviaran con él una pequeña partida de soldados, por miedo de que los discípulos, que estaban alertas, no se alarmasen y excitasen una sedición. El traidor les dijo también tuviesen cuidado de no dejarlo escapar, porque con medios misteriosos se había desaparecido muchas veces en el monte, volviéndose invisible a los que le acompañaban. Les aconsejó que lo atasen con una cadena, y que usaran ciertos medios mágicos para impedir que la rompiera. Los judíos recibieron estos avisos con desprecio, y le dijeron: “Si lo llegamos a tomar, no se escapará”. Judas tomó sus medidas con los que lo debían acompañar, y besar y saludar a Jesús como amigo y discípulo; entonces los soldados se presentarían y tomarían a Jesús. Deseaba que creyeran que se hallaba allí por casualidad; y cuando ellos se presentaran, él huiría como los otros discípulos, y no volverían a oír hablar de él. Pensaba también que habría algún tumulto; que los Apóstoles se defenderían, y que Jesús desaparecería, como hacía con frecuencia. Este pensamiento le venía cuando se sentía mortificado por el desprecio de los enemigos de Jesús; pero no se arrepentía, porque se había entregado enteramente a Satanás. Los soldados tenían orden de vigilar a Judas y de no dejarlo hasta que tomaran a Jesús, porque había recibido su recompensa, y temían que escapase con el dinero. La tropa escogida para acompañar a Judas se componía de veinte soldados de la guardia del templo y de los que estaban a las órdenes de Anás y de Caifás. Judas marchó con los veinte soldados; pero fue seguido a cierta distancia de cuatro alguaciles de la última clase, que llevaban cordeles y cadenas; detrás de éstos venían seis agentes con los cuales había tratado Judas desde el principio. Eran un sacerdote, confidente de Anás, un afiliado de Caifás, dos fariseos y dos saduceos, que eran también herodianos.
Estos hombres eran aduladores de Anás y de Caifás; le servían de espías, y Jesús no tenía mayores enemigos. Los soldados estuvieron acordes con Judas hasta llegar al sitio donde el camino separa el jardín de los Olivos del de Getsemaní; al llegar allí, no quisieron dejarlo ir solo delante, y lo trataron dura e insolentemente. Hallándose Jesús con los tres Apóstoles en el camino, entre Getsemaní y el jardín de los Olivos, Judas y su gente aparecieron a veinte pasos de allí, a la entrada del camino: hubo una disputa entre ellos, porque Judas quería que los soldados se separasen de él para acercarse a Jesús como amigo, a fin de no aparecer en inteligencia con ellos; pero ellos, parándolo, le dijeron: “No, camarada; no te acercarás hasta que tengamos al Galileo”. Jesús se acercó a la tropa, y dijo en voz alta e inteligible: “¿A quién buscáis?”. Los jefes de los soldados respondieron: “A Jesús Nazareno”. – “Yo soy”, replicó Jesús. Apenas había pronunciado estas palabras, cuando cayeron en el suelo, como atacados por apoplejía. Judas, que estaba todavía al lado de ellos, se sorprendió, y queriendo acercarse a Jesús, el Señor le tendió la mano, y le dijo: “Amigo mío, ¿qué has venido a hacer aquí?”. Y Judas balbuceando, habló de un negocio que le habían encargado. Jesús le respondió en pocas palabras, cuya sustancia es ésta: “¡Más te valdría no haber nacido!”. Mientras tanto, los soldados se levantaron y se acercaron al Señor, esperando la señal del traidor: el beso que debía dar a Jesús.
Pedro y los otros discípulos rodearon a Judas y le llamaron ladrón y traidor.
Quiso persuadirlos con mentiras, pero no pudo, porque los soldados lo defendían contra los Apóstoles, y por eso mismo atestiguaban contra él. Jesús dijo por segunda vez: “¿A quién buscáis?”. Ellos respondieron también: “A Jesús Nazareno”. “Yo soy, ya os lo he dicho; soy yo a quien buscáis; dejad a éstos”. A estas palabras los soldados cayeron una segunda vez con contorsiones semejantes a las de la epilepsia. Jesús dijo a los soldados: “Levantaos”. Se levantaron, en efecto, llenos de terror; pero como los soldados estrechaban a Judas, los soldados le libraron de sus manos y le mandaron con amenazas que les diera la señal convenida, pues tenían orden de tomar a aquél a quien besara. Entonces Judas vino a Jesús, y le dio un beso con estas palabras: “Maestro, yo os saludo”. Jesús le dijo: “Judas, ¿tu vendes al Hijo del hombre con un beso?”. Entonces los soldados rodearon a Jesús, y los alguaciles, que se habían acercado, le echaron mano. Judas quiso huir, pero los Apóstoles lo detuvieron: se echaron sobre los soldados, gritando: “Maestro, ¿debemos herir con la espada?”. Pedro, más ardiente que los otros, tomó la suya, pegó a Malco, criado del Sumo Sacerdote, que quería rechazar a los Apóstoles, y le hirió en la oreja: éste cayó en el suelo, y el tumulto llegó entonces a su colmo. Los alguaciles habían tomado a Jesús para atarlo: los soldados le rodeaban un poco más de lejos, y, entre ellos, Pedro que había herido a Malco.
Otros soldados estaban ocupados en rechazar a los discípulos que se acercaban; o en perseguir a los que huían. Cuatro discípulos se veían a lo lejos: los soldados no se habían aún serenado del terror de su caída, y no se atrevían a alejarse por no disminuir la tropa que rodeaba a Jesús. Tal era el estado de cosas cuando Pedro pegó a Malco, mas Jesús le dijo enseguida: “Pedro, mete tu espada en la vaina, pues el que a cuchillo mata a cuchillo muere: ¿crees tú que yo no puedo pedir a mi Padre que me envíe más de doce legiones de ángeles? ¿No debo yo apurar el cáliz que mi Padre me ha dado a beber? ¿Cómo se cumpliría la Escritura si estas cosas no sucedieran?”. Y añadió: “Dejadme curar a este hombre”. Se acercó a Malco, tocó su oreja, oró, y la curó. Los soldados que estaban a su alrededor con los alguaciles y los seis fariseos; éstos le insultaron, diciendo a la tropa: “Es un enviado del diablo; la oreja parecía cortada por sus encantos, y por sus mismos encantos la ha curado”. Entonces Jesús les dijo: “Habéis venido a tomarme como un asesino, con armas y palos; he enseñado todos los días en el templo, y no me habéis prendido; pero vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas, ha llegado”.
Mandaron que lo atasen, y lo insultaban diciéndole: “Tu no has podido vencernos con tus encantos”. Jesús les dio una respuesta, de la que no me acuerdo bien, y los discípulos huyeron en todas direcciones. Los cuatro alguaciles y los seis fariseos no cayeron cuando los soldados, y por consecuencia no se habían levantado. Así me fue revelado, porque estaban del todo entregados a Satanás, lo mismo que Judas, que tampoco se cayó, aunque estaba al lado de los soldados. Todos los que se cayeron y se levantaron se convirtieron después, y fueron cristianos. Estos soldados habían puesto las manos sobre Él. Malco se convirtió después de su cura, y en las horas siguientes sirvió de mensajero a María y a los otros amigos del Salvador.
Los alguaciles ataron a Jesús con la brutalidad de un verdugo. Eran paganos, y de baja extracción. Tenían el cuello, los brazos y las piernas desnudos; eran pequeños, robustos y muy ágiles; el color de la cara era moreno rojizo, y parecían esclavos egipcios. Ataron a Jesús las manos sobre el pecho con cordeles nuevos y durísimos; le ataron el puño derecho bajo el codo izquierdo, y el puño izquierdo bajo el codo derecho. Le pusieron alrededor del cuerpo una especie de cinturón lleno de puntas de hierro, al cual le ataron las manos con ramas de sauce; le pusieron al cuello una especie de collar lleno de puntas, del cual salían dos correas que se cruzaban sobre el pecho como una estola, y estaban atadas al cinturón. De éste salían cuatro cuerdas, con las cuales tiraban al Señor de un lado y de otro, según su inhumano capricho. Se pusieron en marcha, después de haber encendido muchas hachas. Diez hombres de la guardia iban delante; después seguían los alguaciles, que tiraban a Jesús por las cuerdas; detrás los fariseos que lo llenaban de injurias: los otros diez soldados cerraban la marcha.
Los alguaciles maltrataban a Jesús de la manera más cruel, para adular bajamente a los fariseos, que estaban llenos de odio y de rabia contra el Salvador. Lo llevaban por caminos ásperos, por encima de las piedras, por el lodo, y tiraban de las cuerdas con toda su fuerza. Tenían en la mano otras cuerdas con nudos, y con ellas le pegaban. Andaban deprisa y llegaron al puente sobre el torrente de Cedrón. Antes de llegar a él vi a Jesús dos veces caer en el suelo por los violentos tirones que le daban. Pero al llegar al medio del puente, su crueldad no tuvo límites: empujaron brutalmente a Jesús atado, y lo echaron desde su altura en el torrente, diciéndole que saciara su sed. Sin la asistencia divina, esto sólo hubiera bastado para matarlo. Cayó sobre las rodillas y sobre la cara, que se le hubiera despedazado contra los cantos, que estaban apenas cubiertos con un poco de agua, si no se hubiera protegido con los brazos juntos atados; pues se habían desatado de la cintura, sea por una asistencia divina, o sea porque los alguaciles lo habían desatado. Sus rodillas, sus pies, sus codos y sus dedos, se imprimieron milagrosamente en la piedra donde cayó, y esta marca fue después un objeto de veneración. Las piedras eran más blandas y más creyentes que el corazón de los hombres, y daban testimonio, en aquellos terribles momentos, de la impresión que la verdad suprema hacía sobre ellas. Yo no he visto a Jesús beber, a pesar de la sed ardiente que siguió a su agonía en el jardín de los Olivos; le vi beber agua del Cedrón cuando le echaron en él, y supe que se cumplió un pasaje profético de los Salmos, que dice que beberá en el camino del agua del torrente (Salmo 109). Los alguaciles tenían siempre a Jesús atado con las cuerdas.
Pero no pudiéndole hacer atravesar el torrente, a causa de una obra de albañilería que había al lado opuesto, volvieron atrás, y lo arrastraron con las cuerdas hasta el borde. Entonces aquéllos lo empujaron sobre el puente, llenándolo de injurias, de maldiciones y de golpes. Su larga túnica de lana, toda empapada en agua, se pegaba a sus miembros; apenas podía andar, y al otro lado del puente cayó otra vez en el suelo. Lo levantaron con violencia, le pegaron con las cuerdas, y ataron a su cintura los bordes de su vestido húmedo. No era aún media noche cuando vi a Jesús al otro lado del Cedrón, arrastrado inhumanamente por los cuatro alguaciles por un sendero estrecho, entre las piedras, los cardos y las espinas. Los seis perversos fariseos iban lo más cerca de Él que el camino les permitía, y con palos de diversas formas le empujaban, le picaban o le pegaban. Cuando los pies desnudos y ensangrentados de Jesús se rasgaban con las piedras o las espinas, le insultaban con una cruel ironía, diciendo: “Su precursor Juan Bautista no le ha preparado un buen camino”; o bien: “La palabra de Malaquías: Envío delante de Ti mi ángel para prepararte el camino, no se aplica aquí”. Y cada burla de estos hombres era como un aguijón para los alguaciles, que redoblaban los malos tratamientos con Jesús.
Sin embargo, advirtieron que algunas personas se aparecían acá y allá a lo lejos; pues muchos discípulos se habían juntado al oír la prisión del Señor, y querían saber qué iba a suceder a su Maestro. Los enemigos de Jesús, temiendo algún ataque, dieron con sus gritos señal para que les enviasen refuerzo. Distaban todavía algunos pasos de una puerta situada al mediodía del templo, y que conduce, por un arrabal, llamado Ofel, a la montaña de Sión, adonde vivían Anás y Caifás. Vi salir de esta puerta unos cincuenta soldados. Llevaban muchas hachas, eran insolentes, alborotadores y daban gritos para anunciar su llegada y felicitar a los que venían de la victoria. Cuando se juntaron con la escolta de Jesús, vi a Malco y a algunos otros aprovecharse del desorden, ocasionado por esta reunión, para escaparse al monte de los Olivos. Los cincuenta soldados eran un destacamento de una tropa de trescientos hombres, que ocupaba las puertas y las calles de Ofel; pues el traidor Judas había dicho a los príncipes de los sacerdotes que los habitantes de Ofel, pobres obreros la mayor parte, eran partidarios de Jesús, y que se podía temer que intentaran libertarlo.
El traidor sabía que Jesús había consolado, enseñado, socorrido y curado un gran número de aquellos pobres obreros. En Ofel se había detenido el Señor en su viaje de Betania a Hebrón, después de la degollación de Juan Bautista, y había curado muchos albañiles heridos en la caída de la torre de Siloé. La mayor parte de aquella pobre gente, después de Pentecostés, se reunieron a la primera comunidad cristiana. Cuando los cristianos se separaron de los judíos y establecieron casas para la comunidad, se elevaron chozas y tiendas desde allí hasta el monte de los Olivos, en medio del valle. También vivía allí San Esteban. Los buenos habitantes de Ofel fueron despertados por los gritos de los soldados. Salieron de sus casas y corrieron a las calles y las puertas para saber lo que sucedía. Mas los soldados los empujaban brutalmente hacia sus casas, diciéndoles: “Jesús, el malhechor, vuestro falso profeta, va a ser conducido preso. El Sumo Sacerdote no quiere dejarle continuar el oficio que tiene. Será crucificado”. Al saber esta noticia, no se oían más que gemidos y llantos. Aquella pobre gente, hombres y mujeres, corrían acá y allá, llorando, o se ponían de rodillas con los brazos extendidos, y gritaban al Cielo recordando los beneficios de Jesús.
Pero los soldados los empujaban, les pegaban, los hacían entrar por fuerza en sus casas, y no se hartaban de injuriar a Jesús, diciendo: “Ved aquí la prueba de que es un agitador del pueblo”. Sin embargo, no querían ejercer grandes violencias contra los habitantes de Ofel, por miedo de que opusieran una resistencia abierta, y se contentaban con alejarlos del camino que debía seguir Jesús. Mientras tanto, la tropa inhumana que conducía al Salvador se acercaba a la puerta de Ofel. Jesús se había caído de nuevo, y parecía no poder andar más. Entonces un soldado caritativo dijo a los otros: “Ya veis que este infeliz hombre no puede andar. Si hemos de conducirle vivo a los príncipes de los sacerdotes, aflojadle las manos para que pueda apoyarse cuando se caiga”. La tropa se paró, y los alguaciles desataron los cordeles; mientras tanto, un soldado compasivo le trajo un poco de agua de una fuente que estaba cerca. Jesús le dio las gracias, y citó con este motivo un pasaje de los Profetas, que habla de fuentes de agua viva, y esto le valió mil injurias y mil burlas de parte de los fariseos.
Vi a estos dos hombres, el que le hizo desatar las manos y el que le dio de beber, ser favorecidos de una luz interior de la gracia. Se convirtieron antes de la muerte de Jesús, y se juntaron con sus discípulos. Se volvieron a poner en marcha y en todo el camino no cesaron de maltratar al Señor.
TOMADO DE: EcceChristianus
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P. CERIANI: SOLEDAD DE NUESTRA SEÑORA

SOLEDAD DE NUESTRA SEÑORA

La piedad cristiana ha dedicado de manera especial esta noche al recuerdo del dolor incomparable que experimentó María al pie de la Cruz de su Hijo divino.

En esta noche, es sólo a María, compasiva a los pies de la Cruz, que la Iglesia quiere honrar.

Para comprender bien el objeto y el tema de nuestra meditación, y para rendir esta noche a la Madre de Dios el honor que le es debido, hay que recordar que Dios quiso, en los designios de su sabiduría soberana, asociar a María en la obra de la salvación de la humanidad.

En la obra de nuestra salvación, reconocemos tres intervenciones de María, tres circunstancias en las que fue llamada a unir su acción a la de Dios mismo.

La primera, en la Encarnación del Verbo, que vino a tomar carne en su vientre purísimo después que Ella diese su asentimiento solemne por el Fiat que salva al mundo.

La segunda, en el Sacrificio que Jesucristo llevó a cabo en Calvario, donde asiste para participar en el holocausto expiatorio.

La tercera, el día de Pentecostés, donde recibió el Espíritu Santo como Señora del Cenáculo y Reina de los Apóstoles.

Hoy tenemos que meditar la participación de María en el misterio de la Pasión de Jesús; contemplar el dolor que tuvo que soportar junto a la Cruz; los nuevos títulos que ha adquirido para nuestra gratitud filial.

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Al atardecer del Viernes Santo, la Iglesia posa su mirada, llena de compasión, sobre María, la Madre Dolorosa.

Lo que predijo el anciano Simeón en el Templo se ha cumplido: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción Tu misma alma será traspasada por una espada, para que se manifiesten los pensamientos de muchos corazones.

Estaba de pie, junto a la Cruz de Jesús, su Madre…

María no pudo hacer otra cosa, no pudo dejar solo a Jesús en su vía dolorosa.

Antes de la Encarnación, sabía por las profecías, y le fue confirmado desde la hora en que Jesús fue presentado en el Templo, que su Hijo había de morir algún día en sacrificio expiatorio por los pecados del mundo, y que Ella había de asociarse a Él, y había de participar en su mismo sacrificio.

Desde aquella mañana en el Templo, María no ha apartado ni un solo instante de su alma el cuadro previsto por el anciano Simeón. Continuamente estuvo viendo en espíritu las manos de su Hijo cargadas de cadenas y traspasadas por crueles clavos. Continuamente lo estaba viendo asediado por sus enemigos, escarnecido, crucificado. ¡Un perpetuo martirio!

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Cada vez veía más próximo el instante de su Pasión. ¡Siempre nuevos dolores!

Lo contempla en su agonía del Huerto, en casa del sumo sacerdote, ante Pilato.

Ve al Pretor presentarlo al pueblo y diciendo: ¡He aquí el Hombre! ¡Cómo se lo han dejado!

María está presente en el momento en que Pilato coloca a Jesús al lado de Barrabás y en que el pueblo prefiere al facineroso antes que a su Hijo.

¿Qué debo hacer con Jesús?, pregunta Pilato. ¡Crucifícalo, crucifícalo!, grita el populacho. ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! Ahora Pilato se lo entrega a los judíos para que lo crucifiquen.

¿Se mantendrá al margen, en momentos en que toda una nación se levanta para conducir a su Hijo al Calvario, al compás de sus insultos? ¡Lejos de Ella esta cobardía! Ella se levanta, inicia su marcha y sale al encuentro de su Jesús.

Esta multitud, que precedía y seguía a la víctima, estaba compuesta por gente insensible; sólo un grupo de mujeres hacía escuchar sus lamentos dolorosos, y su compasión mereció atraer los ojos de Jesús. ¿Podría, acaso, ser María menos sensible a la suerte de su Hijo que las mujeres que no tenían con Él más lazos que la admiración o la gratitud?

Nuestro corazón filial debe hacer justicia a la Mujer fuerte por excelencia. ¿Quién puede medir y expresar el dolor y el amor reflejados en sus ojos cuando se encontraron con los de su Hijo cargado con la Cruz?

Es largo el camino que separa la Cuarta Estación de la Décima; y si él fue rociado con la Sangre del Redentor, también fue bañado por las lágrimas de su Madre.

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Jesús y María llegaron a la cima de aquella colina que debía servir de altar para el sacrificio más augusto y más terrible.

María no puede separarse de Jesús. Lo acompaña cuando lo llevan a crucificar. Está presente cuando lo despojan de sus vestidos, cuando lo acuestan sobre la Cruz y clavan a ella sus pies y manos con fuertes clavos.

Pero el decreto divino no permite aún a la Madre acercarse a su Hijo.

Cuando la víctima esté dispuesta, la que debe ofrecerle avanzará.

Mientras tanto, cada golpe del martillo, que introdujo los clavos en el madero, se descargaba sobre el Corazón Doloroso de María.

Y cuando, por fin, se le dio permiso de acercarse, ¡qué dolores mortales sintió el Corazón de la Madre! Elevando los ojos, percibió entre lágrimas el cuerpo lacerado de su Hijo, extendido sobre la Cruz, con el rostro cubierto de sangre y esputos, coronado con una diadema de espinas…

He aquí el Rey de Israel anunciado y profetizado por el Ángel… Fue para los hombres, más que para Ella, que lo ha concebido, dado a luz, alimentado…

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Entonces, pues, Ella se arrimó a la Cruz en donde se desangraba su Hijo. Allí está, de pie, erguida, impertérrita, inconmovible, serena, resignada, aunque traspasada su alma por el más cruel y acerbo dolor.

Mezcla sus dolores con los dolores y tormentos de su Hijo, que se inmola al Padre.

Se une al sacrificio de su Hijo y lo ofrece al Padre por la salvación del mundo, por cada uno de nosotros.

El sacrificio que el Hijo presenta al Padre es presentado al mismo tiempo por la Madre, mediante su íntima comunión de sacrificio y de dolor con su divino Hijo: ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, deteneos y ved si hay dolor como mi dolor!

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Jesús contempla desde la Cruz a su Madre y al discípulo amado. Entonces, volviéndose hacia su Madre, le dice: ¡Mujer, he ahí a tu hijo! Y a Juan: ¡He ahí a tu madre!

¡El colmo del dolor para la Madre! Cuando Ella está dando a su Hijo la mayor prueba de su maternal cariño; cuando participa con toda su alma de los dolores y angustias de su divino Hijo, y cuando le asiste hasta el último instante de su vida; cuando Jesús, lleno de reconocimiento y de compasión por los dolores de la Madre, debiera darle la prueba más completa de su amor de Hijo, entonces Él no tiene para su Madre más que una palabra glacial: Mujer.

Otro debe ser desde ahora su hijo. ¡María no sólo debe perder a su Hijo por la muerte —esto no es todavía bastante dolor—, debe renunciar, además, a ser Madre de Él, y Él a ser Hijo suyo!

Se llamará madre de un discípulo

En cambio, para su amadísimo Hijo, a quien Ella concibió y llevó en sus entrañas, a quien dio a luz y asistió hasta el último suspiro de su vida, no será más que una Mujer.

¡Qué trueque tan desigual! ¡Por Jesús se le da a Juan, por el Señor al esclavo, por el Hijo de Dios al hijo del Zebedeo!

Así lo ha ordenado la santa voluntad de Dios.

Del mismo modo que el sacrificio de Jesús no hubiera sido completo, si su Padre no le hubiera abandonado en la Cruz, de igual manera, el sacrificio de la Madre tampoco hubiera sido perfecto, si el Hijo no la hubiese abandonado, por decirlo así, al pie de la Cruz.

Al desamparo del Hijo por el Padre debía corresponder, igualmente, el desamparo de la Madre por el Hijo.

La mayor aflicción del Hijo en la Cruz fue verse desamparado del Padre. La mayor aflicción de la Madre al pie de la Cruz fue ver que su Hijo la desamparaba: Mujer, he ahí a tu hijo.

Él se separa de Ella para colmar su dolor: ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, deteneos y ved si cabe un dolor semejante a mi dolor!

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¡María sigue a Jesús hasta el pie de la Cruz! Una Madre fiel, una Madre fuerte, dispuesta a todo sacrificio.

Participa de los tormentos y humillaciones de su Hijo. No le deja beber solo su calle de dolores e ignominias. No teme acercarse hasta la Cruz y manifestar ante todos que Ella es la Madre del Ajusticiado.

Está dispuesta a sufrir todos los dolores. No habla nada, pero dice demasiado.

Para todo lo amargo que la vida le ofrece, no tiene más que un total y desinteresado: He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según su deseo y su palabra.

¡María renuncia a su Hijo! Sacrifica, al pie de la Cruz, todo lo que recuerda su maternidad corporal.

Esta renuncia a todo lo que la une corporalmente con Jesús la separa de Él, pero sólo para hacerla Madre del Señor en un sentido mucho más profundo.

María ya no es la Madre del Jesús físico, como lo fue antes, en su virginal concepción y en su nacimiento, sino la Madre del Jesús espiritual, con todo su Cuerpo Místico.

Ya no debe conocer más a Cristo según la carne, sino solamente según el espíritu, para ser así Madre de la nueva criatura, nacida de la muerte del Señor en la Cruz; para ser Madre del Cristo total, para ser la nueva Eva, la Madre de los vivos; para ser Madre de Juan y, en Juan, Madre de todos nosotros.

María nos dio a luz, de un modo espiritual, al pie de la Cruz, en un alumbramiento inefable.

¡Tan estrechamente nos unió el Señor con su Madre, mientras ésta estuvo al pie de la Cruz! ¡Tanto le costó a María ser nuestra Madre! Verdaderamente, nosotros somos hijos del dolor.

¡Por eso somos tan queridos por nuestra Madre! Por eso debemos estarle muy agradecidos y debemos confiar plenamente en Ella.

Cuanto más cerca esté un alma de la Cruz, tanto más fecunda será la virginal maternidad de María para con ella.

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María está al pie de la Cruz para recibir el último adiós de su Hijo. Él la dejará, y en un momento no tendrá de ese Hijo más que un cuerpo sin vida y cubierto de llagas.

Mientras los gritos e insultos suben y llegan hasta su Hijo, pendiente de la Cruz, la Madre Dolorosa recibe esa palabra mortífera que le anuncia que Ella tendrá sobre la tierra sólo un hijo adoptivo. Las alegrías maternas de Belén y Nazaret, alegrías tan puras y a menudo perturbadas por la ansiedad, son reprimidas en su Corazón y van a ser cambiadas en amargura.

Ella es la Madre de Dios, y su divino Hijo le es arrebatado por los hombres… Ella levanta sus ojos por última vez hacia el objeto bien amado de su ternura…

Lo ve experimentando una sed ardiente, y no le puede aliviar…

Contempla cómo su mirada se apaga, y no puede sostenerlo…

Escucha las dos últimas palabras del Verbo divino: Todo está consumado… Padre, en tus manos entrego mi espíritu…, y nada puede contra la muerte, castigo del pecado, que su Hijo expía y satisface…

Finalmente, ve cómo su cabeza se reclina sobre su pecho… y entrega su alma al Padre Eterno…

María no se aleja del árbol del dolor, a cuya sombra la retuvo hasta ahora el amor maternal. Ella ofrece la Víctima adorada, se une a su sacrificio redentor…

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Sin embargo, todavía le esperan crueles emociones… Mientras unos soldados quiebran las piernas de los dos ladrones, otro atraviesa con una lanza el pecho de su Hijo ya difunto.

San Bernardo, tiene palabras hermosísimas para expresar este misterio. Hablando a Nuestra Señora, le dice:

Después que expiró aquél tu Jesús, no tocó su alma la lanza cruel que abrió su costado, que ni aun después de muerto perdonó a quien ya no podía dañar, pero traspasó indudablemente tu alma.

El alma suya ya no estaba allí, mas la tuya no se podía de allí arrancar. Traspasó, pues, tu alma la fuerza del dolor, para que no sin razón te prediquemos más que Mártir, habiendo sido en ti mayor el afecto de la compasión, de lo que pudiera ser el sentimiento de la pasión corporal.

Mas acaso dirá alguno: ¿Por ventura no supo anticipadamente que su Hijo había de morir? Sin duda alguna. ¿Por ventura no esperaba que luego hubiera de resucitar? Con la mayor confianza. Y a pesar de esto, ¿se dolió de verle crucificado? Y en gran manera.

Por lo demás, ¿quién eres tú, cristiano, o qué sabiduría es la tuya, que te extrañes más de María compaciente, que del Hijo de María paciente? Él pudo morir en el cuerpo, y María ¿no pudo morir juntamente en el corazón?

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La invencible Madre persevera en custodiar los restos sagrados de su Hijo. La Parasceve, la víspera de la Pascua judía, nuestro Viernes Santo, va a terminar. José y Nicodemo bajan de la Cruz el Cuerpo de Jesús. Sus ojos maternales lo ven desprenderlo de la Cruz; y cuando por fin los piadosos amigos, con todo el respeto que deben al Hijo y la Madre, se lo entregan y lo depositan en el regazo de la afligida Mater Dolorosa, tal como la pasión y la muerte lo quebrantaron, Ella lo recibe sobre sus maternas rodillas, las mismas que fueron una vez el trono real donde recibió el homenaje de los príncipes del Oriente.

Jesús pertenece a su Madre. Ella se asoció a su sacrificio y se inmoló con Él por nosotros. Justo es, pues, que recoja ahora, a los pies de la Cruz, los frutos de la muerte redentora de su Hijo. ¡Y qué ricos son estos frutos!

Pero, ¿quién pueda narrar los suspiros y sollozos de la Madre estrechando sobre su Corazón los despojos inanimados del Hijo tan amado?

¿Quién podrá describir las lesiones que cubren el Cuerpo de su Hijo? ¡Madre!, Tú nos lo diste hermoso y lleno de vida…, nosotros te lo devolvemos muerto y afeado por los castigos recibidos…

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Pero el tiempo corre, el sol se oculta más y más hacia el oeste; es necesario apresurarse para sepultar el Cuerpo de Aquél que es el autor de la vida.

La Madre de Jesús reúne toda la energía de su amor en un último beso y, oprimida por un dolor inmenso como el mar, entrega este Cuerpo adorable a aquellos que lo ungen con mirra, áloe y otros ungüentos. Luego lo depositan sobre la piedra sepulcral, cierran el sepulcro…, y María acompañada por Juan, su hijo adoptivo, María Magdalena, los dos discípulos que presidieron el funeral y otras santas mujeres regresa desolada a la ciudad maldita, recorriendo en sentido inverso las estaciones del Via Crucis.

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¿Veremos en todo esto una simple escena de duelo, sólo el lamentable espectáculo de los sufrimientos padecidos por la Madre de Jesús, cerca de la Cruz de su Hijo?

¿No tuvo Dios una clara intención, haciendo que estuviese presente en persona en una escena tan penosa?

¿Por qué no la retiró de este mundo, al igual que a San José, antes de que el día de la muerte de Jesús causase a su Corazón maternal una aflicción que superó a todas las experimentadas por todas las madres desde el principio el mundo?

Dios no lo hizo porque la nueva Eva tenía un papel que desempeñar al pie del árbol de la Cruz.

Así como el Padre celestial esperó su consentimiento antes de enviar al Verbo Eterno a la tierra, del mismo modo fueron exigidas su obediencia y devoción para el sacrificio del Redentor.

Este Hijo, que había concebido después de haber aceptado el ofrecimiento divino, no le sería quitado sin que Ella misma lo ofreciese y entregase por sus mismas manos.

¡Qué lucha terrible tuvo lugar en este Corazón tan amoroso! La injusticia, la crueldad de los hombres le arrancan su Hijo… ¿Cómo puede Ella, su Madre, ratificar por su consentimiento la muerte de Aquél a quien ama con un doble amor, como a su Hijo y como a su Dios?

Y, por otro lado, si Jesús no fuese inmolado, el género humano seguiría siendo presa de Satanás, el pecado no sería reparado, hubiese sido en vano que Ella se convirtiera un día en la Madre de Dios Encarnado.

¿Qué hará, pues, la Virgen de Nazaret? María, uniéndose a la voluntad del Padre y al deseo de su Hijo, que quieren la salvación del hombre por medio del sacrificio, triunfa sobre sí misma y dice una segunda vez aquellas palabras solemnes: Fiat mihi secundum verbum tuum, y consiente en la inmolación de su Hijo, y se ofrece junto con Él.

La justicia de Dios no se lo arrebata, es Ella quien lo ofrece. Pero, en cambio, Ella es elevada a tan alto grado de magnanimidad como nunca podría haberlo concebido, ni aceptado, su humildad. Una inefable unión se establece entre la ofrenda del Verbo Encarnado y la oblación de María…; la Sangre divina y las lágrimas de la Madre divina se mezclan y confluyen, corren juntas, para la redención del hombre pecador.

San Ambrosio se expresa en estos profundos términos: Ella estaba de pie delante de la Cruz, contemplando con su mirada materna las heridas de su Hijo, a la espera, no de la muerte de este querido Hijo, sino de la salvación del mundo.

De este modo, esta Madre de los Dolores, en un momento semejante, lejos de maldecirnos, nos amó, sacrificando por nuestra salvación hasta los recuerdos de aquellas horas felices que había pasado con su Hijo.

A pesar del dolor de su Corazón maternal, Ella lo ofrece al Padre como un depósito confiado.

La espada de dolor penetraba más profundamente en su alma; pero ésto nos salvó; y, aunque era una criatura, cooperó con su Hijo para nuestra salvación.

¡Nunca el Corazón de María estuvo tan abierto en nuestro favor! Ella es realmente la nueva Eva, la verdaderaMadre de los vivientes. La espada, penetrando en su Corazón Inmaculado, nos franqueó la entrada.

En el tiempo y en la eternidad, María prodigará sobre nosotros el amor que tiene a su Hijo, porque acaba de oírle decir que también nosotros somos sus hijos.

Por habernos redimido, Él es Nuestro Señor; por tanta generosidad, cooperado en nuestra redención, Ella es Nuestra Señora.

Digámosle, pues:

Con esta confianza, Madre afligidísima, venimos a rendirte nuestro homenaje filial.

Jesús, el fruto de tu seno purísimo, fue dado a luz sin dolor; nosotros, tus hijos adoptivos, entramos en tu Corazón junto con la espada.

María, Corredentora de los hombres, ¿cómo no esperar el amor de tu Corazón tan generoso, cuando sabemos que, para nuestra salvación, te has asociado al sacrificio de tu Hijo Jesús?

¡Dígnate, oh Madre!, velar por nosotros en estos días aciagos.

Concédenos sentir y saborear la dolorosa Pasión de tu Hijo.

Haznos penetrar todos sus misterios, a fin de que nuestra alma, redimida por la Sangre de tu Hijo y por tus lágrimas, ya no se aparte del Señor y persevere en su servicio.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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P. CERIANI: VIERNES SANTO

 

 

 

Crucifixion de Jesus

¡Jesús es condenado a muerte y crucificado! Pilato, representante del poder de Roma, presenta a Jesús a los judíos como su Rey; pero el pueblo lo rechaza y renuncia hoy, Viernes Santo, a la dominación de Dios, para abrazar la dominación del César romano: “No tenemos otro rey que el César.”

Con esta renuncia, el pobre pueblo, sella para siempre su fatal destino.

Nadie puede despreciar a Jesús sin despreciarse y perderse a sí mismo al mismo tiempo.

Jesús, es el Rey despreciado por su pueblo. En el relato del Evangelista San Juan, al describirnos la condenación de Jesús, se advierte un marcado empeño por subrayar la regia actitud con que el Señor comienza y termina su Pasión: Yo soy Rey. A eso he venido al mundo: a dar testimonio de la Verdad.

Los soldados ponen sobre su cabeza una corona de espinas y le saludan: “¡Salve, Rey de los Judíos!”

Pilato se sienta en su tribunal, y pregunta a los judíos: “¿Queréis que crucifique a vuestro Rey?”

Ellos respondieron: “Nosotros no tenemos más rey que el César.”

Jesús sube a la Cruz como Rey. Así lo prueba la inscripción que se coloca sobre ella: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos.”

El Señor dispone de su Cuerpo como un Rey.

Reconozcamos nosotros en el Crucificado de hoy al Rey, a Nuestro Rey, y acatémoslo.

¡Qué humillado, qué ultrajado, qué despreciado esta!

¡Él, el Rey!

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“Él se ha hecho a sí mismo Hijo de Dios”. He aquí la acusación que presentan contra Él a Pilato los Príncipes de los Sacerdotes. Este es el fundamento en que se apoyan para declararle digno de muerte.

Para corroborar su propio testimonio, de que es el Hijo de Dios, Jesús se deja matar. Lo rubrica con su Sangre.

Pero el Evangelista ve, debajo de lo que los hombres juzgan y dicen, la oculta y misteriosa acción de Dios Padre. El sumo sacerdote Caifás había aconsejado a los miembros del Sanhedrín: “Es mucho mejor que muera un hombre solo por el pueblo, para que no perezca toda la Nación.”

Profetizó que Jesús había de morir por el pueblo. En efecto, Él había de morir, no sólo por el pueblo, sino también para reunir en uno a todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.

Según el decreto de Dios, Jesús murió por todos los que han sido llamados a la filiación divina. Murió para preservarnos de la eterna condenación y para elevarnos a la filiación de Dios.

Con su muerte de Cruz fundó el reino de Dios, el reino de los hijos de Dios.

Hoy, en este día crucial, en este día de la Redención, la Iglesia se agrupa en torno a la Cruz y suplica al Crucificado que se digne sostener, acrecentar y conducir hasta la salvación final el reino que Él mismo fundó con su propia Sangre sobre la Cruz.

Unámonos también a las ardientes súplicas de la Santa Iglesia. Hoy serán escuchadas de un modo especialísimo.

Frente a la incredulidad del pueblo de Israel, nosotros confesemos altamente: “Tú eres el Hijo de Dios vivo. Tú solo eres el Santo, Tú solo el Señor, Tú solo el Altísimo, oh Jesucristo, junto con el Padre y el Espíritu Santo.”

Elijamos al Crucificado por Rey y Señor Nuestro.

Para ello, unámonos con la Santa Iglesia y hagamos con ella la adoración de la Cruz.

¡He aquí el madero de la Cruz, del que pendió la salud del mundo! ¡Venid, adoremos!

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El Viernes Santo es día de duelo: para la Iglesia y para los fieles.

En el centro de la solemnidad litúrgica se eleva la Cruz.

Sobre ella, el Salvador, cumpliendo con el mandato del Padre, entrega su vida por nosotros, pecadores.

Jesús muere en la Cruz. Se hizo obediente hasta la muerte, y la muerte de cruz.

Se preguntaba, proféticamente, Isaías: Señor, ¿quién hubiera creído lo que nosotros contemplamos ahora del Mesías? ¿Y a quién le fue revelado el Brazo del Señor? Él, el Mesías, surgirá como un pimpollo, como una raíz en una tierra seca. No tiene belleza ni decoro. Le vimos, y no se podía contemplar. Era un ser despreciado y el último de los hombres: un varón de dolores, que sabe de enfermedades. Era como uno que tiene que ocultar su rostro: por eso, ni siquiera le miramos.

¡Su cuerpo santísimo, surcado por los azotes, ha quedado convertido en una pura llaga, sangrante y ardiente!

La corona de espinas le atenaza las sienes. Le ahoga la sed.

Y a los dolores del cuerpo se juntan las angustias y los tormentos del espíritu. Contempla al pueblo obcecado, que le rechaza y grita: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos.”

Oye las injurias de sus enemigos.

Contempla la ingratitud de los cristianos que, en crecido número, mirarán indiferentes y fríos su amor y su muerte. ¿Qué les interesa a ellos eso? Tienen otras cosas de qué ocuparse. No disponen de tiempo para Él.

No reciben las gracias que Él con tanto trabajo y con tantos sacrificios les ha granjeado. Las desprecian. Y pierden, por su propia culpa, su alma, su verdadera felicidad, que Él les ha comprado al precio de su Sangre y de su vida.

¡Cómo le duele esta ingratitud, esta ceguera! Yo quise salvarte; pero tú no quisiste.

Seamos nosotros hoy María y Juan al pie de la Cruz, compartiendo íntimamente con el Señor todos sus dolores y sufrimientos.

Jesús muere en nuestro lugar.

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Continúa el Profeta Isaías: tomó sobre sí nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, es decir, el castigo, que nosotros merecíamos por nuestros pecados. Nosotros le consideramos como un leproso, como un ser castigado y humillado por Dios. Pero Él fue herido por causa de nuestras iniquidades. Fue triturado por causa de nuestros delitos. Para granjearnos la paz (es decir, el perdón y la amistad con Dios) se sujetó Él mismo a los azotes, y con sus heridas fuimos nosotros curados. Todos hemos sido como ovejas errantes, marchando cada cual por su camino; pero Dios cargó sobre Él todas nuestras iniquidades.

Ninguna criatura, aunque sea un Ángel, puede reparar la ofensa causada a Dios por el pecado.

Dice San Basilio: No busques a un hombre para que te salve, busca a uno que sea de naturaleza superior a la tuya, busca a Jesús, Dios y Hombre: sólo Él puede satisfacer tu deuda.

Él está por encima de todos, por eso puede salvarnos a todos. Tomó, pues, sobre sí nuestros pecados. Rasgó el título de la deuda, que estaba escrito contra nosotros, y lo clavó en la Cruz.

Hemos sido redimidos de la esclavitud del pecado, de Satanás y del infierno, no con oro ni con plata corruptibles, sino con la preciosa Sangre del Cordero inmaculado.

Con sus heridas hemos sido nosotros curados.

En rigor, nosotros somos los que debiéramos padecer lo que Él padece, pues lo hemos merecido. Él toma sobre sí el dolor, merecido por nuestros pecados, para expiar por nosotros, para alcanzarnos el perdón y la salvación.

Expía, con su Cuerpo y con su Alma, lo que debiéramos expiar nosotros.

Nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus amigos, dice San Juan. ¡Y, sobre todo, pues, el que la da por sus enemigos, como lo hizo Jesús!

Jesús muere por nosotros…, por mí personalmente, entonces…

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La muerte es el saldo del pecado. En ella se dan cita todas las consecuencias del pecado, todos los dolores y miserias de la vida.

En ninguna otra cosa se manifiesta tan profunda y claramente al hombre la justicia de Dios como en las angustias y horrores de la muerte. Ante la muerte tiemblan todas las criaturas.

El castigo más natural contra el pecado es la muerte. La muerte corta violentamente los hilos que encadenan el alma al cuerpo y a la tierra. Ahora bien: esto fue precisamente lo que hizo el pecado, al romper los lazos que unían al alma con Dios.

Y Él, Nuestro Salvador, acepta gustoso, por nuestro amor, este castigo de la muerte. Este es su amor…

La terrible fórmula de la justicia divina, la muerte, se convierte en el más sublime acto de su amor…

El castigo más grande se convierte en su más excelsa muestra de amor hacia nosotros

Jesús murió por nosotros. Ofreció su Cuerpo; y al ofrecer su Cuerpo, clavó también con Él en la Cruz el cuerpo de la humanidad, el cuerpo de la muerte, en la cual habita el pecado.

Sumergió nuestra naturaleza en las purificadoras y expiadoras llamas de su sacrificio, en el purificante y santificador baño de su Sangre, de donde surge como nueva, madura para la filiación divina y para la eterna salvación.

Jesús muere por nosotros, en nuestro lugar… Maravillosa ordenación divina… Peca el impío, y es castigado el justo; delinque el culpable, y expía el inocente; paga el Señor lo que ha roto el esclavo; toma Dios sobre Sí lo que debe el hombre.

Dios es la justicia… Dios es Amor… La Justicia y el Amor…. Esto hace Dios por mí. ¿Qué hago yo por Él?

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En las Oraciones Universales del Viernes Santo la Iglesia reza incluso por los herejes, los cismáticos, los pérfidos judíos y los paganos o infieles. Es decir, Ella extiende su caridad a todos los habitantes de la tierra, y pide por ellos toda la efusión de la Sangre divina.

Inmediatamente la Iglesia se dirige a sus hijos y, emocionada por las humillaciones a las que fue expuesto su Divino Esposo, los invita a expiar y reparar, dirigiendo sus homenaje a esta Cruz, hasta ese día infame y a partir de entonces sagrada.

Para los judíos, la Cruz es un objeto de escándalo; para los gentiles, una locura; para nosotros, los cristianos, objeto de veneración y trofeo de la victoria del Hijo de Dios, instrumento augusto de la salvación.

El momento ha llegado cuando debe recibir nuestra adoración, por el honor que se ha dignado conferirle el Hijo de Dios al rociarla con su Sangre divina, y asociándola de este modo a la obra de nuestra salvación.

No hay día, no hay momento en el año más adecuado para rendirle nuestra humilde adoración.

El Viernes Santo tiene lugar, pues, la exposición, la ostentación y adoración de la Santa Cruz.

La santa Iglesia no se limita a exponer en este momento a los ojos de sus hijos la Cruz que los salvó, sino que los invita a adorarla y a imprimir respetuosamente sus labios sobre el instrumento de la redención.

Después de esta ceremonia, la Santa Cruz ya no estará cubierta, y va a esperar, sin velo, en el altar, la hora de la gloriosa resurrección del Redentor.

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Los cantos que acompañan la adoración de la Cruz son de gran belleza.

Primero están los Improperios o reproches que el Mesías dirige a los judíos.

Las tres primeras estrofas de este himno se intercalan con el canto del Trisagio u oración al Dios tres veces Santo, cuya inmortalidad es justo glorificar en un momento en que Él se digna, como el hombre, sufrir la muerte por nosotros.

El resto de esta hermosa canción es del más alto tenor dramático. Jesucristo recuerda todas las indignidades a las que fue sometido por el pueblo judío, y pone de relieve los beneficios que Él distribuyó sobre esta gente ingrata.

Es bueno y saludable recordar todas las gracias que hemos recibido en nuestra vida, desde la concepción hasta el día de hoy, tanto en el orden natural como en el sobrenatural… Y luego compararlas con nuestras negligencias, ofensas y pecados…

Pueblo mío, ¿qué te he hecho yo? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Porque te saqué de la tierra de Egipto, has preparado la cruz a tu Salvador.

Porque te conduje por el desierto y te alimenté con el Maná; porque te introduje en una tierra muy buena, has preparado la cruz a tu Salvador.

¿Qué debí hacer por ti, que no lo haya hecho?

Yo te planté como a una hermosa viña, como a mi viña preferida, y tú me has salido muy amarga: saciaste mi sed con vinagre y taladraste con una lanza el pecho de tu Salvador.

Yo flagelé a Egipto, con sus primogénitos, por causa tuya, y tú me has entregado a mí a la flagelación.

Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Yo te saqué de Egipto, hundiendo a Faraón en el Mar Rojo, y tú me has entregado a los Príncipes de los Sacerdotes.

Pueblo mío, ¿qué te he hecho yo? ¿En qué te he contristado?

Yo abrí ante ti el Mar Rojo, y tú has traspasado con una lanza mi costado. Yo te alimenté en el desierto con Maná, y tú me has herido con bofetadas y azotes.

Pueblo mío, ¿qué te he hecho yo? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Yo te di un cetro real, y tú has dado a mí cabeza una corona de espinas.

Pueblo mío, ¿qué te he hacho yo? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Yo te exalté con gran poder, y tú me has suspendido en el patíbulo de la cruz.

Pueblo mío, ¿qué te he hacho yo? ¿En qué te he contristado? ¡Respóndeme!

Nosotros respondamos manifestándole nuestro agradecimiento y nuestra sumisión.

¡Santo Dios! ¡Santo Fuerte! ¡Santo Inmortal! ¡Ten misericordia de nosotros!

Sí… Es bueno y saludable recordar todas las gracias que hemos recibido y compararlas con nuestras negligencias, ofensas y pecados…

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A los Improperios sigue una antífona solemne, en la cual a la memoria de la Cruz se une el recuerdo de la Resurrección, para la gloria de Nuestro divino Redentor:

Adoramos, Señor, tu Cruz, y ensalzamos y glorificamos tu santa Resurrección, porque es a través de la Cruz que vino el gozo al universo mundo.

Se termina con el magnífico Pange lingua gloriosi (Canta la voz la corona del combate glorioso: cómo en la Cruz venció inmolado el Redentor del mundo) intercalando la antífona Crux fidelis:

¡Oh Cruz fiel!, el más noble entre todos los árboles. Ningún bosque produjo otro igual: ni en hoja, ni en flor ni en fruto. ¡Oh dulce leño, dulces clavos que sostuvieron tan dulce peso!

Hagamos nuestro lo expresado por el Introito de la Misa de ayer, Jueves Santo:

Nos autem gloriari oportet in cruce Domini Nostri Jesu Christi: in quo est salus, vita et resurrectio nostra per quem salvati et liberati sumus.

Nosotros debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en el cual está nuestra salud, vida y resurrección, por quien hemos sido salvados y liberados.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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P. CERIANI: JUEVES SANTO

JUEVES SANTO

La Santa Iglesia renueva con especial solemnidad las acciones llevadas a cabo por el Salvador en la tarde y noche del Jueves Santo. Ella es fiel al precepto de Jesucristo, que dijo a sus Apóstoles: Haced ésto en memoria mía.

Nuestro Señor fue al Cenáculo desde Betania; y rodeado por sus Apóstoles, incluso el pérfido Judas, se acercó a la mesa en la que se presentaba el cordero inmolado, para observar fielmente todos los ritos encomendados a Moisés y a su pueblo.

Al comienzo de la Cena Legal, Jesús toma la palabra y abre su Corazón a sus apóstoles: Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer.

Hablaba, ciertamente, no porque esa Pascua tuviese en sí misma algo de superior que en los años anteriores, sino porque daría la ocasión para la institución de la Nueva Pascua que había preparado como prueba de su amor para los hombres: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

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Terminada la Cena Legal, otro festín le sucedió; reuniendo una vez más a Jesús con sus discípulos. Esta segunda Cena, sin embargo, fue triste. Los discípulos estaban preocupados debido a la otra confidencia que les había hecho el Maestro: uno de los doce lo habría de traicionar.

A pesar de sus tenebrosas alternativas, todo parece indicar que todos los ritos se cumplieron y que una Pascua más tuvo lugar. Los Apóstoles no esperaban una tercera Cena.

Jesús había guardado bien su secreto; pero antes de padecer tenía que cumplir una promesa. Exactamente un año antes, había dicho en presencia de una multitud: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Había llegado el momento, pues, en que el Salvador realizaría esa maravilla de su amor por nosotros. Pero como había prometido darnos su Carne y su Sangre, tuvo que esperar la hora de su sacrificio e inmolación.

He aquí, ahora, que su Pasión ha comenzado: ya ha sido vendido a sus enemigos, su vida está en sus manos; por lo que puede, entonces, ofrecerse en sacrificio y dar a sus discípulos la Carne y la Sangre prometidas.

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Terminada la segunda Cena, Jesús se levanta ante el asombro de sus Apóstoles; se despoja de sus prendas exteriores, se ciñe con una toalla como un siervo, toma un lebrillo con agua y manifiesta claramente que se apresta a lavar los pies de los invitados.

La costumbre en Oriente era de lavarse los pies antes de tomar parte en una fiesta; pero el más alto grado de hospitalidad era cuando el dueño de la casa cumplía este rito con respecto a sus invitados, sin permitir que uno de sus siervos lo hiciese en lugar suyo.

Es Jesús quien invita en ese momento a sus amigos a su Divina Cena, y se digna a actuar con ellos como el más atento anfitrión.

Pero como sus acciones siempre contienen un fondo inagotable de enseñanza, como sus actos son también palabras, quiere por este gesto darnos una advertencia acerca de la pureza que se requiere en aquellos que han de participar de su Nueva Pascua.

Es como si dijera: tal es la santidad de esta Cena Divina, que para participar de ella, no sólo es necesario que el alma sea purificada de sus manchas más grave, sino que también tiene que procurar eliminar las más pequeñas, las que el contacto con el mundo nos hace contraer, y que son como el polvo del camino que se adhiere a los pies.

El Apóstol San Pablo nos lo dice en la Epístola de esta Misa: Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual antes de comer el pan y de beber el cáliz; pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación.

En efecto, para entrar de una manera tan íntima en el sublime misterio de la Redención, para contraer tal unión con la Víctima Divina, debemos alejar de nosotros, no sólo todo lo que es el pecado, sino también todo afecto al pecado.

El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en Mí y yo en él, dijo el Salvador. ¿Puede haber algo de más íntimo? ¡Con cuánto cuidado debemos purificar nuestra alma, unir nuestra voluntad a la de Jesús, antes de acercarnos a participar de lo que ha instituido para nosotros y a lo cual nos invita!

Pidámosle que prepare como preparó a sus Apóstoles al lavarles los pies. Lo hará ahora y siempre, si nos entregamos a su gracia y a su amor.

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Jesús, una vez que terminó de lavar los pies a los doce, se reviste nuevamente y ocupa su lugar en la mesa. Luego, tomando el pan sin levadura que quedaba de la comida, levanta los ojos al cielo, bendice el pan, lo parte y lo distribuye a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.

Los Apóstoles reciben el Cuerpo de su Maestro, se alimentan espiritualmente de Él… Y Jesús no está solamente con ellos, sentado a la mesa, está en ellos, en su alma y corazón.

Enseguida, como este Divino Misterio no es sólo el más augusto de los Sacramentos, sino también un verdadero Sacrificio, lo que requiere el derramamiento de sangre, Jesús tomó el cáliz, convirtió el vino en su propia Sangre, es decir lo transubstanció, y lo pasó a sus discípulos, diciendo: Bebed todos de él, porque esta es la sangre de la Nueva y Eterna Alianza, que será derramada por vosotros.

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Tales son las circunstancias de la institución del Augusto Sacrifico del Señor y del Santísimo Sacramento, cuyo aniversario solemnizamos hoy.

Pero debemos añadir aún una característica esencial de ambas realidades.

Lo que sucedió el Jueves Santo en el Cenáculo no fue un evento que ocurrió una vez en la vida mortal del Hijo de Dios…; y los Apóstoles no fueron los únicos convidados, privilegiados, de la Nueva Pascua, que selló la Nueva y Eterna Alianza.

En el Cenáculo, así como hubo varias Cenas, también tuvieron lugar varias instituciones, una más, además de la del nuevo Sacrificio y la del Santísimo Sacramento…

Allí tuvo lugar la institución de un nuevo Sacerdocio.

En efecto. ¿Cómo podría haber dicho Jesús a los hombres: Si no coméis mi Carne y bebéis mi Sangre, no tendréis vida en vosotros, si no hubiese pensado en establecer un ministerio en la tierra por el cual hacer presente, hasta el final de los tiempos, lo que instituía en presencia de esos doce hombres?

Entonces, dijo a los hombres que había elegido: Haced ésto en memoria mía. Hoc facite in meam commemorationem…

Hoc facite… Haced ésto… Por estas sublimes y, al mismo tiempo, sencillas palabras, les da el poder de transubstanciar el pan en su propio Cuerpo y el vino en su propia Sangre.

Y este divino poder será transmitido en la Iglesia, por la sagrada ordenación, hasta el fin de los tiempos.

Jesús va a seguir repitiendo, mediante el ministerio de hombres pecadores y mortales, las maravillas que hizo en el Cenáculo; y al mismo tiempo que deja en herencia a su Iglesia el Sacrificio único, nos da, según su divina promesa, la forma de permanecer en Él y Él en nosotros.

Tenemos, pues, que celebrar y festejar otro aniversario no menos maravilloso que los otros: la institución del sacerdocio católico.

El gran Apóstol San Pablo insiste en el poder que el Salvador dio a sus discípulos para renovar la acción que había hecho; y nos enseña, en particular, que cada vez que el sacerdote consagra el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo anuncia la muerte del Señor, expresando con estas palabras la unidad del Sacrificio, sobre la Cruz y sobre el Altar, aunque realizados de modo distinto, uno cruento, otro incruento.

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Hoy quiero repetir, y llamar la atención nuevamente, sobre lo que tantas otras veces he dicho. Me refiero a una página magnífica del libro de Jean Ousset, Para que Él reine.

Aplicando a los demonios el texto de San Pablo que dice: Si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria, hace ver la diferente actitud diabólica respecto de la Santa Misa.

En efecto, no comprendieron la infinita eficacia de la Cruz, y que Ella era su más retunda derrota; y por eso hicieron crucificar a Nuestro Señor, creyendo con ello que lo vencían.

Sin embargo, ahora el demonio conoce perfectamente, no sólo la eficacia del Sacrificio de la Cruz, sino también la del Santo Sacrificio de la Misa.

Por eso, la mayor preocupación del demonio es impedir que se celebre la Santa Misa conforme a las rúbricas de la Santa Iglesia Romana.

Esto lo escribió Jean Ousset en 1949, para luego suprimirlo en la segunda edición de su libro…

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Por esta razón, se comprende que la Misa del Jueves Santo sea una de las más solemnes del año, y aunque la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento, o Corpus Christi, tiene la intención de honrar con más pompa este sacrosanto misterio, sin embargo, al establecerla, la Iglesia no pretendió que el aniversario de la institución de la Santa Misa y del Sacerdocio perdiese el derecho a los honores que le son debidos.

El color adoptado para los ornamentos sagrados de la Misa es el blanco o dorado, al igual que en Navidad y Pascua; toda referencia al luto ha desaparecido.

Sin embargo, varios ritos extraordinarios anuncian que la Iglesia todavía teme por su Esposo, y que es sólo por un momento que suspende la aflicción que le oprime.

En efecto, al entonar el sacerdote el himno angélico: Gloria a Dios en las alturas, las campanas echaron a vuelo alegre, acompañando hasta terminar la canción celestial; pero desde ese momento van a permanecer en silencio, siendo reemplazadas por el sonido seco y grave de las maderas, manifestando las horas trágicas que se viven.

La Iglesia quiere que comprendamos que este mundo, testigo de los sufrimientos y de la muerte de su divino Autor, ha perdido toda melodía y se convirtió en un triste desierto.

Otro rito no menos extraño se llevará a cabo en el altar, durante la acción misma del Sacrificio. El sacerdote consagrará y reservará más formas de las necesarias para esta Misa, de modo que haya suficientes para la ceremonia de mañana por la tarde.

Es que la Iglesia ha decidido interrumpir mañana el sacrificio perpetuo. Tal es la impresión que experimenta al conmemorar la Pasión y muerte del Salvador, que Ella no se atreve a renovar sobre el altar, en ese día terrible, el Sacrificio que tuvo lugar en el Calvario.

Permanecerá inmersa en sus recuerdos, y sólo participará del fruto del Sacrificio de hoy, del cual reserva las sagradas formas para mañana. Ese rito se llama la Misa de Presantificados, porque sólo se consumen las hostias consagradas en la ceremonia de hoy.

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Sin embargo, si bien la Iglesia suspende la ofrenda del Sacrificio, no quiere que su divino Esposo pierda algo de los homenajes que se le debe en el Santísimo Sacramento. La piedad católica ha encontrado la manera de convertir en un triunfo de la Eucaristía las horas en que la Hostia Divina parece inaccesible a nuestra indignidad.

Se prepara, pues, en cada templo un pomposo altar o Monumento, al cual, después de la Misa de la Institución, se traslada el Santísimo Sacramento para que reciba la adoración de los fieles durante toda la noche y parte de la mañana siguiente.

Finalmente, al finalizar la ceremonia de hoy, el sacerdote despoja el altar de todo su ornamento. Este rito sombrío anuncia que el sacrificio se suspende. El altar debe permanecer desnudo y despojado hasta que la ofrenda pueda volver a ser presentada a la Divina Majestad; pero para ello se requiere que el Esposo de la Iglesia Santa, vencedor de la muerte, salga resucitado del sepulcro.

En estos momentos se encuentra en manos de los judíos, que lo van a despojar de sus vestimentas, como se despoja el altar. Será expuesto desnudo a los insultos de todo un pueblo. Por esta razón, la Iglesia ha escogido para acompañar a esta triste ceremonia el Salmo XXI, en el que se profetiza de manera sorprendente la acción de los soldados romanos, quienes, al pie de la Cruz, se repartieron sus vestidos como botín.

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Como conclusión, no olvidemos que La sagrada Eucaristía es el fruto de la Cruz.

Por consiguiente, cuanto más amorosa y sumisamente nos abracemos a la Cruz, con el Salvador, tanto más participaremos de las gracias y bendiciones celestiales que encierra en sí el Santísimo Sacramento del Altar.

A nosotros nos conviene gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, reza el Introito de hoy.

¡Así debiera ser! Pero, en realidad, huimos de la Cruz y evitamos todo lo posible su contacto.

No soportamos la Cruz que nos ha tocado. Regateamos con Dios.

Por eso permanece cerrado todavía para nosotros el misterio de la Santa Eucaristía.

Por eso no tenemos todavía el amor que debiéramos tener a la Sagrada Eucaristía, al Sacramento del Amor.

En Él están nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección, continúa el Introito. En Él, que mora en medio de nosotros, en la Sagrada Eucaristía.

En Él, que nos ama y ora y se sacrifica por nosotros en el santo Sacrificio de la Misa.

Oración:

Oh Dios, que nos dejaste en un admirable Sacramento el memorial de tu Pasión; suplicámoste nos concedas la gracia de venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que merezcamos experimentar continuamente en nosotros los frutos de tu redención.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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La Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Ana Catalina Emmerich Parte I

Ayer tarde fue cuando tuvo lugar la última gran comida del Señor y sus amigos, en casa de Simón el Leproso, en Betania, en donde María Magdalena derramó por la última vez los perfumes sobre Jesús. Los discípulos habían preguntado ya a Jesús dónde quería celebrar la Pascua. Hoy, antes de amanecer, llamó el Señor a Pedro, a Santiago y a Juan: les habló mucho de todo lo que debían preparar y ordenar en Jerusalén, y les dijo que cuando subieran al monte de Sión, encontrarían al hombre con el cántaro de agua. Ellos conocían ya a este hombre, pues en la última Pascua, en Betania, él había preparado la comida de Jesús: por eso San Mateo dice: cierto hombre. Debían seguirle hasta su casa y decirle: “El Maestro os manda decir que su tiempo se acerca, y que quiere celebrar la Pascua en vuestra casa”. Después debían ser conducidos al Cenáculo, y ejecutar todas las disposiciones necesarias. Yo vi los dos Apóstoles subir a Jerusalén; y encontraron al principio de una pequeña subida, cerca de una casa vieja con muchos patios, al hombre que el Señor les había designado: le siguieron y le dijeron lo que Jesús les había mandado. 
Se alegró mucho de esta noticia, y les respondió que la comida estaba ya dispuesta en su casa (probablemente por Nicodemus); que no sabía para quién, y que se alegraba de saber que era para Jesús. Este hombre era Elí, cuñado de Zacarías de Hebrón, en cuya casa el año anterior había Jesús anunciado la muerte de Juan Bautista. Iba todos los años a la fiesta de la Pascua con sus criados, alquilaba una sala, y preparaba la Pascua para las personas que no tenían hospedaje en la ciudad. Ese año había alquilado un Cenáculo que pertenecía a Nicodemus y a José de Arimatea. Enseñó a los dos Apóstoles su posición y su distribución interior.
 
Sobre el lado meridional de la montaña de Sión, se halla una antigua y sólida casa, entre dos filas de árboles copudos, en medio de un patio espacioso cercado de buenas paredes. Al lado izquierdo de la entrada se ven otras habitaciones contiguas a la pared; a la derecha, la habitación del mayordomo, y al lado, la que la Virgen y las santas mujeres ocuparon con más frecuencia después de la muerte de Jesús. El Cenáculo, antiguamente más espacioso, había servido entonces de habitación a los audaces capitanes de David: en él se ejercitaban en manejar las armas. Antes de la fundación del templo, el Arca de la Alianza había sido depositada allí bastante tiempo, y aún hay vestigios de su permanencia en un lugar subterráneo. Yo he visto también al profeta Malaquías escondido debajo de las mismas bóvedas; allí escribió sus profecías sobre el Santísimo Sacramento y el sacrificio de la Nueva Alianza.
 
Cuando una gran parte de Jerusalén fue destruida por los babilonios, esta casa fue respetada: he visto otras muchas cosas de ella; pero no tengo presente más que lo que he contado. Este edificio estaba en muy mal estado cuando vino a ser propiedad de Nicodemus y de José de Arimatea: habían dispuesto el cuerpo principal muy cómodamente y lo alquilaban para servir de Cenáculo a los extranjeros, que la Pascua atraía a Jerusalén. Así el Señor lo había usado en la última Pascua. El Cenáculo, propiamente, está casi en medio del patio; es cuadrilongo, rodeado de columnas poco elevadas. Al entrar, se halla primero un vestíbulo, adonde conducen tres puertas; después de entra en la sala interior, en cuyo techo hay colgadas muchas lámparas; las paredes están adornadas, para la fiesta, hasta media altura, de hermosos tapices y de colgaduras. La parte posterior de la sala está separada del resto por una cortina. Esta división en tres partes da al Cenáculo cierta similitud con el templo. En la última parte están dispuestos, a derecha e izquierda, los vestidos necesarios para la celebración de la fiesta. En el medio hay una especie de altar; en esta parte de la sala están haciendo grandes preparativos para la comida pascual. En el nicho de la pared hay tres armarios de diversos colores, que se vuelven como nuestros tabernáculos para abrirlos y cerrarlos; vi toda clase de vasos para la Pascua; más tarde, el Santísimo Sacramento reposó allí. En las salas laterales del Cenáculo hay camas en donde se puede pasar la noche. Debajo de todo el edificio hay bodegas hermosas. El Arca de la Alianza fue depositada en algún tiempo bajo el sitio donde se ha construido el hogar. Yo he visto allí a Jesús curar y enseñar; los discípulos también pasaban con frecuencia las noches en las laterales.
 
Vi a Pedro y a Juan en Jerusalén entrar en una casa que pertenecía a Serafia (tal era el nombre de la que después fue llamada Verónica). Su marido, miembro del Consejo, estaba la mayor parte del tiempo fuera de la casa atareado con sus negocios; y aun cuando estaba en casa, ella lo veía poco. Era una mujer de la edad de María Santísima, y que estaba en relaciones con la Sagrada Familia desde mucho tiempo antes: pues cuando el niño se quedó en el templo después de la fiesta, ella le dio de comer. Los dos apóstoles tomaron allí, entre otras cosas, el cáliz de que se sirvió el Señor para la institución de la Sagrada Eucaristía. El cáliz que los apóstoles llevaron de la casa de Verónica, es un vaso maravilloso y misterioso. Había estado mucho tiempo en el templo entre otros objetos preciosos y de gran antigüedad, cuyo origen y uso se había olvidado. Había sido vendido a un aficionado de antigüedades. Y comprado por Serafia había servido ya muchas veces a Jesús para la celebración de las fiestas, y desde ese día fue propiedad constante de la santa comunidad cristiana.
 
El gran cáliz estaba puesto en una azafata, y alrededor había seis copas. Dentro de él había otro vaso pequeño, y encima un plato con una tapadera redonda. En su pie estaba embutida una cuchara, que se sacaba con facilidad. El gran cáliz se ha quedado en la iglesia de Jerusalén, cerca de Santiago el Menor, y lo veo todavía conservado enesta villa: ¡aparecerá a la luz como ha aparecido esta vez! Otras iglesias se han repartido las copas que lo rodeaban; una de ellas está en Antioquía; otra en Efeso: pertenecían a los Patriarcas, que bebían en ellas una bebida misteriosa cuando recibían y daban la bendición, como lo he visto muchas veces. El gran cáliz estaba en casa de Abraham: Melquisedec lo trajo consigo del país de Semíramis a la tierra de Canaán cuando comenzó a fundar algunos establecimientos en el mismo sitio donde se edificó después Jerusalén: él lo usó en el sacrificio, cuando ofreció el pan y el vino en presencia de Abraham, y se lo dejó a este Patriarca.
 
Por la mañana, mientras los dos Apóstoles se ocupaban en Jerusalén en hacer los preparativos de la Pascua, Jesús, que se había quedado en Betania, hizo una despedida tierna a las santas mujeres, a Lázaro y a su Madre, y les dio algunas instrucciones. Yo vi al Señor hablar solo con su Madre; le dijo, entre otras cosas, que había enviado a Pedro, el Apóstol de la fe, y a Juan, el Apóstol del amor, para preparar la Pascua en Jerusalén. Dijo que María Magdalena, cuyo dolor era muy violento, que su amor era grande, pero que todavía era un poco según la carne, y que por ese motivo el dolor la ponía fuera de sí. Habló también del proyecto de Judas, y la Virgen Santísima rogó por él. Judas había ido otra vez de Betania a Jerusalén con pretexto de hacer un pago. Corrió todo el día a casa de los fariseos, y arregló la venta con ellos. Le enseñaron los soldados encargados de prender al Salvador. Calculó sus idas y venidas de modo que pudiera explicar su ausencia. Volvió al lado del Señor poco antes de la cena. Yo he visto todas sus tramas y todos sus pensamientos. Era activo y servicial; pero lleno de avaricia, de ambición y de envidia, y no combatía estas pasiones. Había hecho milagros y curaba enfermos en la ausencia de Jesús.
Cuando el Señor anunció a la Virgen lo que iba a suceder, Ella le pidió de la manera más tierna que la dejase morir con Él. Pero Él le recomendó que tuviera más resignación que las otras mujeres; le dijo también que resucitaría, y el sitio donde se le aparecería. Ella no lloró mucho, pero estaba profundamente triste. El Señor le dio las gracias, como un hijo piadoso, por todo el amor que le tenía. Se despidió otra vez de todos, dando todavía diversas instrucciones. Jesús y los nueve Apóstoles salieron a las doce de Betania para Jerusalén; anduvieron al pie del monte de los Olivos, en el valle de Josafat y hasta el Calvario. En el camino no cesaba de instruirlos. Dijo a los Apóstoles, entre otras cosas, que hasta entonces les había dado su pan y su vino, pero que hoy quería darles su carne y su sangre, y que les dejaría todo lo que tenía. Decía esto el Señor con una expresión tan dulce en su cara, que su alma parecía salirse por todas partes, y que se deshacía en amor, esperando el momento de darse a los hombres. Sus discípulos no lo comprendieron: creyeron que hablaba del cordero pascual. No se puede expresar todo el amor y toda la resignación que encierran los últimos discursos que pronunció en Betania y aquí. Cuando Pedro y Juan vinieron al Cenáculo con el cáliz, todos los vestidos de la ceremonia estaban ya en el vestíbulo. Enseguida se fueron al valle de Josafat y llamaron al Señor y a los nueve Apóstoles.
Los discípulos y los amigos que debían celebrar la Pascua en el Cenáculo vinieron después. Jesús y los suyos comieron el cordero pascual en el Cenáculo, divididos en tres grupos: el Salvador con los doce Apóstoles en la sala del Cenáculo; Natanael con otros doce discípulos en una de las salas laterales; otros doce tenían a su cabeza a Eliazim, hijo de Cleofás y de María, hija de Helí: había sido discípulo de San Juan Bautista. Se mataron para ellos tres corderos en el templo. Había allí un cuarto cordero, que fue sacrificado en el Cenáculo: éste es el que comió Jesús con los Apóstoles. Judas ignoraba esta circunstancia; continuamente ocupado en su trama, no había vuelto cuando el sacrificio del cordero; vino pocos instantes antes de la comida.
 
El sacrificio del cordero destinado a Jesús y a los Apóstoles fue muy tierno; se hizo en el vestíbulo del Cenáculo. Los Apóstoles y los discípulos estaban allí cantando el salmo CXVIII. Jesús habló de una nueva época que comenzaba. Dijo que los sacrificios de Moisés y la figura del Cordero pascual iban a cumplirse; pero que, por esta razón, el cordero debía ser sacrificado como antiguamente en Egipto, y que iban a salir verdaderamente de la casa de servidumbre. Los vasos y los instrumentos necesarios fueron preparados. Trajeron un cordero pequeñito, adornado con una corona, que fue enviada a la Virgen Santísima al sitio donde estaba con las santas mujeres. El cordero estaba atado, con la espalda sobre una tabla, por el medio del cuerpo: me recordó a Jesús atado a la columna y azotado. El hijo de Simeón tenía la cabeza del cordero. El Señor lo picó con la punta de un cuchillo en el cuello, y el hijo de Simeón acabó de matarlo. Jesús parecía tener repugnancia de herirlo: lo hizo rápidamente, pero con gravedad; la sangre fue recogida en un baño, y le trajeron un ramo de hisopo que mojó en la sangre. En seguida fue a la puerta de la sala, tiñó de sangre los dos pilares y la cerradura, y fijó sobre la puerta el ramo teñido de sangre.
 
Después hizo una instrucción, y dijo, entre otras cosas, que el ángel exterminador pasaría más lejos; que debían adorar en ese sitio sin temor y sin inquietud cuando Él fuera sacrificado, a Él mismo, el verdadero Cordero pascual; que un nuevo tiempo y un nuevo sacrificio iban a comenzar, y que durarían hasta el fin del mundo. Después se fueron a la extremidad de la sala, cerca del hogar donde había estado en otro tiempo el Arca de la Alianza. Jesús vertió la sangre sobre el hogar, y lo consagró como un altar; seguido de sus Apóstoles, dio la vuelta al Cenáculo y lo consagró como un nuevo templo. Todas las puertas estaban cerradas mientras tanto. El hijo de Simeón había ya preparado el cordero. Lo puso en una tabla: las patas de adelante estaban atadas a un palo puesto al revés; las de atrás estaban extendidas a lo largo de la tabla. Se parecía a Jesús sobre la cruz, y fue metido en el horno para ser asado con los otros tres corderos traídos del templo. Los convidados se pusieron los vestidos de viaje que estaban en el vestíbulo, otros zapatos, un vestido blanco parecido a una camisa, y una capa más corta de adelante que de atrás; se arremangaron los vestidos hasta la cintura; tenían también unas mangas anchas arremangadas. Cada grupo fue a la mesa que le estaba reservada: los discípulos en las salas laterales, el Señor con los Apóstoles en la del Cenáculo. Según puedo acordarme, a la derecha de Jesús estaban Juan, Santiago el Mayor y Santiago el Menor; al extremo de la mesa, Bartolomé; y a la vuelta, Tomás y Judas Iscariote. A la izquierda de Jesús estaban Pedro, Andrés y Tadeo; al extremo de la izquierda, Simón, y a la vuelta, Mateo y Felipe. Después de la oración, el mayordomo puso delante de Jesús, sobre la mesa, el cuchillo para cortar el cordero, una copa de vino delante del Señor, y llenó seis copas, que estaban cada una entre dos Apóstoles. Jesús bendijo el vino y lo bebió; los Apóstoles bebían dos en la misma copa. El Señor partió el cordero; los Apóstoles presentaron cada uno su pan, y recibieron su parte. La comieron muy deprisa, con ajos y yerbas verdes que mojaban en la salsa. Todo esto lo hicieron de pie, apoyándose sólo un poco sobre el respaldo de su silla. Jesús rompió uno de los panes ázimos, guardó una parte, y distribuyó la otra. 
 
Trajeron otra copa de vino; y Jesús decía: “Tomad este vino hasta que venga el reino de Dios”. Después de comer, cantaron; Jesús rezó o enseñó, y habiéndose lavado otra vez las manos, se sentaron en las sillas. Al principio estuvo muy afectuoso con sus Apóstoles; después se puso serio y melancólico, y les dijo: “Uno de vosotros me venderá; uno de vosotros, cuya mano está conmigo en esta mesa”. Había sólo un plato de lechuga; Jesús la repartía a los que estaban a su lado, y encargó a Judas, sentado enfrente, que la distribuyera por su lado. Cuando Jesús habló de un traidor, cosa que espantó a todos los Apóstoles, dijo: “Un hombre cuya mano está en la misma mesa o en el mismo plato que la mía”, lo que significa: “Uno de los doce que comen y beben conmigo; uno de los que participan de mi pan”. No designó claramente a Judas a los otros, pues meter la mano en el mismo plato era una expresión que indicaba la mayor intimidad. Sin embargo, quería darle un aviso, pues, que metía la mano en el mismo plato que el Señor para repartir lechuga. Jesús añadió: “El hijo del hombre se va, según esta escrito de Él; pero desgraciado el hombre que venderá al Hijo del hombre: más le valdría no haber nacido”. Los Apóstoles, agitados, le preguntaban cada uno: “Señor, ¿soy yo?”, pues todos sabían que no comprendían del todo estas palabras. Pedro se recostó sobre Juan por detrás de Jesús, y por señas le dijo que preguntara al Señor quién era, pues habiendo recibido algunas reconvenciones de Jesús, tenía miedo que le hubiera querido designar. Juan estaba a la derecha de Jesús, y, como todos, apoyándose sobre el brazo izquierdo, comía con la mano derecha: su cabeza estaba cerca del pecho de Jesús. Se recostó sobre su seno, y le dijo: “Señor, ¿quién es?”. Entonces tuvo aviso que quería designar a Judas. Yo no vi que Jesús se lo dijera con los labios: “Este a quien le doy el pan que he mojado”.
 
Yo no sé si se lo dijo bajo; pero Juan lo supo cuando el Señor mojó el pedazo de pan con la lechuga, y lo presentó afectuosamente a Judas, que preguntó también: “Señor, ¿soy yo?”. Jesús lo miró con amor y le dio una respuesta en términos generales. Era para los judíos una prueba de amistad y de confianza. Jesús lo hizo con una afección cordial, para avisar a Judas, sin denunciarlo a los otros; pero éste estaba interiormente lleno de rabia. Yo vi, durante la comida, una figura horrenda, sentada a sus pies, y que subía algunas veces hasta su corazón. Yo no vi que Juan dijera a Pedro lo que le había dicho Jesús; pero lo tranquilizó con los ojos.
 
Se levantaron de la mesa, y mientras arreglaban sus vestidos, según costumbre, para el oficio solemne, el mayordomo entró con dos criados para quitar la mesa. Jesús le pidió que trajera agua al vestíbulo, y salió de la sala con sus criados. De pie en medio de los Apóstoles, les habló algún tiempo con solemnidad. No puedo decir con exactitud el contenido de su discurso. Me acuerdo que habló de su reino, de su vuelta hacia su Padre, de lo que les dejaría al separarse de ellos. Enseñó también sobre la penitencia, la confesión de las culpas, el arrepentimiento y la justificación. Yo comprendí que esta instrucción se refería al lavatorio de los pies; vi también que todos reconocían sus pecados y se arrepentían, excepto Judas. Este discurso fue largo y solemne. Al acabar Jesús, envió a Juan y a Santiago el Menor a buscar agua al vestíbulo, y dijo a los Apóstoles que arreglaran las sillas en semicírculo. Él se fue al vestíbulo, y se puso y ciñó una toalla alrededor del cuerpo. Mientras tanto, los Apóstoles se decían algunas palabras, y se preguntaban entre sí cuál sería el primero entre ellos; pues el Señor les había anunciado expresamente que iba a dejarlos y que su reino estaba próximo; y se fortificaban más en la opinión de que el Señor tenía un pensamiento secreto, y que quería hablar de un triunfo terrestre que estallaría en el último momento. 
Estando Jesús en el vestíbulo, mandó a Juan que llevara un baño y a Santiago un cántaro lleno de agua; enseguida fueron detrás de él a la sala en donde el mayordomo había puesto otro baño vacío. Entró Jesús de un modo muy humilde, reprochando a los Apóstoles con algunas palabras la disputa que se había suscitado entre ellos: les dijo, entre otras cosas, que Él mismo era su servidor; que debían sentarse para que les lavara los pies. Se sentaron en el mismo orden en que estaban en la mesa. Jesús iba del uno al otro, y les echaba sobre los pies agua del baño que llevaba Juan; con la extremidad de la toalla que lo ceñía, los limpiaba; estaba lleno de afección mientras hacía este acto de humildad. Cuando llegó a Pedro, éste quiso detenerlo por humildad, y le dijo: “Señor, ¿Vos lavarme los pies?”. El Señor le respondió: “Tú no sabes ahora lo que hago, pero lo sabrás mas tarde”. Me pareció que le decía aparte: “Simón, has merecido saber de mi Padre quién soy yo, de dónde vengo y adónde voy; tú solo lo has confesado expresamente, y por eso edificaré sobre ti mi  Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Mi fuerza acompañará a tus sucesores hasta el fin del mundo”. Jesús lo mostró a los Apóstoles, diciendo: “Cuando yo me vaya, él ocupará mi lugar”. Pedro le dijo: “Vos no me lavaréis jamás los pies”. El Señor le respondió: “Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo”. Entonces Pedro añadió: “Señor, lavadme no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús respondió: “El que ha sido ya lavado, no necesita lavarse más que los pies; está purificado en todo el resto; vosotros, pues, estáis purificados, pero no todos”. Estas palabras se dirigían a Judas. Había hablado del lavatorio de los pies como de una purificación de las culpas diarias, porque los pies, estando sin cesar en contacto con la tierra, se ensucian constantemente si no se tiene una grande vigilancia. Este lavatorio de los pies fue espiritual, y como una especie de absolución. Pedro, en medio de su celo, no vio más que una humillación demasiado grande de su Maestro: no sabía que Jesús al día siguiente, para salvarlo, se humillaría hasta la muerte ignominiosa de la cruz. Cuando Jesús lavó los pies a Judas, fue del modo más cordial y más afectuoso: acercó la cara a sus pies; le dijo en voz baja, que debía entrar en sí mismo; que hacía un año que era traidor e infiel. Judas hacía como que no le oía, y hablaba con Juan. Pedro se irritó y le dijo: “Judas, el Maestro te habla”. Entonces Judas dio a Jesús una respuesta vaga y evasiva, como: “Señor, ¡Dios me libre!”. Los otros no habían advertido que Jesús hablaba con Judas, pues hablaba bastante bajo para que no le oyeran, y además, estaban ocupados en ponerse su calzado. En toda la pasión nada afligió más al Salvador que la traición de Judas. Jesús lavó también los pies a Juan y a Santiago. Enseñó sobre la humildad: les dijo que el que servía a los otros era el mayor de todos; y que desde entones debían lavarse con humildad los pies los unos a los otros; enseguida se puso sus vestidos.
Los Apóstoles desataron los suyos, que los habían levantado para comer el cordero pascual.
 
Por orden del Señor, el mayordomo puso de nuevo la mesa, que había lazado un poco: habiéndola puesto en medio de la sala, colocó sobre ella un jarro lleno de agua y otro lleno de vino. Pedro y Juan fueron a buscar al cáliz que habían traído de la casa de Serafia. Lo trajeron entre los dos como un Tabernáculo, y lo pusieron sobre la mesa delante de Jesús. Había sobre ella una fuente ovalada con tres panes ázimos blancos y delgados; los panes fueron puestos en un paño con el medio pan que Jesús había guardado de la Cena pascual: había también un vaso de agua y de vino, y tres cajas: la una de aceite espeso, la otra de aceite líquido y la tercera vacía. Desde tiempo antiguo había la costumbre de repartir el pan y de beber en el mismo cáliz al fin de la comida; era un signo de fraternidad y de amor que se usaba para dar la bienvenida o para despedirse. Jesús elevó hoy este uso a la dignidad del más santo Sacramento: hasta entonces había sido un rito simbólico y figurativo. El Señor estaba entre Pedro y Juan; las puertas estaban cerradas; todo se hacía con misterio y solemnidad. Cuando el cáliz fue sacado de su bolsa, Jesús oró, y habló muy solemnemente. Yo le vi explicando la Cena y toda la ceremonia: me pareció un sacerdote enseñando a los otros a decir misa. Sacó del azafate, en el cual estaban los vasos, una tablita; tomó un paño blanco que cubría el cáliz, y lo tendió sobre el azafate y la tablita. Luego sacó los panes ázimos del paño que los cubría, y los puso sobre esta tapa; sacó también de dentro del cáliz un vaso más pequeño, y puso a derecha y a izquierda las seis copas de que estaba rodeado. Entonces bendijo el pan y los óleos, según yo creo: elevó con sus dos manos la patena, con los panes, levantó los ojos, rezó, ofreció, puso de nuevo la patena sobre la mesa, y la cubrió. 
Tomó después el cáliz, hizo que Pedro echara vino en él y que Juan echara el agua que había bendecido antes; añadió un poco de agua, que echó con una cucharita: entonces bendijo el cáliz, lo elevó orando, hizo el ofertorio, y lo puso sobre la mesa.
Juan y Pedro le echaron agua sobre las manos. No me acuerdo si este fue el orden exacto de las ceremonias: lo que sé es que todo me recordó de un modo extraordinario el santo sacrificio de la Misa. Jesús se mostraba cada vez más afectuoso; les dijo que les iba a dar todo lo que tenía, es decir, a Sí mismo; y fue como si se hubiera derretido todo en amor. Le vi volverse transparente; se parecía a una sombra luminosa. Rompió el pan en muchos pedazos, y los puso sobre la patena; tomó un poco del primer pedazo y lo echó en el cáliz. 
Oró y enseñó todavía: todas sus palabras salían de su boca como el fuego de la luz, y entraban en los Apóstoles, excepto en Judas. Tomó la patena con los pedazos de pan y dijo: Tomad y comed; este es mi Cuerpo, que será dado por vosotros. Extendió su mano derecha como para bendecir, y mientras lo hacía, un resplandor salía de Él: sus palabras eran luminosas, y el pan entraba en la boca de los Apóstoles como un cuerpo resplandeciente: yo los vi a todos penetrados de luz; Judas solo estaba tenebroso. Jesús presentó primero el pan a Pedro, después a Juan; enseguida hizo señas a Judas que se acercara: éste fue el tercero a quien presentó el Sacramento, pero fue como si las palabras del Señor se apartasen de la boca del traidor, y volviesen a Él.
Yo estaba tan agitada, que no puedo expresar lo que sentía. Jesús le dijo: “Haz pronto lo que quieres hacer”. Después dio el Sacramento a los otros Apóstoles. Elevó el cáliz por sus dos asas hasta la altura de su cara, y pronunció las palabras de la consagración: mientras las decía, estaba transfigurado y transparente: parecía que pasaba todo entero en lo que les iba a dar. Dio de beber a Pedro y a Juan en el cáliz que tenía en la mano, y lo puso sobre la mesa. Juan echó la sangre divina del cáliz en las copas, y Pedro las presentó a los Apóstoles, que bebieron dos a dos en la misma copa. Yo creo, sin estar bien segura de ello, que Judas tuvo también su parte en el cáliz. No volvió a su sitio, sino que salió enseguida del Cenáculo. Los otros creyeron que Jesús le había encargado algo. El Señor echó en un vasito un resto de sangre divina que quedó en el fondo del cáliz; después puso sus dedos en el cáliz, y Pedro y Juan le echaron otra vez agua y vino. Después les dio a beber de nuevo en el cáliz, y el resto lo echó en las copas y lo distribuyó a los otros Apóstoles. Enseguida limpió el cáliz, metió dentro el vasito donde estaba el resto de la sangre divina, puso encima la patena con el resto del pan consagrado, le puso la tapadera, envolvió el cáliz, y lo colocó en medio de las seis copas. Después de la Resurrección, vi a los Apóstoles comulgar con el resto del Santísimo Sacramento. Había en todo lo que Jesús hizo durante la institución de la Sagrada Eucaristía, cierta regularidad y cierta solemnidad: sus movimientos a un lado y a otro estaban llenos de majestad. Vi a los Apóstoles anotar alguna cosa en unos pedacitos de pergamino que traían consigo.
 
Jesús hizo una instrucción particular. Les dijo que debían conservar el Santísimo Sacramento en memoria suya hasta el fin del mundo; les enseñó las formas esenciales para hacer uso de él y comunicarlo, y de qué modo debían, por grados, enseñar y publicar este misterio. Les enseñó cuándo debían comer el resto de las especies consagradas, cuándo debían dar de ellas a la Virgen Santísima, cómo debían consagrar ellos mismos cuando les hubiese enviado el Consolador. Les habló después del sacerdocio, de la unción, de la preparación del crisma, de los santos óleos. Había tres cajas: dos contenían una mezcla de aceite y de bálsamo. Enseñó cómo se debía hacer esa mezcla, a qué partes del cuerpo se debía aplicar, y en qué ocasiones. Me acuerdo que citó un caso en que la Sagrada Eucaristía no era aplicable: puede ser que fuera la Extremaunción; mis recuerdos no están fijos sobre ese punto. Habló de diversas unciones, sobre todo de las de los Reyes, y dijo que aun los Reyes inicuos que estaban ungidos, recibían de la unción una fuerza particular. Después vi a Jesús ungir a Pedro y a Juan: les impuso las manos sobre la cabeza y sobre los hombros.
 
Ellos juntaron las manos poniendo el dedo pulgar en cruz, y se inclinaron profundamente delante de Él, hasta ponerse casi de rodillas. Les ungió el dedo pulgar y el índice de cada mano, y les hizo una cruz sobre la cabeza con el crisma. Les dijo también que aquello permanecería hasta el fin del mundo. Santiago el Menor, Andrés, Santiago el Mayor y Bartolomé recibieron asimismo la consagración. Vi que puso en cruz sobre el pecho de Pedro una especie de estola que llevaba al cuello, y a los otros se la colocó sobre el hombro derecho. Yo vi que Jesús les comunicaba por esta unción algo esencial y sobrenatural que no sé explicar. Les dijo que en recibiendo el Espíritu Santo consagrarían el pan y el vino y darían la unción a los Apóstoles. Me fue mostrado aquí que el día de Pentecostés, antes del gran bautismo, Pedro y Juan impusieron las manos a los otros Apóstoles, y ocho días después a muchos discípulos. Juan, después de la Resurrección, presentó por primera vez el Santísimo Sacramento a la Virgen Santísima. Esta circunstancia fue celebrada entre los Apóstoles.
La Iglesia no celebra ya esta fiesta; pero la veo celebrar en la Iglesia triunfante. Los primeros días después de Pentecostés yo vi a Pedro y a Juan consagrar solos la Sagrada Eucaristía: más tarde, los otros hicieron lo mismo. El Señor consagró también el fuego en una copa de hierro, y tuvieron cuidado de no dejarlo apagar jamás: fue conservado al lado del sitio donde estaba puesto el Santísimo Sacramento, en una parte del antiguo hornillo pascual, y de allí iban a sacarlo siempre para los usos espirituales. Todo lo que hizo entonces Jesús estuvo muy secreto y fue enseñado sólo en secreto. La Iglesia ha conservado lo esencial, extendiéndolo bajo la inspiración del Espíritu Santo para acomodarlo a sus necesidades. Cuando estas santas ceremonias se acabaron, el cáliz que estaba al lado del crisma fue cubierto, y Pedro y Juan llevaron el Santísimo Sacramento a la parte mas retirada de la sala, que estaba separada del resto por una cortina, y desde entonces fue el santuario. José de Arimatea y Nicodemus cuidaron el Santuario y el Cenáculo en la ausencia de los Apóstoles. Jesús hizo todavía una larga instrucción, y rezó algunas veces. Con frecuencia parecía conversar con su Padre celestial: estaba lleno de entusiasmo y de amor. 
Los Apóstoles, llenos de gozo y de celo, le hacían diversas preguntas, a las cuales respondía. La mayor parte de todo esto debe estar en la Sagrada Escritura. El Señor dijo a Pedro y a Juan diferentes cosas que debían comunicar después a los otros Apóstoles, y estos a los discípulos y a las santas mujeres, según la capacidad de cada uno para estos conocimientos. Yo he visto siempre así la Pascua y la institución de la Sagrada Eucaristía. Pero mi emoción antes era tan grande, que mis percepciones no podían ser bien distintas: ahora lo he visto con más claridad. Se ve el interior de los corazones; se ve el amor y la fidelidad del Salvador: se sabe todo lo que va a suceder.
 
Como sería posible observar exactamente todo lo que no es más que exterior, se inflama uno de gratitud y de amor, no se puede comprender la ceguedad de los hombres, la ingratitud del mundo entero y sus pecados. La Pascua de Jesús fue pronta, y en todo conforme a las prescripciones legales. Los fariseos añadían algunas observaciones minuciosas.
VISTO EN: EcceChristianus
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