Callar pecados mortales en la confesión, (un horrible ejemplo) – Por el P. Fr. Andrés Ma. Solla García

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En la provincia de Güeldres hubo una mujer que por espacio de once años calló en la confesión un pecado de deshonestidad que había cometido. Pasando por el pueblo en que vivía esta mujer, dos religiosos de la Orden de N. P. Santo Domingo, uno Sacerdote y otro lego, se acercó al primero, creyendo ocasión oportuna de confesar a aquel desconocido el pecado que tantas veces había callado, y le pidió que la oyese de confesión. Accedió gustoso el religioso y mientras la confesaba, el compañero permaneció en oración en la misma iglesia, y luego observó que mientras aquella mujer se confesaba salían de ella muchas y asquerosas culebras, y que una más disforme y asquerosa que las demás, asomaba de cuando en cuando la cabeza para salir, más  luego volvía a recogerse, y que cuando se hubo recogido del todo al terminar la confesion, todas las demás que habían salido volvieron a entrar en aquella mujer. Acabada la confesion, los dos religiosos siguieron su camino, y andadas algunas millas, el religioso lego refirió al otro la visión que había tenido en la iglesia. Este sospechó al momento lo que aquella visión significaba, y determinó volver atrás con el objeto de decir a aquella mujer que volviese al confesonario, más al llegar al pueblo luego les dieron la infausta noticia de que aquella mujer muriera de repente al entrar en su habitación. Consternados los religiosos al oírlo, determinaron pasar tres días en ayuno y oración, pidiendo a Dios que se dignase manifestarles el estado de aquella alma en el otro mundo. En la noche del tercer día se les apareció aquella infeliz mujer rodeada de abrasadoras llamas, y arrastrada por un demonio en figura de horrible dragón; al rededor del cuello tenía enroscadas dos serpientes que la oprimían la garganta y le mordían cruelmente los pechos; en la cabeza una víbora horrible que la punzaba sin cesar; en los ojos dos sabandijas asquerosísimas que la roían sin descanso; en los oídos saetas encendidas que la penetraban hasta el cerebro; de su boca salían llamas de fuego, y dos monstruosos perros la atenazaban y mordían continuamente las manos y los pies, atados con cadenas de fierro candente; y dando un espantoso grito, dijo: ¡Ay de mí! Yo soy la misma desventurada mujer que habéis confesado hace tres días! Aquellas asquerosas culebras que salían de mí, eran los pecados que iba confesando, y aquella otra más disforme era figura de un pecado deshonesto que siempre he callado por vergüenza en las confesiones. Al ver en vos un confesor desconocido intenté confesarlo, pero él demonio me sugirió tal vergüenza que volví a callarlo como siempre. Por eso ha visto vuestro compañero que al terminar la confesion se recogió definitivamente, y con el volvieron a mi todos los demás que había confesado. ¡Ay¡ y ¡cuánto me atormentan ahora y cuan fácilmente pude confesarlos todos y salvarme! Pero cansado Dios de sufrirme tantos pecados y sacrilegios, me mandó una muerte repentina, y me arrojó a los infiernos, en donde soy atormentada horrorosamente por los demonios en figura de horribles animales.
   Esta víbora que traigo en la cabeza es un demonio que me atormenta espantosamente por mi orgullo y soberbia, y por la vanidad y esmerado cuidado en adornarme para servir de lazo a las almas de los jóvenes incautos y lascivos; las sabandijas que me roen los ojos son otros dos demonios que me atormentan sin cesar por mis miradas impuras y libidinosas; estas saetas encendidas me traspasan los oídos, por haber puesto atención y escuchado con gusto murmuraciones, palabras torpes y canciones deshonestas; estas serpientes que traigo enroscadas al cuello son también otros dos demonios que me ahogan la garganta y me muerden los pechos, por haberlos llevado siempre con poco recato, y a veces de un modo provocativo, por los abrazos deshonestos que he admitido, y por las alhajas y preseas con que excesivamente me he adornado; estos perros rabiosos me atenazan las manos y los pies por mis malas acciones y tocamientos impuros, por mis bailes y paseos a los sitios en que se ofendía a Dios; pero lo que más me atormenta sobre todo esto, es este formidable dragón que me arrastra. Esteme roe y despedázalas entrañas, me punza el corazón, me aprieta y atormenta en todos los miembros que han servido a la iniquidad, me recuerda todos mis pecados, y por cada especie de ellos me da un tormento particular insufrible.
   ¡Desgraciada de mí! ¡Ya no tengo remedio! ¡Para mí se acabó ya el tiempo de la misericordia! ¡Ay! ¡Y cuan fácilmente pude salvarme! ¡Oh maldita vergüenza que me has abandonado para pecar, y me has atado para confesarme! Dicho esto dió un grito espantoso, abrióse la tierra, y el horrible dragón la arrastró consigo a los infiernos, en donde sus tormentos jamás tendrán fin.
   ¿Y qué ha de ser de ti oh cristiano, que esto lees, si por tu desgracia has callado algunos pecados en la confesion, y no té resuelves a confesarlos cuanto antes? ¿Qué ha de ser de ti si al momento no reparas por medio de una confesion general, tantos pecados, tantos sacrilegios como has cometido? ¿No temes que te suceda lo que a aquella desventurada mujer? Ella había callado un solo pecado mortal, y por más que confesó los demás, ninguno le fué perdonado, y por todos es y será eternamente atormentada en los infiernos. Otro tanto te sucederá a ti seguramente si la muerte te sorprende en ese mal estado. ¡No lo permita Dios!

“EL GRAN LAZO DEL INFIERNO”

Visto en: San Miguel Arcangel

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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DEL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él.

Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.

Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo.

Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

¿Cuál es la intención de la Iglesia al leer el mismo fragmento evangélico ayer, Sábado de Cuatro Témporas, y hoy, Segundo Domingo de Cuaresma? ¡Y qué Evangelio! ¡Qué poco consuena con el ambiente cuaresmal!

¿Por qué nos muestra el divino Redentor su gloria, cuando nosotros estamos rumiando el recuerdo de su humillación?

¿Será la Iglesia fiel transmisora de los pensamientos de Jesucristo, al colocar el Gólgota tan cerca del Tabor, al unir estos dos montes tan estrechamente de modo tal que el uno parece estribación del otro?

Hace cinco años expliqué que Jesucristo quería confirmar a sus Apóstoles en la fe del Verbo Encarnado: que como Hombre, debía padecer…; y como Dios, había de resucitar…

De ese modo, con una muestra de la Resurrección (un misterio glorioso), quiere prepararlos para que acepten el escándalo de la Pasión. Quiere hacerles entender (y hacernos comprender a nosotros) que después del pecado original no hay Resurrección ni Glorificación sin Cruz… Pero que, ya que hay Resurrección y Glorificación, no debemos temer la Pasión y la Cruz…

Y para que los Apóstoles confiasen en Nuestro Señor y no temiesen seguir a Jesús en las persecuciones, en los tormentos, en la muerte, así como en las tentaciones, pruebas y cruces, Dios Padre les dice: “escuchadle”.

Esta voz divina, voz que se oye en medio de una espléndida teofanía, que se oye en un momento en que en la cumbre del monte Tabor se halla representada toda la historia religiosa de la humanidad, esta voz del Padre es la consagración de la suprema ley del cristianismo: la ley de las humillaciones y del dolor para llegar a la gloria… Antes de llegar al monte Tabor es necesario pasar por el monte de Getsemaní y por el monte Calvario… No hay glorificación sin agonía y cruz.

Así como la transfiguración se ordenaba a confirmar la fe en la divinidad de Jesucristo y preparar a los Apóstoles para la Pasión, del mimo modo los consuelos espirituales tienen por finalidad hacernos sobrellevar las purificaciones y a ellas nos orientan.

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Este año me remitiré a la narración evangélica, que nos dice que primero Jesús subió al Tabor, para escalar luego el Gólgota. Primero se transfiguró, para luego poder vencer al demonio y al mundo por la Cruz.

Por lo tanto, no sería posible subir al Gólgota, pisotear el mundo, triunfar en las luchas del dolor como lo hizo Jesucristo, sin haber estado antes en la cumbre del Tabor.

De modo que la Santa Iglesia presenta ayer y hoy este pasaje evangélico, no para arrojar algunos rayos de la gloria de Jesús en medio de la noche de la Pasión, sino para indicarnos el camino que nos conduce, por el Tabor, al Gólgota.

Este es el camino por el cual entra Cristo en su gloria… Hay que pasar por el Tabor, si es que queremos llevar la cruz con Cristo.

Jesús ora y se transfigura vistiéndose de gloria. ¿Cuál es el significado de este hecho?

Regularmente recordamos que Cristo llegó al monte de la Ascensión pasando por el Gólgota, mas no paramos mientes en que llegó al Gólgota pasando por el Tabor.

Pudo triunfar en la lucha, porque el mal, el sufrimiento, el tormento se transfiguraban en su alma. Su alma se hallaba y vivía en plena luz; por esto pudo vencer las tinieblas.

En el Tabor reveló la elevación de su alma, su unión con Dios.

Nos enseña el trabajo espiritual, mediante el cual podemos levantarnos por encima del mundo, del tiempo, de la miseria, de la caducidad y debilidad; un trabajo con que podemos librar nuestro corazón, despegarlo del llano; un trabajo con que podemos conservar el vigor del alma en la reacción contra el mal, y trabajar con alegría incluso en medio de la tristeza; un trabajo capaz de intensificar nuestros esfuerzos, deseos y luchas.

Este trabajo es la oración. Así debemos llenarnos de pensamientos divinos y santo entusiasmo.

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¿Qué significa, entonces, el monte Tabor? Significa el esfuerzo del alma, su afán de llegar a Dios; significa esa sublimidad festiva de los pensamientos que logramos con la oración, de esos pensamientos que se ciernen sobre el alma como el águila sobre los peñascos cuando, extendidas las alas, sin moverlas siquiera, flota en el cielo azul.

Por efecto de estos pensamientos grandes se transfigura el alma, se hace más pura, resplandeciente y noble.

El monte Tabor significa esta transfiguración del alma. Las almas que así se transfiguran, serán capaces de reunir las energías necesarias para vencer al demonio y al mundo mediante la cruz…

Estas almas serán capaces de la ingente labor que han de llevar a cabo la razón y el corazón, mientras vamos subiendo, del llano del pensar mundano, hacia las cumbres…

El hombre ha de poner tensos su razón, sus pensamientos, su corazón, sus sentimientos, si anhela escalar las cumbres. Debemos dedicar un trabajo duro a nuestro mundo espiritual, si es que queremos encumbrarnos.

Tienen una aplicación exacta en este punto las palabras del salmo: ascensiones disposuit in corde suo —ha dispuesto en su corazón los grados para subir—. Es el alma quien ascendit, quien va subiendo por los peldaños, después de despegarse del llano de este mundo.

Así se comprende que, ahora como entonces, Jesús no responde nada a la invitación de San Pedro…; calla delante de todos los que sólo están a gusto con Él cuando les regala con dulzuras en el Tabor.

Jesús sólo responde a los que, transfigurados como Él por la pobreza, el dolor y la humillación, van a Getsemaní y al Calvario

Responde a los que, con el mismo apresuramiento de San Pedro en el Tabor, le dicen: ¡Bien se está aquí, Señor!; ¡déjame estar así transfigurado en la pobreza, el dolor y la humillación todo el tiempo que Tú quieras!

Sólo a estos responde Jesús…; pero, ¡qué respuestas de dulzuras inefables, de esperanza de cielo y de fortaleza inaudita suele dar en esos momentos!

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Mas no basta el ascenso para hallarse en el Tabor. Quizá creamos que vamos progresando, y no somos sino unos sonámbulos que siempre vuelven al punto de partida, si nos faltan las otras dos características de los que se hallan en el Tabor: el pensamiento festivo y la transfiguración.

Hablar del pensamiento festivo significa que el pensamiento toma posesión de nosotros como celebrando fiesta.

Así llegaron los tres Apóstoles a la cima del monte; y desde allí extendieron la mirada sobre el mundo soñoliento, nebuloso, polvoriento…; y se alegraron de haberlo abandonado.

Es el placer que nos embarga el estar allá, en la cima, por la impresión de libertad y sublimidad.

Nos sentimos libres, nos parece dominar el mundo; nos agrada esa libertad sin límites.

El hombre ha de lograr, mediante los pensamientos solemnes y festivos, una libertad sublime: sólo Dios domina ya en su alma y el hombre se domina a sí mismo y triunfa del mundo.

Festivo y dominante será el pensamiento, si logra guiarnos; festivo y dominante será el sentimiento si nos llena y colma de dicha.

Pero esto no es suficiente… Falta la segunda característica: la transfiguración.

Podemos haber llegado a la cima del Tabor…, y no habernos transfigurado en otro hombre.

Y, sin embargo, es lo que habría tenido que suceder…

Allí están Pedro, Santiago y Juan… Estaban festivos… ¡Qué bien se está aquí!… ¡Hagamos tres tiendas!…

Aún no habían sido transfigurados… Esto llegará el día de Pentecostés…

El hombre se transfigura cuando está ardiendo, cuando se funde…

Entonces, la dulzura del Señor le llena el alma…

Entonces se saborean los consuelos de los cuales dice San Pablo: sobrepujan a todo entendimiento.

Con estos sentimientos, con esta transfiguración, podemos vencer las mayores dificultades y olvidar todos los goces del mundo.

Cuando llegamos a la cima del Tabor espiritual, si luego nos vemos cargados de una cruz, también la subiremos al otro monte, al Gólgota, pasando previamente por el Huerto de Getsemaní…

¿Podremos hablar de alegría y libertad, si nos apegamos a todo aquello de lo cual tendríamos que librarnos? ¿Podrá nuestro corazón rendir homenaje festivo a Dios, si rinde homenaje a muchos otros sentimientos?

¡No! No son éstas las huellas de la gracia. Pero…, vestigia terrent… Estas huellas espantan…

Todas las otras se dirigen hacia abajo… Bajan del monte y no suben…

Mas nosotros queremos subir…

Por lo tanto, hemos de luchar, trabajar y orar.

Nos hemos decidido a subir al Gólgota; por esto hemos de procurar escalar antes el Tabor.

No nos sostendremos en medio del padecimiento y del sacrificio, si no escalamos con alegría y entusiasmo el Tabor…

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Con el alma enardecida por la oración, se transfiguró Jesús: y mientras estaba orando apareció diversa la figura de su semblante, dice San Lucas.

He ahí la transfiguración de quien siente la dicha de la unión con Dios: el cuerpo y la sangre, la pesantez y la oscuridad de la existencia terrenal se revisten de espíritu.

Trabajamos incansablemente para que el espíritu se irradie cada vez más sobre el cuerpo, sobre los instintos, sobre el trabajo… En nuestras oraciones trabajamos para transformarnos, para ser más puros, más nobles, más espirituales.

El primer paso del esfuerzo moral hacia la transfiguración en una oración humilde, fervorosa, intensa.

Cuando nuestra vida se transfigure, podemos exclamar con San Pedro: Señor, bueno es estarnos aquí; aquí en el alto monte de la elevación espiritual; aquí en la región de las iluminaciones divinas; aquí en la nube resplandeciente de la oración; aquí, lejos del mundo y cerca de Dios; es bueno, muy bueno estarnos aquí.

Y debemos aprovechar esta transfiguración de los consuelos. Mas no olvidemos que llegará el momento en que debamos bajar del monte y volver al mundo polvoriento, de áridas llanuras.

Bajemos, entonces, con el alma resplandeciente y llena del aire puro de las alturas.

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¿Y la otra transfiguración?…: Llevándose consigo a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse… y se postró en tierra, caído sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, no me hagas beber este cálizVolvió después a sus discípulos, y los halló durmiendo.

He ahí la Santa Faz que suda sangre; he ahí el derramarse del espíritu triste sobre el cuerpo; he ahí el estado de desconsuelo y oscurecimiento.

El hombre tiene horror a ese estado y se duerme…; se considera dichoso si puede olvidarse de sí mismo…

Jesucristo aun en trance tan amargo sigue orando, luchando; y se conforma con la voluntad santísima de Dios: Tú lo quieres, Señor mío; de tus manos acepto el cáliz; aunque no sienta consuelo, no me importa; tengo conciencia clara de las arras de la gloria; sé que el cumplir, en medio del desconsuelo, la voluntad divina es semilla de vida eterna y fuente de gracia.

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Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.

Levantaos, no tengáis miedo.

No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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Falleció Fabian Vazquez, Director de la Hermana Radio Cristiandad, en accidente automovilistico

Fabian Vazquez, Descansa en la Paz de Cristo !!!

(Transcripción de Radio Cristiandad)

LA RADIO ESTÁ DE LUTO

Lamentamos informar que en el día de hoy, aproximadamente a las 6,30 de la mañana, nuestro Director General, Mario Fabián Vázquez, sufrió un accidente vial en la localidad de General Pinto (Provincia de Buenos Aires) como resultado del cual perdió la vida.

Todos aquellos que sacamos tanto provecho de su apostolado, no podemos menos que agradecer a la Divina Providencia que puso en nuestro camino a una personalidad señalada.

Rogamos a todos nuestros lectores y a los oyentes de Radio Cristiandad, que eleven preces y ofrezcan misas por su alma. A su señora, Viviana y a su hijo, Ignacio, todas nuestras condolencias y el deseo de que Nuestra Madre del Cielo les procure una santa resignación.

Luis Ricardo Manzano

Director Ejecutivo

+MARIO FABIAN VAZQUEZ (Q.E.P.D)

Dale Señor, el descanso eterno,

y brille para el, la Luz Perpetua

Descanse en Paz, por la Misericordia de Dios

AMEN.

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Sobre el Ayuno y la Abstinencia

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Es una doctrina tradicional de la espiritualidad cristiana que el arrepentimiento, el alejarse del pecado y volverse a Dios, incluye alguna forma de penitencia, sin la cual al cristiano le es difícil permanecer en el camino angosto y ser salvado (Jer 18:11, 25:5; Ez 18:30, 33:11-15; Jl 2:12; Mt 3:2; Mt 4:17; He 2:38 ). Cristo mismo dijo a sus discípulos que ayunaran una vez que Él partiera (Lc. 5:35 ). La ley general de la penitencia, por lo tanto, es parte de la ley de Dios para el hombre.

PRÁCTICAS PENITENCIALES

La Iglesia, por su parte, ha especificado ciertas formas de penitencia, para asegurarse que los católicos, de alguna manera realicen, esta práctica, como lo requiere la ley divina. El Código de Derecho Canónico de 1917 especifica las obligaciones de los católicos en su Parte Segunda Título XIV denominado “De la Abstinencia y del Ayuno”.

Canon 1250 – La ley de la abstinencia prohíbe comer carne y caldo de carne, pero no prohíbe comer huevos, lacticinios y cualesquiera condimentos aunque sean de grasa animal.

Comentario: El precepto de la abstinencia por ser negativo, obliga en todos los momentos del día, y, por lo mismo cuantas veces durante las veinticuatro horas se coma carne o se tome caldo de carne, otras tantas veces se peca, leve o gravemente según la cantidad, teniendo en cuenta que, aun cuando cada vez sea materia leve, puede llegar a pecado grave por la repetición, si la suma de todas ellas arroja la cantidad de una o dos onzas de carne (57 Grs.) o cuatro onzas (114 Grs.) del caldo en espacio de un día.

Canon 1251 –
1. La ley del ayuno prescribe que no se haga sino una sola comida al día; pero no prohíbe tomar algún alimento por la mañana y por la tarde, con tal que se observe, en cuanto a la cantidad y a la calidad, la costumbre aprobada en cada lugar.2. Tampoco está prohibido mezclar carne y pescado en la misma comida; ni cambiar la colación de la noche con la comida del mediodía.

Comentario: El precepto del ayuno, si se le quebranta un vez en materia grave, que también puede resultar de la suma de varias infracciones leves, como queda dicho de la abstinencia, ya cesa se obligar durante aquel día; de modo que por comer después varias veces no se cometen nuevos pecados contra el ayuno.

Canon 1252 –
1. La ley de la sola abstinencia se ha de observar todos los viernes del año.2. Obliga la ley de la abstinencia con ayuno el Miércoles de Ceniza, los viernes y sábados de Cuaresma y los tres días de la Cuatro Témporas, las vigilias de Pentecostés, de la Asunción de la Madre de Dios, de la Fiesta de Todos los Santos y de la Natividad del Señor.3. La ley de sólo el ayuno se ha de observar todos los restantes días de Cuaresma.4. Cesa la ley de la abstinencia, o de la abstinencia y del ayuno, o del ayuno solo, en los domingos o fiestas del precepto, exceptuadas las fiestas de caigan en Cuaresma, y no se anticipan las vigilias; cesa tambien dicha ley el Sábado Santo después de mediodía.

Comentario: Por decreto de la Sagrada Congregación del Concilio del 25 de julio del 1957, el ayuno y la abstinencia de la vigilia de la asunción se ha trasladado a la vigilia de la Inmaculada Concepción.

Canon 1254 –
1. Están obligados a guardar a abstinencia cuantos hayan cumplido los siete años de edad. 2. Obliga la ley del ayuno a todos desde que han cumplido veintiún años de edad hasta que hayan cumplido el sexagésimo.

Abstinencia

La ley de abstinencia exige a un católico desde los 7 años de edad y hasta su muerte, a abstenerse de comer carne los viernes, en honor a la Pasión de Jesús del Viernes Santo. Como carne se considera a la carne y órganos de mamíferos y aves de corral. También se encuentran prohibidas las sopas, caldos, cremas y salsas que se hacen a partir de ellos. Los peces de mar y de agua dulce, anfibios, reptiles y mariscos están permitidos, así como los productos derivados de animales como margarina y gelatina sin sabor a carne.

Ayuno

La ley del ayuno requiere que el católico, desde los 21 hasta los 59 años de edad, reduzca la cantidad de comida usual. La Iglesia define esta práctica como una comida principal más dos comidas pequeñas que sumadas no sobrepasen la primera en cantidad. Este ayuno es obligatorio el Miércoles de Ceniza, el Viernes Santo y los demás días indicados en el canon 1252. El ayuno se rompe si se come entre comidas o se toma algún líquido considerado como “comida” (por ejemplo batidos; pero está permitida la leche). Las bebidas alcohólicas no rompen el ayuno; sin embargo, se las considera contrarias al espíritu de hacer penitencia.

Consideraciones finales

Conviene indicar que las obligaciones de las que se habló en este artículo son jurídicas. Los fieles están obligados, desde el momento en que queda recogida en el Código de derecho canónico, por la fuerza de la norma. Vale por lo tanto esta consideración para hacer ver que, si bien muchas veces el cumplimiento de la norma no supone sacrificio y penitencia, no por ello los fieles puede ingerir estos alimentos. El fiel al que no le cueste sacrificio abstenerse de carne, ha de abstenerse de todas maneras: y entonces el valor de su acción será la de la obediencia a la norma de la Iglesia. No supondrá sacrificio, quizás, la abstinencia de carne o el ayuno, pero tendrá el mérito y el valor ejemplar de la obediencia a la ley y a la Iglesia.

Aparte de todos estos requisitos mínimos penitenciales, los católicos son llamados a imponerse algunas penitencias personales a sí mismos en ciertas oportunidades. Pueden perfectamente estar basadas en la abstinencia y el ayuno. Una persona puede aumentar, por ejemplo, el número de días de abstinencia. Algunas órdenes religiosas nunca comen carne. De la misma manera, es posible hacer más ayuno de lo requerido. La Iglesia primitiva practicaba el ayuno los miércoles y sábados. Este ayuno podía ser igual a la ley de la Iglesia (una comida principal más dos pequeñas) o aún más estricto, como sólo pan y agua. Este ayuno libremente escogido puede consistir en abstenerse de algo lícito de lo cual se gusta por ejemplo: confites, refrescos, etc. Esto queda a elección de cada individuo, siempre, en lo posible, aconsejados por un Director Espiritual.

VISTO EN: Cristo ¿Vuelve o no vuelve?

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P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DE QUINCUAGÉSIMA

DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA

Y tomó Jesús aparte a los doce, y les dijo: Mirad, vamos a Jerusalén y serán cumplidas todas las cosas que escribieron los profetas acerca del Hijo del hombre. Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y azotado, y escupido. Y después que le azotaren le quitarán la vida, y resucitará al tercer día. Mas ellos no entendieron nada de esto, y esta palabra les era escondida y no entendían lo que les decía.
Y aconteció, que acercándose a Jericó estaba un ciego sentado cerca del camino pidiendo limosna. Y cuando oyó el tropel de la gente que pasaba, preguntó qué era aquello. Y le dijeron que pasaba Jesús Nazareno. Y dijo a voces: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí. Y Jesús parándose, mandó que se lo trajesen. Y cuando estuvo cerca le preguntó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga? Y él respondió: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha hecho salvo. Y luego vio, y le seguía glorificando a Dios. Y cuando vio todo esto el pueblo, alabó a Dios.

Mirad, vamos a Jerusalén… Esta es la tercera vez que Nuestro Señor predice y anuncia su Pasión a sus discípulos.

El primer anuncio fue después de la confesión de San Pedro en Cesarea de Filipo y la hizo en estos términos:

Desde entonces Jesús comenzó a declararles a sus discípulos que convenía que él, el Hijo del hombre, fuese a Jerusalén y padeciese muchas cosas, y que fuese desechado por los ancianos y por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y que fuese entregado a la muerte, y que resucitase después de tres días. Y decía esto claramente.

Después de la estupenda confesión de San Pedro; de la clara afirmación de Jesús, que se llama a sí mismo Hijo de Dios y Mesías; del anuncio de una Iglesia gloriosa, obra del mismo Jesús; del vaticinio de las magníficas prerrogativas de San Pedro; y cuando humanamente eran de esperar días brillantes para la predicación del reino de Dios, súbitamente, sin transición, por vez primera señala el Señor la tremenda silueta de la Cruz, la predicción de su Pasión y muerte…

Había prohibido Jesús a los Apóstoles anunciar que Él es el Mesías. Una de las razones de ello, dada la ideología judía sobre el Mesías, fue sin duda evitar el escándalo y la decepción, cuando llegue, dentro de pocos meses, la muerte ignominiosa del Señor.

Pero los discípulos deben estar preparados para la tremenda hora: Jesús comenzó a declararles que convenía que Él, en propia persona, el Hijo del hombre, que acababa de ser confesado Hijo de Dios por San Pedro, fuese a Jerusalén, padeciese muchas cosas y le quitasen la vida.

El vaticinio era tan terrible como claro. Pudieron los Apóstoles presagiar los dolores de Jesús de algunos hechos singulares; pero todo ello fue ineficaz para sugerir la idea de la muerte de Jesús, porque en el Mesías todo debía ser glorioso.

Ahora ya no habrá dudas: el anuncio es categórico, sin ambages, ni metáforas.

Se lo anuncia inmediatamente después de haberles declarado su divinidad y de haberles dejado entrever la gloria de su Reino, en la tierra y en los cielos.

¿Por qué? Para que comprendieran que el sufrimiento es ley fundamental del Cristianismo, y que para llegar a la fruición de la divinidad es preciso sorber antes las aguas amargas del dolor.

El mismo Hijo de Dios quiso se cumpliera terriblemente en sí esta ley; no podrán sus discípulos escalar las alturas de la felicidad eterna sin antes salvar los durísimos caminos que a ella conducen.

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La segunda predicción de la Pasión es relatada por los Evangelistas de este modo:

Y habiendo partido de allí, atravesaban la Galilea, y no quería que nadie lo supiese; y enseñaba a sus discípulos. Y estando ellos en la Galilea, y maravillándose todos de cuantas cosas hacía, dijo Jesús a sus discípulos: Grabad en vuestros corazones estas palabras: El Hijo del hombre ha de ser entregado en manos de los hombres; y lo matarán, y, muerto, resucitará al tercer día. Mas ellos no entendían este lenguaje; y les era tan obscuro, que nada comprendieron, ni se atrevían a preguntarle sobre lo dicho. Y se entristecieron en extremo.

Luego de la Transfiguración, al pie del Tabor, donde había curado al joven poseso, se dirigió Jesús acompañado de sus discípulos a Cafarnaúm.

Se acercaban horas graves para el Señor, y aprovechó el tiempo para enseñar a sus Apóstoles, adiestrándoles para la labor futura. Para ello, al atravesar la Galilea lo hace como sigilosamente y evitando manifestarse públicamente.

Y estando ellos en la Galilea, de paso y como ocultamente, y maravillándose todos de cuantas cosas hacía, aprovechando este estado del alma de sus Apóstoles, que no salían de su asombro al ver el poder de Jesús, va a hablarles de su Pasión, para que comprendan que, siendo tal su poder, sólo libérrimamente podrá entrar en los dolores de la Pasión y morir.

Para ello reclama especial atención a lo que va a decirles: Grabad en vuestros corazones estas palabras, las que va a decirles, que importan un hecho en pugna aparente con la manifestación actual de su poder y con la gloria que recibe de los hombres.

La predicción es la misma que hizo Jesús en Cesárea de Filipo hacía pocos días, después de la confesión de Pedro, aunque con menos detalles.

El efecto producido por el terrible anuncio en el ánimo de los discípulos es doble. Por una parte, quedan desorientados y perplejos.

No estaban aún en condición de comprender el profundo misterio de la Cruz, verdad sobrenatural en que descansa toda la obra de Jesús. Y, sea que temiesen una repulsa semejante a la que recibió Pedro, sea que les espantase levantar el velo que ocultaba la terrible predicción, ni se atrevían a preguntarle sobre lo dicho.

Por otra parte, palpaban el sentido de las palabras y la realidad de la muerte de Cristo que en ellas se anunciaba, y bien que no podían penetrar el misterio de la muerte del Maestro, a quien creían Mesías e Hijo de Dios, ni la finalidad de la misma muerte, el amor que sentían por Jesús y el pensamiento de su muerte les llenó de profunda pena: se entristecieron en extremo.

Sin embargo, la lección dada a San Pedro en ocasión análoga ha aprovechado, y ya no se reputa cosa indigna del Cristo de Dios que sufra la muerte.

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El tercer anuncio es el que trae el Evangelio de este Domingo:

Iban su camino, subiendo a Jerusalén: y Jesús se les adelantaba, y se maravillaban, y le seguían con miedo. Jesús tomó aparte a los doce discípulos y comenzó a decirles las cosas que habían de acontecerle, y les dijo: Ved que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que está escrito en los Profetas sobre el Hijo del hombre. Y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, a los ancianos, y le condenarán a muerte. Y le entregarán a los gentiles para que les escarnezcan, y azoten, y sea escupido, y le crucifiquen; y después que le hubieren azotado le matarán, y al tercer día resucitará. Pero ellos ninguna de estas cosas entendieron, porque era lenguaje oscuro para ellos, y no entendían lo que les decía.

Pocos días faltaban para la definitiva consumación de la obra de Jesús. Una vez más declara la naturaleza de su Reino contra los prejuicios de que sus mismos discípulos estaban imbuidos.

Porque su Reino no puede conquistarse sino por la Pasión, la predice por tercera vez con todos sus detalles.

Y Jesús se les adelantaba, demostrando con ello que no sólo no temía la muerte, sino que con vivas ansias iba a sufrirla para cumplir la voluntad del Padre.

Los discípulos le seguían atónitos y temerosos. Era ello muy natural, pues no ignoraban el odio y las amenazas de los sacerdotes contra Jesús, y que habían puesto precio a su cabeza.

Fue en este emocionante momento que Jesús predice su Pasión por tercera vez: ya lo había hecho en Cesarea de Filipo y después de la Transfiguración.

Demuestra con ello Jesús no sólo que sabe lo que le ha de ocurrir en la capital, sino que todo ello está ordenado, ya desde la eternidad, por la santísima voluntad de Dios.

Se refiere aquí el Señor especialmente a los vaticinios del Salmo 21; de Isaías 50, 6 y 53, 1; de Daniel 9, 26; de Zacarías 11, 12; 12, 10 y 13, 7, etc.

Sigue luego Jesús particularizando los futuros hechos de su Pasión; así demuestra que va libremente a la muerte, al tiempo que previene a sus discípulos para que la novedad no les perturbe.

Y aún especifica más que las otras dos veces. Cuanto más cercana la Pasión, más precisos son los detalles que da de ella Jesús; como si se deleitara en saborearla por anticipado y en grabarla en el ánimo de sus discípulos, que también debían participar de ella.

Pero ellos, siempre preocupados con sus ideas sobre la gloria terrena del Reino mesiánico, no acababan de entender cómo aquello que oían de labios del divino Maestro había de entenderse a la letra.

Así, pues, ninguna de estas cosas entendieron, porque era lenguaje oscuro para ellos, no en cuanto a las palabras, que bien claras eran, sino porque no hallaban manera de conciliar esa predicción de humillaciones y tormentos con sus ideas sobre el Mesías glorioso.

Es que todo Israel esperaba al Mesías triunfante tan anunciado por los Profetas, y el misterio de Cristo doliente estaba oculto. De ahí el gran escándalo de todos los discípulos ante la Cruz. Fue necesario que el mismo Jesús, ya resucitado, les abriese el entendimiento para que comprendieran las Escrituras, las cuales guardaban escondido en “Moisés, los Profetas y los Salmos” ese anuncio de que el Mesías Rey sería rechazado por su pueblo antes de realizar los vaticinios gloriosos sobre su triunfo.

Hoy, gracias a la luz del Nuevo Testamento, podemos ver con claridad ese doble misterio de Cristo: doloroso en su Primera Venida, triunfante en la Segunda; y comprendemos también el significado de las figuras dolorosas del Antiguo Testamento, la inmolación de Abel, de Isaac, del Cordero pascual, cuyo significado permanece aún velado para los judíos hasta el día de su conversión.

+++

Luego del primer anuncio de su Pasión, convocando al pueblo, con sus discípulos, Jesús les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, cada día, y sígame. Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; mas el que perdiere su vida por mí y por el Evangelio, la salvará, la hallará.

Seguir a Jesús es imitarle: el discípulo debe hacer lo que el Maestro le enseña.

Negarse uno a sí mismo es desertar de sí mismo, de sus quereres, de los afectos e inclinaciones de su amor propio.

Tomar la cruz es locución figurada; por la cruz, suplicio vulgarizado ya en la Palestina por los romanos, debieron entender los oyentes de Jesús las humillaciones, las afrentas, los tormentos, la misma muerte, si así lo exige el seguimiento de Jesús.

La cruz debe tomarse siempre que Dios la envíe, cuando la vida cristiana lo exija. Y bien sabemos que frecuentísimamente lo exige: cada día.

Y sígame: no basta llevar la cruz, porque las miserias de la vida pesan sobre todos, cristianos y paganos; se debe tomar por Cristo y con espíritu de imitación de Cristo.

Y da Jesús de ello una razón gravísima, que toca a la misma consecución, nuestro fin último: Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; morirá eternamente quien no esté dispuesto a abnegarse hasta dar la vida por Cristo, si fuere necesario.

En cambio, logrará eterna vida quien muriere, o estuviere aparejado a morir por Cristo o por su Evangelio, en su predicación, en su defensa: Mas el que perdiere su vida por mí y por el Evangelio, la salvará, la hallará.

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Si alguno quiere venir en pos de mí,…, y sígame…

Se puede preguntar aquí: ¿querrá realmente que le sigamos?

Y la pregunta cabe porque a Él le gustan los caminos solitarios. En efecto, solía andar solo, nadie conocía las profundidades de su alma; solo llevó su cruz a la cima del Gólgota; resucitó solo, solo descendió a los infiernos y subió a los cielos.

Y era necesario que por esos caminos transcendentales anduviese solo; los caminos de las almas grandes siempre son caminos solitarios. El resto de los hombres no las comprenden.

Solitarios son también los caminos de nuestra vida espiritual. En este mundo debemos andar solos por las profundidades o por los desiertos de nuestra alma.

Solamente Dios está con nosotros; Él es el alma de nuestra alma.

Debemos perdernos en Él para adelantar…

A este camino, a este camino solitario, a estas profundidades nos llama el Señor. En este camino debemos crucificar nuestra naturaleza; por este camino debemos descender a los infiernos de los sacrificios que nos imponga la salvación de nuestra alma; en ese camino debemos resucitar y subir a los cielos.

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Estas profundidades interiores son a veces espantosas.

La vida es un misterio tan grande que, a veces, no nos sentimos con fuerzas para sobrellevarla, y una especie de profunda desconfianza se apodera de nosotros, principalmente al contemplar los yerros y anomalías de las almas.

Las profundidades de la vida están llenas de desengaños; de modo que necesitamos unas señales exteriores que nos indiquen el camino, unas señales que nos muestren concretamente la vida divina…

¡Y ahí tenemos el ejemplo, el espíritu, el ánimo, los afectos, el mundo interior, la oración, la palabra, los discursos, los deseos, las luchas de Jesucristo!

¡He ahí el ejemplar de la vida divina!

Escuchemos a Jesús que nos dice: Ven también tú, y sigue mis pisadas. Por ti mismo no serías capaz de comprender la vida divina; ninguno es capaz de enseñarte a vivir. Yo soy el dispensador y modelador de la vida; Yo he sembrado en ti el ideal: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo… Tome tu cruz, y sígueme…

Y respondamos como Bartimeo, el cieguito del Evangelio de hoy: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí… Señor, que vea…

VISTO EN: RADIO CRISTIANDAD

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¿PORQUÉ RECHAZAR COMO FALSO EL VATICANO II?

“Es una suma desvergüenza afirmar que de la libertad plena e inmoderada para el error proviene un bien para la religión. Ella es la peor muerte para el alma.”

(Gregorio XVI – Mirari vos)


INTRODUCCIÓN

Serán pocos los católicos actuales que no perciban el gran número de delitos contra la fe que suceden entre los miembros de la jerarquía que hoy se dice católica. Casi todos, sin embargo, ya tuvieron alguna noticia de ciertas doctrinas nuevas introducidas en la Iglesia por el Vaticano II: Libertad religiosa, Ecumenismo, Colegialidad … Pero, la mayor parte no es capaz de discernir las relaciones entre estas novedades y las doctrinas de los ateos y agnósticos de la Revolución Francesa que levantan contra el orden social cristiano las doctrinas no cristianas de libertad moral y jurídica, igualdad entre el error y la verdad y una supuesta fraternidad de las víctimas con sus verdugos. Doctrinas secularmente condenadas por la Iglesia penetraron en el Concilio bajo apariencias engañosas. El orgullo de los ateos contra Dios se camufló bajo el “culto del hombre” establecido por Pablo VI y por el Concilio al decretar el“derecho del hombre” de obrar contra la verdad y los mandamientos de Dios, igualando todas las falsas religiones con la única verdadera en una “igualdad jurídica” (aequalitas jurídica) y reivindicando de parte de los corderos la unión fraterna para con los lobos que los devoran, la fraternidad “sin discriminación por razones religiosas” entre el Templo de Dios y los de los ídolos. Pretenden equiparar la ciudad cristiana a la ciudad de Lucifer y hacer que los hijos de Dios no luchen más contra los que luchan contra Dios. La pretensión de las nuevas doctrinas fue eliminar la dicotomía entre la generación de Cristo y la del demonio que León XIII describió en la “Humanum genus”: “El linaje humano está dividido en dos bloques diversos y adversos: uno combate por la verdad y por el bien; el otro, por todo cuanto es contrario a la verdad y a la virtud”. El Concilio vino a predicar aquello que Gregorio XVI llamó “deliramentum” y que San Agustín denominó como “derecho de perdición”: “el derecho de los que no cumplen la obligación de seguir la verdad y de adherirse a ella” (2.9). Es el “derecho” concedido al “non serviam” de Lucifer. Para encubrir con “velo de malicia” tal absurdo, el Concilio se sirvió de la Filosofía agnóstica de los ateos: niega la objetividad de la distinción entre verdad y error, entre bien y mal. Así, la noción de Dios, de verdad y de ley divina, se vuelve ignorada e igualada a su negación: se afirma o se niega libremente, subjetivamente, lo que se quiere, como error o verdad. Los límites entre el “deber” verdadero y lo que está contra el deber quedan subordinados al“criterio propio libre” de cada uno. Innumerables veces, ya sea la Filosofía católica, ya sea el Magisterio de la Iglesia, condenaron tal doctrina absurda y pusieron en evidencia los sofismas por los cuales fue propuesta férreamente por los enemigos de la Iglesia. Pero, como avisara San Pío X, éstos se infiltraron entre los hombres de la Iglesia y se declararon falsamente “católicos“. Penetraron en el Concilio: conquistaron a aquél que se sentaba en la Cátedra de Pedro. Y entonces vimos allí a un “papa” decretar ese derecho satánico y hablar del “culto del hombre” al final del Concilio. Dentro de los límites de este artículo analizaremos algunos puntos de la Filosofía y Teología conciliares, mostrando la perversión de la razón y la herejía que mancha la Revelación y el Magisterio tradicional católico. De allí que se puede y se debe rechazar esa “Iglesia conciliar” como “falsa religión cristiana”,“enteramente ajena a la única Iglesia de Cristo” (Pío XI Mortalium ánimos). Quien no lucha por la verdad y por el bien pertenece al “bando adversario” y no a la “ciudad de Dios”.

PRIMERA PARTE

EL AGNOSTICISMO DE LA FILOSOFÍA CONCILIAR

1.1. Tres sofismas fundamentales

Un agnóstico nada puede probar como verdad: tanto vale lo que afirma como “su” verdad, como la negación de lo que declara. Eso porque no tiene un criterio universal de verdad objetiva, niega hasta la posibilidad de tenerlo, no tiene una regla universal de moralidad. Pero, asimismo, contradictoriamente, los agnósticos, y el Concilio con ellos, procuran probar el “derecho” natural para no seguir la verdad, para obrar contra la obligación moral. Son tres sofismas del Concilio:

A. El conocimiento humano

Dice el Concilio: “La ley divina el hombre la conoce por medio de su conciencia (mediante conscientia sua). Por lo tanto, él está obligado a seguir su conciencia en toda su actividad para llegar a Dios, su fin…” (3.5). El objeto en sí, la ley imperativa de Dios, es sustituido por la conciencia del sujeto: lo objetivo por lo subjetivo. En vez de seguir los mandamientos, cada cual sigue el “proprio libero consilio” (8.1), se sigue a sí mismo.

Toda filosofía agnóstica y escéptica se funda sobre un sofisma tal que no distingue entre el aspecto lógico y el aspecto ontológico del conocimiento humano. Por el hecho de que conozcamos los seres del mundo exterior a través de una representación existente en nuestra mente (medium in quo), niegan que aquello que conocemos por la representación mental (id quod cognoscitur) sea el ser real existente fuera de la mente humana. De ahí se sigue el Subjetivismo y el Relativismo universal afirmado como dogma absoluto y contradictorio: cada cual con “su” verdad, no existe ciencia universal. La Escolástica ya refutó ampliamente tal concepción contradictoria que afirma la universalidad de ese conocimiento no universal. Es la filosofía de la Iglesia: “sea santamente observada”; enseña San Pío X: “directe universalia cognoscimus” […] (D.S. 3620). Pero, el Vaticano II prefirió la filosofía de los ateos: cada cual con “su” verdad, “su fe” subjetiva (4.8), “sua principia religiosa”, sus “normas propias” (4.3), su “criterio propio libre” (8.1). Cualquiera tiene igual derecho de negar tal doctrina como falsa.

B. La acción humana

Dice el Concilio: Los actos interiores por los cuales “los hombres se ordenan directamente hacia Dios” son“voluntarios y libres”. Pero, el hombre tiene “naturaleza social”. Luego, esta naturaleza del hombre “exige que él se comunique con los otros en materia religiosa, que profese su religión (suam religionem) de modo comunitario” (3.7-3.8).

Del Relativismo universal en el conocimiento pasa, contradictoriamente, al Subjetivismo universal en el obrar. ¿Cómo conoce objetiva y universalmente la “naturaleza” del hombre, quien afirma conocer todo “mediante conscientia propria” en el sentido lógico? Esa naturaleza así conocida, ¿no es también subjetiva, propia? ¿Cómo sabe que los actos interiores son universalmente libres en todos? Si son libres bajo el aspecto lógico, si en este aspecto no son necesarios, nada puede afirmar de “naturalezas” y de sus exigencias: la negación es ahí equivalente a la afirmación. Si los actos interiores son psicológicamente libres, pues conocemos nuestra voluntad como tal, sabemos que las leyes morales no son libres, como no lo son las verdades lógicas. ¿Cómo habla de “otros” quien sólo conoce “su” conciencia subjetiva? La “exigencia” entonces no viene del objeto, de las leyes divinas, de Dios, sino de sí mismo. Tenemos la contradicción: una necesidad libre. Entonces, por el sofisma, se pasa de la libertad psicológica a la libertad lógica “de pensamiento” y a la libertad moral interior o exterior, “social“. Todo cuanto el hombre quisiere interiormente será libre socialmente: moral e inmoral, religioso e irreligioso, verdad y error, serán cosas dependientes no de objetos más allá de la conciencia subjetiva, sino del “proprio libero consilio”agnóstico.

C. La superioridad sobre la autoridad de Dios

Dice el Concilio que los “actos religiosos”, agnóstica y subjetivamente definidos, puestos “ex animi sui sententia”, es decir, dimanantes ontológicamente del espíritu del hombre, “por los cuales ellos se ordenan a sí mismos hacia Dios, de modo privado y público, trascienden el orden terrestre y temporal de las cosas” (3,10).

¡Sofisma! Ontológicamente, ellos están situados en el tiempo y en el espacio, en el orden terrestre y temporal. Y si la verdad moral trasciende el orden terrestre y temporal, ella no es libre, vincula a todos los hombres, gobernantes y gobernados, ni es conocida solamente “mediante su conciencia”, por “criterio propio libre”, sino por criterio universal de todos los hombres. A esa premisa, agrega el Concilio otra: “el fin propio del poder civil es cuidar del bien común temporal”. ¡Nuevo sofisma! Por el término “fin propio” significa el fin específico, pero excluye el fin propio del hombre que no es temporal. El bien común temporal se ordena al fin último del hombre, se subordina a las leyes divinas para alcanzarlo.

De esas premisas equívocas, de sentido doble, concluye el Concilio que el gobernante civil “excede sus límites si presume dirigir o impedir actos religiosos” (3.11). ¡Malicia pura! Si el gobernante es hombre como los gobernados y si no somos agnósticos, ambos, él y los subditos, están regidos superiormente por las leyes universales del conocer, por la verdad objetiva y por las leyes universales del obrar, las leyes divinas religiosas. La ley humana está“regulata vel mensurata quadam superiori mensura”, dice Santo Tomás (S. Theol. 1-2, 95,3), y el gobernante es un“regulans regulatum”. Entonces, sólo por el agnosticismo universal el acto “religioso” está relativizado por el “proprio libero consilio” de cada uno. Sólo por él los gobernantes y gobernados son desvinculados de las necesidades, no libres de los objetos, de la verdad lógica y moral. Sólo por él, la propia revelación exterior está desligada de la autoridad mayor en la tierra en “res religiosa”, el Sucesor de Pedro, para ser dejada al criterio libre de cada uno. Por el agnosticismo pasa a ser “cosa religiosa” no sólo la verdad religiosa natural y revelada, sino también lo que está contra la moral y la religión. He allí los fundamentos viperinos del Vaticano II.

1.2. Profesión de fe herética

Si toda la ciencia es agnóstica, el unlversalizar una verdad “propia” no pasa de una creencia subjetiva, libre. Y los ateos de la “civilización moderna” quieren por lo tanto rechazar toda coacción autoritaria exterior, contra su “criterio libre” moralmente. La autoridad sólo hará lo libremente aprobado por las bases. Entonces la fe deja de ser dogmáticamente impuesta, las leyes dejan de ser imperadas por Dios y sus ministros. Y entonces el Concilio “profesa” (profitetur, credimus) con los agnósticos esa fe subjetiva y libre: la Revelación exterior es profesada como hecha equívocamente “al género humano”. El texto ambiguo sirve para la “revelación” hecha “mediante conscientia sua” o por actos externos de Cristo. La Iglesia de Cristo deja de ser la única verdadera: la “única verdadera religión”, la subjetiva, meramente “subsiste en la Iglesia Católica“. Se deja también la “subsistencia” de la “única verdadera religión” en todas las demás “iglesias” y conciencias cada una con “su fe”, “su religión”. El “deber” no será el de adherirse a la única verdad objetiva, sino sólo el de “buscar” libremente por “inquisición libre”, activa, esa verdad. Cada cual se adhiere a “su” “verdad conocida” por sí mismo.

De esas premisas “de fe” pasa el Concilio a su dogma central para el orden interior y exterior: “El Sínodo sagrado profesa que estos deberes (agnósticos) vinculan la conciencia de los hombres, pero que la verdad no se impone de otro modo a no ser por la fuerza de la propia verdad…” (nec aliter sese imponere…) (D.S. 1.9).

Sólo la conciencia individual agnóstica es vinculada por la “verdad” conocida “mediante conscientia sua”, por la“inquisición libre”, por el “criterio propio libre”. ¡Vínculos libres! Sólo por la “fuerza de la propia verdad” y ésta es filtrada por el “criterio propio libre”. Otro modo, no libre, es contra la “fe” conciliar. ¡Es la profesión del agnosticismo universal! Los modos autoritarios, dogmáticos, de Dios y de la Iglesia, las leyes imperativas de Dios y de la Iglesia se subordinan al “criterio propio libre” de cada uno. La autoridad exterior nada puede exigir coactivamente por la fuerza moral del Derecho y por la fuerza física a título de libertad de la “verdad” agnóstica que incluye todas las falsedades en su concepto agnóstico. Dios y Cristo Legislador y sus ministros de la Iglesia y del Estado no podrán exigir nada de nadie a título de “verdad“, de “razón religiosa”. De ahí nace la Iglesia Ecuménica, basada sobre acuerdos libres y gobernada “colegialmente” y no por monarquía y leyes impuestas por derecho divino. La falsedad de tal “fe” profesada se verá fácilmente en los “argumentos” teológicos: se mutila la Revelación divina, principalmente la Carta a los Romanos (13, 1-8) y el Magisterio, especialmente el de Trento (Cristo Legislador) y de Pío VI (sistema democrático liberal). Es una fe “herética” (D.S. 2604). No existe la menor duda sobre eso.

1.3. Teología experimental agnóstica

Del agnosticismo, el Concilio deriva la “aequalitas jurídica” y el “neve ínter eos discriminatio fíat [… ]propter rationes religiosas” (6.7); la acción libre de “cuiusvis religionis”, de cualquier falsa religión (6.8) predicando la “euromque pacifica compositione” (7.6) junto con la “libertas quam máxime”, la “integrae libertatis consuetudo” (7.7). Todos pueden “libere ostendere”, “mostrar libremente la virtud singular de la propia doctrina” (4.8); todos pueden “reunirse movidos por el propio sentimieno religioso” (suo ipsorum sensu religioso moti) (4.9). Se excluye todo género de coacción exterior contra las falsas religiones (quodvis genus coercitionis) (10.3). Gregorio XVI llamó a eso“summam impudentiam”, suma desvergüenza (Mirari vos).

El Concilio, sin embargo, afirma que “aunque la Revelación divina no afirme expresamente ese derecho (non expresse affirmet jus)”, con todo ella muestra la “dignidad del hombre” y de ahí concluye que semejante doctrina“tiene raíces en la Revelación divina” (radices habet)(9,2). Ahora bien, es falso que la Revelación solamente “no exprese” ese derecho: ella expresa lo opuesto. Y si muestra la dignidad ontológica del hombre, dotado de libertad psicológica (creado a imagen y semejanza de Dios), ella también evidencia la discriminación moral entre buenos y malos, y lógica entre verdad y error. Sólo una falsa “revelación” agnóstica mostraría una “dignidad” agnóstica del “hombre“. El propio término “hombre” es universal y no relativista, no un mero “sentimiento” subjetivo. Pero el Concilio pretende que el conocimiento de esa dignidad del hombre y de sus “exigencias” “se volvieron más conocidas a la razón humana (plenius) por la experiencia de los siglos”, “per saeculorum experientiam” (9.1.). Entonces, la “Revelación” conciliar viene por la “razón” de cada uno y por la “experiencia“, por una razón agnóstica que “no discrimina por razones religiosas”, por el “sentimiento religioso”. Se pretende la evolución de la verdad: hoy esa “dignidad” sería de conocimiento “más pleno” para una razón que no alcanza la verdad. ¡Contradicción! ¡Injuria a la Civilización cristiana!

1.4. Igualdad jurídica entre el error y la verdad

Pretende el Concilio una “congruencia” entre los derechos de la verdad y de la fe con los derechos contrarios a la verdad y a la fe. ¡Nuevo sofisma! La Iglesia enseña que nadie sea forzado a cumplir el deber de creer: “que nadie sea forzado contra su voluntad a abrazar la fe católica, pues, como enseña San Agustín, nadie puede creer sino voluntariamente” (León XIII – D.B. 1875). Entonces, la Iglesia tolera que no se cumpla ese deber de creer. Pero, de la voluntariedad psicológica exigible por el acto de fe, el Concilio pasa a la libertad lógica, moral y jurídica: “Por lo tanto, está plenamente de acuerdo con la naturaleza de la fe que, en materia religiosa [agnósticamente concebida}, cualquier género de coacción por parte de los hombres sea excluido” (10.3). El “obsequio racional” de la fe se torna “libre” moralmente y se pasa del acto de fe a los actos que no son de fe sino de ley natural de la razón y ahí por el agnosticismo, se incluye también lo que es contra la razón y la fe. Entonces, se usa como fachada y disfraz la tolerancia para quien no cumple el deber “ad fidem”, para encubrir un falso “derecho” de obrar “contra fidem” y“contra rationem”. Nicolás I (858-867), enseñó: “En modo alguno debe ser usada la violencia para que crean (ut credant) (D.S. 647). Alejandro II (1061-1073) juzgó “celo desordenado” el procedimiento opuesto y tolera ahí la libertad: “resérvala unicuique proprii arbitrii libértate” (D.S. 698). Pero, no era eso lo que deseaban los padres conciliares “progresistas“. Querían el “criterio propio libre”, agnóstico, el “derecho” de contrariar la verdad y de practicar actos contra las leyes de Dios. Eso va contra la Revelación divina: “principes non sunt timori boni operis sed malí” (Rom. 13,3). No debe existir temor para las obras buenas; pero para las obras malas, sí. Entonces, el agnosticismo quiere que “no sea impedido” quien impide la fe y la verdad, quien viola las leyes de Dios: “Nadie sea impedido”. Se prohibe prohibir el error y el mal. Se da “derecho” para el crimen contra las leyes morales. La falsa “verdad” quiere los derechos de la verdad: indiferentemente serían iguales con “aequalitas iuridica” (6.7). Violar los mandamientos de Dios sería un “derecho” del hombre que el gobernante no podría impedir. El Derecho sería igualado a la Ontología, la “norma agendi” divina, reguladora de los actos libres psicológicamente, sería obrar conforme a la libertad psicológica. Se iguala la Moral a la Psicología. En vez de que la Moral rija los actos psicológicos del hombre, él se regiría a sí mismo por su “criterio propio libre”, sin imperativos impuestos por Dios o por los “ministros de Dios”, las autoridades exteriores.

SEGUNDA PARTE

APOYO DEL CONCILIO AL AGNOSTICISMO Y A LA HEREJÍA

2.1. Mutilación de la Revelación y sofismas

Sería demasiado que el Concilio, hablando de su supuesto “derecho“, no citase a San Pablo, en la Carta a los Romanos (XIII, 1-8). Pero, pervierte y mutila el texto. Cita mutilados los versículos 1 y 2 y omite los demás. ¿No tienen igual autoridad? ¿Dejan de existir por la omisión? Los textos omitidos enseñan que “quien resiste al poder adquiere para sí la condenación…”. Niegan la libertad, el derecho de no obedecer a las autoridades “ministros de Dios”. Ellos distinguen entre acción buena y mala, contradiciendo al Concilio que dice: “No se hagan discriminaciones […] por razones religiosas” (6.7). Incluyen la “espada” para “vindicta” contra los que practican el mal. Prescriben el temor a la autoridad, además de enseñar el amor. Obligan a obedecer a la autoridad por necesidad de conciencia y no a obedecer sólo a la propia conciencia: “sed sumisos [… ] en conciencia” y no el obrar por “criterio propio libre”. Entonces, la ley cristiana no elimina la coacción exterior contra el error.

El Concilio no cita a Cristo: “la verdad os hará libres”. No cita a Cristo expulsando a los vendedores del templo y predicando “como quien tiene autoridad”. Omite todo el Antiguo Testamento donde Dios preceptuó hasta la pena de muerte en materia religiosa. Y, al citar los dos versículos, incluso de manera mutilada, el Concilio, de inmediato, intenta vaciarlos, diciendo que los Apóstoles: “no temieron contradecir al poder público que se oponía a la santa voluntad de Dios”, “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (11, in fine). ¡Pura malicia! Se sirven de la verdad para encubrir la falsedad de su doctrina: supone el Concilio que la “voluntad de Dios” sea el “derecho” de no seguir los mandamientos de Dios, sino el “criterio propio libre”. ¡No obedecer a Dios sería la voluntad de Dios! Si los Apóstoles se opusieron a quien se oponía a la voluntad de Dios, ellos no ratificaron el derecho de no seguir la verdad, de no obedecer a las leyes de Dios. He aquí la “summam impudentiam” declarada por Gregorio XVI. Iguala el Concilio a quien se opone a la voluntad de Dios con quien se rige y rige la sociedad por los mandamientos de Dios. Invierte la ley divina. ¡Summam impudentiam!

2.2. Eliminación de la defensa social de la verdad

La “teología” conciliar no pasa de una serie de repeticiones de la doctrina contra toda autoridad, dogma, coacción exterior, imposición, uso de la fuerza y pena temporal: los Apóstoles, dice, “despreciaron las armas carnales”(11.20); “no usaron acción coercitiva” para convertir a los hombres (11.6); “el reino de Dios no se reivindica hiriendo”(11.14); “no quisieron imponer la verdad a sus contradictores, por la fuerza” (11.13).

Ahora bien, San Pablo dice: “…no procediendo con astucia, ni adulterando la palabra de Dios. (2 Cor. 4,2) y eso hace el Concilio. “Cada luchador usa las armas propias para su milicia y lucha”, escribe Santo Tomás sobre las luchas espirituales. El texto de San Pablo donde se habla de que no luchamos con “armas carnales” (2 Cor. 10, 4) se refiere a las luchas espirituales. Pero en la “ordenación de Dios” para el orden exterior, San Pablo habla de “non sine causa gladium portat” (Rom. 13, 1-8). Entonces, el Concilio pervierte la Revelación. Pío VI enseña que “los propios Apóstoles usaron de la fuerza exterior para constituir y sancionar la disciplina” (Auctorem fidei) y condenó como “herética” la doctrina que es hoy del Concilio (D.S. 2604). He ahí la base de la Teología conciliar.

Y hay más: los textos conciliares usan del sofisma para encubrir los errores que desean con la fachada de otras doctrinas verdaderas. Si “los Apóstoles no usaron de coacción para convertir a los hombres”, para “reivindicar el reino de Dios” espiritual, para “imponer la verdad” de fe, Cristo y los Apóstoles nos enseñaron el uso del látigo contra los profanadores del Templo, la “autoridad en la predicación”, la “ordenación de Dios” en el orden exterior donde se usa la fuerza, no “para convertir” sino para impedir que impidan las conversiones a la fe, “ut fidem non impediant”, al decir de Santo Tomás. Y la imposición civil de las leyes de Dios, el castigo de sus violadores, no es cuestión sólo de fe. Incluso sin la fe es cuestión de ley natural exigible por la razón. “Si en la sociedad existen malos —y siempre los habrá— la autoridad debe ser tanto más fuerte cuanto el egoísmo de los malos fuere más amenazador… El deber de todo católico es usar de las armas políticas que posee para defender la Iglesia” (San Pío X – Notre charge apostolique). Si por tolerancia la Iglesia no obliga “ad fidem”, si juzga tal proceder un “celo desordenado” (D.S. 698 – Alexandre II), ella ordena defender las ovejas contra los lobos, las víctimas contra los criminales.

2.3. Sólo predicar, sin régimen jurídico

Dice el Concilio como “teología“: “la persona humana debe ser conducida por criterio propio y gozar de libertad”(11.2). Cristo fue “manso y humilde de corazón”, “pacientemente atrajo e invitó a los discípulos” (11.4). Los Apóstoles “siguieron el ejemplo de modestia y mansedumbre de Cristo” (11.20). El reino de Dios se establece“testimoniando y oyendo la verdad, y crece por el amor con que Cristo en la Cruz atrae los hombres para sí”(11.14). “Los Apóstoles afirmaban con plena fe que el propio Evangelio era la fuerza de Dios para la salvación de todo creyente” (11.19); ellos “confiaron plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes adversos a Dios, para llevar a los hombres a la fe y a la sumisión a Cristo” (11.20); ellos “dieron testimonio de verdad” (11.18).

He allí la profesión pública de la “herejía” del “sistema herético” que Pío VI condenó. La Iglesia, enseña Pío VI:“recibió de Dios el poder de imponer una disciplina en cuanto a las cosas exteriores” y puede“exigere per vim exteriorem subiectionem suis decretis”. Eso no es “abuso de autoridad” como pretendían los Jansenistas (D.S. 2604). Ella puede “ordenar por leyes y ejercer coacción y obligar a los desviados y contumaces por juicio externo y penas saludables” (D.S. 2605). La Iglesia tiene el poder de “definir dogmáticamente” (D.S. 2921), enseña Pío IX, y condena a los que afirman que “la Iglesia no tiene el poder de usar de la fuerza” [… ] (D.S. 2924). El sofisma del Concilio es, pues, el mismo de los herejes. Desprecia todo el Magisterio de la Iglesia; desprecia y pervierte la propia Revelación. Sigue a los protestantes que pretendían la “sola Biblia”, sin autoridades, sin imposición, sin penas. Sigue a Wyclif que, escribía: “Nuestro Legislador nos dio una ley por sí misma suficiente para el régimen universal de la Iglesia”. Mientras que los malos usan la fuerza exterior contra sus víctimas, se pretende quitar a éstas las armas exteriores para su necesaria defensa. Los Apóstoles y Cristo no pretendieron ser autoridades civiles y usar ellos mismos de la espada. Pero Cristo enseñó que “sus ministros lucharían si su reino fuese de este ‘mundo’“‘ temporal y San Pablo legitimó “el motivo” del uso de las armas por los gobernantes temporales: “vindicta contra los malos”. El Concilio usa del sofisma de la libertad psicológica para destruir la necesidad lógica, moral, jurídica y religiosa de la “ordenación de Dios”. Pretende, por las virtudes de los pacientes, mansos y humildes, conferir derechos a los agresores de ellos y quita a las autoridades el deber de defenderlos, a no ser por “palabras“, “atracción” e “invitación“. Quieren, con los Modernistas y Protestantes, “un Cristianismo no dogmático, sino amplio y liberal” (San Pío X – D.S. 3465).

2.4. Negación de la autoridad divina de Cristo

Afirma el Concilio: Cristo “apoyó y confirmó su predicación con milagros para excitar y comprobar la fe de los oyentes y no para ejercer coacción sobre ellos” (11.5). El “prefirió llamarse Hijo del Hombre” […] (11.9).

Estas afirmaciones provienen de la negación de la divinidad de Cristo por los modernistas. Enseñaron éstos que la divinidad de Cristo es un “dogma de la conciencia cristiana; que no se prueba por los Evangelios” (D.S. 3427). Enseñaron que Cristo “al ejercer su ministerio, no hablaba para enseñar que era el Mesías y que sus milagros no tenían por finalidad demostrar eso” (D.S. 3428). Estos serían sólo para “excitar la fe de los oyentes”, la fe que nacería sólo de la conciencia, interiormente. He aquí cómo el Concilio repite la gran blasfemia: la finalidad de los milagros sería la “excitación” de la fe en la conciencia de los oyentes y no sería demostrar la autoridad divina por la cual Cristo tiene el poder y derecho de imponer doctrinas de fe y de obligar a la observancia de mandamientos a los “oyentes“. Estos no serían subditos de Cristo, sino sólo alumnos de un maestro sin autoridad imperativa. Cristo “prefirió“, dice el Concilio, ser “Hijo del Hombre”, como si no fuese también Hijo de Dios, verdadero Dios. Deja reticente la divinidad de Cristo.

2.5. Negación del reinado social de Cristo

Afirma el Concilio: Cristo “no queriendo ser un Mesías político y que dominase por la fuerza, prefirió llamarse Hijo del Hombre que vino para servir y dar su vida para la redención de muchos” (11,9).

El Concilio hace una oposición entre Cristo como Redentor y Cristo como Legislador político. El fin de la venida de Cristo sería sólo la Redención y sus leyes no serían un “servicio” para el hombre. El Concilio Tridentino anatematiza tal doctrina: “Si alguien dijere que Cristo Jesús fue dado por Dios a los hombres como Redentor en quien confíen y no también como Legislador a quien obedezcan, sea anatema” (D.S. 1571).

¡He allí la herejía conciliar! Niega a Cristo Legislador. Urbano V condenó como “herética” la doctrina de que Cristo“abdicó del… derecho a las cosas temporales” (jus in temporalibus) (D.S. 1091). Luego, es “herejía” negar a Cristo el poder y el derecho de ser Legislador de los hombres. Pío XI enseñó: “erraría torpemente quien negase a Cristo el imperio sobre cualesquiera cosas civiles”; “los hombres reunidos en sociedad no están menos que individualmente en poder de Cristo” (Quas primas). El gobernante no puede “conculcar los derechos de Dios en la sociedad” (Ubi arcano).

2.6. La superioridad de los derechos de Dios

Afirma el Concilio: “Cristo reconoció el poder civil [… ] pero advirtió que los derechos superiores de Dios debían ser observados” (11.11).

¡Sofisma! Supone falsamente que los derechos superiores de Dios no son los mandamientos imperativos de Dios, el “serva mandata”, sino la libertad para violar los mandamientos. El Concilio de Trento condenó tal doctrina: “Si alguien dijere que el hombre justificado… no está obligado a guardar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, sino sólo a creer, como si el Evangelio fuese simple y absoluta promesa de vida eterna, sin la condición de observancia de los mandamientos, sea anatema” (D.S. 1570).

Así, si las leyes de Dios son “superiores” al poder civil, obligan al poder civil en sus acciones de gobierno. De la “superioridad” no se infiere la libertad moral, sino el deber de sumisión: “Obedeced a vuestros prepósitos y estadle sujetos” (Hebr. XIII,17). “Todos han de someterse a las potestades superiores…” (Rom. XIII, 1). “Quien dice aue le ha conocido a Dios y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso…” (I Jo. II, 4). El texto “hay que obedecer a Dios antes aue a los hombres” (Hech. V, 29) se aplica primariamente a las autoridades míe gobiernan, contra sus pretensiones “democráticas“, contrarias a las leyes de Dios.

2.7. La Redención obtuvo la liberación de los Mandamientos

Afirma el Concilio: Cristo, “al completar en la Cruz la obra de la Redención, por la cual adquiriría para los hombres la salvación y la libertad verdadera, concluyó su revelación” (11.12).

¡Sofisma! Sugiere que con la Redención en la Cruz todos ganaron la libertad de no adherirse a la verdad, de no observar las leyes de Dios; que Cristo es sólo Redentor y no también Legislador; que la salvación no implica la condición de observar los mandamientos. El Concilio de Trento condena tal doctrina: “Si alguien dijere que nada está mandado en el Evangelio fuera de la fe y que el resto es indiferente, ni mandado, ni prohibido, sino libre; o que los diez mandamientos nada tienen que ver con los cristianos, sea anatema” (D.S. 1569).

Y, contradicción, si Cristo no probó ser el Mesías y tener autoridad divina, ¿cómo conquistó la redención? ¿La conquistó en acto, aplicando sus méritos a todos “los hombres”, incluso obrando contra sus leyes? Los Begardos negaban la obediencia sólo a los preceptos de la Iglesia y, aun así, ya fueron codenados como “herejes” por Clemente V (D.S. 893). La “verdadera libertad” cristiana se somete a los mandamientos por amor, libremente y no por coacción de las leyes: pero, no quita el deber de obedecerlas (Santo Tomás, S. Theol. 1-2, 108, 1-2-3). Si todos se salvan por la Redención para todos, todos tienen el “derecho” de pecar libremente. Es lo que Lutero escribió a Melachton: “Peca fuertemente y cree más fuertemente”.

2.8. Dios respeta la dignidad de los malos

Afirma el Concilio: “Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana [… ] que debe ser conducida por criterio propio libre y gozar de libertad” (11.2). Los Apóstoles “respetaban a los débiles a pesar de que cayesen en errores”(11.17).

¡Sofisma! Se pasa de la dignidad ontológica, por la cual Dios sustenta en el ser hasta los demonios en el Infierno, a la dignidad moral y lógica, natural y sobrenatural. Si Dios castiga a los malos con penas temporales y eternas, no“tiene en cuenta”, ni “respeta” la dignidad de los que obran contra la dignidad moral y religiosa. La “dignidad” moral y religiosa sería agnóstica. Y, contradictoriamente, un agnóstico nada puede afirmar sobre Dios. Sofisma tétrico que pretende que Dios “respeta” la dignidad de Lucifer y quiere que Lucifer tenga igual “dignidad” que Dios; que los malos tengan igual dignidad que los buenos: el mal moral sería indiferente, “no discriminable”. Contradicción. Si fuese “derecho” obrar mal, no existiría pena en el juicio final, como afirma. ¡No se castiga el ejercicio de un “derecho” dado por Dios! Ni tampoco todos los “vacilantes” son “débiles” en el sentido de inadvertidos, impotentes; existen los renitentes en los errores, conscientemente; existen los perversos, endurecidos por el mal. Con la gracia de Dios: “podemos todas las cosas”, dice San Pablo.

2.9. Cristo ordenó el “derecho” de obrar mal

Afirma el Concilio: “Cristo, reconociendo la cizaña sembrada con el trigo, ordenó que ambos creciesen hasta la siega, al fin de los siglos” (11.8).

Ahora bien, la Tradición y los contextos muestran que Cristo ahí preceptuó la tolerancia de los malos, en ciertos casos, en atención a la defensa de los buenos y no concedió a los malos un “derecho” de obrar mal. El no mandó dar “derecho” a la cizaña, sino “permitir” (sinite) que creciese. Y el fin de ese “permiso” fue no damnificar, por el castigo, simultáneamente, al trigo. Donde no existe ese daño posible a los buenos, la Revelación coloca la espada del gobernante como “vindicadora contra el que practica el mal”. No ordena a las autoridades “dormir” para que “el hombre enemigo” siembre la cizaña. Se castigará a la cizaña; no le da “derecho” de acción. El precepto divino ahí sólo tiene lugar: “cuando no podemos erradicar la cizaña sin extirpar junto el trigo” (Santo Tomás, Summa contra gentiles, III, 146). Si para los crímenes contra el patrimonio los hombres aplican penas hasta de muerte, ¿por qué no las aplicarían contra los que envenenan las almas por la herejía? El Concilio deforma, pues, la doctrina de la tolerancia en vista de un bien mayor. Enseña el “derecho de perdición”, el derecho del “non serviam”.

2.10. Solamente castigo en el Día del Juicio

Afirma el Concilio: “Cristo censuró la incredulidad de los oyentes, pero dejó la vindicta para Dios en el día del juicio”(11.6), “al fin del siglo” (11.8), “cada uno de nosotros ha de dar a Dios cuenta de sí mismo” (Rom. 14,12).

Ahora bien, tal doctrina es “herética“. Tanto Dios como sus ministros terrestres tienen derecho y poder de imponer penas temporales. Para eso, San Pablo habló de la “espada” en las manos del gobernante y Cristo usó el látigo. En el Salmo 88, 32, Dios habla sobre los que “y no guardaren mis mandamientos”: “castigaré con la vara sus iniquidades y con azotes sus pecados”. San Pablo habla del fin medicinal y salvífico de la pena temporal: “ut salvus fiat spiritus ejus in die Domini” (ICor. 5, 5). Entonces, el Concilio quiere la perdición eterna de las almas, el “derecho de perdición”. Si Cristo “censuró” la incredulidad, no dio “derecho” de no creer ni tampoco de violar sus leyes. Trento habla de la “pena temporal a ser pagada en este siglo” (D.S. 1580). Pío XI enseña: “Cristo tiene el derecho de imponer penas a los hombres todavía vivos (adhuc viventibus)” (Quas primas). Y Pío IX habla del deber de los gobernantes de “reprimir con sanciones a los violadores de la religión católica” (Quanta cura). Luego, es falsa la doctrina conciliar. Y el juicio individual de cada uno, “por sí mismo”, no le quita a nadie, gobernantes y gobernados, los deberes sociales por los cuales ha de rendir cuentas a Dios. Dijo Dios a Ezequiel: “.. .y tú no le previnieres ni hablares para amonestar al impío [que se aparte] de su perverso camino y viva, ese impío morirá en su iniquidad; mas Yo demandaré de tu mano su sangre” (Ez. 3, 18). Santo Tomás, comentando las Escrituras, enseña que los gobernantes “rendirán cuentas a Dios por las almas de sus subditos”, al rendir cuentas “por sí mismo” (In Hebr. 13, 17); “les será imputado si hubieren sido negligentes en hacer lo que su deber requería” (In Rom. 14, 12).

2.11. La coacción causaría la muerte del alma

Afirma el Concilio: Cristo “no quiebra la caña cascada, ni extingue la mecha que aun humea”.

Ahora bien, por tales metáforas se entiende, según la Tradición, la tolerancia divina para con ciertos pecados y no el “derecho” de pecar. El “derecho” de pecar es “muerte para el alma”, según Gregorio XVI. La pena, vimos, tiene un fin salutífero. Los actos libres de los malhechores de las almas quiebran las cañas ya cascadas por el pecado original y por las concupiscencias y extinguen los restos de inocencia y libertad dejados por los pecados. Invierte el Concilio los fines de la coacción y la naturaleza mala de la libertad agnóstica. Pío IX enseña que la libertad para el mal corrompe las costumbres (D.S. 2979).

2.12. La Iglesia en espíritu

Afirma el Concilio: “Dios llama a los hombres para que le sirvan en espíritu y en verdad; por lo cual están vinculados en conciencia, pero no coaccionados” (11,1).

Es la doctrina de los Protestantes y Jansenistas de la Iglesia “neumática” que restringe los vínculos religiosos sólo al interior de las conciencias y deja el orden exterior libre, dentro de la Iglesia y en el orden civil. Es la doctrina de Sabatier y Harnack. Proviene de Eckhart: “Dios no manda actos exteriores”; éstos “no son ni buenos ni malos”. Lo condenó Juan XXII (D.S. 966-967). Los Jansenistas condenados por Pío VI pretendían esa “iglesia” integrada sólo por “adoradores en espíritu y verdad” (D.S. 2615). De ahí, deriva el Indiferentismo de Lamennais que pretende que en el orden exterior se puede profesar libremente “cualquier fe”, siendo suficiente la rectitud interior para la salvación. Lo condenó Gregorio XVI (Mirari vos). Es la doctrina del Ecumenismo de los “Pancristianos“, condenados por Pío XI en “Mortalium ánimos”. Niegan la Iglesia “visible y perceptible”, su “naturaleza externa y perceptible a los sentidos”, la existencia de papas y obispos con “jurisdicción visible”. Pío XII enseña: “Están lejos de la verdad los que imaginan la Iglesia de forma [… ] sólo neumática, que une entre sí, con vínculos invisibles, comunidades cristianas separadas en la fe” (Mystici Corporis). Es “herética” esa concepción de “Iglesia” que deja orden exterior sin jurisdicción visible. El Concilio nada habla de la jurisdicción suprema en la tierra en materia religiosa, de la“naturaleza coactiva” de su poder de enseñar y de regir. Quiere una Iglesia sin papa verdadero. Eso es revelador de la naturaleza del Vaticano II.

2.13. Bastan la Fe y el Bautismo sin las obras

Afirma el Concilio: Cristo, al enviar a los Apóstoles, les dice: “Quien creyere y fuere bautizado, será salvo; mas, quien no creyere, será condenado” (Me. 16, 16).

Ahora bien, el Concilio de Trento condenó la herejía de los Protestantes de la suficiencia de la fe sin la “condición de cumplir los mandamientos”, siendo sólo necesario el bautismo. “Si alguien dijere que los bautizados, por el bautismo, están obligados sólo a la fe y no a guardar toda la ley de Cristo, sea antema” (D.S. 1620).

“Si alguien dijere que los bautizados están libres de todos los preceptos de la Santa Iglesia, ya los escritos, ya los de la tradición, de tal modo que no están obligados a observarlos, a no ser que espontáneamente (sua sponte) quieran someterse a ellos, sea anatema” (D.S. 1621).

“Si alguien dijere que los niños bautizados, cuando crecieren, han de ser interrogados si quieren ratificar lo que en el bautismo los padrinos prometieron en su nombre y si respondieren que no quieren, han de ser dejados a su arbitrio y que no se debe obligarlos por ninguna otra pena a la vida cristiana […], sea anatema” (D.S. 1627).

He allí la plena condenación de la Iglesia meramente “en espíritu”, con obligaciones sólo “en conciencia”, sólo “espontánea“, sin “coacción exterior”. Junto con el agnosticismo de la “conciencia“, “cualquier fe” sería salutífera. La“Iglesia de la espontaneidad general” no es católica.

2.14. Basta la fe fiducial de los herejes

Afirma el Concilio: los Apóstoles sólo “se consagraron a dar testimonio de la verdad” […] y anunciaban “con confianza (cum fiducia) la palabra de Dios” (Hech. IV, 31). Insinúa la doctrina de la suficiencia de la palabra de Dios con la fe “fiducial” predicada por Lutero, sin necesidad de sumisión a los mandamientos de Cristo y leyes de la Iglesia. Lutero enseñó: “cree fuertemente que estás absuelto y estarás absuelto” (D.S. 1461). El Concilio de Trento la condenó como “confianza vana” (vana fiducia), que “puede darse entre los herejes y cismáticos”, está “contra la Iglesia Católica” (D.S. 1533) y no es la “fe justificante” (D.S. 1562-1563- 1564). Suprime la necesidad de sumisión a la Iglesia visible.

2.15. Mártires de la libertad contra Dios

Afirma el Concilio: “En todo tiempo y lugar innumerables mártires y fieles siguieron este camino” (11.23).

He aquí la “suma desvergüenza”: afirma que los mártires de la sumisión a las leyes de Dios y de la Iglesia, cooperadores de la gracia de Dios, son mártires del apego orgulloso al “proprio libero consilio”, mártires de la libertad para violar las leyes de Dios, iguales a los que, por sus crímenes, por predicar falsedades e impedir la libertad de la “ordenación de Dios” o de la verdadera fe, fueron justamente castigados. Paulo VI, en un discurso en Uganda, igualó a los mártires católicos a los de “otras religiones”. Serían iguales al impío Miguel Servet, muerto por los calvinistas. ¡Injuria!

TERCERA PARTE

CONDENACIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA

Y el Concilio llega a la “suma desvergüenza” de injuriar de nuevo a la Iglesia Católica. Afirma que los Apóstoles: “no usaron artificios indignos del Evangelio” (11.16) y que “el pueblo de Dios (populus Dei)”, a través de los siglos “tuvo a veces un modo de obrar menos conforme y hasta contrario (immo contrarius) al espíritu del Evangelio” (12.3).

Ahora bien, no se trata sólo del “obrar” sino también de la doctrina que dirige la acción de la Iglesia. Afirma, por lo tanto, que la Iglesia Católica usó de “artificios” o sea de una falsa doctrina y que, por eso, a través de los siglos fue “contraria” al Evangelio de Cristo. Serían los herejes, las “mentes de los hombres”, por su “experiencia de los siglos” (9.1) los que estarían con la verdad del Evangelio: quienes rindieron culto a la “dignidad del hombre” de modo agnóstico son los ciertos. Contradicción en quien afirma conocer las leyes divinas “mediante su conciencia”(3.5), derivando de ahí “su fe”, “principios religiosos”, “sus normas propias” y, por lo tanto, su “evangelio” propio. Quien afirma el “sentimiento religioso” y el “libre criterio propio”, afirma la prevalencia del “proprio judicio” que, lo afirma San Pablo, es la característica del haereticus homo (Tito 3, 10). ¡He aquí el derecho de herejía del Concilio!

Vimos cómo todas las doctrinas filosóficas y teológicas del Concilio aquí consideradas son radicalmente opuestas a la Filosofía y Teología de la Iglesia Católica. Y como afirma el propio Vaticano II, son “contrarias” entre sí. Ante eso, no nos queda sino el deber imperativo: rechazar el Concilio Vaticano II como herético, falso, injurioso a la Iglesia Católica, como obra de enemigos de la Iglesia infiltrados en su medio. Al adherirse a una falsae cuidam christianae religioni, áb una Christi Ecclesia admodum alienae, instituyó “una falsa religión cristiana, sumamente ajena a la única Iglesia de Cristo” (Pío XI, Mortalium ánimos).

TOMADO DE EcceChristianus

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SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DE QUASIMODO

DOMINGO DE QUASIMODO

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros.

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

Jesús les dijo otra vez: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel.

Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío.

Dícele Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído. Bienaventurados los que sin ver creyeron.

Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos milagros que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

La Sagrada Liturgia pone todo su empeño y cuidado en que los neófitos y los fieles se convenzan y crean firmemente en la Resurrección de Cristo. “Si Cristo no resucitó, entonces nuestra predicación es vana. Entonces vuestra fe es inútil. Entonces vosotros permanecéis todavía en vuestros pecados, y los que murieron en Cristo perecieron. Si sólo tenemos esperanza en Cristo durante esta vida, somos los más miserables y desgraciados de todos los hombres”, dice San Pablo.

Por eso debemos contemplar y meditar hoy, en la Santa Misa, la aparición de Nuestro Señor Resucitado en el Cenáculo.

Entre los primeros a quienes se aparece Jesús Resucitado se cuentan los Apóstoles. Es la tarde del día de Pascua. Los Apóstoles se encuentran reunidos en el Cenáculo. Entonces aparece Jesús en medio de ellos, y les dice: “¡La paz sea con vosotros! Yo soy, no temáis.” Pero ellos, llenos de angustia y de terror, creían ver un fantasma. Entonces les dijo Jesús: “¿Por qué os asustáis y os dejáis alucinar por vuestras imaginaciones? Ved mis manos y mis pies. Yo soy. Palpad y ved”. Y, diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.

Los Apóstoles, inundados de júbilo y llenos de admiración, no pueden creer que sea Él. Entonces Jesús come delante de ellos y les alarga después los restos del pez y de la miel que Él acaba de probar. A continuación les recuerda lo que ya les había dicho otras veces, mientras vivía con ellos. E iluminando sus inteligencias, para que comprendiesen las Sagradas Escrituras, les dijo: “Así está escrito y así convenía que Cristo padeciese y resucitase al tercer día de entre los muertos.”

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“Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”. Así se expresa San Juan.

Hay hombres que sólo se dejan conducir y arrastrar por los sentidos, y hay hombres que en todo se rigen solamente por su propia razón. Ni unos ni otros podrán conocer nunca la excelsitud e interna riqueza de la vida cristiana.

Sólo lo saben aquellos que creen, con viva fe, en Jesús, en el Hijo de Dios.

Gracias a esta fe, estos tales no tienen otras ambiciones que las de Jesús. No conocen más ideal ni más altas aspiraciones que las de marchar tras las huellas de Jesús y las de seguir al que es la Verdad, el Camino y la Vida. Aman lo que ama Jesús, eligen lo que elige Jesús. Jesús es para ellos el Hijo de Dios, la verdad infalible, la sabiduría del Padre, su todo.

Este es el fruto de la profunda y viva fe en Jesús, el Hijo de Dios. Cuanto más honda y viva sea esa fe, tanto más perfectamente se elevará el alma por encima del mundo y de todo lo transitorio. “El justo vive de la fe”. “Mi vida presente es una vida de fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”, confiesa San Pablo.

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El Apóstol Tomás no puede creer que el Señor haya resucitado y se haya aparecido a los otros Apóstoles. Quiere verlo, palparlo: “Mientras no vea en sus manos el agujero de los clavos, no creeré.”

Ocho días después, es decir, hoy, el Domingo in Albis, vuelve el Señor a aparecerse a los Apóstoles. Se dirige entonces derechamente a Tomás, y le dice: “Mete aquí tu dedo y mira mis manos. Trae aquí tu mano, y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino fiel.”

Tomás, entonces, cayendo de rodillas a sus pies, exclama: “¡Señor mío y Dios mío!”

“Porque me has visto”, le reprocha Jesús, “has creído: bienaventurados los que no ven y, sin embargo, creen”.

Jesús exige la fe.

Sólo podrá vencer al mundo el que tenga fe.

Por eso la Santa Liturgia subraya con manifiesto ahínco la importancia de la fe, de nuestra fe, la fe en Jesucristo, como Hijo de Dios.

En el Evangelio, el Señor vence la incredulidad del Apóstol Tomás. La Oración de la Comunión insiste de nuevo sobre el episodio del Cenáculo y nos dice, a los que acabamos de recibir al Señor: “Mete tu mano, y reconoce el lugar de los clavos, y no seas incrédulo, sino fiel.”

El cristianismo lo cifra todo en la fe. La fe es el principio de la salvación, la raíz de todos los pensamientos, juicios, valores, deseos y obras de la vida cristiana.

Creer es algo más que contentarse solamente con el pensamiento de que existe un Dios, un Ser supremo.

Creer en Dios significa para nosotros tanto como aceptar y someterse a todo lo que Él ordena.

Y ésto, no porque nosotros comprendamos con nuestra inteligencia el porqué y el cómo, sino simplemente porque Dios así lo dice y así lo manda.

En la fe le ofrecemos a Dios el sacrificio de nosotros mismos y nos sometemos, en espíritu de sacrificio, de consciente y voluntaria renuncia a la propia comprensión, a toda palabra revelada por Él.

Y esto lo hacemos llenos de un santo respeto hacia la veracidad de Dios y obedeciendo sólo a su mandato.

No es en verdad pequeña cosa consagrar a Dios el sacrificio de uno mismo, con todos sus pensamientos y deseos personales.

Pues esto es lo que hacemos nosotros en la fe.

¡Más aún! Creer en Dios, creer a Dios, significa para nosotros reconocer en Él a nuestro último y supremo fin, hacia el cual tendemos, hacia el cual se encaminan todos nuestros pensamientos y aspiraciones, en torno del cual giran toda nuestra vida y actividad.

Nos sometemos a Él con toda nuestra existencia, y aspiramos a Él con el alma, con el corazón, con la voluntad, con todo el hombre.

Creer en Dios significa entregarse a Él con todo lo que uno es y posee. Creer en Dios es servirle con un servicio que sólo a Él puede y debe rendírsele.

Sólo quien posea la fe cristiana podrá creer verdaderamente en Dios. Y, viceversa, todos los que hemos recibido la fe cristiana estamos santamente obligados a creer en Dios verdaderamente, a reconocerle como fin de nuestros sentimientos y aspiraciones, a entregarnos totalmente a Él, con todo lo que seamos y tengamos, a seguir sus palabras, sus mandamientos, sus excitaciones, sus ilustraciones, sus direcciones, sus llamadas.

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“Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.” Nosotros creemos en Dios. Pero esta fe en Dios tiene diversos grados y quilates. Esforcémonos por alcanzar la perfección de la fe. Sólo la fe perfecta es la que vence al mundo.

Subimos el primer escalón de la fe, cuando vivimos según la fe, cuando amoldamos nuestra vida a las exigencias de la fe. La fe sin obras es una fe muerta. El que conoce la voluntad del Señor y no la ejecuta, el que tiene en su boca el Nombre de Dios, pero lo deshonra con sus obras, se hace digno de mayor castigo que el que no ha conocido nada de la fe. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que ejecute la voluntad de mi Padre”.

Más perfecto que someterse forzadamente a las exigencias de la fe, retardando así constantemente la llegada a su cumbre, es entregarse a ella alegre y generosamente. Este es el segundo grado.

El que vive en la fe como un niño en casa de su padre, como el hombre libre en su domicilio, ya no siente más el peso de la fe, que tanto oprime a las almas esclavas. Vive en ella como en su propia patria y camina en la luz y en el mundo de la fe con una naturalidad y una clarividencia que no pueden por menos de causar la admiración y la envidia de cuantos no poseen una fe parecida.

Es en verdad algo grande el que la fe, con sus exigencias sobre nuestro espíritu, sobre nuestro corazón y sobre nuestra voluntad, llegue hasta el punto de convertirse para nosotros en una verdadera morada.

Pero todavía es algo más grande el que nosotros vivamos de la fe. Este es el tercer grado, la plenitud.

La fe vive en nosotros, y nosotros vivimos de la fe.

Los que viven de la fe, no necesitan indagar con gran esfuerzo lo que Dios quiere de ellos. En todos los sucesos, circunstancias y negocios de la vida reconocen y advierten, instintiva y como naturalmente, a Dios, la presencia y la acción de Dios.

No tienen necesidad de fiestas impresionantes ni de medios extraordinarios para ponerse en la presencia de Dios. Sienten presente a Dios aun en medio de sus más penosos trabajos y en medio de la batahola del mundo. Su vida, de día y de noche, es una continua llama de amor, que se consume en la presencia divina.

Este es el fruto de la vida de fe.

La fe ya no es para ellos algo externo: es la misma alma de su vida. Esta es la fe que ha hecho los Santos.

Cuando esta fe viva en nosotros, y nosotros vivamos esta fe, entonces habremos vencido al mundo, con sus concupiscencias, habremos vencido al pecado y al amor propio y no descansaremos hasta haber cumplido la última exigencia y el último consejo con que la fe excite nuestro amor y nuestra generosidad.

Creamos. Vivamos según la fe, vivamos en la fe, vivamos de la fe. El mundo nos odiará por ello; pero así debe ser. El mundo no puede comprender el espíritu que anima a los cristianos. Nuestra patria, nuestro mundo es el de la fe. Cuanto menos nos comprenda el mundo, cuanto más nos desprecie, más debemos agradecérselo a Dios.

Estimemos y amemos sobre todas las cosas la santa fe que hemos recibido en el Santo Bautismo. No descansemos hasta convertirla en nuestra propia carne y sangre, hasta hacer desaparecer por medio de ella todo pensamiento puramente humano y natural. Entonces habremos alcanzado la virtud perfecta.

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El Apóstol Tomás quiere ver, palpar. El Señor remedia su flaqueza con una admirable atención y condescendencia; pero no sin reprocharle: “Tomás, has creído porque me has visto. Bienaventurados los que no ven y, sin embargo, creen”.

El Tomás del domingo de Resurrección es el representante de todos aquellos que no quieren admitir ningún testimonio del Evangelio, de la Iglesia y del sacerdocio. Para ellos no tiene valor más que lo que ellos ven con sus propios ojos y tocan con sus propias manos.

Tomás es también el representante de todos aquellos que creen ciertamente en el testimonio del Evangelio y de la Iglesia, pero que, no obstante esto, en la práctica son incapaces de elevarse por encima de una mentalidad y de un concepto de la vida puramente naturalista y humano. Estos últimos recitan el Credo de la Iglesia, pero no poseen el espíritu de fe.

Desgraciadamente, así es la vida de muchos cristianos y católicos. Piensan, juzgan, valoran, hablan y obran lo mismo que piensa y vive el mundo que los rodea. No tienen otras aspiraciones más elevadas que las de los demás hombres del mundo: salud, prosperidad, ganancia, negocios, placeres, diversiones.

Cuando encuentran algo desagradable o difícil, se irritan, se alborotan, buscan en seguida un cabrito expiatorio, se lavan después las manos y hacen todo lo posible por librarse de lo desagradable y dificultoso.

Sus pensamientos e ideales son puramente naturales. Puramente naturales son, sobre todo, los móviles de sus deseos y acciones.

En general, la mayor parte de los católicos que rezan el Credo, en su vida práctica no se mueven más que por motivos puramente humanos y naturales.

Todos nosotros vivimos aún demasiado apegados a lo puramente natural. No vivimos la fe y de la fe, con la vista fija en Cristo, en Dios y en su santa voluntad.

¡De aquí esa inquietud, esa inseguridad, esa endeblez y ese vacío que tanto sentimos en nuestra vida interior!

Nuestro relajamiento es tan grande, que hasta ha invadido ya el círculo de nuestra vida de piedad. Muchas de las personas que pasan por sinceramente piadosas y espirituales, apenas tienen nada de tales. No buscan en su piedad más que los efectos puramente sensibles y el saciar su curiosidad. Ven con los ojos de los sentidos una piedad que no es otra cosa que una serie de impresiones sentimentales.

Esta piedad tiene un horror instintivo a las luchas, a los trabajos y a los sacrificios. Se aprovecha de las cosas espirituales, incluso de la oración y de los sacramentos, únicamente para satisfacer sus sentidos.

El espíritu permanece privado de todo verdadero fruto y se convierte en presa de una sequedad desoladora y de un permanente vacío.

Semejantes almas viven solamente de la superficie de las cosas, de la realidad. Son esclavas de la exterioridad, la cual constituye para ellas la cosa más importante, tanto en la oración como en sus trabajos y en el cumplimiento de sus deberes. No adelantan en el camino de Dios. Se eternizan en un cúmulo de prácticas externas.

Tampoco son profundas. Al contrario, miran las cosas y los acontecimientos de la vida desde su punto de vista más mezquino, tornándose, por ende ellas mismas mezquinas, estrechas, pedantes. Se anquilosan, se hacen esclavas de lo pequeño y de las pequeñeces, llegando en muchísimos casos hasta el ridículo.

Son inconsistentes, disipadas y cada vez más enclenques. Multiplican los esfuerzas, las oraciones y los ejercicios; pero, a pesar de todo esto, cada vez se tornan más quebradizas, más débiles, más raquíticas.

Poseen lo externo de la piedad, pero desconocen su espíritu. ¡Pobres almas, torturadas y estériles! Han edificado sobre el sentimentalismo, sobre los sentidos, no sobre el espíritu y sobre los fundamentos de la fe.

No viven con la vista fija en Dios, en la Providencia, en la presencia, en la voluntad de Dios. Por eso no tienen profundidad, ni fuerza, ni quietud interior, ni constancia.

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“Bienaventurados los que no ven y, sin embargo, creen.” “Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.”

El espíritu de fe, la vida de fe, la costumbre de contemplar todo lo que nos ocurre a la luz de Dios, de la Providencia, de la permisión, de la ordenación y conducta, eternamente sabia y amorosa, de Dios.

La fe da luz, fuerza, profundidad, anchura y plena quietud.

Nosotros hemos resucitado con Cristo, nos hemos convertido en hombres nuevos, llenos de fuego y de espiritualidad.

Profundicemos todavía más esta nueva vida que se nos dio en Pascua, es decir, en nuestro Santo Bautismo.

Vivir así es conservar en nuestras costumbres y en toda nuestra vida el espíritu de las fiestas de Pascua, tal como no lo hace pedir la Santa Iglesia:

Suplicámoste, oh Dios omnipotente, nos concedas la gracia de que, habiendo concluido la celebración de las fiestas de Pascua, conservemos siempre su espíritu en nuestras costumbres y en toda nuestra vida. Amén.

TOMADO DE: RADIO CRISTIANDAD

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